USA: La inmigración y las matemáticas

-¿Saben ustedes por qué se suicidó el libro de matemática?
La respuesta es: -Porque tenía demasiados problemas.

Tubular

Matemática - Foto fdecomite

Algo similar puede ocurrirle a la organización anti-inmigrante estadounidense “NumbersUSA” .

“Números”, su nombre en español, se ha hecho famosa por preconizar entre otras cosas que se despoje de la ciudadanía y, por ende, se eche del país a los recién nacidos en este territorio que no sean hijos de un ciudadano norteamericano.

A esa propuesta se llama el Acta del Derecho de Nacimiento, pero también existen las de Supresión de la Lotería de Visas, la del Fin de la Cadena, destinada a romper la unidad familiar, la CLEAR y la SAVE para incrementar la persecución policial y limpiar las calles de los sospechosos inmigrantes.

Con típico simplismo gringo, “Números” echa números y señala que todos los males de este país proceden de la inmigración.

La contaminación es la primera calamidad. El país se está contaminando con tanta gente de color. Pero además hay otras desgracias achacables a los nuevos norteamericanos como por ejemplo la bancarrota económica, la desaparición de los puestos de trabajo, la elevación de los impuestos, la magra seguridad social y tal vez incluso los desastres de la guerra en Medio Oriente. Poco les falta para decir que el genocida y demente Bin Laden a lo mejor se llama Panchito.

Para “Números”, todo se reduce a una aritmética de Perogrullo. Según su lógica, la inmigración hace crecer la población de los Estados Unidos, y por ello significa contaminación, desborde en las ciudades, crimen, desempleo y mayores impuestos para que los ciudadanos paguen por vivir con tanta gente arrimada.

Entre las personas y entidades que hacen suyo este raciocinio se hallan, por cierto, los bestiales “Minutemen”, individuos voluntarios que patrullan las fronteras para atrapar inmigrantes y torturarlos o para empujarlos hacia desiertos infernales donde la muerte es lo más seguro.

Lamentablemente, no tan sólo individuos uniformados de verde y con tatuajes son sus seguidores. En su web, NumbersUSA presume del apoyo de decenas de congresistas. Pero vayamos, número por número, desgranando las simplistas matemáticas de Numbers.

Su primera preocupación es, supuestamente, la contaminación, y lo cierto es que no hay una relación necesaria entre lo uno y lo otro. Citando números del Centro de Política de Inmigración y el Instituto de Recursos Mundiales, los Estados Unidos tiene un 23 por ciento menos población que el conjunto de naciones de la Europa Unida y, sin embargo, produce un 70 por ciento más gases de invernadero como el dióxido de carbono.

En resumidas cuentas, menos gente puede contaminar más, o al revés. No se trata de cuántos habitantes tiene un país sino de qué forma la sociedad produce y consume.

Población y desborde citadino tampoco tienen relación en común. El mal de las ciudades, su crecimiento desordenado y su tráfico incontenible dependen de un modelo de desarrollo insostenible y contaminador. Vale decir, de un planeamiento urbano que ha creado suburbios lejos del “downtown”, sin buses ni trenes de comunicación masiva, y más bien con garajes de donde emergen cada mañana dos o tres enormes coches innecesarios para una familia pequeña.

El otro número de “Números” es que los inmigrantes roban puestos de trabajo. Nada es más falso. Quienes llegan en condiciones de trabajadores manuales asumen generalmente puestos que los nativos no aceptan. Por su parte, los profesionales que arriban son altamente calificados, y su llegada complementa la fuerza de trabajo e incrementa la productividad y, por ende, los salarios de los nacionales.

La “cadena familiar de la inmigración” es también un dos por dos son cinco de “NumbersUSA”. Un latinoamericano convertido en ciudadano tarda más de siete años en lograr que uno de sus hijos solteros sea aceptado legalmente. Un residente permanente que procede de México tiene que esperar diecisiete años para eso.

Por fin, la más usual patraña es que los inmigrantes son una carga fiscal porque ganan poco, pagan poco y sus impuestos no cubren los beneficios sociales que reciben.

Esto es falso: los “ilegales” pagan todos los impuestos y no reciben compensación alguna. Los legales son quienes van a equilibrar el presupuesto de la Seguridad Social y, gracias a ellos, la explosión de los jubilados “baby boomers” tendrá una renta segura.

“Números” no ostenta una suástica ni una cruz en llamas pero disimula su racismo a través de unas matemáticas muy mal aprendidas.

-¿Conoces algún chiste de matemáticas?

-Más o menos… ¿Por…?

De verdad, Vallejo en los infiernos

“César Vallejo escuchó los pasos de su madre trajinando en la cocina y tarareando una canción. Su voz era sobrenatural. Iluminaba los espacios y hacía que se perdieran el peso y la densidad de los objetos.

Escuchándola, y sin darse cuenta, César dejó caer la taza de café y aquella no hizo ruido al chocar contra el suelo. Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la Luna comenzaba a temblar.”

-Ahora, no me diga usted que este libro es cien por ciento real- me reclama un periodista italiano con motivo de la edición de mi novela “Vallejo en los infiernos” en ese idioma.

Acaba de leer en voz alta el fragmento anterior, y, aunque lo considera bello, le fastidia que una taza de café no haga ruido al chocar con el suelo.

-No.  No es real.-respondo.

- Ah… ¿Admite usted que lo que escribe no es real?

-No es real una vez. Lo es dos, tres y muchas veces más.

Lo digo por varias razones.

La primera: Como lo denuncio en mi novela, César Vallejo fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas. Los críticos y comentaristas de su obra suelen dedicar sólo unas líneas breves –y a veces mezquinas- a este hecho, que es fundamental en la gesta de  “Trilce” y en la comprensión de ese libro y del propio país que le da origen.

Nuestro poeta fue testigo y denunciante de un acto criminal ocurrido en Santiago de Chuco, su pueblo, (1920) cuando azuzados por los poderosos, los gendarmes acantonados allí se levantaron en armas, intentaron eliminar a las autoridades locales y asesinaron a un intelectual amigo del poeta. Con piedras y con sus propias fuerzas, los vecinos impidieron que aquello se convirtiera en un genocidio.

La acción judicial fue iniciada contra los gendarmes y sus instigadores. Sin embargo, movida por fuerzas misteriosas, la Corte Superior de Trujillo la convirtió en una investigación judicial contra los denunciantes y las propias víctimas. El juez ad hoc enviado al lugar de los hechos festinó trámites, fabricó pruebas, inventó personas, dibujó firmas de personas ausentes y, bajo tortura, obtuvo la confesión de un supuesto autor material de los crímenes quien decía haber sido armado por Vallejo.

Cuando el abogado del poeta, pidió que el supuesto sicario fuera llevado ante la Corte de Trujillo, la “justicia” lo envió atado al lomo de una mula bajo custodia armada. A la mitad del camino, sus captores lo bajaron del animal y lo mataron a balazos aduciendo que había intentado huir.

Por casualidad, el juez ad hoc era también abogado de poderosas empresas donde habían estallado sublevaciones sociales, Casagrande, que en vez de salarios ofrecía coca y raciones de comida a sus trabajadores, y Quiruvilca, la mina donde miles de indios eran empujados a trabajar 20 horas al día hasta la extenuación, la tuberculosis y la muerte.

En la Universidad de Trujillo, había nacido entonces una generación de jóvenes intelectuales atraídos por el socialismo, por el anarquismo o por la sola idea cristiana de liberar a los oprimidos. Las grandes empresas y sus agentes querían escarmentarlos, inventarles algún sambenito y eliminarlos físicamente si fuera posible. Vallejo fue la víctima escogida, el incendiario, el terrorista de la época.

La segunda razón para aducir la realidad de mi novela es algo que no se suele contar: Vallejo, uno de los grandes poetas de la lengua castellana en el siglo XX, no pudo regresar jamás a su país. Si lo hubiera hecho, habría sido conducido de inmediato a los infiernos de alguna cárcel tremebunda. Ello se debe a que el proceso penal instaurado contra él nunca se extinguió, y sus enemigos anduvieron todo el tiempo buscando la extradición.

Los comentarios académicos obvian este hecho, y aluden a una risible “pasión metafísica” su imposible retorno.

La tercera razón, por fin, es que lo que fue real en 1920 se repite hasta la saciedad en nuestro tiempo. Quiruvilca, -denunciada por Vallejo en su “Tungsteno” y evocada  en mi libro “Vallejo en los infiernos”- se parece entrañablemente en los días actuales a Yanacocha.  Esta mina de oro, la más rica del mundo, se encuentra ubicada en Cajamarca, una región “vallejiana” en la que el setenta por ciento de la población padece extrema pobreza. Las denuncias de contaminación son frecuentes. Por fin, los sacerdotes que encabezan la protesta son amenazados de muerte y perseguidos por una banda de forajidos en estrecha relación con el cuerpo de seguridad de la mina.

-Amigo Gianluigi.- le digo al periodista. -Tiene usted razón. “Vallejo en los infiernos” no es real una vez. Lo es una y otra vez. Espero que no por mucho tiempo. Y también es real que un facineroso a sueldo, armado de un martillo, esperaba al poeta para acabar con él en las oscuridades del calabozo donde pasó su primera noche.

Esas son realidades diabólicas. Otras, y muy diferentes son las realidades poéticas. Y por obra de ellas, es verdad que la taza de café se quedó flotando.  Y también es verdad que:

“Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la Luna comenzaba a temblar.”


Para recitar y cantar a Vallejo al lado de Tania Libertad, haga clic en:

http://www.elcorreodesalem.com/?PHPSESSID=ae18454b3b5e986735712c11fb2ba7f4&s=tania+libertad

El sueño americano, siesta o pesadilla

Lo llamaban el sueño americano. En medio de la crisis, tiene otros nombres. Unos dicen que sólo se trata de una siesta. Otros creen que es una pesadilla y que será permanente.

 

Dude

Hummer repostando - Foto LongitudeLatitude

A través de los tiempos, ese sueño ha sido la creencia de que en Estados Unidos todo es posible para quien se atreva a soñar y a trabajar con empeño.

 

Creer que la riqueza y la felicidad son inagotables es la primera característica del sueño americano, y acaso la más peligrosa.

 

En los años recientes, esa suposición hizo que los estadounidenses se endeudaran por encima de sus niveles de riesgo y que los bancos reventaran la burbuja de la especulación. Los resultados son conocidos por todos.

 

Es importante, eso sí entender, que no sólo los bancos se propusieron hacer que la gente se empeñara hasta la camisa sino que la propia gente estaba loca por empeñarla.

 

Pagar con la chequera, y no con la tarjeta, era condenarse a no ser considerado sujeto de crédito. Tratar de cancelar cuanto antes la hipoteca era visto por algunos como una actividad idiota, si no sospechosa y, presumiblemente, “antiamericana”

 

Empujados por el sentimiento de seguridad inagotable y por la creencia en el pleno empleo, los más han ignorado en este país el ahorro. La gente compraba a plazos sin averiguar cuál era el interés efectivo sino más bien el número de plazos, que las más de las veces excedía los meses y años de su propia vida.

 

Ahora, se comprueba que la superabundancia nunca existió, y que sólo se estaba pagando a plazos el desastre. El mito, sin embargo, se expresaba en gigantescos vehículos militares para algún solitario pretencioso, colosales dispendios de energía para una familia mínima, la compra cada cierto tiempo de una laptop, un teléfono móvil o un i-pod diferente, el consumo de raciones de comida para gigantes y la fábrica de niños obesos. En Londres, Madrid o Roma, todavía la gente seca su ropa al calor del sol. En los Estados Unidos, el apartamento más económico se vende o se arrienda equipado con cocina, dishwasher, refrigeradora, microondas, cable, lavadora y secadora.

 

Lo terrible es que todo ese dispendio llegó acompañado por el olvido absoluto de los valores que hicieron el sueño americano de los pioneros, la renuncia a la filosofía de los fundadores de la libertad y el desprecio cínico por las creencias de las parejas que conducían un buey, una carreta y cuatro chiquillos hacia el Lejano Oeste. La tierra de la ingenuidad, de la integridad y de la ética no lo fue más. Esos bienes fueron suplidos por la avidez, el egoísmo, el capitalismo feroz, el insaciable hedonismo y la ignorancia más insoportable.

 

En un país, donde todo está en venta, hasta la cultura fue “marqueteada”. En las universidades se inventaron los créditos para objetivar el conocimiento, parcelarlo y venderlo en las raciones absolutamente necesarias para entrar cuanto antes al carnicero mercado del trabajo. Los jóvenes que llegan a la universidad suelen ignorar cuándo se independizó este país y qué potencias pelearon en la Segunda Guerra Mundial, y continúan sin saberlo al salir si no les son imprescindibles algunos créditos de historia.

 

La bandera de libertad empuñada en los combates del Pacífico o en las playas de Normandía fue abandonada en todas las guerras posteriores. Ese principio constitucional sólo sirve ahora para defender con ardor frenético a los que venden armas y para canonizar como buenos americanos a quienes las compran y salen el fin de semana a mutilar venados. Sirve también para olvidar a los paranoicos que compran miras telescópicas y apuntan con cuidado a sus futuros blancos en la escuela de la esquina.

 

Una información de la Pfizer dice que las compras de Lipitor se han reducido muy significativamente en los Estados Unidos. Si consideramos que abandonar el reductor de colesterol puede tener consecuencias fatales, eso significa que hemos tocado fondo.

 

Por fortuna, en las últimas elecciones no se ha producido solamente una alternancia de administradores. El nuevo gobierno proclama que un cambio radical es imprescindible, y a pocos meses de iniciar su trabajo, tanto el presidente Obama como una mayoría abrumadora de la población proclaman que el único camino a tomar es el camino de vuelta a los principios que sustentaron siempre el sueño americano.

 

Quienes defendemos a los inmigrantes creemos que el cambio pasa por darles legalidad. Eso no es tan sólo rentable para el fisco e indispensable para el exhausto Seguro Social, sino que las comunidades hispanas serán un ejemplo de los principios que aquí se olvidaron cuando se convirtió la familia en una sociedad mercantil.

 

El cambio pasa por la gratuidad de la educación, la generalización de los servicios de salud y la extirpación de la miseria. .
Para que el sueño americano no sea ya una pesadilla, hay que gobernar desde la política y la filosofía, y no desde la economía. Hay que denunciar la deificación del capital, un becerro de oro ante el cual se ha vuelto a los sacrificios humanos. Hay que mundializar la utopía dentro de un proyecto global. Hay que recuperar la dimensión ética de la aventura humana. Hay que dejar de leer los índices del mercado y volver a las páginas del viejo Aristóteles, quien sostenía que no tiene sentido ningún invento humano ni acto alguno de gobierno, si no viene ligado al objetivo imprescindible del bien común. Y todo eso significa que habrá que volver a soñar.

Mayo y el domingo que dura un mes

A pesar de sus escasas 24 horas, el domingo dedicado a las madres dura un mes, y más que eso, dura toda la vida.

El año pasado por estos días me invitaron a que leyera algunos relatos de mi libro “Los sueños de América” para los presos hispanos de la Penitenciaría Estatal de Oregon. Acepté.

Purple rose :)

Rosa - Foto Blackangelツ

Pero antes de entrar en la zona carcelaria, me esperaba una pequeña sorpresa: a la entrada, los guardianes me avisaron que no podía llevar el libro conmigo porque no lo había declarado con anticipación debida. Y por eso, mientras atravesaba una docena de puertas inexpugnables y me sondeaban los incontables detectores electrónicos, no terminaba de pensar cómo salir del paso con esa extraña lectura sin libro. Al final, cuando ya estaba entre los presos, el recluso que coordinaba me contó con entusiasmo que, al conocer mi aceptación, había invitado también al resto de la población carcelaria, y por lo tanto la charla tenía que ser en inglés.

“¿Y ahora sobre qué hablo?”, pensé. “No tengo el libro. No conozco el nivel de comprensión de quienes me esperan, y por último, mi público es más complicado y multicultural del que yo andaba esperando.” Pero ya estaba en el proscenio, y, aunque había algunos gringos, los latinos y los negros eran tal vez el noventa por ciento de la gente, cerca de dos mil hombres cuyos dramas eran infinitamente superiores a cualquier texto que yo pudiera escribir, leer o improvisar.

¿De qué hablarles? No sé de dónde me vino la idea, pero llegó de inmediato. En mis cursos universitarios de castellano, suelo usar de algunos trucos para inducir la conversación y lograr que mis alumnos participen en la clase. Ahora, mientras esperaba que me llegaran las ideas, comencé con uno de ellos.

-Por favor, cierren los ojos y concéntrense. Caminen por su memoria. Traten de alcanzar el recuerdo más antiguo de su vida. Una escena familiar o algo que ocurrió cuando ustedes tenían acaso 6, 5 o 4 años de edad… Les he dicho, por favor, que cierren los ojos.

Entonces, comenzó el milagro. Ya he dicho que esto ocurrió en mayo, unos días antes del primero o tal vez del segundo domingo. Los hombres que me escuchaban eran de aquellos que se califica de “alta peligrosidad”. Entre ellos, había algunos “lifers”, como se llama a los que se van a pasar el resto de la vida entre rejas. Los había de todas las edades, pero, con los ojos cerrados y vestidos todos con “blue jean” y camisa celeste me parecieron solamente una formación de escolares uniformados o un montón de niños sufridos y desamparados.

Les había dado 3 minutos para concentrarse, pero pasaron 4 y 5 y 6, y ni ellos ni yo podíamos continuar. Casi todos tenían la cabeza inclinada como si rezaran. De pronto, un recluso gigantesco no pudo contenerse y comenzó a gimotear. El hombre que estaba a su lado lo escuchó e hizo un intento de codearlo pero no continuó porque quizás también él estaba llorando.

Miré hacia uno y otro lado, y la escena se repetía en casi todas partes. Entonces quise saber qué estaban pensando y cómo reaccionarían los guardias ante una situación que supongo no puede serles demasiado familiar. Dirigí mi vista hacia donde estaban ellos, pero solamente uno me miraba, y también tenía los ojos enrojecidos que, de inmediato, por pudor, ocultó.

Ya no me acuerdo bien. Creo que al comienzo no lo entendí porque me resultaba difícil asociar ese ataque de tristeza colectiva con la efervescencia que suele provocar el mes de mayo. Mayo es, en el hemisferio septentrional, el mes inaugural de la primavera. Los bosques de Oregón lucen un día blancos y el otro verdes, rojos, dorados.

Pero no tan sólo en el mundo del norte, también en algunos distantes pueblos de mi patria lejana, la gente amanece en los cerros el primer día de mayo para, de esa manera, “florecer” y, en todo el mundo, los trabajadores salen a las calles para reafirmar que por encima de todas las oscuridades momentáneas la justicia y la solidaridad prevalecerán porque pertenecen a la esencia humana.

Mayo es el mes de la madre y de María, que es lo mismo. Como lo dice el “Soneto del dulce nombre”, uno de los más bellos que he leído: “Si el mar que por el mundo se derrama/ Tuviera tanto amor como agua fría, / Se llamaría por amor, María,/ Y no tan sólo mar como se llama…” (F. L. Bernárdez)

Y justamente, al amparo de ese soneto, entendí por fin qué es lo que estaba ocurriendo y a quién recordaban en lo más antiguo de su corazón los presos de la Penitenciaría de Oregon durante las proximidades de ese domingo de mayo. Lo sé porque el recuerdo también vino a mí y también me hizo bajar los ojos.

Nunca recordaré qué es lo que sigue ni qué es lo que dije después si es que lo dije, pero entonces y esta mañana ha vuelto a mi memoria el resto del soneto de Bernárdez: “Si llama que el viento desparrama/ Por amor se quemara noche y día,/ Esa llama de amor se llamaría/ María, simplemente, en vez de llama.”

“Pero ni el mar de amor inundaría/ Con sus aguas eternas otra cosa/ Que los ojos del ser que sufre y ama.” “Ni la llama de amor abrasaría,/ Con su energía misericordiosa,/ Sino el alma que llora cuando llama.”

El día en que fui invisible

En unas doscientas ciudades de los Estados Unidos- incluidas Nueva York, Los Ángeles, San Francisco y Chicago- millones de manifestantes desfilaron por las calles, cruzaron puentes y se juntaron en parques y plazas el primero de mayo para demandar que cese la persecución contra los inmigrantes y apoyar la promesa del presidente Obama de poner en efecto una reforma migratoria efectiva e integral.

Eran millones, pero la televisión no los vio.

No quiero creer que fuera censura. Ese día también perdieron muchas horas de TV las alarmantes y alarmistas noticias sobre la gripe porcina.

No fue eso. Fue algo más inocente o inocentón. Ante la jubilación de David Souter, uno de los jueces de la Corte Suprema, los analistas se pasaron horas de horas divagando sobre quién sería el sucesor nombrado por el presidente Barack Obama, y le robaron espacio a los acontecimientos más importantes del día.

Los comentaristas de este país deliran por interpretarlo todo con los criterios de “género y etnia”, y se preguntaban si sería blanco, negro, hombre, mujer o gay la persona designada por el mandatario. Los más “liberales” terminaron por recomendar que, en caso de no haber un candidato gay, se nombrara a una abogada que es al mismo tiempo mujer e hispana.

Por mi parte, creo que el género y la etnia son tan irrelevantes para juzgar a una persona como lo serían el signo zodiacal o el año de su nacimiento en el calendario chino.

Sin embargo, este país ha reemplazado su tradicional obsesión en la raza por otra basada en el género y la etnia, y por eso les resulta difícil entender cualquier fenómeno social que sobrepase esos parámetros.

Los millones de seres invisibles que salieron ese día a las calles exigieron derechos a la identidad, el trabajo, la libertad, la salud, el idioma y la cultura que les han sido suprimidos o corren peligro. No eran ellos solamente inmigrantes legales e ilegales. Los acompañaban los sindicatos que están celebrando por primera vez en USA el Día Internacional del Trabajo. No los vio la televisión.

Si todo eso no les parece periodístico a las cámaras, hay algo que tal vez les puede resultar urgente. En este momento de bancarrota económica, la reforma migratoria es fundamental para la propia supervivencia de los Estados Unidos. Veamos unas cuantas razones para ello:

Primera: La inmigración es un beneficio fiscal neto para la economía estadounidense. Un reporte del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca en 2007 señala que el incremento de la fuerza de trabajo, gracias a los inmigrantes, ha estimulado la inversión de capitales e incrementado el Producto Nacional Bruto en 37 billones de dólares cada año.

Segunda: Los inmigrantes pagan mucho más en impuestos de lo que consumen en beneficios sociales. Así lo determina en 1997 el Consejo Nacional de la Investigación, National Research Council , o NRC según sus siglas en inglés.

Tercera: Los inmigrantes ilegales también pagan impuestos.

Texas, Iowa y Oregón son algunos de los estados que informan en reportes públicos, entre 2006 y 2007, que estos trabajadores, en vez de drenar los servicios públicos, los subsidian. Texas teme incluso que una eventual ausencia de los mismos lleve a ese estado a la bancarrota fiscal.

Cuarta: La administración del Seguro Social informa que los indocumentados cuentan por una mayor porción de los billones de dólares que entran en sus cajas y no tiene contrapartida. Esos trabajadores suministran números falsos a su empleador quien les descuenta ese pago y lo hace efectivo. Sin embargo, ellos no podrán jamás acceder a un beneficio mínimo.

Quinta: Este año cumplen 64 años, y comienzan a jubilarse, los “baby boomers”. Se llama así a los norteamericanos nacidos en 1945, luego de la Segunda Guerra Mundial cuando los soldados volvieron a casa y produjeron una explosión de nacimientos. Se calcula que su número es similar al de quienes hoy reciben pensión cada mes. ¿Qué hará el Seguro Social para pagarles?… La legalización de los inmigrantes es su único camino.

Hay muchas razones más, pero éstas cuentan. Las recuerdo porque ese día participé en la marcha hacia el Capitolio de Oregón. Como escritor latinoamericano, me invitaron a ser orador, hablé en nuestro querido castellano, la lengua que nos hace libres… y como otros millones de personas, también fui un ser invisible.


Lima, Carlos V y el pisco sauer

«Si la reina de España muriera / Carlos Quinto querría reinar. / Correría la sangre española / como corren las olas del mar».

Desde fines del siglo XIX, los peruanos suelen terminar una fiesta danzando al compás de este valse cuya letra parece no tener ni pies ni cabeza para cualquier persona con un mínimo de conocimiento de la historia de España. Y sin embargo, los bailarines sacan chispas del suelo, levantan la cabeza como si estuvieran bailando flamenco y contestan ceceando que no tienen respuesta alguna cuando se les pregunta a qué Carlos Quinto se refieren.

Hmm Pisco Sour

Pisco sauer - Foto tomaszd

El cantado Carlos V no fue el emperador de ese nombre, si se recuerda que aquel no sucedió a ninguna reina con la que tuviera problemas. Como cualquiera puede recordar, por orden dinástico, era el quinto Carlos de Alemania, pero el primero de España, países ambos que se juntaban bajo su égida. Después de él, siguieron varios monarcas Carlos, pero no llegaron hasta el quinto. Y sin embargo, el Quinto es el que visitó Lima?

Para no volver a una historia, que de suyo es larga, resumimos: a la muerte de Fernando VII, por falta de un descendiente varón, se designó a su hija Isabel como heredera. Don Carlos, el hermano del monarca, no aceptó esta sucesión, y las pretensiones al trono, las suyas y las de sus herederos, generaron durante los siglos XIX y XX una serie de guerras que oficialmente no han terminado. Cosas de españoles, como diría César Vallejo.

Este es el Carlos V al que cantan los limeños. No llegó a ser rey, pero fue recibido como un rey por los limeños, cuando llegó a la capital del Perú en 1875, durante un viaje de propaganda que lo llevaría también a otras antiguas colonias. Se alojó en el hotel Maury y, durante dos meses, fue el centro de las atenciones de los limeños.

De su efímera presencia es resultado el valse con que se inicia esta nota, y también lo es la expresión popular «no hay quinto malo». Y por fin, su visita es el origen de uno de los más deliciosos, pecaminosos y eufóricos símbolos nacionales, el pisco sauer, preparado en su homenaje, cuyo nombre basta para desbordar la nostalgia de los peruanos que vivimos en el extranjero.

Lima fue fundada con el nombre oficial de Ciudad de los Reyes, pero en los trescientos años de la colonia, no hubo ni uno siquiera que la visitara. Tal vez, quien la vio más de cerca fue Felipe II de quien se dice que, recluido en El Escorial, se empinaba en las noches de Castilla para vislumbrar detrás de las montañas las luces sobrenaturales de México, Lima o el Cusco.

Para colmo, el personaje de mayor alcurnia que haya ejercido autoridad en el Perú fue alcalde de Trujillo, pero no de Lima. Me refiero a Manuel Godoy, príncipe de la Paz, duque de Alcudia y ministro omnipotente de Carlos IV, quien dotó a la ciudad rival con un escudo de armas frente al cual el de Lima es plebeyo o de clase media.

¿Se debe colegir de todo esto que Lima es una ciudad nostálgica de los reyes que nunca la visitaron y que, sin embargo, le dieron su nombre? Tal vez. El delirio popular que suscita la presencia de la pareja real española cuando visita el Perú parecería comprobarlo. Además, de acuerdo con encuestas de la agencia Datum, España y sus monarcas actuales son el país y los personajes que más simpatías despiertan entre los peruanos.

Sin amores obligatorios, España y sus reyes de hoy son los únicos responsables de la amistad que suscitan, y hay un hecho concreto que hace admirable a su monarca. En la historia mundial del siglo veinte, y en toda la de España, Juan Carlos es el único rey que ha sido capaz de rescatar la democracia en su país sin más arma que su indómita presencia moral.

En Madrid, ocurrió algo que nunca se había visto, un hombre solo y sin pistolas, fue capaz de detener las máquinas de guerra y la ferocidad de un golpe de Estado. Fue en los años 80 y aconteció después de que, en una historia similar, los militares de Grecia habían depuesto al rey Constantino, hermano de doña Sofía. Pero el rey no fue ni calculador ni pusilánime, ni siquiera prudente, fue español.

El premio Nobel de la Paz, que entonces pedimos para él, no le fue conferido, y ese galardón junto con el que no le fue entregado a Borges y el que se le regatea a Vargas Llosa es una de las deudas que tiene con nosotros la Academia Sueca, la cual ha perdido, de esa manera, algunos nombres que podrían haber sido premios para el premio Nobel.

De San Pedro de Alcántara dijo Santa Teresa que parecía hecho de raíces de árbol. De esa forma y consistencia es la imagen que España y su rey nos ofrecen a los hispanoamericanos. Por encima y por debajo de la pasajera y fatua nostalgia, hay una maraña de raíces perpetuas, cierta fe indomable, una permanente aventura y una manera de ser que nos vinculan mientras el mundo sea mundo.

Maestro para maestros, Maestro Mateo

Corín Tellado: el amor fue inventado en Asturias

Labios de fresa, sabor de amor
Corazones – Foto palm z

Ante Corín Tellado, los varones de mi generación sólo tenemos dos caminos. El primero es confesar honestamente que la leímos, y amenguar el efecto de esta revelación explicando que no había otra lectura además de “Vanidades” en la sala de espera del dentista. El segundo es llevarnos a la tumba ese secreto.

Para no tener que incluir esa confesión en mi testamento, declaro aquí solemnemente que leí a Corín, o más bien que devoré con avidez todo lo que de ella cayó en mis manos dentro de mi irrefrenable adicción juvenil a la lectura.

Al entrevero con sus novelas llegaron hasta mí, entre los 13 y los 15 años de edad, las interminables aventuras de los mosqueteros, los bandidos silenciosos y certeros del Lejano Oeste y los libros de detectives en los cuales el asesino era por obligación aquél de quien nada podía sospecharse.

Mi vanidosa soledad me hizo vivir fuera de este mundo y, como lector, no tuve orden ni receta. Al mismo tiempo que fui espadachín con los mosqueteros, navegué en barcos piratas con Salgari, formé parte de la tripulación que llegó a la luna con Julio Verne, conocí el esplendor y la miseria de las heroínas de Balzac, aplaudí las osadías del Caballero de la Triste Figura, leí los Episodios Nacionales de Pérez Galdós, vagué por San Petersburgo con Dostoievsky y posiblemente fui asesinado en alguna de las batallas de Tolstoi.

Pero… en medio de todas esas páginas, pocas veces encontré mujeres más de carne y hueso que las heroínas de Corín Tellado.

La primera novela de esta asturiana de Gijón data de 1946 y pertenece a una España hundida en la exasperante pobreza de la postguerra. Es obvio que las españolas de entonces y sus coetáneas hispanoparlantes del otro lado del mar no conducían descapotables ni se convertían de pronto en prósperas y desinhibidas empresarias. Por el contrario, en vez de “haber leído los siete tomos de psicología” sentían que la universidad no se había hecho para ellas y en vez de tostarse con insolencia y descaro en la Costa Azul se cubrían la cabeza con una modesta mantilla antes de entrar en la iglesia.

Sin embargo, lo que Corín Tellado retrata es lo que esas mujeres desean ser y hacer, y lo que propone es un cambio tan veloz como un huracán para una mujer que en esa época sólo podía ingresar en el mundo del trabajo como enfermera, peluquera, maestra, secretaria o modista.

Su invento –la nueva mujer española- se parece a ella. Amanece de súbito conduciendo una empresa, manejando coches y dinero y negociando con los hombres mientras “prende largos pitillos y se envuelve en abrumadoras bocanadas de humo.”… Y no tan sólo eso: en el terreno de la relación afectiva, no es una resignada acatadora del vínculo indisoluble. Si el hombre que duerme a su lado es un mediocre o no comparte sus sueños, es capaz de darse cuenta de ello e incluso de hacérselo saber. De hecho, el trabajo frenético fuera de casa es la primera forma de su rebelión. Era muy difícil, por cierto, que aquello culminara en el divorcio porque la censura del gobierno y la de la propia editorial se encargaban de impedírselo, pero lo que no podía decir, lo insinuaba… es decir casi todo.

Corín es su propio personaje. Como no estaba desesperada por casarse a los 18, lo hizo después de los 30. Cuando reparó en que su marido “no la conocía”, lo abandonó. Su trabajo infatigable le deparó dos libros por mes y algún dinero así como un serio conflicto judicial. Frente a la demanda multimillonaria de la editorial Bruguera para que continuara escribiendo por un sueldo muy bajo, tuvo que armarse de coraje y de paciencia, y escribir mucho más. Sus nuevos personajes aparecieron entonces más corinizados que nunca.

Sin romper con las estructuras sociales de la época, los libros de Tellado- en los que abundan mujeres separadas, independientes y trabajadoras- preparan a la española para los cambios modernos que llegarán mucho más tarde.

Y todavía hay algo mayor que eso, En la España que prohíbe los besos en la calle, las novelas “rosa” los reparten a raudales. En medio de los serenos que custodian la moralidad de los vecinos y mientras las familias deben preocuparse primero por la diaria supervivencia, la escritora asturiana reinventa el milagro del amor imposible y da paso a los enamorados para que superen todas las trabas y se hagan dueños del mundo.

González Viaña
González Viaña

La subestimación de ese género literario procede muchas veces de los celos. Debería ser aplaudido el género y la autora porque muchos analfabetos dejaron de serlo para leerla y porque la gente de la postguerra, tan necesitada de bienes elementales, consumió con avidez historias de amor cuyo desenlace querían adivinar. Todos, los lectores de entonces y los que vinieron después, comenzaron a creer en el amor como un insuperable cataclismo, superior a toda la grandeza y la miseria humana.

¿Tiene vigencia ese concepto de amor ahora? Se puede suponer que no, en una época de “dates” apresurados, de monogamia serial y de corazones cerrados que declara cursi todo lo que no puede sentir… pero los tiempos cambian.

En el siglo XI, el amor cortés- o sea el amor, con el elemento de libre decisión que le atribuimos actualmente- fue inventado en las cortes de Provenza. En el XX, lo reinventó una pequeña dama asturiana frente a una vieja máquina Remington y a una ventana por donde entraban las nubes y los colores del mar Cantábrico.

Algunos piensan ahora que ese tipo de sentimiento ya no existe, pero no hay que confiarse tanto de los asturianos. Podrían reinventar el amor otra vez más. Cuando la invasión árabe, ellos inventaron España, y porfiaron en ese invento más de setecientos años hasta el día en que el rey moro abandonó entre lágrimas Granada.

Invitación e incitación al libro

Lingüistas, profesores universitarios, escritores y científicos cibernéticos discutieron semanas atrás en Seattle sobre el destino del libro. Ello me ha ocasionado un sueño:

old books

Libros - Foto daniel9d

Visitaba la casa donde viví mi infancia en un puerto del norte del Perú. Fue en sueños, naturalmente, porque vivo en Estados Unidos, no he entrado en ella desde los tiempos de mi adolescencia, y tal vez ha cambiado tanto como yo en todos estos años, pero lo cierto es que me veía entrar solo en ella, y tenía que recorrerla desde la puerta de entrada hasta la que daba a la otra calle.

Era de noche.

-Ya no estarán conmigo mis padres – pensé- y mis hermanas viven lejos. Me sentiría mejor si todo fuera como antes.

A lo mejor, todo era como antes, y nada había cambiado porque el ayer está en el ahora cuando las cosas suceden en un sueño o acontecen dentro del corazón.

Por fin, de pieza en pieza, fui a dar con la puerta trasera que debería ofrecer acceso a la otra calle, pero en el sueño me hacía entrar en Oviedo y después pasé de España a otro sueño y a otra vida. Me dije:

-En cuanto abra esta puerta, penetraré en otra ciudad, la que al final también tendrá otra puerta que abriré para entrar en otro paisaje, y así estaré entrando y saliendo a través de patios y casas, ríos y bosques, historias y lagos, montes y países, amores y desamparos, caminos, mares, aventuras y planetas.

Un libro es como la puerta que vi en mis sueños. Caminamos con él a solas por el mundo y por la noche. Nos permite iluminar las habitaciones y los tiempos más sombríos. Nos instala en el universo confundidos entre los astros. Nos hace creer que ésta y todas las noches todo en el mundo estamos soñando el mismo sueño. Por fin, se abre y nos deja entrar a un número infinito de otras puertas y caminos.

El lector mira fijamente una superficie blanca cubierta de letras a las que persigue con los ojos. De izquierda a derecha y de arriba hacia abajo, la vista adquiere cierta voracidad por esos signos que se convierten en caminos y significados. El roce entre la vista y la superficie del papel no produce desgaste y, sin embargo, inaugura una infatigable arquitectura de ciudades y de sueños y se transforma en una puerta que se abre hacia un espacio misterioso.

En ese territorio discurren los anhelos y las ilusiones de los hombres. La comunidad humana convierte al libro en su desván de recuerdos y en el notario que habrá de transmitirlos de una generación a otra y a las otras para garantizar que habrá hombres y recuerdos por los siglos de los siglos hasta el día de la resurrección de la carne y la vida perdurable.

En el camino, o sea en la historia, la comunidad se hace «humana» porque el animal que lee se transforma en hombre, y este ser borra las fronteras entre los que viven y los difuntos, se traslada sin moverse a países prodigiosos y a historias adormecidas como la de Ulises que todo el tiempo continuará huyendo de los brazos eternos de la perversa Circe y navegando hacia la dorada Itaca invisible. Lo más importante de todo esto es que el ser-lector aprenderá a no morir, o por lo menos a no morir por completo, lo cual es atributo primero de la especie humana.

En Seattle, alguien me preguntó si creía que, con el avance de los medios cibernéticos, el libro se iba a acabar, y yo le respondí que eso era muy probable, y que por lo tanto había que salir corriendo a leer todos los que nos quedan por leer por todo el tiempo que nos quede?

Cuando he salido de mi país, o de mi casa, para quedarme en otro lado del mundo, al lado de mi ropa, siempre llevé conmigo las obras completas de Borges y Neruda y, dicho por ellos, leí «libro, cuando te cierro, abro la vida» y divisé «libros y casas como ángeles».

Así diviso la casa de mi infancia a la que entro cada noche mientras caballos transparentes galopan en medio de mis sueños, y el libro, esa puerta abierta hacia las otras puertas, transmite la palabra que es el Verbo. Y el Verbo, en el Evangelio de Juan, vuelve a ser la luz verdadera que alumbra a todo hombre que vive en este mundo.

YA VIENE HUGO MUÑOZ – Con ocasión de la sentencia sobre Alberto Fujimori:

Hugo fue despertado, pasada la medianoche, con fuertes golpes en la puerta de su casa. “Ya voy. Ya voy”, gritó, y fue al baño a arreglarse. “Se han equivocado. Creen que es mi cumpleaños”- quizás se dijo. “Deben de estar mareados. Voy a invitarles un café.

Así puede haber sido el comienzo de esa noche. Lo supongo porque lo conocí y fui su profesor en la universidad, y sé que era agradable y amiguero, que no iba a dejar a nadie esperándolo aunque ya fuera la una y 45. “Ya voy”, gritó de nuevo cuando volvieron a escucharse los golpes a la puerta.

La noche del 18 de julio de 1992, no le dieron tiempo de arreglarse. A patadas abrieron la puerta de su casa dos encapuchados que portaban metralletas. Pasaron junto a la cama donde dormían la esposa y el bebé del profesor sin cuidarse de ser vistos, y por fin a él lo redujeron por la fuerza y lo obligaron a salir.

Hugo Muñoz era esperado en la puerta por un grupo de soldados, varias camionetas de uso militar y el mayor Martín Rivas, jefe del grupo “Colina” y ejecutor de las disposiciones del entonces presidente del Perú, Alberto Fujimori.

En los pabellones estudiantiles, secuestraron a siete muchachos y dos chicas. Ya a bordo de las furgonetas, los secuestrados fueron golpeados con brutalidad a fin de “amansarlos”, según ordenaba Rivas, a quien le encantaba ese trabajo.

Luego de dos horas por la carretera central del Perú, los vehículos se detuvieron y un grupo de soldados bajó con palas a cavar las futuras tumbas. En medio de forcejeos y gritos, los detenidos fueron obligados a arrodillarse. A causa de las bestiales torturas, alguno ya había muerto en la camioneta. Al fin, Martín Rivas dio la orden de disparar sobre el grupo.

Las diez jóvenes víctimas de Fujimori fueron enterradas de prisa porque ya amanecía y estaban pasando otros vehículos. En los días que siguieron, los criminales los enterraron y desenterraron dos veces más hasta que por fin decidieron prenderles fuego, y echarles tierra encima.

Uno de los ejecutores, acogido al sistema de confesión sincera, relataría después que se pensaba llevar a los secuestrados al Cuartel General del Ejército, de donde procedían las decisiones, pero que de allí llegó la contraorden, y por fin, el mandato final del exterminio.

¿Quién dio la orden del crimen? Cuando se lo preguntaron al mayor Rivas, respondió: “Si Pérez Documet era el general a cargo de la DIFE, ¿quiénes eran los únicos que podían estar sobre él? Está claro, ¿no? Si las órdenes no venían de Fujimori, Montesinos y Hermoza, ¿de quién más podían venir?”.

Todos saben que aquella noche como todas las noches de ese tiempo funesto, Alberto Fujimori pernoctaba en el Cuartel General porque tenía miedo, mucho miedo.

Todos saben también que, días después, al denunciarse el secuestro de los estudiantes, salió a la televisión para declarar al país que los estudiantes se habían autosecuestrado o que se habían ido de la universidad para unirse a las huestes de Sendero Luminoso.

Todos saben que cuando una comisión del Congreso investigaba el crimen, los tanques de Fujimori rodearon la casa legislativa para amedrentar a la Comisión Investigadora.

Todos saben también que, tiempo después, al descubrirse los cadáveres, y llevados a juicio los ejecutores, no cumplieron un solo día de cárcel, y pronto recibieron la amnistía presidencial.

Todos saben en el Perú que los nueve modestos estudiantes y su profesor fueron víctimas de una masacre ordenada por un hombre que hacía gala de su admiración por una bestia vecina, y dijo en esos días: “El será Pinochet, pero yo soy Chinochet.”

Todos saben que este personaje simplón, seminalfabeto, casi lombrosiano, justificó en público y en privado, todas las veces que pudo, el baño de sangre como único camino para derrotar al senderismo.

Por todo esto, que todos saben, es inconcebible que se le siga llamando político y que se llame partido político a la pandilla de sus seguidores. Aquellos exigen la absolución de su jefe o la amnistía presidencial en un país donde están en vigencia la Constitución y las leyes.

Se ha amenazado sin éxito al presidente, a los jueces y a los fiscales. A todo el resto de los peruanos, se nos quiere asustar.

Yo conocí a Hugo Muñoz, y no lo voy a olvidar. Usted, tampoco, Alberto Fujimori. Usted no duerme ya en la Comandancia del Ejército, ni duerme. En sus noches blancas, quizás en este mismo momento mira angustiado la pared de su celda, y cree ver a Hugo Muñoz. “Ya voy. Ya voy”- tal vez le dice. Y eso es verdad: Ya viene.

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