Las manos invisibles

Nubes y luz

Nubes y luz

Me escribió hace unas semanas mi amiga Miranda para preguntarme:

¿Podrás decirme nuevamente el día, la hora y el lugar donde se hará la presentación de los  poemas  del tío Oscar Imaña?

No sabía yo que por fin se fuera a publicar un libro del poeta, miembro entrañable del famoso Grupo Norte y amigo, casi hermano, de César Vallejo.

Miranda decía “nuevamente”, y yo no tenía recuerdo de haberle escrito. Sin embargo, al día siguiente, recibí una carta de César Corcuera en la que me participaba la aparición de “Las manos invisibles” y me invitaba a ser uno de sus presentadores.

Cuando yo era un universitario de 20 años de edad y visitaba a Marco Antonio Corcuera, me encontré varias veces con una vieja maleta de cuero de la cual sobresalía una ruma de papeles escritos en la máquina vacilante de algún abogado poeta.

-Son poemas de Óscar Imaña.- me dijo Marco Antonio y añadió que los tenía allí desde hacía 10 años. Quería dedicarles alguna vez un número entero de su revista “Cuadernos trimestrales de poesía”.

Mucho tiempo después, me prometió:- Este libro tendrá que aparecer de todos modos, y tú harás la presentación.

Han pasado muchos años desde aquello.

Imaña, Vallejo, Orrego y el propio Marco Antonio ya están ahora levantando columnas en el cielo como siempre hacen los buenos poetas y los hombres libres y de buenas costumbres. Por suerte, quedan sus hijos. Los de Marco, constituidos en una fundación que lleva su nombre, desempolvaron los archivos y decidieron publicar el libro. La Universidad Particular Antenor Orrego lo mandó a la imprenta. Va a ser presentado el 24 julio en la próxima feria del libro.

Óscar Imaña perteneció a una generación asombrosa. Nunca antes se había dado en el Perú una eclosión tan grande de poetas, filósofos, pensadores sociales, músicos y pintores como la que entonces se dio en Trujillo en 1920. Eran apenas veinteañeros, pero estaban destinados a cambiar la literatura, el arte, la filosofía y la propia sociedad peruana.

César Vallejo fue apresado en esos días. Ahora ya se sabe que se trataba de una maniobra judicial destinada a escarmentar a los jóvenes por sus ideas socialistas y anarquistas que amenazaban los fueros de la caduca e injusta historia de entonces.

Al lado de Vallejo, Imaña es uno de los poetas mayores que produjo ese grupo. Ambos eran muy similares. Tanto, que un día leyeron ante sus amigos el más reciente de sus textos. Ocurrió en la casa de Macedonio de la Torre. Se hallaban presentes Spelucín, Orrego, José Eulogio Garrido, Haya de la Torre. Ninguno de ellos pudo contener el asombro cuando descubrieron que ambos poemas estaban dedicados a desentrañar el misterio de Dios, y lo hacían en términos similares.

“¿Por qué te ocultas, Dios? Yo te interrogo/con la ansiedad de todo lo que llora… hasta cuándo será silenciosa la Muerte…. hasta cuándo tus manos la ocultarán, Señor…”- había escrito Imaña.

“ Dios mío, si tú hubieras sido hombre,/hoy supieras ser Dios”- decía César Vallejo. Ambos poemas fueron escritos a comienzos de 1918. Sus autores no se habían visto en por lo menos 6 meses. Muchas otras cosas extrañas podrían contarse de los jóvenes del grupo. La tiranía del espacio periodístico me lo impide.

Si Vallejo se quedaba en el Perú, lo habría matado la cárcel o Lima lo habría silenciado. A Óscar lo dejó sin un libro completo la dedicación a la magistratura. Muchos años después, cumpliendo la voluntad de Marco Antonio, sus hijos cumplieron el encargo. Proféticamente, en 1916, Oscar había escrito “si acaso en un rincón/de una vieja maleta carcomida/hallaras mis poemas…

Es la misma maleta de cuero que vi en el estudio de Corcuera. Todo estaba anunciado entonces. Lo estaba también el e-mail de Miranda. ¿Existirá Miranda?

Mr. Capriles: usted no es Simón Bolívar

Simón Bolívar

Simón Bolívar

Hace cinco años, Melissa Patiño, una colegiala de Lima, escribió un poemario sobre Simón Bolívar. Su admiración por el fundador de nuestra libertad le valió ser invitada a un encuentro bolivariano que se celebraba en Quito, Ecuador.

Cantando y conversando con otros chiquillos de su edad, Melissa regresaba al Perú en un ómnibus que debía llevarla hasta Lima. Sin embargo, en la frontera de Aguas Verdes el vehículo fue detenido por un grupo de individuos que se identificaron como miembros de alguna policía política. La chica fue prácticamente secuestrada.

La pasaron a otro vehículo. La esposaron. En esa condición, le tomaron decenas de fotografías y la ofrecieron a las cámaras de televisión. De allí, fue directamente internada en el penal de alta seguridad de Santa Mónica.

El gobierno de Alan García justificó esa barbaridad aduciendo que la niña había participado en una reunión de terroristas en Quito.

Se olvidó decir que la cita era abierta y pública, y en ella participaban grupos juveniles de Venezuela, Uruguay, Brasil, Argentina, Cuba, Ecuador y Perú. Ninguno de los participantes de los otros países fue molestado en absoluto por la policía.

Es más, el referido encuentro era un homenaje internacional a la imagen de Simón Bolívar y a su mensaje de unidad latinoamericana. El gobierno de García no disimulaba para ese entonces su profunda animadversión contra él libertador de cinco países a quien “sotto voce” se calificaba de terrorista del siglo XIX.

En Estados Unidos, me enteré de eso. Al lado de noticias sobre mujeres a quienes los talibanes prohibían ir al colegio, destacaba esta historia llegada del Perú. El filósofo Noam Chomsky y otras personalidades del mundo protestaban. El gobierno de Lima ofrecía al mundo una lastimosa imagen de nuestro país. Su beligerancia contra Bolívar le impedía ver el ridículo que estaba haciendo.

Por supuesto que me indignó, pero al mismo tiempo me alegró saber que Bolívar y sus sueños seguían vivos y sublevantes en pleno siglo XXI.

Esta semana llega al Perú, para recaudar apoyo contra la estabilidad democrática de su país, Henrique Capriles, candidato derrotado en las recientes elecciones de Venezuela.

Lo increíble es que, según las noticias, al lado de un “Comando Simón Bolívar Exterior”, le prestará masas y rollos el ex presidente Alan García quien, al parecer, de súbito se ha convertido en bolivariano.

Si usted está leyendo este artículo en el Internet le ruego que entre en las páginas de “el país.es” y compruebe que, tanto en este momento como ayer, antes de ayer, la semana pasada y la próxima, la primera plana del periódico español está dedicada a un ataque permanente contra el país de Simón Bolívar. Pasa lo mismo con otros grandes medios internacionales de comunicación.

Esta campaña es idéntica a la que se ensayó contra Irak. No había armas de destrucción masiva allí ni el gobierno tenía nada que ver con las malditas bestias del 11 septiembre, pero esas acusaciones fueron las justificaciones de una invasión y un genocidio.

Bolívar era un soñador inmoderado. Sólo podía despertar adhesiones u odios permanentes. Por eso es eterno, y dura hasta el siglo XXI el odio de los que secuestraron a Melissa Patiño.

En En 1823, Manuelita Sáenz escribió una carta a su esposo dándole las razones por las cuales se había ido con Bolívar. A cambio, le ofrecía casarse de nuevo con él en el cielo. “En la patria celestial, pasaremos una vida angélica y toda espiritual…  a la inglesa”, le prometía. Nada de eso podía ocurrirle con el libertador. Ni pasará lo mismo con sus detractores. Serán unos centímetros de odio en los libros de historia, y nada más.

Mister Capriles: mírese en ese espejo. Usted no es Simón Bolívar. Ni se le parece.

Los mellizos diferentes

Videla y Fujimori

Videla y Fujimori

Se parece en mucho, pero no en todo. A uno y a otro los llamaban “el chino”.

Ambos fueron terroristas. Ambos fueron genocidas. Ambos eran sumamente ignorantes.

Ambos desindustrializaron a sus países, e impusieron a sangre y fuego un orden neoliberal por encargo de otros.

Se parecen en casi todo, pero se diferencian en algo muy importante. Videla aceptó las penas impuestas sin pedir clemencia y tomó sobre él toda la culpa.

Al responsabilizarse en su condición de comandante en jefe, el argentino salvó para la historia el honor de las fuerzas armadas de su país en cuyas filas militara el bravo y honesto libertador José de San Martín.

Fujimori no cesa de pedir clemencia. Entre dos hombres pequeños, éste es insignificante.

Lo más grave: Fujimori ha intentado a través de toda su estrategia judicial inculpar a la fuerza armada de los delitos que él mismo planeó y ordenó desde palacio.

Si Fujimori recibe ahora el indulto, la historia le pasará los platos rotos a quien no corresponde. En la práctica, el reo está conminando a un presidente de origen militar para que lo salve del peso de su culpa y se la pase al ejército. El reo y sus hijos basan sus razones en la salud y la supervivencia. Sin embargo, su rollizo aliado tiene otras razones. Él está pensando en las próximas elecciones en las que llenará de improperios al actual presidente constitucional.

Terroristas y genocidas, Videla y Fujimori tienen decenas de miles de muertos en su haber. Al argentino se le ha probado y condenado por el robo de bebés, el fusilamiento de presos y otras bestialidades sin fin. No tan sólo la Argentina, todo el mundo tiene presente la imagen de los presos que son subidos a helicópteros, torturados allí y arrojados a las aguas del Río de la Plata. En los archivos televisivos, en el Youtube, cualquier persona de París, Londres o Nueva York puede ver y escuchar ahora mismo el testimonio de los jóvenes que, cuando bebés, fueron arrancados del vientre de la madre y vendidos. Argentina no es un país secreto.

Tampoco es secreto el Perú. En Roma, Ginebra, Madrid o en Washington, quien lo desee puede entrar en Youtube y escuchar a las mujeres que fueron esterilizadas contra su voluntad. Puede enterarse de cómo una guerra civil fue convertida en una guerra étnica y de qué manera decenas de pueblos fueron arrasados o de cómo los cadáveres de los torturados fueron enterrados en los cuarteles.

Videla y Fujimori no fueron el poder, sino su brazo armado. Traidores, cumplieron órdenes extranacionales. Su misión era instaurar una economía neoliberal en la que el estado fuera despojado de sus bienes y funciones. El encargo era que aquél fuera privatizado para beneficiar al gran capital transnacional, a las corporaciones foráneas y a sus socios locales.

Para llevar a cabo ese encargo, tenían que arrasar la institucionalidad e imponer el pánico. Este y la perversidad sólo los mejores medios “de persuasión” que conocen los gobiernos terroristas.

Videla y Fujimori se parecían en todo, pero no en todo. Ya se sabe hoy que el dictador japonés, debe a su alianza con Montesinos, el hecho de ser ahora uno de los hombres más ricos del mundo. Por supuesto, no era un “caído del palto”. Por eso, se entiende el cariño que le profesa ahora el autor de la teoría de que “la plata llega sola”.

Por su parte, el argentino era un genocida austero. No bebía. No era ojo vivo. Comulgaba con frecuencia. No se ha hablado de millonarias cuentas a su nombre en el exterior. Probablemente creía que la sangre derramada de otros lleva al cielo. Videla era algo así como un violador casto. En eso, estos mellizos no se parecen.

Carta a Javier Heraud

Javier Heraud

Javier Heraud

Hermano: de todos nuestros compañeros de generación, eres el que mejor se conserva.

Conservas los mismos ojos asombrados del chico que estaba recibiendo el primer premio de aprovechamiento en el colegio “Markham”.

Tienes la misma cara del muchacho de 18 años que viaja al norte para recibir el premio al mejor poeta joven del Perú.

Recuerdo que a través de los aires antiguos y dulces de Trujillo te abrías paso para leernos poemas del libro que ya a esa edad habías publicado.

Recuerdo que eras un muchacho grandote y de pies enormes, y que tenías pronunciadas ojeras de niño sabio.

En nosotros, las ojeras se instalaron por la edad y también por algunas experiencias tristes. El pelo se les puso blanco a algunos. A otros, se nos fue cayendo. En ti, nada de eso ocurrió porque sobre ti no pasaron los años.

No pasaron por que los años no pasan sobre el río, y tú eras y eres un río. Además de que tu poema lo proclama, te acribillaron cuando te ibas flotando sobre una canoa por el río Madre de Dios. Y por eso sigues siendo “el río que viaja en las orillas, puerta o corazón abierto; el río que viaja por los pastos, dolor o rosa cortada; el río que viaja dentro de los hombres, el río que canta al mediodía, el río eterno de la dicha.”

Eso ocurrió hace 50 años. Como lo ha contado tu padre, saliste de Puerto Maldonado inerme, sobre el tronco de un árbol, a la deriva, y pudiste haber sido detenido sin necesidad de disparos. Tu compañero había enarbolado un trapo blanco. No obstante, los policías y los civiles a quienes se había azuzado te disparaban desde las orillas, durante una hora y media.

Eso ocurrió el 15 mayo de 1963. El “valiente” capitán que comandaba a los sicarios gritaba: “Fuego, fuego, hay que rematarlos.” Ya estabas muerto cuando continuaban zumbando las balas dum dum. La autopsia encontró diecinueve forados en tu cuerpo.

¿Por qué tanto odio, Javier?

Eran los años en que todo el mundo estaba pendiente de la revolución cubana. En el Perú, teníamos que levantarnos a las cuatro o cinco de la mañana para escuchar secretamente “Radio Habana, Cuba”

Estaba prohibido captar esa emisora, ver la película “Morir en Madrid”, cantar “Natalie”, dejarse crecer la barba, viajar a los países socialistas. Los gobiernos temían que fuéramos contaminados por las ideas de libertad y de justicia.

Los dueños del país querían hacer creer que representaban las ideas cristianas. Sin embargo, día tras día, los monopolistas del campo, los contaminadores de las minas, los agiotistas de las finanzas y algunos insaciables e inflados presidentes han demostrado que no hay materialismo más perverso que el suyo.

Ser socialista como lo fuiste y lo eres, querido Javier, equivale ayer y ahora a aceptar la cruz de los mártires, y a seguir las ideas del dulce y humilde rabí de Galilea.

Lo que hicieron contigo se ha continuado haciendo. Exterminar a los hombres que piensan diferente es una abominación, pero es la única arma que conoce la derecha. El odio se amortigua para todos, menos para ellos. Ahora, llaman “antisistema” a lo que pensamos quienes nos oponemos al neoliberalismo. Mañana, terminarán de elaborar las leyes que clausuren la libertad de expresión. La derecha no ha terminado de mostrar su perversidad, y ahora lo va a hacer.

Ser poeta es ser dueño de una voz que denuncia la bestialidad de los tiempos y clama por la solidaridad y la justicia. Sólo la unidad de los justos hará que perduremos como tú, querido Javier Heraud, que sigues escribiendo para el futuro, para los niños y niñas que a los 18 años escriban poesía, para los compañeros que vengan mañana.

Mi madre vive en una estrella

Estrellas en el firmamento

Estrellas en el firmamento

Cuento las estrellas con los ojos cerrados

Esta tarde me han llamado del Perú, y lo que me han dicho significa que el mundo se ha terminado. Resulta curioso, por eso, escribir esta carta que no tendrá letras de imprenta ni papel periódico, tampoco remitente ni menos destinatario, porque ustedes y yo, amigos lectores, ya no estaremos mañana sobre el mundo, o tal vez nos habremos quedado dormidos para despertar de aquí a diez mil años.

Aun en el caso de que ustedes no estén muertos ni el mundo se haya terminado, habrá ahora de todas formas un adiós en mi vida, y será el más grande. “Mamá está muy malita, parece que se le cansó la vida, y el médico piensa que ya no hay esperanzas…” –me comunica mi hermana María del Pilar, y agrega que el sacerdote ha llegado y se ha ido, y se olvida de contarme que un ángel se ha quedado cuidando de doña Mercedes, y quizás la está peinando ahora mientras la torna joven y ligerita para que pueda acompañarlo más tarde por esos andares del cielo.

Y por eso mi adiós es tan grande y numeroso. Adiós tendré que decir a oriente y a occidente, y adiós al norte y al sur, porque ella era mi norte y sur, y también mi oriente y occidente. Adiós le digo a mi sombra porque ella me la obsequió. Y mi adiós comprende al caballo alado que dibujó para mí, a los barcos y a los aviones de papel, a la Luna silenciosa, al Sol paternal, al mar transparente y a los cerros soñados de mi tierra, porque a todos ellos los inventó para mí, y adiós por fin a las piedras, a las gaviotas, al pan, a las nubes y al vino, porque todo vino se va con ella. Adiós al adiós, y adiós.

Aquí entre nosotros, de todas formas, creo que dos de sus invenciones van a sobrevivir en esta hora de los adioses. La primera es la palabra escrita, y voy a explicarles por qué. Cuando yo tenía cinco años de edad, una maestra, aburrida de lidiar con un niño sumamente distraído, le dijo a mi madre: “Doña Mercedes: creo que Eduardito no llegará a leer ni escribir. En todo caso, no me parece que pase de la letra “d”. Pero no se preocupe; ya ve cómo el general Odría ha llegado incluso a ser presidente del país”.

Mamá sonrió, agradeció y me sacó del jardín de la infancia, pero ese mismo día en la casa, todas las cosas tenían pegado un cartelito con su nombre, y así supe que la mesa se escribe como se escribe, que la silla tiene cuatro patas pero no camina, y que el tordo vuela, y mi mamá es hija de mi abuela, que la casa se sostiene sobre dos sílabas y la bicicleta sobre dos ruedas, que los barcos navegan en un cielo morado y que el mundo es redondo, tan redondo como la vida, y así aprendí también el color de los colores y la duración de los años, las estrellas, los toros y los peces, y hoja por hoja, aprendí a conocer el árbol de la vida.

No sé si alguna vez doña Mercedes se subió a la Luna para ponerle un cartel escrito, pero a los dos meses Eduardito sabía leer, y ya había decidido pasarse toda la vida aprendiendo a escribir. Creo que fue una conspiración en la que todos tomaron parte; mamá se convirtió en mi diccionario parlante; mi padre me obsequió una pluma fuente y un corazón sin límites, y mi abuelo materno compartió conmigo, a mis ocho años, la lectura de Dante Alighieri y de Gustave Flaubert, en sus originales italiano y francés, porque suscribía la teoría de que los niños nacen con el conocimiento de todos los idiomas, y hay que leer con ellos para evitar que se les pierdan las palabras.

El otro regalo de mi madre fue mucho más sencillo, pero más poderoso: me tomó de la mano derecha y me enseñó a persignarme y a hablar de tú a tú con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y ese obsequio me ha tornado indestructible porque me hizo saber que no termino en mí mismo.

La palabra escrita me demuestra cada día que somos inmortales y me hace conocer los nombres numerosos del amor. El signo de la cruz me ha hecho hermano de todos los hombres y partidario de todas las ideas y ocupaciones generosas que he encontrado en la vida, y así podré ser simultáneamente cristiano y socialista, realista y mago, abogado y astrónomo, periodista y profesor, y por fin autor de libros y buscador empecinado de la palabra perdida.

Por obra y gracia de estos dos regalos de mi madre, todo volverá a amanecer mañana después de este fin del mundo, y si esta noche miro fijamente hacia los cielos del sur, y cierro los ojos, podré ver el punto de la galaxia en donde vuela ahora la estrella de mi madre con todo ese brillo que vence a la oscuridad sin fin y que llega a mí desde atrás de las lágrimas.

 

Las licencias de conducir y el chipotle

La flauta de Fray Bernardino

La flauta de Fray Bernardino

Hace algunos años, en una manifestación del primero de mayo, frente al Capitolio de Oregón, corté en cuatro pedazos mi licencia de conducir. A partir de ese momento, cesé de usarla porque no quería ser dueño de un derecho que se negaba a otros.

En consonancia con la fiebre racista anti-inmigrante, el gobernador de entonces había dispuesto que la renovación de las licencias se convirtiera en un medio para detectar a los inmigrantes precarios.
Ese carné es la única prueba de identidad que se usa en este país. Sin la posibilidad de usarlo, los indocumentados no pueden legalmente casarse, ni estudiar, ni conducir automóvil, ni recibir cartas en el correo, ni ir a la iglesia, ni procrear, ni nacer, ni morir.
He pasado varios años sin la licencia. Felizmente que nadie me la pidió.
El primero de mayo de este año, eso cambió. En la manifestación por los inmigrantes y por los trabajadores del mundo, se presentó el gobernador demócrata en el estrado, pidió el micrófono y declaró que desde ese momento se reintegraba el derecho de todos a usar la licencia.
Es un excelente primer paso. No es un milagro. Ha sido ganado por los hispanos de este país con su presencia abrumadora en los comicios que dieron el triunfo por segunda vez al señor Obama.
Ahora, podemos esperar una ley que solucione el problema de la inmigración. Incluso los republicanos se han tenido que tragar el sapo. Luego de que todos sus precandidatos se esmeraran en ser más perversos, ahora se han decidido a trabajar por el cambio.
Lo que unos y otros políticos están decidiendo ahora es sencillamente lo más racional y positivo para este país.
En un remoto país del África, la esclavitud fue abolida hace cinco años. En los Estados Unidos, durante la última década parecieran haberse dado los pasos para reinstaurarla.
Ojalá fuera una metáfora. Es la pura verdad. Millones de trabajadores indocumentados están siendo tratados con la misma saña con que se perseguía hasta el siglo XIX a los negros cimarrones. Desde la época del señor Bush, el asedio ha sido cada vez más expeditivo y cruel.
Entre las medidas puestas en práctica desde entonces, las empresas tienen que despedir a los trabajadores con documentos falsos o enfrentarán severas multas e incluso cargos criminales. Para información del lector, hasta hoy es posible que un ilegal use su número falso del Seguro Social. Esta entidad se limita a cobrarle impuestos a cambio de los cuales el trabajador no recibe ningún beneficio.
En virtud de las leyes anti-inmigrantes, el seguro debe cruzar información con los departamentos de Inmigración y de Seguridad, de donde parten las órdenes de multas, apertura de procesos criminales, cárcel y deportación.
Si se tiene en cuenta que más del 70 por ciento de los trabajadores del campo son latinos sin documentos, a este acto puramente irracional, destinado a contentar a los racistas, se va a añadir en el futuro una catástrofe en la producción de alimentos.
Ahora, las cosas comienzan a cambiar. Además de usar otra vez mi licencia, olvidaré mi vegetarianismo por una hora.
El gringuísimo “McDonald” está ofreciendo un “Pollo envuelto en tacos y burritos con chipotle”. El chipotle es un ajiseco mexicano delicioso del cual Fray Bernardino de Sahagún dijo en 1524 que era “un sabor del paraíso”. Quiere decir esto que, a pesar de las murallas, la suculenta cultura de los latinos se impone y hace que los perseguidores se chupen los dedos. Iré a celebrarlo.

Romero, el santo subversivo

El asesinato de Óscar Romero - Foto Agencia EFE

El asesinato de Óscar Romero – Foto Agencia EFE

Informaciones procedentes del Vaticano nos hacen saber que el nuevo Papa ha “ desbloqueado” la canonización del arzobispo de El Salvador, monseñor Oscar Romero. Ahora, ese proceso sigue adelante bajo la dirección de Francisco y después de treinta años de retrasos.

La palabra de la información dice exactamente “desbloqueado”. Cuesta creer que la Iglesia Católica haya mantenido “bloqueado” el reconocimiento de la santidad de uno de sus mártires más valerosos.

Sería doloroso reconocer que hubo en el retraso razones extrajudiciales. Eso nos haría pensar en San Martín de Porres cuyo origen étnico bloqueó el proceso durante varios siglos.

Después de todo, Oscar Arnulfo Romero es, para todos, un santo. Católicos, evangelistas de todas las denominaciones y también marxistas y hasta agnósticos lo llaman y lo sienten así. No es poca cosa que un hombre sin uniforme ni más armas que la palabra de Dios se haya enfrentado a un ejército de asesinos en nombre de los pobres de El Salvador.

El objeto de esta nota es pensar en los católicos de América Latina. Ya era hora de que Roma se interesara por nosotros que hacemos más de la mitad de los católicos del planeta.

El Papa Francisco, excelente futbolista y regular bailarín de tangos, sabe en verdad cómo somos. Sabe que somos tan irreverentes como audaces y tan devotos como relajados. Adivina que amamos entrañablemente al Papa pero no le obedecemos, y reverenciamos sus enseñanzas, pero no las tomamos muy en serio, sobre todo las que atañen a disciplinar nuestras pasiones.

Lo he dicho antes y lo digo ahora. Ni siquiera los “no católicos” son por completo no católicos aquí. Los ateos se casan por la Iglesia y bautizan a sus hijos. Y, como señalaba García Márquez, la diferencia entre los extremos políticos de esta región radica en que los conservadores van a la misa de doce y los liberales anticlericales a la de las siete de la mañana para que nadie los vea.

Sabe Francisco que, además, esta región es territorio de contradicciones temibles. Los recursos de oro, plata y cobre más inmensos del planeta están aquí, pero también están presentes la pavorosa miseria y la masacre contra los pobres que protestan. Y también se encuentran aquí la insultante riqueza de algunos egoístas y las calaveras del hambre. Y además, el hacinamiento miserable, la perversidad de las falsas democracias y la escasez del amor.

Canonizar a Romero podría significar para la Iglesia convertirse en adalid de la lucha por el cambio social y congregar a la inmensa fuerza de los latinoamericanos en esa marcha hacia la comunidad de Dios.

Recordemos unas cuantas palabras del mártir: “La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: cese la represión.”

El criminal le disparó desde la pila de agua bendita. Desde allí caminó hacia la calle donde un jeep militar lo esperaba… Por su parte, el sacerdote levantaba en sus manos el Cuerpo de Dios cuando sonó el disparó. Después, cayó sosteniendo la hostia contra su corazón.

El papa argentino sabe que éstos son los santos que más admiramos. La noticia venida del Vaticano nos hace recordar y cerrar los ojos. Esa es la forma cómo escondemos nuestra cólera y no dejamos que se enteren de que estamos llorando.

Progresivamente, poco a poco

El vino

El vino

“¿Nacionalización del petróleo? Si, pero progresivamente. Poco a poco, compañeros.”

Estas palabras de Haya de la Torre en febrero de 1962 muestran que su discurso antaño izquierdista se había moderado notablemente para esa época.

La agenda nacionalista había sido reemplazada ahora por una tónica de prédica moral que fue permanente en la vida del líder. Por costa, montaña y selva, clamaba por una vida honesta ajena al licor, la droga, y las tentaciones corruptoras del dinero.

En vez de una campaña política, aquella parecía la gira de un predicador religioso cuya palabra fascinante originaba súbitas conversiones. El “Viejo” sentía que la presidencia estaba a un paso y que, por ende, era necesario preparar a los apristas para que evitaran la sensualidad del poder.

En Pacasmayo, mi pueblo, fueron dos los oradores: el candidato presidencial y un joven flaco y peludo, sin libreta electoral aún, pero secretario general del comando universitario aprista de Trujillo, aquel que ahora escribe estas líneas.

La fluidez algo irresponsable de mis palabras provocó los generosos comentarios del Viejo quien, ante la multitud, proclamó que este muchacho flacuchento habría de ser un día muy importante como orador y como hombre de pluma. Tal vez lo dijo por las plumas que en vez de barbas rodeaban por entonces mi cara.

Aprovechó el Viejo de esa anécdota para dirigirse a la juventud y a los compañeros del partido, y pedirles por enésima vez moderación en la bebida.

En la cena aprista que luego siguió, todos estaban pendientes de las palabras con que respondería el secretario general del distrito, un excelente médico que además era muy aficionado a las copas. Cuando aquél pidió la palabra, un compañero me codeó preocupado.

En efecto, el inicio de su discurso provocó una generalizada desconfianza: “El compañero jefe nos ha dicho que debemos dejar el alcohol. Tiene razón. Lo vamos a dejar, compañeros…

¿Hipocresía?… Telmo continuó: “Vamos a dejar el alcohol, compañeros. Pero, progresivamente, poco a poco.”

Nadie pudo contener la risa, ni siquiera el propio “Viejo” que tenía un gran sentido del humor y que solía reírse hasta de sí mismo.

A este hombre se le ha acusado de desviaciones ideológicas, pero jamás de ansioso lucrador. Sería imposible decir eso de quien llevaba siempre los bolsillos vacíos y casi desconocía el valor del dinero. Tampoco se ha dicho eso jamás de los viejos apristas quienes por su capacidad podrían haber caminado hacia un futuro prometedor, pero que todo lo perdieron, la libertad, la familia, la propiedad e incluso y la vida, al entregarse a la lucha revolucionaria por la felicidad de los demás.

Por ello, el mayor daño que el aprismo-facción García, Aurelio Pastor- ha hecho a esa historia son las demoledoras evidencias de corrupción en las que se debate ahora. Casi seis mil indultos y conmutaciones de condena a narcotraficantes así como una “módica” tarifa de 10 mil dólares por año de cárcel perdonado embarran y hacen vergonzante la propia mención del partido.

Incluso, tornan sospechosa de rentada la participación de ese grupo en el cargamontón extorsionador que se hace en esos días al presidente para obligarlo a indultar al terrorista Fujimori.

Más aún, esta tragedia nos hace ver como una heroica carga de la desesperanza la reciente fundación del Partido del Pueblo. Agrupados en él, Luis Alberto Salgado, Enrique Cox, Raúl Haya de la Torre y varios miles de compañeros quieren volver a la vieja y maravillosa historia de los militantes “puros y sinceros” que hicieron temblar a la vieja oligarquía peruana y a los cimientos castrenses de su poder.

¿Se puede esperar que se tornen honestos de repente los que convirtieron Palacio en una “paradita” de conmutaciones e indultos? Sí, pero progresivamente, poco a poco…

La alcaldesa del striptease

La maja desnuda - Goya

La maja desnuda – Goya

En 1963, la primera alcaldesa de Lima hizo lo que generalmente se espera de una mujer que llega a ese cargo.

En nuestros días, la alcaldesa ha hecho mucho más de lo que se espera que haga un hombre.

Anita Fernandini de Naranjo no fue electa. Llegó a la municipalidad por designación de una junta militar que ansiaba atraerse las simpatías de las mujeres y de las clases a las que doña Anita pertenecía pues era hija del poderoso minero Eulogio Fernandini de la Quintana y era considerada la mujer más adinerada del Perú.

Gobernaba el Perú entonces un triunvirato militar. El año anterior, los golpistas habían asaltado palacio unas semanas después de las elecciones y luego de vetar al candidato del Apra, Víctor Raúl Haya de la Torre.

En muchas iglesias de América Latina, se difundía por entonces un comunicado en el que algunos católicos “piadosos” culpaban de los males del mundo a las atrevidas ropas de baño, a los generosos escotes, al descocado Pérez Prado y al reciente apogeo de la minifalda.

La epidemia golpista llegó al Ecuador cuando el presidente Carlos Julio Arosemena se tomó unos tragos en palacio y despertó todavía con los humos en Ciudad de Panamá. Una junta militar lo había sustituido mientras dormía.

La señora Fernandini hizo exactamente lo que de ella se esperaba. Se preocupó por la limpieza de la ciudad. Expropió terrenos para una basílica que nunca se llegó construir. Condecoró a la Virgen del Carmen y le entregó las llaves de la ciudad. Por fin, hizo de conocimiento público una canción sagrada que había escrito durante las sesiones del municipio, y que se titulaba “Plegaria al Señor de los Milagros.”

Recia moralista, la alcaldesa decidió por fin lo que iba a ser su golpe de gracia. Condenó el desnudo. Aparte de que algunos limeños piadosos y observantes tuvieron que ponerse una pijama gruesa durante el caliente verano, la señora prohibió que los cines y las boites ofrecieran espectáculos de striptease.

Mi amigo, el artista gráfico, José Bracamonte Vera, me contó entonces que los enviados de la alcaldesa habían llegado a la Escuela Nacional de Bellas Artes para velar los cuadros donde aparecían mujeres desnudas y obligar a las modelos a que usarán un recatado calzón.

Era yo un jovenzuelo reportero que recién había obtenido la libreta electoral. Hacía calle en el diario “Expreso”.

Avisado por Pepe Bracamonte, me puse de acuerdo con un excelente reportero gráfico a quien llamaban “ Reflejos” y salimos hacia la municipalidad de Lima. Allí esperamos a que terminara la sesión y a que saliera la alcaldesa a quien yo debía entrevistar.

La primera dama de Lima aceptó conversar conmigo. No había advertido que detrás de ella había una bellísima muchacha cubierta con un lujoso abrigo de piel. Era una bailarina, y la había comprometido yo para cometer esa maldad.

Mientras la señora hablaba y gesticulaba, la bonita Elsa Moreno se quitó el abrigo y posó desnuda tras de la primera autoridad para el travieso lente de mi fotógrafo. Obviamente nos detuvieron. Obviamente le quitaron los rollos a “Reflejos” y se los velaron. Obviamente, él se quedó con el verdadero. Después de unas horas de detención, llegamos al periódico convertidos en héroes de la libertad de prensa. La primera página del día siguiente nos consagró.

¿Es ese el tipo de alcaldesas que requiere Lima? No lo creo. Una mujer muy valiente, Susana Villarán, ha logrado acabar con La Parada, un gigantesco mercado cuyos alrededores eran usados para la venta de repuestos robados. Ningún alcalde pudo hacerlo en más de 40 años. También ha logrado vencer la millonaria campaña contra su administración. Ahora, un juez de sospechosa ejecutoria intenta detenerla. Cualquier día de estos va a visitarlo un periodista con un fotógrafo.

¿Cuándo se acabará el infierno?

Terrorismo de estado - De la serie "Amín Abel, una tragedia sin olvido" - Hampton Rodríguez

Terrorismo de estado – De la serie “Amín Abel, una tragedia sin olvido” – Hampton Rodríguez

¡Chino, contigo hasta la muerte!- gritaron las multitudes en el estadio de River Plate y luego en la plaza de Mayo para saludar a Jorge Rafael Videla, luego del campeonato mundial de fútbol de 1978.

A poca distancia de allí, una prisionera daba a luz sin auxilio médico y se la dejaba desangrarse. El niño, arrebatado de su vientre, era llevado a otro sitio para ser vendido o entregado a militares incapaces de procrear.

En un cuartel cercano, alzaban vuelo los helicópteros con su carga de presos políticos para torturarlos arriba y luego arrojarlos sobre el Río de la Plata. Por buena razón, se dice que el infierno estaba en la Casa Rosada.

En ese país como en el Perú, Chile, Uruguay, Brasil y un largo etcétera, existió un clima de apoyo cuando no de complicidad en los sectores judiciales, eclesiásticos, legislativos, policiales, y sobre todo en los medios de comunicación masiva que se convirtieron en portavoces y propagandistas de los gobernantes infernales.

En actitud de cambio, el cardenal de Argentina, ahora Papa Francisco, pidió perdón a ese país por la participación de la Iglesia en el terrorismo de estado. Creemos que, en su pontificado, ratificará la condena contra esa manera satánica  de gobernar.

En el Perú, la complicidad civil se puso antifaces. Los llamados jueces sin rostro encontraban “culpables” y condenaban a largas penas de prisión en sólo una o dos horas de audiencia a personas cuyo único crimen era disentir o pertenecer a la etnia o a la región que se intentaba aterrorizar.

En Argentina,  Estela de Carlotto, relató que al buscar a su nieto, el juez de menores le mandó a decir que no insistiera porque “podría terminar en una zanja”. En el Perú, no quedan muchas abuelas indígenas que puedan denunciar las ejecuciones porque los cadáveres no pueden hablar.

La perversidad y el pánico son los únicos medios “de persuasión” que utiliza un gobierno terrorista. Se explican así las multitudes que aplaudían a Videla y los miles de peruanos encuestados que son partidarios del indulto a Fujimori.

Quienes manejan los controles del pánico, conducen al pueblo a una mentalidad propicia a aceptar el infierno. Aquella se expresa en un clima de sospecha en el que todos debemos probar que no somos terroristas ni antipatriotas. En esas condiciones, unos se rebelan, otros callan y muchos aplauden.

Supuestamente, el objetivo del gobierno es exterminar el terrorismo. Terrorista, sin embargo, puede ser considerado un universitario, un abogado defensor, un sacerdote o monja que hacen tarea social, un dirigente de sindicatos, un periodista o el miembro de cualquier partido de izquierda. Las pruebas incriminatorias son fáciles de fabricar.

Por eso, al pasar la dictadura, la gente que ha visto los cadáveres calcinados de los universitarios y que sabe de los miles de campesinos ejecutados en los Andes justifica cualquier perversidad con el estribillo de que así Fujimori acabó con el terrorismo.

En el Perú, los partidarios de ese terrorista de estado tienen un partido político, el fujimorista, en tanto que quienes antaño siguieron a Sendero están prohibidos de formar un partido que les permita participar en la vía parlamentaria.

Por el otro lado, cada vez se endurece más el tratamiento contra los presos de la guerra, algunos de los cuales se han pasado la mayor parte del tiempo en la oscuridad de un régimen de calabozo y ahora se le restringen las visitas familiares. ¿Es necesario ensañarse contra ellos?

Según las informaciones de ayer en Facebook: “Después de más de veinte años de cárcel en condiciones durísimas, vuelven a la Base Naval, no tienen día de visita como cualquier preso en cualquier lugar del mundo, salvo quizás Guantánamo, no pueden estudiar, no pueden trabajar, no los visitan sus amigos parlamentarios…”

¿Termina la perversidad al finalizar la dictadura? ¿Se acaba el infierno?… En Alemania, se desarrolló durante décadas un proceso de desnazificación. En países con tan distinto signo ideológico como Chile, Guatemala y Argentina, los antiguos torturadores-algunos octogenarios-van a la cárcel.

En el Perú, el “sentido común” de muchos justifica cualquier atrocidad –incluso el descuartizamiento de la agente de inteligencia Mariela Barreto por el grupo Colina- con la supuesta justificación de que ese tipo de terrorismo servía para combatir al otro.

Por último, Alan García y los hijos de Fujimori se dan el lujo de conminar al presidente exigiendo el indulto. ¿Cuándo se acabará el infierno?