Compañera Manuelita

Manuela Sáenz Aizpuru

Manuela Sáenz Aizpuru

Dio cara al enemigo en decenas de batallas. Condujo la guerra en el más vasto territorio del mundo durante el siglo XIX. Conquistó la libertad de millones de hombres y quiso formar para todos ellos una sola patria soberana y justa.

Sin embargo, en el momento más grave de su vida, sorprendido en su dormitorio y con cinco fusiles apuntándolo, no hubo un solo hombre que lo defendiera. Sólo hubo una mujer.

Se llamaba Manuela Sáenz (1797- 1856). Fue “la libertadora del libertador”. Una noche de septiembre de 1827 en Bogotá, cuando los traidores abrieron la puerta de la recámara de Bolívar para matarlo, ella empuñó dos pistolas y los encañonó mientras daba tiempo a que el héroe saltara por la ventana y se pusiera a salvo.

Había nacido en Quito y era hija de una pareja de españoles, Simón Sáenz y Joaquina Aisparú, pertenecientes a la aristocracia colonial. Como las mujeres de la época, su formación y su destino fueron decididos cuando todavía era una niña. Sus padres la enviaron a un convento cuando apenas tenía 11 años de edad. De allí tan sólo saldría para casarse con el médico inglés James Thorne, 20 años mayor que ella, a quien apenas conocería en el momento de la boda puesto que el suyo era un matrimonio arreglado.

Sesgada y machista, la poca información que se da sobre su vida haría suponer que todo el mérito de Manuelita residiría en haber sido la amante del libertador. Nada más falso e injusto.

Varios años antes de conocer a Bolívar, cuando vivía con su esposo en Lima, Manuela Sáenz conspiraba ya contra el poder colonial y, al riesgo de su libertad y de su vida, participaba en reuniones secretas a favor de la independencia. Quería cambiar la vida, transformar la sociedad y edificar una nación diferente. Era lo que algunos cobardes de hoy llamarían una “subversiva”.

En mérito de sus servicios a la causa revolucionaria, el gobierno del general José de San Martín le confirió la Orden del Sol en el más alto grado. Tiempo después, en plena campaña de Bolívar, la veremos montar a caballo y empuñar las armas. Lo dice Sucre:

“Se ha destacado por su valentía; incorporándose desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores, organizando y proporcionando avituallamiento de las tropas, atendiendo a los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos y rescatando a los heridos».

Se conoció con Bolívar en Quito cuando aquél hacía su entrada triunfal el 16 de junio de 1822. Ella tenía 24 años y él 39. A partir de ese momento, abandonó su marido y se fue con el héroe. La vida de ambos estaría unida para siempre en el combate y la victoria, en la grandeza y la desdicha.

A doscientos años de su gesta, Simón Bolívar posee una vigencia que no tiene a ninguno de los grandes conductores de la historia. Su nombre todavía enardece pueblos y convoca revoluciones mientras, por otro lado, atemoriza a la carca posmoderna de los reaccionarios de hoy.

No hay en nuestro tiempo partidarios o enemigos de George Washington. No hay quien salga en París a gritar vivas o mueras contra Napoleón Bonaparte. Y sin embargo, en el Perú del señor García, una joven poeta fue encarcelada por escribir un soneto a Bolívar y por haber acudido a una reunión bolivariana en Quito.

La misma suerte que el prócer le corresponde a Manuela Sáenz. A pesar de haber conducido consejos de estado y manejado la correspondencia con los generales, quienes más la quieren creen que tan sólo fue la amante. Según ellos, una mujer no podría ser más que eso. Por su parte, los libros de texto no la mencionan porque tal vez los próceres deben tener largas patillas y ser hombres.

Ella y él fueron y son considerados peligrosos porque –como diría González Prada pretendieron hacer una nación en lo que solamente es un “territorio habitado”.

Perseguido por la ingratitud y la pobreza, el líder murió mirando un mar en el que suponía tan sólo haber arado. Manuelita pasó las últimas décadas en el puerto de Paita. Allí se quedó una tarde mirando el cielo y acaso esperando la estrella que debía llevársela.

Su nombre convoca y encarna este domingo a las madres y a las luchadoras sociales. A ella y a cada una de ellas, con Neruda, les decimos: “Adiós, adiós, adiós, insepulta bravía/Rosa roja, rosal hasta en la muerte errante…En tumba, mar o tierra, batallón o ventana/ devuélvenos el rayo de tu infiel hermosura”.

El inmortal de Accomarca

Rafael Navarro no encontró la muerte en la casa de Accomarca donde encerraron y quemaron a los hombres. Tal vez nunca la encontró.

Las fuerzas militares entraron en Accomarca cuando estaba a punto de amanecer. Comandos especiales se posesionaron de las casas del alcalde, de la maestra, del pastor evangelista y, por fin, la de Rafael Navarro. Apresaron en el camino a decenas de accomarquinos. Metieron a los hombres en una casa. A las mujeres, en otra. A Rafael lo encararon:

-¡Así que tú eres el estudiante universitario! ¿Quién te paga los estudios? ¿Los comunistas? ¿Cuba? ¿Y de dónde acá un indio se quiere convertir en ingeniero?

Lo golpearon y ya estaba casi muerto cuando lo dejaron en la casa con el resto de los hombres. Allí estaba su abuelo, quien también se llamaba Rafael Navarro.

A las tres de la tarde, un soldado que no conocía al herido abrió la puerta y gritó:

-Ese Rafael Navarro que salga.

Durante todo el día, habían ido sacando los vecinos para interrogarlos. Ninguno volvía. Al final, se escuchaban los balazos con que los remataban.

-Ese Rafael Navarro… ¿quien es?

-Yo soy.- respondió Rafael el viejo. Sabía que no era a él a quien llamaban, pero siguió al soldado hacia una muerte segura para salvar a su nieto quien seguía inconsciente.

A la hora del incendio, Rafael el muchacho despertó.

Una de las granadas abrió un forado en la pared, y eso permitió que varios vecinos escaparan. Uno de ellos se llevó arrastrando por los brazos a Rafael.

Un mes más tarde, cuando se dio a conocer la historia de Accomarca, el Congreso del Perú decidió intervenir. Mientras tomaban las decisiones y hacían los preparativos del viaje, pasaron dos semanas. Durante ese tiempo, según cuenta ahora el oficial Telmo Hurtado, sus superiores ordenaron borrar todos los rastros de la matanza. Había que ir a cualquier lado donde había quedado un sobreviviente para hacerlo desaparecer. También de eso, se salvó Rafael Navarro.

Por supuesto, el joven nunca pudo graduarse de ingeniero. Varios años después de la masacre, estaba trabajando como ayudante en un restaurante de Huancayo cuando dos hombres armados entraron en la cocina y le preguntaron:

-¿Es usted Rafael Navarro?… Acompáñenos.

¿Qué pasó después?

Quizás todo esto es una ficción, una historia literaria. No existieron muchachos como Rafael con ganas de ser ingenieros o médicos. No existieron los ancianos valientes como el abuelo. No existieron niñas como Camilita que todavía jugaban a las muñecas cuando las destrozaron. No existieron mujeres jóvenes como la maestra o como las viejas que vendían leche por las tardes. No existieron, no eran seres humanos como usted y como yo…

Y también bebés. Y niños pequeños. Como aquellos cuya ejecución justificó Telmo Hurtado cuando dijo ““uno no puede confiar de una mujer, un anciano o un niño… los comienzan a adoctrinar desde los dos años, tres años,”. Y ahora dice que todo fue una operación militar planificada por los más altos mandos.

Hasta hace poco todo continuaba siendo una ficción. Telmo Hurtado estuvo años en una cárcel de Miami. Lo apresaron de casualidad por un delito de inmigración. Sin embargo, de manera extraña, la extradición tardó mucho tiempo como si no lo quisieran en el Perú.

“Univisión” reveló la historia y la opinión norteamericana se escandalizó. Dos meses después del reportaje, el preso fue extraditado al Perú.

Ahora, el juicio sufre retrasos extraños. La verdad completa no se sabrá sino cuando se dicte la condena. Mientras tanto, Rafael será inmortal, y también la niña Camilita… y todos los 69 serán también una ficción que usted y yo hemos inventado.

Los santos, Obama y los inmigrantes

Jesús Malverde "El Bandido Generoso"

Jesús Malverde "El Bandido Generoso"

El año pasado, conocí a un santo mexicano cuyo nombre es San Jesús Malverde. Después de asaltar y robar en los caminos y luego de haber sido colgado por las autoridades, Malverde subió al cielo, y de allí baja continuamente armado de una pistola para ayudar a quienes lo necesitan. Es un protector de los inmigrantes ilegales en Estados Unidos, y se le reconoce porque su bigote, sus cejas y su sombrero lo hacen una mezcla de Pedro Infante y Jorge Negrete.

También abogan por los ilegales, Teresita Urrea que murió en 1906, pero suele aparecerse y asustar a los guardias fronterizos, y el Niño Fidencio, a quien parece interesarle mucho la política porque debeló un golpe de estado y curó de hemorroides a un presidente de México. No lejos de ellos, se desliza la Santa Muerte. Quienes desean un servicio suyo dejan en la mesa de noche una vela prendida, un vaso de vino tinto seco, si es posible un Cabernet Sauvignon, y una carta que leerán con agrado sus ojos soñolientos.

No los he conocido como Dante debido a haber transitado por la otra vida, sino porque entrevisté a decenas de inmigrantes ilegales quienes me relataron las formas en que habían logrado entrar en Estados Unidos. La mayoría measeguró haber recibido el apoyo de algún amigo del cielo para cumplir su jornada.

Es cierto que el cruce reserva terribles pruebas a quienes lo intentan y hay que contar con un ángel para sobrepasarlos. En promedio, uno de los viajeros murió cada día durante todo el año pasado por causas entre las que se mencionan la violencia del río Bravo, el asalto por parte de bandidos carniceros, las tormentas de viento que extravían al caminante y las arenas infernales del desierto de Arizona donde no es posible hallar agua en varios centenares de kilómetros y el sol quema e incinera hasta los sueños.

Regresarse a casa representa, sin embargo, para ellos la falta de puestos de trabajo, el hacinamiento miserable, la perversidad de la pobreza, la escasez de amor. No es raro que, en estas condiciones, vacíos de cualquier apoyo en esta tierra, los inmigrantes reclamen el amparo del cielo, y hasta diseñen santos con quienes pueden hablar de igual a igual porque se les parecen en todo.

En esas latitudes, encontré a Sarita Colonia, mi paisana y vieja amiga. Había escrito una novela acerca de ella, pero no imaginaba cuando lo hice que su fama y sus milagros traspasarían tantas fronteras y ofrecerían alguna vez tanta ilusión y tanta confianza.

Ahora, esos santos van a tener un trabajo terrible: las leyes racistas están dando sus frutos.

El Pew Hispanic Center, un grupo privado de Washington que registra los movimientos migratorios, informa que se ha detenido el flujo migratorio y que miles de campesinos mexicanos están volviendo a casa. Las leyes racistas de Alabama y Arizona están dando frutos.

Eso era previsible. No lo era, sin embargo, la actitud del Presidente Obama. A pesar de haberse comprometido a realizar una reforma migratoria integral, todo lo que ha hecho es militarizar la frontera con una “Operación Guardián” en la que miles de superarmadas y tecnificados agentes enfrentan al inmigrante o lo empujan hacia la candente sentencia de muerte en el desierto.

A estas horas, los santos informales van a dividirse el trabajo. Algunos de ellos se encargarán de dar ayuda a las familias que regresan. Los otros tratarán de ayudar al político que al llegar a la presidencia gracias al voto latino no supo cumplir con su palabra. Esos santos harán el trabajo más difícil.

Dios y el demonio en Accomarca

 

Accomarca - Foto Xinhua Reuters

Accomarca - Foto Xinhua Reuters

El primer hombre que conoció sexualmente a Camila no fue un hombre. Fue una bestia. Y después, una pandilla de bestias.

La cargaron cuando salía de casa hacia la escuela. Media docena de criminales pasaron por encima de la niña.

Después la rrastraron hacia la casa que habían destinada para las mujeres del pueblo.

Camila cumplía 10 años ese día. Se encontró en el encierro con otras compañeritas que habían sufrido la misma suerte. Algunas ya estaban muertas. Los invasores arrastraban a las mujeres para violarlas y, cuando aquéllas se resistían demasiado, las acuchillaban.

En la casa dispuesta para los hombres, metieron al alcalde del pueblo y a los concejales. Los habían tenido interrogando toda la mañana.

Cuando se dieron cuenta de que no iban a poder conseguir dinero de ellos, estallaron en furia. Los torturaron. Se los llevaron arrastrando y los empujaron hasta la casa dispuesta para los hombres.

El alcalde cayó al suelo. Ya no gritaba. Solamente exhalaba el ronquido de quien espera la muerte. De pie, a su lado, allí  encerrado,  se encontraba al octogenario Rafael Navarro.

En verdad, los soldados buscaban a su nieto, un joven también llamado Rafael Navarro, pero al no encontrarlo se llevaron al abuelo.

¿Por que buscaban al muchacho? Porque acababa de terminar ingeniería en la Universidad de Huancayo y de inmediato había ido a celebrarlo con su abuelo. Para quienes habían tomado Accomarca, el nuevo ingeniero era una presa excelente. Capturar a un universitario les serviría para calificarlo de “terrorista”.

La maestra Cecilia Cumpa fue ametrallada por un soldado bisoño. El teniente se encolerizó porque no iba a poder acusarla de pertenecer al SUTEP. Acribillarla les había impedido sembrarla de “pruebas” y mostrarla después a la prensa como subversiva. De esa manera, era fácil que los periódicos y la opinión pública aceptaran e incluso aplaudieran las atrocidades.

A Hilario Méndez, el violinista, lo capturaron un poco más tarde.

El músico estaba afinando un instrumento a puerta cerrada.

Cuando un sargento nacido en Jauja escuchó los acordes musicales creyó haber enloquecido. Estaba acostumbrado a entrar en los pueblos y a sólo escuchar gritos de dolor o peticiones de clemencia, y ahora el viento le traía huaylas de su tierra lejana.

Escuchó los delirios del violín, y pensó que un diablo lo estaba espiando. “Jauja, que dulzura, rinconcito de mi valle que yo quiero…”

De todas formas, el violín no ayudó mucho a Hilario. El sargento bajó al pueblo y volvió con otro soldado que no tenía tanto temor a las casas embrujadas. Abrieron la puerta de un empellón, y se llevaron al artista.

Hilario seguía rasgando el instrumento hasta que lo sacaron para interrogarlo. Mientras lo maltrataban, repetía entre dientes: “El Señor es mi pastor, nada me faltará…” Un balazo apagó el violín y el salmo 23, y acaso la historia continuó en el cielo.

Los soldados regaron con gasolina la periferia de las dos casas. El teniente había ordenado incendiarlas y que no quedara nadie con vida. Para estar seguro, el mismo comenzó a arrojar granadas de guerra al interior de las viviendas.

Sucedió en Accomarca el 14 agosto 1985. El teniente Telmo Hurtado continuó con su carrera en el Ejército gracias a la amnistía general que decretó el gobierno de Alberto Fujimori. Cuando la prensa recordó su pasado, ya era mayor. Ahora está frente a los jueces, y dice que su jefe, el después general José Williams Zapata, le dio la orden, y que éste la recibió del Estado Mayor de Huamanga.

Fueron 69 las víctimas entre hombres mujeres y niños. Los periódicos hablaron y hablan de 69 campesinos, de 69 indígenas o de 69 presuntos terroristas… y esto no significa nada. Para la anestesiada opinión pública, esas calificaciones permiten que la masacre sea tan sólo un exceso olvidable.

Los 69 eran también seres humanos e imágenes de Dios. Creo que es misión del escritor convertir las cifras y las abstracciones en rostros, ojos, tristezas y personas. Imaginar cómo eran los 69 sirve para la que la gente conozca a los muertos, los recuerde, los evoque, los vea, los escuche y los sueñe, y piense en las pequeñas Camilas, y escuche el violín de Hilario que entona ”El Señor es mi pastor. Nada me faltará.”

El amor en una liga de anarquistas

“Los hombres matan mucho más obedeciendo que rebelándose”- decía un letrero colocado en la pared tras del escritorio principal.

Por leerlo y releerlo, el joven César Vallejo no había reparado que la Liga de Artesanos de Trujillo había cambiado de bibliotecario. La persona que ahora se sentaba en ese escritorio era una joven muy guapa.

La Liga de Artesanos de Trujillo era una institución fundada en 1885 por los primeros anarquistas que llegaron al Perú. De allí habían salido los trabajadores a formar sindicatos en todo el valle del río Chicama y allí se habían gestado las grandes insurrecciones laborales de 1910.

En los años 20, los muchachos de la llamada Bohemia de Trujillo frecuentaban la, para entonces, actualísima biblioteca de la liga. De contrabando habían llegado allí obras que estaban prohibidas en el resto del país.

Prouhdon y Fourier se encontraban al lado de Owen, Reclus y Bakunin, y sus textos fueron leídos con avidez por Vallejo y sus amigos. Allí, conocieron a los narradores rusos y franceses del siglo XIX. En uno de los jardines, el joven Antenor Orrego leía casi recitando la obra sublevante de Manuel González Prada. Allí, todos ellos conocieron las utopías del cambio social que pronto iban a cambiar la historia del mundo.

Luego de descubrir el rostro de la nueva bibliotecaria, César Vallejo no pudo contenerse. Cerró el libro que leía y fue a devolverlo. Era un buen pretexto para conocer a la muchacha. Sobre el escritorio, un letrero decía su nombre. Se llamaba María Rosa Sandoval. No podía él adivinar que ella sería su primera enamorada,- y su maestra de francés- y que temprana muerte le inspiraría esa querella con Dios en la que le reprocha: “Tú no tienes Marías que se van”…

En otra de las estancias austeras y silenciosas de la Liga, Haya de la Torre leía la historia de los anarquistas a quienes llamaría “santos laicos”. En ese mismo lugar, el músico Carlos Valderrama se sintió agitado por el ritmo interior que lo obligaba a producir una sinfonía. Por fin, Macedonio de la Torre dijo alguna vez que  el verdor de las plantas en el jardín del segundo patio, le inspiró a su pintura una tendencia a hundirse en el alma de las cosas.

Se trataba de un grupo de jóvenes que apenas pasaba de los 20 años de edad pero que ya soñaban con renovar la estética, darle nuevos contenidos a la vida, construir la justicia social y unir a los pueblos de América Latina en una sola patria libre.

En nuestros días, la Liga de Artesanos sigue en el mismo sitio, la cuarta cuadra de la calle Colón, antes de llegar a Pizarro.

Pero, ¿qué ocurrió luego de ese encuentro?… Me lo contaron, y yo lo he repetido en “Vallejo en los infiernos”:

Una semana más tarde, César fue a recoger a María, y ella lo esperó en la puerta. Después empezaron a caminar sin rumbo fijo.

A César le bastó callar para no tener que hablar de sí mismo y saber más acerca de ella. Así supo que María Rosa escribía un diario íntimo.

-Hay que dejar escrito lo vivido para que sea eterno- aseveró la muchacha. –Y sin embargo, no es posible. Te confieso que no sé escribir.

-¡Y dices que te llamas María Rosa. No te llamas así. Te llamas María Bashkirtseff.

-¿María Bashkirtseff?

-Fue una rusa…-comenzó Vallejo.

-… que publicó un diario íntimo cuando tenía 20 años de edad- completó María.- Claro que me acuerdo. Murió a los 22 el año pasado…

Hablaron de  Darío, de la revolución soviética, de Beethoven, de Chopin y de Mendelssohn.

La noche estaba sobre ellos. Mientras argumentaba, César caminaba a largos pasos y se había alejado algunos metros de la muchacha. Reparó en eso y volvió hacia ella buscándola con los brazos como lo hacen los ciegos. Tal vez entonces ambos sintieron la música de las esferas.

Él le tendió la mano y ella se la tomó. María Rosa era tan pálida como el cielo y parecía estar ardiendo. Ahora ya no la veía César, pero podía adivinarla por el olor minucioso de las hojas del naranjo. La veía y dejaba de verla. Ambos comenzaron a arder sin llamas como la luna que ardía sobre las altas pirámides truncadas de Chan Chan. Acaso ella le rodeó el cuello con el brazo. Tal vez fue él quien lo hizo. Nunca lo sabrían. Nunca… No sabían que ya estaban en la historia.

Al tercer día, la palabra queda

Ecce homo! - Antonio Ciseri (1821–1891)

Ecce homo! - Antonio Ciseri (1821–1891)

Se recuerda en estos días un acto de barbarie.

Un pacífico maestro de Galilea fue condenado a recibir azotes hasta que le desollaran el cuerpo. Después, se introdujo su cabeza dentro de una corona de espinas que deberían arrancarle la piel de la frente y las sienes, y ensangrentarle todo el rostro.

Luego de ello, medio ciego por la sangre y el dolor, debió caminar dos kilómetros por la ciudad y subir a un monte mientras sostenía una pesada cruz y soportaba los escupitajos y los insultos de la turba.

Según las evidencias actuales, se le clavó por las muñecas de sus manos en el madero de la tortura. Los clavos de un centímetro de diámetro en su cabeza y de 13 a 18 centímetros de largo, fueron puestos entre el radio y los metacarpianos. Así se aseguraban de que el cuerpo no se desgarrase. Los pies también fueron fijados de esa manera. No querían que se les muriera muy pronto.

Por fin, se levantó la cruz sobre el monte y se dejó que el hombre padeciera de una cruel agonía mientras los soldados se repartían sus modestas ropas y una multitud ansiosa esperaba su muerte.

Ese hombre es mi maestro y el fundador de la fe que profeso.

Como profeta, el Nazareno proclamó un sistema contra el dinero, el poder y la explotación. En una de sus parábolas, aseguró que más fácil pasaría un camello por el ojo de una aguja a que un rico entrará en el reino de Dios. “Ustedes saben que los jefes de las naciones se portan como dueños de ellas y que los poderosos las oprimen.”… “Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dinero.”

En vez de preferir la amistad de los poderosos, el Nazareno habla especialmente a los sencillos pescadores que le sirven de apóstoles. Es el maestro de los leprosos, los enfermos, las viudas, los pecadores, los despreciados, los más pobres.

Sus enseñanzas ayudan a la gente a entender la mentira del poder y el robo inherente a la propiedad y a la riqueza. No predica la creencia en el dios del miedo y de la condenación sino en una sociedad terrestre en la que el amor vence permanentemente a la injusticia.

El hombre a quien torturaron ese viernes desafió con su vida entregada a la justicia a los señores del poder religioso, a los ladrones del poder económico y a los detentadores del poder político a quienes llamaba “zorros”. No hubo un momento de su vida pública en que no estuviera en peligro. Pagó el precio que se suele pagar por ser fiel a un compromiso.

Cualquier página del Nuevo Testamento nos muestra el pensamiento completo del mártir. Sin embargo, si algunos leen ese texto tan sólo como oraciones vacías de sentido, les bastaría con recordar al hombre enfurecido que entra en el templo armado de un látigo, que echa de allí a los negociantes, que denuncia a los sumos sacerdotes y que revela que aquello se ha convertido en una cueva de bandidos.

Su ingreso en el templo hizo entender a los impíos que la ejecución era la sola manera de librarse de esa pesadilla que es la verdad.

Lo saben quienes en nuestro tiempo mataron a Gandhi, a Martín Lutero King y al obispo Oscar Romero. Y sobre todo, lo supieron primero quienes pagaron para que se cometieran esos crímenes porque creían que de esa manera iban a liberarse de la denuncia de los profetas.

Por eso, el Nazareno resucitó al tercer día. Sobre todo, resucitó en la pesadilla sin fin de los injustos. Como ahora no pueden matarlo de nuevo, tratan de hacerlo suyo y proclaman a todo grito que son cristianos. En los países llamados cristianos se han impuesto el monopolio y el despojo a punta de fusil. El odio y el racismo han construido muros en las fronteras y rocas en los corazones contra los inmigrantes “ilegales”. Las empresas de viajes nos venden “tours” a las playas y algunos frívolos nos desean “felices fiestas”. Sin embargo, como lo dijo el cardenal Romero: “La palabra queda, y ese es el mejor consuelo de quienes predicamos. Podrán matarnos, pero la palabra queda. Y la palabra es Cristo.”

Quememos los libros de Vallejo

César Vallejo

César Vallejo

La semana pasada mientras –con decenas de académicos del mundo- celebraba en Londres los 120 años del nacimiento de César Vallejo, me encontré con un artículo aparecido en la prensa peruana destinado a demoler por fin a nuestro gran poeta.

Un señor- de nombre, Diego La Torre- condenaba a Vallejo por haber escrito una, según él , « letanía derrotista que tanto daño le hizo al país. »

Para el escribiente de « Correo », Vallejo « influyó de manera negativa en el subconsciente de los peruanos. » Sería necesario acallarlo, y decirles a nuestros hijos que « han nacido un día en que Dios estaba contento y que el Perú es un país maravilloso. »

La Torre no es el primero. Hace un lustro, en « El Comercio » , un tal Fernando Berkemeyer culpó al poeta y a su relato « Paco Yunque » de haber incitado la rebelión campesina de Combayo contra los detentadores de Yanacocha, la primera mina de oro de América, la segunda del mundo.

Según el sesudo articulista, influidos por ese texto provocador, los comuneros que defendían su medio ambiente, su dignidad y su vida, en realidad se alzaron « para atropellar los derechos de los grandes. »

« Los débiles de ayer tienen hoy poder »- se lamentaba Berkemeyer. Para él, ese conflicto no se debía al envenenamiento de los cultivos y del ganado, ni al asesinato de un comunero a manos de los gorilas de la seguridad de Yanacocha sino a la idea del socialismo y a la presencia en los púlpitos de sacerdotes aue recuerdan la pobreza de Cristo y su mensaje de justicia social. Flotaba en el escrito el mensaje de prohibir la lectura de Paco Yunque y de toda la perniciosa obra vallejiana.

La Torre y Berkemeyer solo han leído « Paco Yunque » porque es breve y porque se lo exigieron en el colegio. De lo contrario, la novela « El tungsteno » habría pasado bajo sus pestañas. En ella, Vallejo retrata una mina hasta hoy existente, Quiruvilca, donde fue testigo presencial de cómo salían ciegos, tuberculosos o mutilados los trabajadores y de cómo la tierra se convertía en un negro hoyo del infierno.

De haber sido mejores lectores, La Torre y Berkemeyer habrían exigido que se quemen esos textos o que se declare terroristas, antiperuanos y enemigos de la inversión extranjera a los maestros que dan clases con Vallejo o a los curas que lo mencionan en sus sermones como se hizo antaño… y como se pretende que se haga ahora.

En diversas publicaciones y blogs se ha dicho que La Torre y Berkemeyer son idiotas. No lo creo así.

Ambos son la expresión inocente, casi naif, de algo que está presente en casi todos los grandes medios de expresión del Perú. Los antiguos enemigos de la candidatura del actual presidente suponen que él es ahora uno de los suyos, y tratan de persuadirlo todos los días para que emprenda acciones antidemocráticas, pero según ellos necesarias para mantener un orden injusto y fatal o un anacronismo perverso.

El masacrador de Accobamba declaró hace muchos años ante una co,isión del Congreso que personalmente había matado niños en esa aldea, pero que lo había hecho con buena intención, para evitar que de adultos se convirtieran en comunistas.

De la misma forma, los antes nombrados « columnistas » y los periódicos que profesan un integrismo de derecha azuzan a las autoridades para que se revisen los textos escolares y para que de allí se eliminen lecturas como las que mencionamos o lo han hecho ellos : Montaigne, Voltaire, Marx, la teoría de la evolución de Darwin, los cuentos de Ribeyro, los poemas de Alejandro Romualdo y para que borren de la historia los retratos de Túpac Amaru o del general Velasco Alvarado.

Para el integrismo derechista, los peruanos del futuro, en vez de ser hombres completos deberán ser sujetos del mercado, esto es seres previsibles, robotizados, incapaces de soñar utopías y felices, tan felices como La Torre y Berkemeyer.

De nuestras escuelas y universidades, según ellos, debe salir el nuevo hombre hábil solamente para aceptar todo lo se le diga, pero incapaz de escribir un poema como Vallejo o Eguren, o de soñar con la salvación como Túpac Amaru.

En resumen, quememos los libros de César Vallejo. En su lugar, tendremos niños del futuro acaso muy parecidos a La Torre y Berkemeyer. Tendremos maravillosos chimpancés que manejan celulares.

Macartismo y educación

Nueve de los diez de Hollywood

Nueve de los diez de Hollywood

Un día, durante la dictadura del general Odría, un grupo de soplones se presentó en el colegio donde trabajaba Andrés Zevallos de la Puente, y exigieron que el director despidiera al artista así como a un grupo de sus colegas a quienes se acusaba no sé si de apristas o de comunistas.

Quien es hoy uno de los más grandes pintores de nuestra América andina abandonó sus pinceles, aprendió a manejar y se convirtió en camionero. Su milagrosa reciedumbre le permitió sobrevivir y mantener a los suyos durante varios años.

José María Arguedas, bajo Benavides, no tuvo la misma suerte. Por razón de sus ideas, fue recluido en la prisión del Sexto. Como lo cuenta su novela, el personaje que lo representa fue recibido en el tercer piso de la prisión por centenares de hombres que cantaba la marsellesa aprista.

Al igual que estos dos peruanos inmortales, miles de ciudadanos fueron echados de sus puestos de trabajo, perseguidos, difamados, encarcelados, torturados o asesinados por la única razón de no pensar de la manera oficial ni aceptar la tiranía.

Es toda una metodología de la infamia y el miedo. Se la llama macartismo. El nombre proviene de algunos tristes años de la historia norteamericana (1950-55) cuando el senador Joseph McCarthy convirtió la casa legislativa de una suerte de inquisición. Delaciones, denuncias, procesos con trampa y listas negras contra personas acusadas de ser comunistas significaron la destrucción de las familias, la cárcel, la deportación y la infamia contra personalidades del cine, la literatura, la vida universitaria y los sindicatos. Uno de sus procesados más célebres fue Charles Chaplin.

Desde entonces, la palabra “macartismo” se aplica por extensión a las actitudes que adoptan algunos gobiernos para aplastar los derechos civiles y sembrar el miedo en nombre de una supuesta seguridad nacional.

El año pasado, negamos nuestro voto a la opción Fujimori puesto que ella representaba la intolerancia y la brutalidad. Es más, su campaña estuvo teñida de macartismo contra el candidato Ollanta Humala a quien la señora KF y casi toda la prensa nacional acusaban de extremista cuando no de terrorista. Por su parte, legiones de “caritativas” señoras enviaban por el Internet solicitudes de enviarles canastas de comida para derrotar “a Humala, a los cholos y al comunismo.”.

El macartismo fue derrotado a pesar de su Plan Sábana y de la multimillonaria bolsa de las mineras. Sin embargo, ahora a través de estos medios, la derecha  quiere envolver al gobierno democrático en la campaña que ellos habrían impulsado de llegar a Palacio.

Como lo dice el filósofo de la Católica Gonzalo Gamio, quienes asumen que los individuos tienen derechos universales, quienes creen que la reconstrucción de la memoria constituye base de la democracia y quienes propugnan el cuidado del medio ambiente, corren peligro.

“Entonces uno es tildado de “marxista”, etiqueta que se identifica luego con la de “comunista” y finalmente con la de “terrorista”.

Hoy, esos periódicos demandan al gobierno que expulse de las aulas a los maestros que estuvieron presos por la acusación de terrorismo. Si cumplieron sus penas, esto no tiene el menor sentido a menos que se les quiera condenar a morir de hambre. De otro lado, las condenas aplicadas por los jueces sin rostro del fujimorismo no son demasiado creíbles y empañan la imagen del Perú en otros lados del mundo.

El macartismo pretende que nos callemos frente a lo que no nos incumbe toda vez que no somos sus víctimas. Le respondemos con las palabras de Bertolt Brecht:

“Primero vinieron a por los judíos y no dije nada porque no era judío. Después vinieron a por los comunistas y no dije nada porque no era comunista. Más tarde vinieron a por los sindicalistas y no dije nada porque no era sindicalista. Luego vinieron a por los católicos y no dije nada porque era protestante. A continuación vinieron a por mi, reaccioné y grité, pero ya era demasiado tarde: ya no quedaba nadie que hiciese algo por mí”.

USA, el voto latino

Latino en los EEUU - Foto Matías Trejo

Latino en los EEUU - Foto Matías Trejo

Uno de los más recientes números de “Time” apareció con una portada en español que proclamaba “Yo decido”.

Se refería al creciente poder electoral de los latinos y a su capacidad para dirimir quién va a ser el próximo presidente de los Estados Unidos. De acuerdo con la lógica, no van a votar por los republicanos. Pero, ¿tendrá la lógica algo que ver con las elecciones?

Los republicanos están haciendo todo lo posible para recibir el rechazo de la comunidad inmigrante. Veamos algunos de sus proyectos:

Uno de los dos precandidatos más posibles, Mitt Romney, ha prometido que vetará el “ Acta del Sueño”. Ese dispositivo legal abre la posibilidad de legalización los estudiantes indocumentados que hayan llegado a USA antes de cumplir 16 años y que terminen por lo menos dos años de universidad o se inscriban en las Fuerzas Armadas.

Todos los aspirantes de ese partido coinciden en la necesidad de terminar la construcción del muro a lo largo de la frontera con México. Herman Cain, quien ya esta fuera de carrera, quería que la gran pared fuera electrificada con el fin de achicharrar a los intrusos.

Rick Santorum, por su parte, da su apoyo a la ley migratoria de Arizona a pesar de que la misma es, desde todo punto de vista, racista, y castiga, incluso, el aspecto físico o el acento lingüístico de una persona.

Ron Paul denuncia que por culpa de los inmigrantes, los hospitales y las escuelas se están yendo a la quiebra.

Obviamente, todos ellos están de acuerdo en que Estados Unidos debe continuar las guerras en que está metido e iniciar otras para hacer frente a ciertas apocalípticas fuerzas del mal.

Pero, ¿significa esto que el voto latino ya está decidido?… No lo podemos asegurar.

En 1994, el presidente George Bush se lanzó a la carrera para conseguir el segundo mandato. Todo el mundo sabía entonces que la guerra contra Irak había sido iniciada sin motivo real alguno y que ni el propio presidente creía que hubiera “armas de destrucción masiva” en ese país. Nadie se comía tampoco el embuste de que Sadam Hussein estuviera ligado al bestial genocida Osama Bin Laden.

Sin embargo, hasta ese momento, más de mil 100 jóvenes norteamericanos habían regresado a la patria en ataúdes. Por otra parte, la economía estaba haciendo agua.

Aunque parezca increíble, la campaña electoral fue centrada por los republicanos en temas que les son extrañamente obsesivos como el matrimonio homosexual y el aborto. Y de esa manera obtuvieron el apoyo inesperado de quien menos se podía suponer, el de la Iglesia Católica.

A pesar de que el Papa había condenado la guerra en Irak, varias decenas de obispos suscribieron una carta-publicada en todos los diarios-en la que se advertía que el católico dispuesto a votar por el demócrata John Kerry, y no por el presidente Bush, debería confesarse porque estaba cooperando con el diablo.

El manifiesto fue coordinado en el Vaticano con el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Papa Benedicto. El motivo en que se basaba era, por supuesto, la férrea oposición republicana a los temas de su extraña obsesión.  Hoy, la agenda republicana es la misma.

Si se tiene en cuenta que la mayoría de los latinos son católicos, las elecciones en este país ¿serán otra vez decididas por el Papa? ¿Votara el Papa en estas elecciones?

Los alemanes católicos de Mount Angel, un pueblo de Oregón, suelen tener de doce a quince hijos porque obedecen las consignas del Papa que condenan el control de la natalidad. En América Latina, se practica un catolicismo más relajado. Pecamos, y después nos confesamos.

Mirar a Vallejo hoy mismo

Vallejo en los infiernos

Vallejo en los infiernos

“Volver a mirar a César Vallejo en el siglo XXI” se llama la conferencia –y el homenaje internacional- que rinde a nuestro gran poeta el 16 y el 17 de marzo la University College de Londres. De acuerdo con los “rankings”, esta casa de estudios se encuentra entre las siete más importantes del mundo. Nada menos que 21 ganadores del Premio Nóbel salieron de sus aulas.

Es fácil comprender por ello la envergadura del acto así como la dimensión que ya tiene el autor de “Trilce” en el planeta. El problema es qué hacer para “volver a mirarlo” en este siglo. Justamente, yo he tenido la suerte de ser invitado para decirlo. Se me ha dado el honor de presidir la sesión plenaria con una disertación sobre mi novela “Vallejo en los infiernos”.

Ese es un honor inmenso y una responsabilidad mucho mayor. Los debo al hecho de haber escrito la primera novela biográfica sobre Vallejo, y de haber mostrado en ella que, en vez del metafísico llorón que algunos dibujan, el escritor fue un rebelde, y su obra podría haber sido escrita en nuestros días, y la gente supondría que se trata de un hecho que está sucediendo en algún lugar del Perú de hoy.

Tengo varias razones para decirlo:

La primera: Como lo denuncio en mi novela, César Vallejo fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas. Los críticos y comentaristas de su obra suelen dedicar sólo unas líneas breves –y a veces mezquinas- a este hecho, que es fundamental en la gesta de  “Trilce” y en la comprensión de ese libro y del propio país que le da origen.

Nuestro poeta fue testigo y denunciante de un acto criminal ocurrido en Santiago de Chuco, su pueblo, (1920) cuando azuzados por los poderosos, los gendarmes acantonados allí se levantaron en armas, intentaron eliminar a las autoridades locales y asesinaron a un intelectual amigo del poeta. Con piedras y con sus propias fuerzas, los vecinos impidieron que aquello se convirtiera en un genocidio.

La acción judicial fue iniciada contra los gendarmes y sus instigadores. Sin embargo, movida por fuerzas misteriosas, la Corte Superior de Trujillo la convirtió en una investigación judicial contra los denunciantes y las propias víctimas. El juez ad hoc enviado al lugar de los hechos festinó trámites, fabricó pruebas, inventó personas, dibujó firmas de personas ausentes y, bajo tortura, obtuvo la confesión de un supuesto autor material de los crímenes quien decía haber sido armado por Vallejo.

Cuando el abogado del poeta, pidió que el supuesto sicario fuera llevado ante la Corte de Trujillo, la “justicia” lo envió atado al lomo de una mula bajo custodia armada. A la mitad del camino, sus captores lo bajaron del animal y lo mataron a balazos aduciendo que había intentado huir.

Por casualidad, el juez ad hoc era también abogado de poderosas empresas donde habían estallado sublevaciones sociales, Casagrande, que en vez de salarios ofrecía coca y raciones de comida a sus trabajadores, y Quiruvilca, la mina donde miles de indios eran empujados a trabajar 20 horas al día hasta la extenuación, la tuberculosis y la muerte.

En la Universidad de Trujillo, nacía entonces una generación de jóvenes intelectuales atraídos por el socialismo, por el anarquismo o por la sola idea cristiana de liberar a los oprimidos. Las grandes empresas y sus agentes querían escarmentarlos, inventarles algún sambenito y eliminarlos físicamente si fuera posible. Vallejo fue la víctima escogida, el incendiario, el terrorista de la época.

La segunda razón es que lo que fue real en 1920 se repite hasta la saciedad en nuestro tiempo. Quiruvilca, -denunciada por Vallejo en su obra “Tungsteno” y evocada  en mi libro “Vallejo en los infiernos”- se parece entrañablemente a la región de mayor conflicto social del Perú de hoy, las minas. En Cajamarca, una región “vallejiana”, se encuentra la más grande explotación del oro en el mundo. Sin embargo, el setenta por ciento de la población padece extrema pobreza. Las denuncias de contaminación son frecuentes. Por fin, los sacerdotes que encabezan la protesta son amenazados de muerte y perseguidos por una banda de forajidos en estrecha relación con el cuerpo de seguridad de la mina.

La tercera razón para aducir la realidad de mi novela es algo que no se suele contar: Vallejo, uno de los grandes poetas de la lengua castellana en el siglo XX, no pudo regresar jamás a su país. Si lo hubiera hecho, habría sido conducido de inmediato a los infiernos de alguna cárcel tremebunda. Ello se debe a que el proceso penal instaurado contra él nunca se extinguió, y sus enemigos anduvieron todo el tiempo buscando la extradición.

Algunos comentarios supuestamente académicos obvian este hecho, y aluden a una risible “pasión metafísica” su imposible retorno.

Lo he dicho otras veces, y ahora lo repito. Vallejo y su vida no son reales una vez. Lo son una y otra vez. Espero que no por mucho tiempo.

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