Dios no ha muerto

Durante los días del holocausto, dos rabinos se conocieron en el campo de concentración de Dachau, uno era polaco y el otro, francés. Anciano ya, este último vivía en California cuando yo llegué como profesor de Berkeley en 1990, y fue él quien me contó esta historia:
En París, la resistencia había sostenido una balacera con los nazis ocupantes. El encuentro produjo la muerte de todos los milicianos y también la de un alto mando de la Gestapo.
Desde Francia, salió la orden. En cada uno de los campos de concentración, había que vengar al nazi muerto. La represalia no iba a traer consecuencia positiva alguna para los alemanes toda vez que si se trataba de una lección, los judíos internados no iban a poder asumirla. Estaban en el campo, y no iban a salir de allí sino convertidos en cenizas.
Se situó a los prisioneros en líneas circulares. Parecía una función de circo.
De pronto, un grupo de guardias comenzó a buscar entre los asistentes. Ubicaron a un joven de contextura atlética. Lo llevaron hasta un tabladillo que habían levantado en el centro del campo.
El joven obedeció todas las órdenes que se le daban. Bajó la cabeza, y le rodearon el cuello con una cuerda. Sin decir palabra, el prisionero cerró los ojos y quizás se encomendó a Dios.
Isaac, el rabino francés, me dijo que también cerró los ojos esperando que todo terminara en unos minutos, pero no fue así. La perversidad de los nazis había convertido a la horca en un juguete. De alguna forma, habían logrado que la cuerda no se terminara de cerrar y que, de esa manera, torturara por más tiempo a su víctima.
Diez, veinte minutos, casi media hora transcurrieron, y el joven se estremecía sin morir. Su cuerpo saltaba independiente. Sus miembros se agitaban o se movían sin concierto. Parecía morir, y recuperar la vida para sufrir aún más.
Isaac no pudo soportarlo. Se acercó al rabino polaco, y le dijo:
-¿Dónde está Dios?… ¿Dios ha muerto?
Su interlocutor se quedó un instante sin responder. Luego, levantó la mano derecha y señaló al hombre atormentado.
-Allí está.-dijo.- Allí está Dios.
Este domingo se inicia la Semana Santa. Habrá ceremonias formales y el cardenal se abrazará con el presidente y con los miembros de los otros poderes del estado. Tal vez Cipriani recuerde a sus vecinos del cuartel de Ayacucho, sus cómplices, quienes hicieron de aquel un inmenso cementerio. Tal vez piense que sólo eran escenificaciones del Viernes Santo.
En las mazmorras de un cuartel, prohibida la visita de alguien que no sea su familiar de segundo grado, Víctor Polay recibirá la noticia de que han anulado la sentencia judicial que les permitía a él y a otros presos pasar a una cárcel más humana.
¿Termina la perversidad al finalizar la dictadura? En Alemania, se desarrolló durante décadas un proceso de desnazificación. En países con tan distinto signo ideológico como Chile, Guatemala y Argentina, los antiguos torturadores — algunos octogenarios— van a la cárcel. En el Perú, el terrorista de estado Fujimori recibe un trato diferente, y cada vez se endurece más el tratamiento contra los presos de la guerra, algunos de los cuales se han pasado la mayor parte del tiempo en régimen de calabozo. ¿Es necesaria tanta crueldad?
No, Dios no ha muerto. Como decía Vallejo, ya va a venir el día, ponte el alma. Se lo recordará a Víctor Polay la amada sombra de su madre que lo visita todos los días

Perú, el racismo ilusorio

El 26 febrero de 2012, George Zimmerman vio que el adolescente Trayvon Martin comía caramelos sentado en una banca del parque de Sanford, Florida.

Según afirmó después, eso le pareció altamente sospechoso. Por ello, bajó de su potente SUV, tomó la pistola y apuntó al jovencito. Tan buena era su puntería que acertó al primer intento, pero siguió disparando hasta cerciorarse de que el sospechoso estaba muerto.

Ante la policía primero, luego frente al juez y, por fin, ante todos quienes lo vieron en la televisión George justificó su crimen aduciendo que lo había cometido en legítima defensa. Se olvidó de decir que el estaba armado y que Trayvon sólo habría podido responder a sus balazos arrojándole alguna de las golosinas que le había dado su padre.

Agregó George que el adolescente era negro y que los negros son generalmente delincuentes.

Cualquiera podría creer que George es un flaquito pecoso, pero no es así. Aunque él se vea, se crea y se sienta blanco, no lo es. Hijo de peruana y de gringo, es una mole de 140 kilos, y los rasgos de su rostro son de diseño afroamericano pero de color claro, lo que en el Perú se suele llamar un “negro lavado”.

George Zimmerman es un blanco ilusorio, algo que la mayoría de los racistas peruanos suelen ser.

En cuanto a actitud política, la mayoría de ellos suelen defender los “bienes ilusorios”. Por ejemplo, vociferaban contra la reforma agraria aunque no fueran propietarios sino de una pequeña maceta o les parecía totalitaria la nacionalización de la banca propuesta por Alan García, y sin embargo apenas eran dueños de una escuálida libreta de ahorros.

La querida patria que visito es un país muy pobre. Aunque en años recientes hayan proliferado los “malls”, siempre se podrá uno encontrar con hombres y mujeres harapientos buscando entre las bolsas de basura algo que pueda ser revendido en las tiendas del suelo que pertenecen a los más pobres.

Los taxistas conducen carros alquilados y trabajan  entre 12 y 14 horas diarias. La mayor parte de los vehículos que ruedan por Lima son taxis.

¿Y la jubilación? Ese lujo ha sido reducido drásticamente en un país donde las conquistas sociales fueron abolidas por una dictadura neoliberal que pretendía atraer de esa forma a los inversionistas.

Y sin embargo, unos y otros se siguen “choleando” y situando su punto de vista desde el pedestal de una raza ilusoria o de una clase inventada.

Los limeños cholean a los provincianos y los costeños a los serranos, pero allí no acaban las caracterizaciones sociales; también existen decentes, achorados, indios, huachafos, pitucos, bacanes, gente del pelo y gente de medio pelo.

Por fin las cúpulas de los partidos políticos, asentadas en Lima, se sienten gozosas de ser llamadas la “clase política”, término que acuñó hace un tiempo el redactor frívolo de una revista social europea para poder incluir en sus páginas a los políticos junto a los príncipes y a las vedettes.

Y, por supuesto, los “parvenus”, ascendidos a clase política han olvidado ya la investigación que solicitó la Comisión de la Verdad, toda vez que la

mayor parte de los 90 mil muertos y de muchos presos injustamente son serranos, provincianos y misios.

Un amigo sociólogo me explica esta situación como un fruto de la herencia española, y me ofende que diga esa simplonería. Los españoles se fueron ya hace dos siglos, y es tiempo de que asumamos nuestra propia culpa. Ya es tiempo de que denunciemos como demencia colectiva esta raza ilusoria y esa clase inventada… La alternativa es que un día de estos nos miremos en el espejo y nos veamos tan “pelirrojos” cómo George Zimmerman se ve.

Perú, calabozo perpetuo

Libre como un pájaro

Libre como un pájaro

Luego de ser conducido a la cárcel de Trujillo, César Vallejo fue llevado a un calabozo que llamaban el “infierno”. Este innecesario trato le era inferido para humillarlo y ponerlo cerca de un preso que intentaría matarlo.

Muy decaído, pero sin perder la dignidad, salió de allí el poeta tres días después. El alcaide le pedía que presentara sus generales de ley.

-Usted me debió ser presentado apenas llegó a la cárcel. ¿Donde dice que lo han tenido?

-En el infierno.

-¿En el infierno? Ya averiguaré quién recibió dinero para ponerlo allí. Pero, señor Vallejo, usted está equivocado. Eso que usted llama el “infierno” es, en realidad, un calabozo, o algo mejor que eso. Lo llamamos sala de meditación.

Ocurrió en 1920, y ha seguido ocurriendo en el Perú. El calabozo es una forma de aislamiento penitenciario que se aplica por algunas horas o días a los reos que han estado observando mala conducta. Si ese régimen se prolonga, entra dentro del concepto de “tortura” tal y como lo entiende la Convención de las Naciones Unidas.

En nuestro país, no solamente existe el calabozo sino que hay seres humanos encerrados en él durante más de 20 años. A todo esto se añade que se encuentran en la base militar de una isla que no fue diseñada como centro penitenciario, y que sus familiares sufren duras restricciones para poder visitarlos. La madre de Víctor Polay murió hace unos meses luego de haber sido el rostro que él podía ver unas cuantas veces en el año.

Todo esto es inhumano y degradante. Así lo han entendido los jueces Óscar Sumar Calmet y Julio Biaggi Gómez, quienes ordenaron el traslado a un penal del INPE para Víctor Polay Campos, Miguel Rincón Rincón y Peter Cárdenas Schulte y Óscar Ramírez Durand.

Satanizados por toda la prensa e incluso amenazados, los jueces han ratificado su sentencia y han defendido la capacidad que tiene todo tribunal-y no los periódicos ni los otros poderes del estado-de interpretar la ley con justicia.

De forma increíble, el defensor del pueblo ha dicho que es sumamente peligroso poner a esos presos en un penal común. Por supuesto que eso no es cierto. Personas que llegan a la tercera edad luego de haber sufrido tan feroz aislamiento están muy lejanas de parecerse a un Rambo.

Como lo han señalado los especialistas, en condiciones de aislamiento prolongado se produce primero la desocialización o la pérdida de capacidad para relacionarse con la gente. Los prisioneros pueden perder incluso las capacidades de verbalizar oralmente o de distinguir los colores. La falta de contacto humano puede suponer la pérdida de la capacidad táctil o el sentir cualquier proximidad como una amenaza En definitiva, los efectos del aislamiento suponen una paulatina destrucción de la persona humana y son una agresión permanente contra aquella y un escarnio contra la misma condición humana.

No. El defensor del pueblo no los teme. Lo que ocurre es que quiere sumarse a quienes reclaman venganza. Quiere evitar que lo confundan porque, al fin y al cabo, una sociedad que tortura obliga a tener personas que aceptan, que se acobardan o que fingen no saber lo que está ocurriendo. Lo curioso es que no es ésta la misma regla con que se mide al Sr. Fujimori, autor de crímenes contra la humanidad. ¿Es él otra clase de terrorista con quien veladamente debemos estar de acuerdo?

Sé que es impopular e incluso peligroso pensar en el Perú de esta manera, y sobre todo expresarlo. Debería sentir miedo. Más miedo me da, como cristiano, el ser preguntado mañana por el más alto de los jueces si en los días de mi vida fui compasivo, y por lo tanto bueno, y si me sobrepuse las amenazas y aprendí a ser valiente, hombre libre y de buenas costumbres.

El autoritarismo en la esquina

El voto de confianza al gabinete sonó más a voto de desconfianza en el gobierno. Hay que recordar que, una sesión antes, ese voto había sido negado y ello ocurría por primera vez en la historia republicana.

A esto hay que añadir el ritmo decreciente de la aprobación popular al presidente. Ha llegado al 25 por ciento, luego de una constante cuesta abajo en la rodada.

Es una situación muy grave.

Discrepo de quienes la interpretan de una manera coyuntural. Dicen ellos que todo el problema reside en una suerte de poder paralelo familiar y le atribuyen toda la culpa a la primera dama del país.

Esa interpretación nació en el aparato de propaganda del expresidente García que todos los días habla con el espejo del cuento: “Espejito, espejito… dime quién te gusta más…” mientras acaso compara sus elefantiásicas curvas con la elegante silueta de su posible rival en las próximas elecciones presidenciales.

Se trata de algo más estructural: este gobierno no nos indica exactamente hacia donde va.  Carece de una visión estratégica de medio y de largo plazo.

Como lo hacen las combis, el chofer se detiene en cada esquina o acelera de súbito para ganar pasajeros, pero nadie sabe exactamente hacia dónde nos conduce.

Hay la sensación, además, de que la conducción del país se hubiera pasado al ministerio de economía cuyos tecnócratas son dogmáticos partidarios de la privatización y del neoliberalismo al mismo tiempo que desalmados en cuanto concierne a las necesidades sociales.

Ya hemos visto cómo la negativa del MEF a aumentar el salario mínimo ha sobrepasado todas las instancias, ha hecho caer al jefe del gabinete y ha propiciado el desgobierno y la práctica ruptura de la institucionalidad.

Si en este momento -como se anuncia- se aprueba la ley de la universidad peruana y se derriba la autonomía de la misma, la consiguiente respuesta de los estudiantes no tendrá que esperarse. En Chile, los universitarios llevaron al naciente gobierno de Piñera hasta una situación insostenible.

En estas condiciones, las encuestas continuarán con la flechita mirando hacia el suelo. Se está engendrando un gobierno muy débil. Lo peor de todo es que los gobiernos de esas características tratan de mostrarse fuertes de maneras que van contra la constitución y las leyes.

La tentación del autoritarismo está en la esquina. En el Perú, ya se han dado muchos pasos en ese sentido. Uno de los más temibles es la dación de la ley 30 151 que consagra la impunidad de los militares y las fuerzas policiales cuando hieran o maten en supuesta acción de servicio. En vista de que operará de forma retroactiva, servirá para abrir la puerta de la cárcel a quien el masacraron campesinos en Cajamarca y Cusco.

Mientras escribo esta nota, esa ley está probando su eficacia. Efectivos de la DINOES (la policía contratada por los mineros de Yanacocha) acaban de quemar el campamento de los cajamarquinos que cuidan sus lagunas. ¿Qué puede venir después de esta provocación?

No. El autoritarismo no es lo que la historia espera del actual presidente. Creemos que está a tiempo de formular políticas económicas capaces de impulsar la actividad interna. Todavía puede proyectar una nueva ley del trabajo para defender los derechos laborales. Le queda tiempo para honrar su palabra, deshacerse del acta de Fujimori así como de sus perversas leyes represivas. Cuando lo haga, entonces será de veras un gobierno fuerte.

Mi primer canillita, un senador de la república

“Manos blancas, beatitas de cera, ovejas de papel: el cielo recién había sido edificado. Papá –sereno, sencillo, alegre– se sentaba en cualquier lugar de la mesa y desaparecía en una bocanada de humo. Ese instante nos hacíamos pequeños y esperábamos. Al rato, reaparecía lento, solemne, sobrenatural…”.

Cincuenta años después de haberlo publicado, estoy leyendo y recordando Los peces muertos, mi primer libro.

Con el párrafo inicial de esta nota comienza el primero de sus cuentos. Al final les contaré el desenlace; ahora quiero narrar alguna de mis aventuras como novel autor que, después, ha tenido consecuencias en el resto de mi obra.

Javier Sologuren tuvo la bondad de prologarlo. Sebastián Salazar Bondy diría, en su comentario crítico, que se anunciaba un formidable escritor y una promesa… que, por mi parte, trato con dificultad de cumplir. Estoy escribiendo desde las 5 de la mañana, y en abril me voy a Oviedo, Barcelona y también a Catania, Florencia y a presentar mis libros traducidos al italiano… pero no me olvido de que ya pasó medio siglo.

A la semana de editado, mi ingenuidad me hizo creer que los gratos comentarios aparecidos en los periódicos habían motivado un best-seller, pero no era así. Inés de Guijón, de la “Librería Peruana” de Trujillo, estaba encomendada por el destino de comunicarme una de las primeras decepciones de mi vida: “Lo siento. Solamente cinco personas (naturalmente, geniales) han venido a comprar tu libro”.

Aconsejado por mis amigos del grupo “Trilce”, o más bien envalentonado por algunas biografías de hombres célebres, decidí ser, además de escritor y editor, el primer vendedor de “los peces”.
Con varios ejemplares bajo el brazo, me encaminé al café “Demarco” de Trujillo. En una mesa del mismo, rodeado por un grupo de probables seguidores, hacía tertulia un caballero anciano, delgado, imperioso, con el aura de aquellos que alguna vez han ejercido el poder y no se acostumbran a su carencia.

Era don Octavio Alva, cacique político de Cajamarca durante más de medio siglo, diputado, senador, ministro de varios regímenes, hacendado todopoderoso y, por cierto, acérrimo conservador.

–Señores, como los lectores no se acercan a las librerías, un escritor está frente a ustedes para ofrecerles su primer libro…

Don Octavio, a quien yo no conocía personalmente hasta ese momento, interrumpió mi discurso para preguntarme quién era mi padre, descubrir de inmediato que era su primo hermano,  un parentesco que yo ignoraba, y proclamar ante el grupo:

–Señores. Este joven es mi sobrino. En consecuencia, tiene que ser un gran escritor. Ustedes tienen que comprar el libro, y yo me convierto en su primer canillita.

Y el anciano político, en un gesto que no olvidaré jamás, recorrió mesa por mesa aquel café y el vecino ofreciendo Los peces muertos a boquiabiertos parroquianos que no pudieron hacer otra cosa que comprarlo.

Los peces muertos se agotó a mes y medio de tirado y, por eso, muchos de mis mejores amigos no lo han leído. Sin embargo, soy muy afortunado porque la mayoría de ellos declara, sueña o cree que sí lo ha leído. Volvamos al cuento del comienzo:

“Aquello debió durar mucho tiempo. Un día amanecí serio, ronco y con diecinueve años. No jugué por la mañana, hube de pasarme fumando toda la tarde. En la noche, todo volvió a repetirse: nos sentamos juntos, charlamos, ahora con ironías y juegos de palabras. Papá –sereno, sencillo, alegre– prendió un cigarrillo y se envolvió en albas nubes de humo. Nos quedamos pensativos esperando su retorno”.

Eduardo González León, mi padre, falleció poco tiempo antes de que yo publicara Los peces muertos. Por él nació este libro, y no deja de crecer este recuerdo.

Cien años de Sarita Colonia

Mientras usted lee este artículo, se están cumpliendo cien años del nacimiento de Sarita Colonia, una joven peruana a quien las clases marginales del país han declarado santa aunque la iglesia oficial no la canonice hasta hoy ni haya esperanza de que algún día lo haga.

Sarita no levitaba. No se hacía invisible. No atravesaba paredes. No se suspendía en el aire. No volaba por encima de las casas de Lima. No se aparecía ante los creyentes. No dejaba sobre los aires un místico olor y color de flores. El único milagro que se le puede atribuir-y de él proceden todos-es el milagro del amor.

Su vida fue común y corriente. La pobreza la acompañó toda la vida. Era una muchacha llegada de Huaraz al Callao. Sus padres no fueron pálidos príncipes sino serranos migrantes.

Nada fue inesperado en su vida. Las estrecheces de la familia Colonia, una probable vocación religiosa truncada por la pobreza, el trabajo de Sarita en el servicio doméstico y su muerte prematura resultan poco menos que normales datos estadísticos.

Tal vez lo milagroso de esta muchacha es haber sobrevivido, ya adulta y sola, en los pauperizados barracones del Callao. Una presumible fiebre tífica y la atención deplorable de un hospital de pobres, las circunstancias de su muerte, también son usuales para la demografía.

En los años setenta nació la leyenda popular que le atribuye la condición de santa. El ámbito de esta creencia estuvo inicialmente limitado a Lima y el Callao, pero en los años recientes sobrepasó la frontera norte del Perú, y está conquistando ahora a mucha de la población hispanoparlante de los Estados Unidos.

Un dato proporciona el perfil de los devotos: de los 890 milagros anotados por aquéllos en un cuaderno especial al lado de la tumba, 751 revelan el hecho -portentoso en el Perú- de haber obtenido un puesto de trabajo gracias a la intercesión de la santa informal. Algunos creyentes piensan que orar frente a su estampita los curó sin el apoyo de los médicos. Otros suponen que los ayudó a superar un trance judicial o incluso a la guerra fue un salir de la cárcel sin tener que recurrir al soborno en un país donde la corrupción es un hecho cotidiano.

Aunque en esos días todavía no estaba de moda la palabra “inclusión”, Sarita fue-en los sueños de sus discípulos- la promesa de que las enfermedades, las injusticias, las desdichas se acabarían y todos tendrían igual acceso a la felicidad. Sarita fue para los millones de peruanos pobres que la inventaron una santita con rostro cholo el exclusivo reino de los cielos.

También cumple hoy 25 años de publicada mi novela “Sarita Colonia viene volando”.  Ese libro apareció en los días preliminares de la guerra sucia. Como lo decía entonces “muerta y colmada de muertos amanece nuestra tierra.”

Poco ha cambiado desde entonces. La guerra fue ganada por los representantes del estado luego de una campaña de exterminio contra poblaciones enteras cuyo mayor número de muertos fue el de los que ni siquiera sabían lo que estaba ocurriendo. La dictadura pasó, pero su constitución, sus leyes y sus métodos persisten. La llamada “inclusión” se convirtió en una limosna humillante después de haber sido una promesa mendaz.

A cien años de su nacimiento y a veinticinco de la novela que escribí en su nombre, otra vez, invoco a  Sarita Colonia, y en ella a la santidad de los pobres, porque aspiro a que la injusticia y la violencia retornen a la nada, se vayan al corazón de las sombras, y se pierdan en el día crepuscular que precedió a la fundación del universo.

Para escuchar:

Un andaluz en Nueva York

Gerardo Piña-Rosales

Gerardo Piña-Rosales

La semana pasada, en medio de una conferencia acerca de política internacional, el presidente Obama habló de su ávida preferencia por la comida mexicana.

Por supuesto que esto tiene que ver con la creciente fuerza electoral de los “hispanos” quienes siempre han votado por él. Cómo lo sabe el Presidente-y parecen ignorar los republicanos-las proyecciones demográficas indican que en el año 2050, este grupo étnico superará al de los anglófonos y se convertirá en la primera mayoría del país.

El problema es saber si los “hispanos” de la mitad del siglo conservarán el idioma que les da unidad y hace permanente su cultura.

La primera conjetura es positiva. Las relaciones económicas entre las dos Américas son ahora tan intensas que se hace imprescindible estudiar español para quien aspire a un puesto de trabajo los Estados Unidos. Las clases del idioma en las escuelas y universidades están abarrotados.

Hay un hecho negativo, sin embargo. El escaso nivel cultural de los inmigrantes precarios los junta en comunidades donde no se habla bien el inglés… ni el castellano. Por su parte, algunos profesores políticamente correctos o simplemente inocentones propician la utilización de un slang llamado espanglish.

-¿Qué opina sobre este fenómeno Gerardo Piña-Rosales, director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española?

-Aplaudir a quien utiliza el ‘espanglish’ porque no es capaz de hablar ni español ni inglés con soltura es condenarlo a vivir en un gueto. El ‘espanglish’ no es un idioma; es un producto híbrido que atenta contra dos lenguas universales como son el español y el inglés.

-¿Que recomendación le das al inmigrante hispano llegado a los Estados Unidos?

-Que se proponga aprender bien el inglés del país que lo ha acogido y en el que espera prosperar. Esto es lo que nuestra academia le requiere con miras a lograr un bilingüismo auténtico que puede redundar en mayores oportunidades de empleo y de remuneración

El catedrático Piña-Rosales es un tingitano como se llama a los andaluces que viven en Marruecos. Aunque nació en La Línea de la Concepción, una localidad costera del sur de Andalucía, en España, su familia emigró a Tánger, Marruecos, donde hizo sus estudios de bachillerato. Después, estudió en Filosofía y Letras en las universidades de Granada y Salamanca. En 1973, exactamente cuando se fundaba la ANLE, se trasladó a vivir en los Estados Unidos

-¿Qué hace una academia de la lengua española en los Estados Unidos?

-Todo lo que podemos. Mis objetivos principales como Director de la ANLE se dirigen a conseguir fondos, subvenciones, etc., que nos permitan realizar una serie de proyectos lingüísticos y literarios; reestructurar y revitalizar las diferentes comisiones –la de Lexicografía, Gramática, Traducciones, etc.– que colaboran con la Real Academia en proyectos de tanta envergadura como el Diccionario de la Real Academia Española, el Diccionario Académico de Americanismos, la Nueva Gramática, etc.; y difundir, a través de los medios de información y de nuestro cibersitio (www.anle.us), la lengua española.

-Desde un punto de vista lingüístico- añade- hay que recordar que la primera lengua europea que se habló en lo que hoy constituyen los Estados Unidos no fue el inglés, sino el español. Y desde un punto de vista histórico, conviene que a los estadounidenses los nombres de Ponce de León, Cabeza de Vaca, Hernando de Soto, Coronado, y tantos otros, no les suenen a jugadores de béisbol.

Conversamos de esto y de mucho en un café de Manhattan. Apasionado de la poesía de Vallejo, Gerardo Piña ha comenzado conmigo una colección llamada “Vallejo vive” en una joven editorial estadounidense. Y seguimos conversando. Sabemos que hablando y escribiendo en español podemos conspirar para qué este país cambie para siempre.

El otro rostro de César Vallejo

César Vallejo

César Vallejo

Harold Alva no me dejará mentir. Caminaba con el excelente poeta y editor por las salas del MALI cuando hicimos el hallazgo, o más bien cuando el hallazgo vino hacia nosotros.

-¿Usted es el señor que necesita una fotografía?-me preguntó un hombre que cargaba un anticuado maletín con la mano derecha mientras que bajo el brazo izquierdo sostenía una bolsa de papel, y en ella, la forma alargada de un pan francés. Después afirmó rotundo:-Sí, usted tiene que ser.
-Me dijeron que debía entregársela a usted.-Abrió el maletín y extrajo un sobre el que sobresalía una foto. Me lo entregó. Antes de que yo pudiera hacerle cualquier pregunta, el hombre escapó.
Harold se había estado quejando de la escasa iconografía de César Vallejo. Aparte de la foto en una banca de París, del dibujo de Picasso y algunos retratos de grupo, muy poco es lo que pueda mostrarnos el rostro del poeta.
-Abre ese sobre, por favor. A lo mejor contiene lo que estamos buscando.
Así lo hice. Ante nuestro desconcierto, en efecto, pronto estuvo en nuestras manos una foto de Vallejo tan desconocida para Harold como para mi. El poeta aparece con su hermano Néstor en el parque de la exposición, justamente en el lugar donde nosotros nos encontrábamos en ese momento.
Mientras Néstor, pulcro y atildado, muestra un rostro hierático, el otro dandy, César Vallejo, se encoge y hace un gesto humorístico frente a la cámara. Es la misma que aparece junto a esta nota periodística.
Creo que no solamente hay escasez de fotos sino también de imágenes públicas acerca del más grande de nuestros poetas. Se le pinta siempre como un hombre desgarrado y como la expresión de un terrible dolor supuestamente metafísico.
Todas las modelos y las reinas de belleza así como muchos políticos se sienten obligados a decir que comprenden y quieren al poeta. Una bella modelo afirmó recientemente que Vallejo era el centro forward de un famoso equipo de fútbol.
Aparte de que esas afirmaciones son poco creíbles y suenan a farsa carnavalesca, distraen la atención acerca de la personalidad de César Vallejo. No se puede pensar, por ejemplo, que esté haciendo juegos frente a la cámara “el poeta del dolor metafísico y callado.”
Vallejo, no precisamente el centro forward ni el inspirador de Alan García en su fase de poeta, fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas. Los críticos y comentaristas de su obra suelen dedicar solo unas líneas breves —y a veces mezquinas— a este hecho, que es fundamental en la gesta de Trilce y en la comprensión de ese libro y del propio país
que le da origen.
Por casualidad, el juez ad hoc que lo persiguió era también abogado de poderosas empresas donde habían estallado sublevaciones sociales: Casa Grande, que en vez de salarios ofrecía coca y raciones de comida a sus trabajadores, y Quiruvilca, la mina donde miles de indios eran empujados a trabajar 20 horas al día hasta la extenuación, la
tuberculosis y la muerte.
En la Universidad de Trujillo había nacido entonces una generación de jóvenes
intelectuales atraídos por el socialismo, por el anarquismo o por la sola idea cristiana
de liberar a los oprimidos. Las grandes empresas y sus agentes querían
escarmentarlos, inventarles algún sambenito y eliminarlos físicamente si fuera
posible. Vallejo fue la víctima escogida, el incendiario, el terrorista de la época.
¿Y el hombre que nos entregó la fotografía?…Ni Harold Alva ni yo lo volvimos a ver. Quizá se fue corriendo con un pan sobre el hombro.

La universidad peruana y los gitanos

La educación universitaria

La educación universitaria

¿Qué le pide la gitana a su esposo a la hora de acostarse?

-Querido. Pásame tu mano derecha porque tengo ganas de leer un poco antes de dormir.

Lo recuerdo porque con el tema de la Ley Universitaria se nos quiere hacer un cuento de gitanos. Ese truco consiste en decirnos que nuestros amigos son falsos, que vamos a ser despedidos del trabajo y que nos espera todo tipo de calamidades a menos que….compremos un seguro mágico que nos librará de todo ello y nos traerá mucha suerte.

En el caso de la ley Mora, una bien orquestada campaña periodística nos dice que no tenemos universidad sino pocilga de iletrados, fábrica de títulos, refugio de terroristas y cuchitril de mediocres disfrazados de catedráticos.

Tantos vituperios se han lanzado contra la universidad peruana que quienes hemos pasado por ella tenemos la sensación de que el jefe de la Comisión de Educación del Congreso no conoce por dentro universidad alguna.

A lo mejor, el general Mora tampoco conoce el concepto original de universidad en tanto que comunidad libre del saber. Tal vez su formación espartana lo hace confundir dos conceptos antagónicos: universidad y cuartel. En los claustros universitarios, se han creado, entre otras, las nociones de patria, libertad y democracia que el cuartel ha defendido a veces, y cuando no las ha entendido, las ha arrasado. No, señor general Mora, la universidad no es un cuartel ni se le parece.

Con todos los vituperios lanzados, se propone la solución más simple: eliminar la autonomía o sea destruir el claustro, vale decir, el truco de la gitana. Una Superintendencia Nacional de Educación Universitaria.

Nacida para ser instrumento de un poder ejecutivo autoritario, esa superintendencia autorizará o denegará el funcionamiento de universidades, facultades, escuelas y programas, y al mismo tiempo tendrá el poder de cancelarlas.

No terminan allí los poderes del pulpo. Se extienden también a la selección de docentes y alumnos. En desdichadas declaraciones periodísticas, el general Mora ha señalado que no se permitirá el ingreso de jóvenes con una determinada ideología política o con una condena judicial cumplida. Además de perverso, aquello es anticonstitucional y antijurídico, y más aún violatorio de los derechos de la persona humana. Otra vez, se nos quiere meter en el régimen del miedo. Ni los aludidos podrán entrar, ni las personas conscientes podrán expresarse por temor de ser considerados como tales. Como ya se ha dicho, lo peor que le puede pasar a una sociedad es sentir miedo de pensar y expresarse. Que el miedo se apodere del espíritu de la gente es censura. La censura es un secuestro al pensamiento. Atemorizar la opinión ajena es el camino más directo a la autocracia.

Se comprende las razones por las cuales la solución propuesta ha despertado interés. Además de las buenas universidades, hay otras que exhiben serias carencias. Empero, la causa de la crisis no es la autonomía universitaria. El necesario decirlo y denunciarlo, el origen de toda esta miseria se encuentra en él acta constitucional heredada de la dictadura cuando aquélla trata de ofrecer un marco legal de inversión y de libre mercado a lo que debería ser no comerciable interés nacional.

El estatuto universitario redactado durante el gobierno del Dr. Bustamante y Rivero provino de discusiones entre los peruanos más importantes del siglo XX. Luis Alberto Sánchez, Antenor Orrego, José Gálvez, Manuel Seoane, José Antonio Encinas, Honorio Delgado, Mariano Iberico, Víctor Andrés Belaúnde son nombres que en nada puede compararse a los de los olvidables miembros de la Comisión Mora. ¿Crisis o miseria del congreso actual?

Bien parece que el neoliberalismo implantado en el Perú necesita de un rostro autoritario y para ello hay que destruir la universidad. Entre gitanos no se lee la suerte.

La Haya y los neutrales

Durante la guerra del 79, el alcalde de un distrito rehusó ofrecer al prefecto de Cajamarca un contingente de jóvenes aduciendo que “nosotros, los de San Pablo, somos neutrales”.

Fue solamente una salida de esa autoridad con la que los sampablinos  no coincidían. Prueba de ello es que derrotaron al invasor en una de las más heroicas batallas de la guerra. Sin embargo, el apelativo de neutrales ha continuado aplicándose-a manera de burla-contra quienes escapan por cobardía o interés de sus deberes con la patria.

La verdad es que, tanto en esa época como ahora, los neutrales existen. Su modus operandi suele ser diferente. No se proclaman neutrales, pero lo son en realidad. Aprovechan el clima de confrontación que ellos mismos provocan para lograr utilidades económicas o políticas.

A veces resulta difícil distinguirlos porque son los más chauvinistas, los más alarmistas, en suma, los tremendistas, los que piden que embanderemos nuestras casas antes de que el invasor llegue con sus tanques hasta las puertas de Lima.

Pertenecen a ese club los dueños de los periódicos que durante estos últimos años nos han estado incitando a comprar armas y a movilizar nuestras tropas. Ellos no mandarían a sus hijos a ser despedazados por una granada, pero sus primeras planas dicen que hay que ponerse el uniforme …porque el pánico vende.

Forman parte del contingente de neutrales los líderes políticos que han hecho de la nuestra una República manchada por corrupción y sangre. Cualquiera de ellos, en las condiciones de un juicio honesto, estaría a un paso de la cárcel pero en el clima del pánico, se toman serias fotografías y están seguros de que sus crímenes serán olvidados en aras de  “los altos intereses de la patria”.

En el mismo grupo de neutrales se encuentran los que proclaman su nacionalismo a grito pelado, pero están prontos a vender propiedades estratégicas de la nación como el petróleo.

El pánico moral es una condición generalmente creada por autores interesados en conducir al pueblo hacia una mentalidad del desastre.

Tanto en los gobiernos dictatoriales como en aquellos que van sin rumbo fijo, esa mentalidad del desastre se expresa en el endurecimiento de los aparatos de control social del estado y en un clima de sospecha en el que todos debemos probar que no somos terroristas ni antipatriotas.

Un clima como ese pone la vida del país en suspenso. Durante todo el tiempo en que dura, existe la posibilidad de vivir sin Constitución. Tal es el caso actual en que el acta del dictador terrorista perdura sin fin, y sigue sustituyendo a la primera ley del Estado.

Durante la dictadura de Fujimori, la sensación continua de que la guerra con Ecuador estaba próxima permitió las compras secretas de armas con millonarios sobreprecios. ¿Eran realmente patriotas o, más bien, neutrales los generales compradores?

En nuestro tiempo, el pánico colectivo estimula a la administración peruana a condenar el conflicto social y criminalizar la protesta. Es coincidente con esto, la reciente dación de una ley que exonera de culpa a policías y militares antes incluso de que den el disparo, y que sacará de la reclusión a quienes ya lo hicieron.

Mañana se da el fallo de la Corte de La Haya. A partir de ese momento, no habrá justificación para mantener en suspenso la vida de la República. El respeto por los tribunales internacionales es un triunfo de la civilización y una prueba de que la racionalidad y la paz son siempre posibles.

Esa sentencia mostrará al mundo que las guerras no son inevitables y las naciones pueden superar tristes recuerdos así como señalar y barrer a quienes se aprovechan de ellos.

Como lo dijimos anteriormente, se le quitará material a los chauvinistas, soporte a las dictaduras, dólares a los corruptos y pretextos a los farsantes, todos ellos de verdad, neutrales.

Con este fallo, se quedarán sin fotos los periódicos sensacionalistas y tal vez substituirán la abultada anatomía de algunos políticos por los cuerpos cimbreantes de vedettes más atractivas. Las barrigas son generalmente neutrales.