Si naciste en 1976, tú puedes ser Clarita

Aunque no te llamen ahora así, y tus padres adoptivos te hayan puesto otro nombre, es muy posible que tú seas Clara Anahí Mariani.

Pancarta en la Plaza de Mayo

Pancarta en la Plaza de Mayo

Hay algo que no pueden haber falsificado quienes te secuestraron y te vendieron: naciste el 12 de agosto de 1976, y es muy difícil que te hayan puesto una fecha lejana de esa en el documento falso con que has vivido todo este tiempo. Naciste en La Plata, Argentina, hija de Daniel y de Diana, y quizás los raptores te inscribieron en tu mismo país mientras los militares estaban en la Casa Rosada, o tal vez lo hicieron en Uruguay o Chile, igualmente gobernados por asesinos. Al acabarse ese tiempo, a otros niños como tú se los llevaron a Italia y España, donde también podrías estar ahora.

Clarita Anahí Mariani, tengo para ti una carta de tu abuela, la “Chicha”, que te está buscando desde que te raptaron. Va aquí con la mía, y en ella encontrarás fotos de tus padres y de ti misma que tal vez te ayudarán a reconocerte. Además, tu abuela te cuenta otros detalles que, por genética, pueden repetirse en ti.

Es obvio que no recuerdes lo que ocurrió cuando apenas tenías tres meses de nacida. Sin embargo, un psicólogo me asegura que ese hecho brutal se quedó grabado en tu inconsciente y es posible que, algunas noches, se exprese con sueños espantables.

Clarita: tu pesadilla está a punto de terminar. Cuando abraces a tu abuela, recobrarás el derecho de tener recuerdos familiares, y acaso sientas que Diana y Daniel, tus padres, te acompañan desde una región luminosa de los cielos.

Déjame contarte lo que pasó el 24 de noviembre de 1976, y comenzarás a entender esta carta.

Ese día, a las cinco de la tarde, estabas jugando con tu madre que te alzaba y besaba jugando a que eras su muñeca. De súbito, se escucharon las pisadas y los gritos de mucha gente que irrumpía en el tercer piso del edificio donde vivías.

Seguro que tú sonreíste y creíste que era parte del juego de tu madre, pero era tan grande el ruido que empezaste a llorar. Era tu manera de preguntarle a mamá qué era lo que estaba pasando y por qué.

Miguel Osvaldo Etchecolatz abrió por fin la puerta de tu casa. A su lado se encontraba el general Ramón Camps. Ambos se hicieron a un lado para que ingresaran los soldados del Ejército, la Policía y la Armada de Argentina que realizaban una operación conjunta para masacrar opositores al gobierno.

Entraron disparando. Antes, habían ametrallado los departamentos de dos familias vecinas y habían matado a cinco personas. Etchecolatz te puso la pistola en la boca y le advirtió a tu madre que iba a disparar. Ella le arrancó la pistola y te cubrió con su cuerpo. Te cubrió de tal forma que resultabas invulnerable.

Entonces el hombre comenzó a disparar. Aunque Diana Terugi, tu madre, debe de haber muerto a los primeros balazos, en su cadáver se encontraron más de cuarenta impactos producidos por el arma de Etchecolatz y las ametralladoras de los soldados de tu patria. Cuando Etchecolatz te iba a rematar, lo detuvo el general Camps.

-¡Estás loco! Podemos conseguir unos buenos pesos con la piba.

Del resto poco sabemos, Clarita. O Alejandra, Margarita, Viviana, Renata, Marisa, María Elena, como te llamen ahora. Tu abuela y tu padre te buscaron por toda Argentina. Por fin, los asesinos llegaron hasta Daniel, y también lo eliminaron.

A estas alturas de mi carta, te seguirás preguntando ¿por qué, por qué? Voy a darte una parte de la respuesta.

A partir de los años setenta, diversas bandas de militares se apoderaron de más de la mitad de Sudamérica. Está probado hoy todo lo que hicieron entonces: su violencia salvaje, las persecuciones, la represión ilegal de los disidentes, la tortura infernal, la desaparición forzada de personas, el rapto y la venta de niños y el copamiento de todos los medios de información. Miles de civiles tan indefensos como tu madre y tu padre fueron masacrados en un verdadero holocausto. Millares de niños fueron arrebatados en sus casas como tú o arrancados de los brazos de sus madres en la prisión. Los militares llamaban a eso una “guerra interna” y justificaban su barbarie con el fundamento de que estaban defendiendo la civilización cristiana en nuestro continente.

Pasado ese tiempo, con gobiernos elegidos y descubiertas las cuentas secretas de Videla, de Pinochet, de Fujimori, entre otros, con las lloriqueantes confesiones del asesino de tu madre, Etchecolatz y del cobarde general Videla ante sus jueces, conocidas las coimas gigantescas por el armamento que compraban, descubiertas las cuentas de la Ford y la Mercedes Benz, ente otras empresas que los tenían en sus nóminas, ya se sabe que todo era al revés de lo que los militares proclamaban.

Ya se sabe que eran criminales bien pagados, saqueadores insaciables y chacales sin alma, y que su primer objetivo fueron jóvenes como tus padres o viejos como el director de orquesta que fue tu abuelo, para quienes el socialismo era la mejor forma de hacer verdad en la tierra las promesas de Cristo.

Ya se sabe la verdad, Clara Anahí, pero tu abuelita, la Chicha, todavía no te ha visto. Dale la sorpresa en estos días navideños.


información de Clara Anahí Mariani

Datos de Clara Anahí Mariani - Haga clic en la foto para agrandarla


El gato y la literatura

Gracias, queridos amigos del “Correo de Salem”. Como lo recuerdan, mil y tantos de ustedes colmaron ayer las instalaciones del antiguo Senado para presenciar la condecoración que me otorgaba el Congreso de la República. Decenas de emails me piden ahora una copia de lo que dije. Como no lo escribí, aquí va algo de lo que se grabó ese día. Gracias, siempre, Eduardo.


Chepén, Perú - Foto todochepen.com

Chepén, Perú - Foto todochepen.com

Un día en Chepén, mi pueblo, cuando yo tenía 15 años, visité a una tía abuela llamada Mercedes que acababa de cumplir 99.

Al entrar en su casa descubrí que ella estaba rezando el rosario. Como no me había visto, tomé asiento cerca de ella para no interrumpir su devoción, y me dediqué a leer una revista. Sin embargo, había algo de extraño en el asunto: mi tía Mercedes recitaba solamente la primera parte del Ave María, y se quedaba un rato esperando como si estuviera en la iglesia o como si alguien a su lado recitara el “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Miré hacia uno y otro lado, y no encontré a su probable acompañante. Mi curiosidad me hizo levantarme y me fui aproximando a la solitaria devota. Al final, descubrí que había alguien a su lado, pero no era un ser humano. Era su gato. Cada vez que mi tía terminaba la primera parte del Ave María, el gato la acompañaba con un largo ronroneo, como hacen siempre los felinos cuando de puro cariño prenden su motor interno junto a alguien que los ama.

Cuando la anciana y el gato terminaron de rezar, puse una silla al lado de ella y le pedí que me contara historias. Mi tía era una excelente narradora oral, y creo que sus ficciones fueron el origen de los relatos que en ese tiempo quinceañero comencé a escribir.

Sin embargo, en ese momento se me presentó otro problema. A sus 99, mi tía estaba muy bien de salud, pero padecía de algunos olvidos. Comenzaba a contarme alguna apasionante historia de comienzos del siglo XX, pero cuando ya a estaba a punto de llegar al desenlace se olvidaba de la que había iniciado y comenzaba otra.

Como se diera cuenta de mi sorpresa, mi tía me dijo:

-Entiendo, hijito. Pero también quiero que tú me entiendas. Cuando a los viejos ya nos toca irnos de este mundo, nos sentamos como yo en una mecedora a olvidar. Así como la gente joven va a la escuela para recordar algunas disciplinas y conceptos, los viejos nos sentamos todas las tardes a olvidar.

Creo que ese día fue definitivo en el inicio de mi vocación literaria. Me di cuenta de que la literatura sirve como el gato de mi tía Mercedes para evitar que estemos completamente solos en el mundo y para permitirnos que aun en las mayores soledades, podamos comunicarnos con nuestro Dios, el universo, nuestra tierra y la gente que más queremos en ella.

Como las cincuenta avemarías que mi vieja tía rezaba, la misión del creador de ficciones consiste en decir, expresar, mascullar y hasta proclamar canciones de recuerdos y de nostalgia dirigidas hacia la esperada felicidad colectiva de los hombres y hacia las infinitas extensiones de la vida.

Comprendí, además, que así como en la escuela se enseña a recordar, había también que aprender a olvidar y que esa también podía ser misión de la literatura que yo produjera: hacer que nuestra gente olvide la dureza y la perversidad de esa prolongada noche de insomnio, de violencia y de sangre que las más de las veces ha sido la historia del Perú.

Hacer la paz con los malos recuerdos no significa sin embargo decretar el olvido del crimen, ni menos aceptar con resignación el abuso, ni mucho menos consentir en la impunidad de los perversos y de los injustos. Como el gato que despertaba a mi tía luego de un largo rosario, pensé que la literatura debería sacar del letargo a nuestra gente y hacerle ver que la democracia y la libertad no se regalan sino que se conquistan. Los escritores usualmente han asumido como suya la función de rehacer la historia. En el Perú que nos ha tocado vivir, esa función es mucho más imperiosa. Aquí hay que impedir que nuestra historia se deshaga.

Mis libros no puede borrar la explotación de los pobres, la corrupción de los poderosos, ni la tortura y el genocidio con que se suele reprimir la cólera del pobre y del justo. Mi literatura no va a cambiar al mundo, pero me impulsa a servir causas generosas y valores sin los cuales el hombre deja de ser hombre y la sociedad se hace insoportable.

Y esa fue la misión que me impuse a la edad de quince años cuando escribí mi primer cuento y conocí al gato y los olvidos de mi tía Mercedes. Si quieren ustedes saber lo que ocurrió después, se lo cuento. Un año más tarde, la muerte fue a visitar a la anciana… y tal vez ambas se quedaron a conversar y a rezar, juntas para siempre.

USA: El país donde separan a las almas

Mi sueño - Foto Long Lam

Mi sueño - Foto Long Lam

Hace poco en Texas me mostraron fotos de un cementerio por en medio del cual pasa una cerca de aquellas que se usan para contener al ganado. De un lado, están sepultados los gringos, y del otro duermen los difuntos que en vida hablaron castellano, y a quienes la terminología racial de este país llama los “hispanos”.

No se me explicó quiénes llegan al cielo primero porque, obviamente, no hay fotos de ese acontecimiento, ni mucho menos estadísticas, aunque es de presumir que en los Estados Unidos, un país tan obsesionado por la “raza”, el Paraíso debe estar parcelado, reglamentado y posiblemente manejado por burócratas estrictos, respetables y políticamente correctos.

El hecho parece extraño, pero no lo es. Aunque la discriminación es un delito castigado con las más severas penas,  la segregación – o sea la separación de la población por grupos étnicos- existe abiertamente en muchas instituciones, e incluso es
alentada por legislaciones anacrónicas y por administradores obtusos.

Una sola religión, por ejemplo, mantiene en la misma ciudad varios templos distintos que están destinados, uno para los “blancos”, otro para los “afroamericanos”, uno diferente para los “asiáticos” y por fin, otro para los “hispanos”.La excusa que podría darse es la diferencia de idiomas, pero ella no sirve para separar a los “blancos” de los”afroamericanos” que hablan el mismo idioma, ni de los “hispanos” o “asiáticos” que dominan inglés.
En Salem, Oregon, conozco un culto religioso (no diré cuál), cuyo edificio se parece a un centro escolar. Los llamados “blancos” ocupan el salón más extenso que se abre a la entrada principal, pero no a sus vecinos. “Hispanos”, “afros” y “asiáticos” tampoco se comunican los unos con los otros, aunque recen al mismo Dios, y aparte de eso sus tampoco compartidos baños rechazan terminantemente el pis interracial.

Aparte de ello, la palabra étnico” tiene aquí un significado especial. Hay restaurantes y tiendas de objetos étnicos, pero se refieren a quienes han nacido o tienen un ancestro en el resto del planeta, menos aquí. “Etnico” es definido por el diccionario como relativo a un pueblo o a una raza humana. ¿Significa eso que los norteamericanos no pertenecen a ninguna?… Así lo supone la gente común y corriente de este país, pero no tan sólo ellos. Lo peor de todo es que las propias universidades tienen escuelas de “estudios étnicos” en las cuales no se estudia la etnia mayoritaria de este país.

“Diversidad” y “multiculturalismo”, las metas de las universidades implican el respeto por las culturas y los estilos de vida diferentes, lo que es santo y bueno, pero lo que no es bueno si santo es que ese supuesto respeto, en vez de serlo de verdad, implica casi siempre una suerte de paternalismo y protección por personas a quienes sin decírselo, se les considera inferiores.

La “Ley de Acción Afirmativa” permite que los llamados “alumnos de color” puedan entrar en las universidades con una nota promedio mucho menor que la que se les exige a los “blancos”. Se aduce que los “color students” son más pobres, pero en ese caso debería de pensarse en estímulos económicos para los buenos alumnos sin distinción de que ellos sean blancos, negros, azules o colorados, y ese no es el caso.

La “acción afirmativa” se funda en la insultante premisa de que ciertos grupos étnicos -los hispanos y los negros- son inherentemente inferiores a los otros. Basados en la raza, los reclutadores que van a las escuelas a buscar jóvenes “de color” les ofrecen que- debido a su grupo étnico o a su origen geográfico- su admisión en el campus dependerá de un standard más bajo como si su inteligencia fuera necesariamente menor o
padecieran de minusvalidez en el cerebro.
Si la diversidad y el multiculturalismo tan predicados fueran completamente sinceros, los norteamericanos tendrían una forma de resolver algunos de sus mayores problemas. Su educación, por ejemplo, fue declarada en crisis por el presidente Clinton y lo es todas las veces en que se comente algún crimen en las escuelas. Tal vez podrían estudiar los postulados tradicionales de la mayoría de los países de la otra América que, en vez de considerarla un negocio, confieren a la educación una concepción humanista y la perciben como un derecho de la persona humana.

En Estados Unidos, hay leyes draconianas contra discriminación, pero la segregación existe en la ley y en creencias inconfesas aunque muy arraigadas. Ojalá que la nueva administración contribuya a levantar las cercas que separan a las almas en el más allá. Si la ignorancia lo impide y la división persiste, el cementerio seguirá creciendo hasta abarcar también los corazones de quienes todavía estamos vivos.


Ciro Alegría mientras esperaba ser fusilado

Ciro Alegría

Ciro Alegría

La más importante novela indigenista de América – “El mundo es ancho y ajeno” (1941) fue escrita por un peruano, Ciro Alegría, quien unos años antes había sobrevivido a una matanza, había esquivado un pelotón de fusilamiento, había pasado varios años en la cárcel, había sido desterrado después y la mayor parte de su vida no pudo regresar a su patria debido a que una sucesión de dictaduras se lo impidió siempre.

La Nochebuena de 1931, Ciro Alegría, entonces un muchacho de 22 años, fue al local del Partido Aprista en su ciudad de origen, Trujillo, para colaborar en el reparto de alimentos para los niños pobres. Lo acompañaba su amigo, el pintor Mariano Alcántara que más o menos tenía su misma edad.

El APRA era un movimiento político y social que había insurgido hacía pocos años para realizar grandes cambios estructurales y proponer la unión de los países hispanoamericanos contra el imperialismo de los Estados Unidos. En lo agrario, Víctor Raúl Haya de la Torre, su líder, proponía la expropiación del latifundio, un vestigio feudal en el cual el hacendado era señor de las vidas y destinos de sus indios.

Unas horas después de la repartición de aguinaldos, Ciro y Mariano bebían con otros compañeros el tradicional chocolate caliente de esa noche. Al joven escritor le llamaron la atención los ojos de una bella compañerita y la invitó a salir a pasear por la colindante Plaza de Armas de Trujillo, la más grande del Perú. Eso le salvaría la vida.

Cuando faltaban unos minutos para la medianoche, un camión con soldados estacionó frente al local del partido. Los recién llegados portaban ametralladoras. Algunos se apostaron frente a la puerta. Un grupo de ellos penetró en el local haciendo disparos a diestra y siniestra. Hubo decenas de muertos. La mayoría de aquellos eran, por cierto, niños y amas de casa.

Por su parte, Mariano Alcántara, cansado de esperar a su amigo, se había echado a dormir bajo el escritorio de la oficina administrativa. Cuando entraron los soldados disparando, creyeron que una de sus ráfagas lo había liquidado. Fue él quien muchos años después, en nuestro Trujillo me contaría la historia.

En julio del año siguiente estallaría en esa misma ciudad una revolución que estaba destinada a ser el punto de partida de una formidable insurgencia social en el Perú. Es normal que el joven universitario Ciro Alegría participara en ella. Los rebeldes tomaron el cuartel de la ciudad y por una semana instalaron un gobierno popular. Sin embargo, las fuerzas armadas sitiaron Trujillo por aire, mar y tierra y, después de muchos desiguales combates, aplastaron la rebelión. Miles de trujillanos fueron fusilados sumariamente frente a los paredones de la antigua ciudad pre-hispánica de Chan Chan.

Ciro pudo ser uno de ellos, pero la muerte aún no lo tenía en sus listas. Luego de andar perseguido a saldo de mata, fue finalmente apresado. Un tribunales marcial decidieron su ejecución. En la cárcel, esperó durante meses que se cumpliera la fatídica sentencia.

Cuando lo conocí, varias décadas más tarde, Alegría me contó que allí, entre sueños y en medio de las cuatro paredes carcelarias, había visto a Rosendo Maqui y a los diversos personajes de su épica novela “El mundo es ancho y ajeno”. “Me moría de ganas de salir de allí para escribirla”.-me dijo.

En la obra, publicada nueve años más tarde, los indios de una comunidad andina tienen que afrontar la invasión de sus tierras por el latifundista a quien protegen las fuerzas armadas y las leyes de la república. Sólo la naturaleza que les confiere misticismo y una tremenda resistencia ancestral harán que la comunidad india persevere en su lucha. Ganadora de un premio internacional y publicada en 1941, esa novela significaría también el primer ingreso de la figura del indio en la literatura peruana. Antes de que ella se publicara, los indios no habían sido considerados dignos de entrar en las páginas todavía coloniales de los autores peruanos.

A Ciro le fue conmutada la pena de muerte por una prisión que padeció algunos años para luego exiliarse en Chile. En ese país serían editadas “La serpiente de oro” (1935) y “Los perros hambrientos” (1939). “El mundo es ancho y ajeno”, publicada en casi todas las lenguas, se convertiría después en una novela mundial.

Ni siquiera la fama conquistada por esos hechos pudo servirle para volver a su país. Sucesivas dictaduras se lo impidieron o hicieron del Perú un lugar muy peligroso para el novelista quien por fin se fue a los Estados Unidos y se dedicó allí a la cátedra universitaria.

Tras un largo exilio y después de varias décadas, regresó. Un ataque fulminante al corazón acabó con su vida en 1967. No lo habían hecho desaparecer la ametralladora de los irracionales, tampoco los azarosos años de la persecución y el martirio, ni la posibilidad de ser fusilado. Tampoco lo conseguiría la muerte porque en estos días sus lectores estamos celebrando el primer centenario de su nacimiento y la eternidad de los personajes que él reveló ni la novela que pensó mientras esperaba ser fusilado.




Mercedes Sosa: ¿Qué poema nuevo fuiste a buscar?

Mercedes Sosa

Mercedes Sosa

En sueños anoche,  me encontraba en la playa y veía que una dama avanzaba lenta pero sin detenerse hacia el fondo del mar. Nada pude hacer sino mirarla porque era un sueño de esos en que nos quedamos mudos y no podemos movernos.

Cambié la mirada por un momento. Cuando intenté volver a observarla, ya la mujer había desaparecido y, en vez de ella, planeaba sobre el cielo alguna constelación desconocida.

Lo que se hundió bajo las olas pudo haber sido Alfonsina Storni, la poetisa argentina que inspirara la canción “Alfonsina y el mar” y también pudo ser la voz dulce de Violeta Parra. Fue cualquiera de ellas, pero también fue otra.

Fue Mercedes Sosa. Por obra de su voz, esa canción se identificó con ella y se convirtió en patrimonio intemporal de las generaciones. Y por eso, así nosotros como nuestros padres y así nuestros hijos como nuestros nietos -que la recibirán en “ipods”- todos diremos que esta música perteneció a nuestro tiempo y que es inseparable de nuestra propia nostalgia.

“Te vas Alfonsina con tu soledad ¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar? /Una voz antigua de viento y de sal te requiebra el alma y la está llevando/  Y te vas hacia allá como en sueños dormida, Alfonsina, vestida de mar…”

En el recuerdo de todos, sólo la voz extensa y tucumana de la “Negra” Sosa repetirá las notas e imágenes de esa canción como de otras argentinas y latinoamericanas que interpretó y será la palabra de un continente que -durante la mayor parte de nuestra vida- sólo fue dueño de amor y de protesta, y de tanto dolor como esperanza.

“Hablo de países y de esperanza…. Hablo por la vida, hablo por la nada.” … Cuando el pasado sea sólo dudoso recuerdo, Mercedes Sosa dará testimonio de lo que ocurrió aquí, en más de la mitad de América del Sur. Su voz, como la luna tucumana, recorrerá las tierras donde se produjo el holocausto de decenas de miles de hombres, mujeres y niños con el que las bestias habían decidido suspender la historia.

Entonces, perdurará el canto y renacerá la creencia en el futuro. Videla, Pinochet y Fujimori serán sombras y espectros cuando la gente vuelva a cantar: “¿Quién dijo que todo está perdido? …Yo vengo a ofrecer mi corazón.”

Es bueno recordar que cuando se produjo el golpe de estado de 1976, Mercedes permaneció en Argentina en un momento en que sus discos eran incinerados por las autoridades y  sus ideas izquierdistas prohibidas la ponían en peligro de muerte. A pesar de que entonces la dictadura y el crimen se impusieron a costa de las bayonetas de unos y de la resignada complicidad de otros, cuando el futuro sea presente, su voz será un símbolo de que la perversidad no prevalece.

Como Woodie Guthrie o como Bob Dylan, como Joan Manuel Serrat o como Joaquín Sabina, además de sus propias composiciones, Mercedes hizo suyas canciones tradicionales y poemas a los cuales confirió el don de vivir fuera del tiempo. También mercedizó nuestros recuerdos, y de ahora en adelante, las memorias de una persona a la que amamos o de una calle por la que caminamos una vez se confundirán con  el titulo y los acordes de alguna de sus canciones.

Vivir sin música es vivir sin soñar, y yo he soñado anoche, y en mi sueño la mujer sigue avanzando hacia el fondo del mar mientras una voz que no cree en la muerte le pregunta: “¿Qué poema nuevo fuiste a buscar? … Y te vas hacia allá como en sueños dormida, Alfonsina, vestida de mar…”


http://tu.tv/videos/mercedes-sosa-alfonsina-y-el-mar

Todos somos lo mismo. Sólo nos diferencia el amor.

Gato

Gato

Fragmento de la novela “¡Quién no se llama Carlos!”

Fabio volvió a describirle a Carlos. Le repitió que Carlos era su gato y que lo buscaba. Esta vez, el guardián parecía escucharlo con mayor interés. Tenía muy abiertos los ojos y, con el índice derecho, trataba de aguzar su oído. Por último, levantó el dedo con un signo triunfal.

—¡Ajá! —gritó—. Nunca me equivoco.

—¿Que nunca se equivoca en qué?

—Tú eres sudamericano.

Ésa no era la conversación.

—¿Me equivoco?

El chico no le contestó.

—Ya me decía yo, “qué raro habla este muchacho”. Da la casualidad de que soy de México, y nada menos que de Michoacán, en donde viven los bravos.

Su nombre era Lupito Maldonado.

—Pero me puedes llamar Chamaco. Así me dicen mis amigos.

Era veterinario práctico, pero había ejercido muchos otros oficios. Eso le había permitido vivir en su país y sobrevivir en los Estados Unidos.

Señaló a uno de los gran daneses y le pidió que lo observara. Así lo hizo.

—Ahora, salúdalo. Se llama Sebastián.

—¡Hola, Sebastián! ¿Cómo estás? —dijo para seguirle la broma.

El perro se le quedó mirando asombrado.

—Muy bien, señor. Y usted, ¿cómo se llama? —le respondió.

Fabio no podía creerlo.

—Le estoy preguntando su nombre —insistió el perro Sebastián.

El joven volvió el rostro hacia Lupito, quien no podía contener la risa.

—Uno de mis oficios en México era el de ventrílocuo.

Agregó que también podía imitar las voces de algunos animales como el caballo, la jirafa, la paloma, el gato y el perro.

Pero Fabio quería hacerlo volver al tema, y le preguntó otra vez si había visto a su gato.

—Lo tengo frente a mí —dijo el sonriente Lupito.

Fue más claro.

—Tú eres tu gato.

Fabio se sentó a escucharlo. El tipo le dijo que los hombres y los gatos habían sido fabricados del mismo barro sobre el cual el Señor dio un soplo bondadoso.

—No somos otra cosa que barro y esperanzas —aseguró Lupito. Explicó—:

—No sé si lo estoy repitiendo o si lo leí en un libro. Hombres y animales estamos hechos de la misma materia. Lo único que nos diferencia es lo que integra esa materia, o sea, el amor. El amor junta las partículas y dibuja a los seres. La forma como amas te hace ser como eres.

—Por su forma de amar, hay personas perro y personas gato. Y también hay personas gallina, personas sapo, personas zorro, personas león… Interrumpió la enumeración—:

—Tú eres un joven gato. Se te nota.

El joven quería volver a la conversación inicial.

—Clarito. De lejos, se te nota. Eres un joven gato. Tú eres tu gato.

Lo llevó a recorrer el establecimiento, que era enorme y abarcaba unas diez cuadras. Había muchas jaulas colectivas en las que se encontraban juntos los perros con los gatos.

— Mmm… ¿Perros y gatos juntos? —preguntó Fabio, asombrado.

—Y, ¿por qué no? Ya te he dicho que las especies no se diferencian en nada. Lo que diferencia a los seres es cómo ofrecen el amor.

Marco Antonio Corcuera: El poeta descansa

Marco Antonio Corcuera

Marco Antonio Corcuera

Siempre que pienso en Marco Antonio Corcuera, lo imagino joven, flaco, con un tic nervioso y enfundado dentro de un terno que le flota. Fue así como lo vi la primera vez que en mi vida vi un poeta. Primo de mi padre y abogado joven de su estudio jurídico, así lo vi cuando yo era niño y adolescente.

Cuando entré a la Universidad Nacional de Trujillo, al lado de mis amigos del grupo “Trilce”, alterné con él y otros dos poetas asombrosos, Horacio Alva Herrera y Wilfredo Torres Ortega. No me quedó duda entonces de que para ser poeta era condición la flacura, el humor y la mayor elegancia.

Esa imagen suya no ha dejado de aparecer en la poesía del Perú  desde 1940 en que ganó los Juegos Florales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, junto al contumacino Mario Florián, el celendino Julio Garrido Malaver y el cajamarquino Napoleón Tello Rodríguez.

En los cincuentas, comenzó a publicar “Cuadernos trimestrales”, la primera revista completamente de poesía editada en Trujillo y destinada a poetas y a lectores de todo el planeta. El año 60, su concurso literario “El poeta joven del Perú” descubrió a César Calvo y Javier Heraud, y comenzó a difundir y consagrar a jóvenes que, de otra manera,  no habrían sido considerados en esa especie de corte que es el mundo de las letras.

Aparte de las tareas de este desbordante agitador de la poesía, su propia obra es una límpida cantera cuya sencillez invita a leerlo y a recordarlo así como a escribir y a vivir como él en olor de poesía: como él mismo lo diría, con el corazón tendido como una baraja.

La última década del siglo XX, visité al poeta en su casa todas las veces que llegué al Perú y siempre leímos juntos el mismo libro, una antología de sonetos hispanoamericanos. Fanáticos como somos ambos  del soneto, coincidimos en que el castellano es la lengua más pura del mundo porque solo con ella se puede remontar a tanta altura y convertir al idioma en una lengua del cielo.

Cuando Marco Antonio sufrió el ataque cerebral que lo postró hace nueve años, viajé desde EEUU a visitarlo. En Lima, una persona ajena me dijo que visitarlo era un error porque el poeta era pero ya no era. No le creí. Fui a su casa en Trujillo. Me puse al lado de su cama con el libro de sonetos, y comencé a leerle los que más nos gustaban, y nos gustan.  El que no era volvió a ser el que era y es. Me sonrió. Y allí nos quedamos leyendo toda la tarde y todo el tiempo como lo vamos a hacer cuando no exista el tiempo y nos encontremos en el cielo.

Esta mañana, el periódico dice que Marco Antonio se ha quedado dormido para siempre, y eso no lo creo posible. En vez de quedarse dormido, el poeta ha despertado del sueño que es la vida a la inmensa y permanente vigilia que nos espera en los cielos. Levanto los ojos y entiendo para qué sirve la poesía y veo cómo marcha hacia la luz Marco Antonio y cómo se lo lleva el viento, corazón tendido contra la corriente.

USA: La inmigración y las matemáticas

-¿Saben ustedes por qué se suicidó el libro de matemática?
La respuesta es: -Porque tenía demasiados problemas.

Tubular

Matemática - Foto fdecomite

Algo similar puede ocurrirle a la organización anti-inmigrante estadounidense “NumbersUSA” .

“Números”, su nombre en español, se ha hecho famosa por preconizar entre otras cosas que se despoje de la ciudadanía y, por ende, se eche del país a los recién nacidos en este territorio que no sean hijos de un ciudadano norteamericano.

A esa propuesta se llama el Acta del Derecho de Nacimiento, pero también existen las de Supresión de la Lotería de Visas, la del Fin de la Cadena, destinada a romper la unidad familiar, la CLEAR y la SAVE para incrementar la persecución policial y limpiar las calles de los sospechosos inmigrantes.

Con típico simplismo gringo, “Números” echa números y señala que todos los males de este país proceden de la inmigración.

La contaminación es la primera calamidad. El país se está contaminando con tanta gente de color. Pero además hay otras desgracias achacables a los nuevos norteamericanos como por ejemplo la bancarrota económica, la desaparición de los puestos de trabajo, la elevación de los impuestos, la magra seguridad social y tal vez incluso los desastres de la guerra en Medio Oriente. Poco les falta para decir que el genocida y demente Bin Laden a lo mejor se llama Panchito.

Para “Números”, todo se reduce a una aritmética de Perogrullo. Según su lógica, la inmigración hace crecer la población de los Estados Unidos, y por ello significa contaminación, desborde en las ciudades, crimen, desempleo y mayores impuestos para que los ciudadanos paguen por vivir con tanta gente arrimada.

Entre las personas y entidades que hacen suyo este raciocinio se hallan, por cierto, los bestiales “Minutemen”, individuos voluntarios que patrullan las fronteras para atrapar inmigrantes y torturarlos o para empujarlos hacia desiertos infernales donde la muerte es lo más seguro.

Lamentablemente, no tan sólo individuos uniformados de verde y con tatuajes son sus seguidores. En su web, NumbersUSA presume del apoyo de decenas de congresistas. Pero vayamos, número por número, desgranando las simplistas matemáticas de Numbers.

Su primera preocupación es, supuestamente, la contaminación, y lo cierto es que no hay una relación necesaria entre lo uno y lo otro. Citando números del Centro de Política de Inmigración y el Instituto de Recursos Mundiales, los Estados Unidos tiene un 23 por ciento menos población que el conjunto de naciones de la Europa Unida y, sin embargo, produce un 70 por ciento más gases de invernadero como el dióxido de carbono.

En resumidas cuentas, menos gente puede contaminar más, o al revés. No se trata de cuántos habitantes tiene un país sino de qué forma la sociedad produce y consume.

Población y desborde citadino tampoco tienen relación en común. El mal de las ciudades, su crecimiento desordenado y su tráfico incontenible dependen de un modelo de desarrollo insostenible y contaminador. Vale decir, de un planeamiento urbano que ha creado suburbios lejos del “downtown”, sin buses ni trenes de comunicación masiva, y más bien con garajes de donde emergen cada mañana dos o tres enormes coches innecesarios para una familia pequeña.

El otro número de “Números” es que los inmigrantes roban puestos de trabajo. Nada es más falso. Quienes llegan en condiciones de trabajadores manuales asumen generalmente puestos que los nativos no aceptan. Por su parte, los profesionales que arriban son altamente calificados, y su llegada complementa la fuerza de trabajo e incrementa la productividad y, por ende, los salarios de los nacionales.

La “cadena familiar de la inmigración” es también un dos por dos son cinco de “NumbersUSA”. Un latinoamericano convertido en ciudadano tarda más de siete años en lograr que uno de sus hijos solteros sea aceptado legalmente. Un residente permanente que procede de México tiene que esperar diecisiete años para eso.

Por fin, la más usual patraña es que los inmigrantes son una carga fiscal porque ganan poco, pagan poco y sus impuestos no cubren los beneficios sociales que reciben.

Esto es falso: los “ilegales” pagan todos los impuestos y no reciben compensación alguna. Los legales son quienes van a equilibrar el presupuesto de la Seguridad Social y, gracias a ellos, la explosión de los jubilados “baby boomers” tendrá una renta segura.

“Números” no ostenta una suástica ni una cruz en llamas pero disimula su racismo a través de unas matemáticas muy mal aprendidas.

-¿Conoces algún chiste de matemáticas?

-Más o menos… ¿Por…?

De verdad, Vallejo en los infiernos

“César Vallejo escuchó los pasos de su madre trajinando en la cocina y tarareando una canción. Su voz era sobrenatural. Iluminaba los espacios y hacía que se perdieran el peso y la densidad de los objetos.

Escuchándola, y sin darse cuenta, César dejó caer la taza de café y aquella no hizo ruido al chocar contra el suelo. Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la Luna comenzaba a temblar.”

-Ahora, no me diga usted que este libro es cien por ciento real- me reclama un periodista italiano con motivo de la edición de mi novela “Vallejo en los infiernos” en ese idioma.

Acaba de leer en voz alta el fragmento anterior, y, aunque lo considera bello, le fastidia que una taza de café no haga ruido al chocar con el suelo.

-No.  No es real.-respondo.

– Ah… ¿Admite usted que lo que escribe no es real?

-No es real una vez. Lo es dos, tres y muchas veces más.

Lo digo por varias razones.

La primera: Como lo denuncio en mi novela, César Vallejo fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas. Los críticos y comentaristas de su obra suelen dedicar sólo unas líneas breves –y a veces mezquinas- a este hecho, que es fundamental en la gesta de  “Trilce” y en la comprensión de ese libro y del propio país que le da origen.

Nuestro poeta fue testigo y denunciante de un acto criminal ocurrido en Santiago de Chuco, su pueblo, (1920) cuando azuzados por los poderosos, los gendarmes acantonados allí se levantaron en armas, intentaron eliminar a las autoridades locales y asesinaron a un intelectual amigo del poeta. Con piedras y con sus propias fuerzas, los vecinos impidieron que aquello se convirtiera en un genocidio.

La acción judicial fue iniciada contra los gendarmes y sus instigadores. Sin embargo, movida por fuerzas misteriosas, la Corte Superior de Trujillo la convirtió en una investigación judicial contra los denunciantes y las propias víctimas. El juez ad hoc enviado al lugar de los hechos festinó trámites, fabricó pruebas, inventó personas, dibujó firmas de personas ausentes y, bajo tortura, obtuvo la confesión de un supuesto autor material de los crímenes quien decía haber sido armado por Vallejo.

Cuando el abogado del poeta, pidió que el supuesto sicario fuera llevado ante la Corte de Trujillo, la “justicia” lo envió atado al lomo de una mula bajo custodia armada. A la mitad del camino, sus captores lo bajaron del animal y lo mataron a balazos aduciendo que había intentado huir.

Por casualidad, el juez ad hoc era también abogado de poderosas empresas donde habían estallado sublevaciones sociales, Casagrande, que en vez de salarios ofrecía coca y raciones de comida a sus trabajadores, y Quiruvilca, la mina donde miles de indios eran empujados a trabajar 20 horas al día hasta la extenuación, la tuberculosis y la muerte.

En la Universidad de Trujillo, había nacido entonces una generación de jóvenes intelectuales atraídos por el socialismo, por el anarquismo o por la sola idea cristiana de liberar a los oprimidos. Las grandes empresas y sus agentes querían escarmentarlos, inventarles algún sambenito y eliminarlos físicamente si fuera posible. Vallejo fue la víctima escogida, el incendiario, el terrorista de la época.

La segunda razón para aducir la realidad de mi novela es algo que no se suele contar: Vallejo, uno de los grandes poetas de la lengua castellana en el siglo XX, no pudo regresar jamás a su país. Si lo hubiera hecho, habría sido conducido de inmediato a los infiernos de alguna cárcel tremebunda. Ello se debe a que el proceso penal instaurado contra él nunca se extinguió, y sus enemigos anduvieron todo el tiempo buscando la extradición.

Los comentarios académicos obvian este hecho, y aluden a una risible “pasión metafísica” su imposible retorno.

La tercera razón, por fin, es que lo que fue real en 1920 se repite hasta la saciedad en nuestro tiempo. Quiruvilca, -denunciada por Vallejo en su “Tungsteno” y evocada  en mi libro “Vallejo en los infiernos”- se parece entrañablemente en los días actuales a Yanacocha.  Esta mina de oro, la más rica del mundo, se encuentra ubicada en Cajamarca, una región “vallejiana” en la que el setenta por ciento de la población padece extrema pobreza. Las denuncias de contaminación son frecuentes. Por fin, los sacerdotes que encabezan la protesta son amenazados de muerte y perseguidos por una banda de forajidos en estrecha relación con el cuerpo de seguridad de la mina.

-Amigo Gianluigi.- le digo al periodista. -Tiene usted razón. “Vallejo en los infiernos” no es real una vez. Lo es una y otra vez. Espero que no por mucho tiempo. Y también es real que un facineroso a sueldo, armado de un martillo, esperaba al poeta para acabar con él en las oscuridades del calabozo donde pasó su primera noche.

Esas son realidades diabólicas. Otras, y muy diferentes son las realidades poéticas. Y por obra de ellas, es verdad que la taza de café se quedó flotando.  Y también es verdad que:

“Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la Luna comenzaba a temblar.”


Para recitar y cantar a Vallejo al lado de Tania Libertad, haga clic en:

http://www.elcorreodesalem.com/?PHPSESSID=ae18454b3b5e986735712c11fb2ba7f4&s=tania+libertad

El sueño americano, siesta o pesadilla

Lo llamaban el sueño americano. En medio de la crisis, tiene otros nombres. Unos dicen que sólo se trata de una siesta. Otros creen que es una pesadilla y que será permanente.

 

Dude

Hummer repostando - Foto LongitudeLatitude

A través de los tiempos, ese sueño ha sido la creencia de que en Estados Unidos todo es posible para quien se atreva a soñar y a trabajar con empeño.

 

Creer que la riqueza y la felicidad son inagotables es la primera característica del sueño americano, y acaso la más peligrosa.

 

En los años recientes, esa suposición hizo que los estadounidenses se endeudaran por encima de sus niveles de riesgo y que los bancos reventaran la burbuja de la especulación. Los resultados son conocidos por todos.

 

Es importante, eso sí entender, que no sólo los bancos se propusieron hacer que la gente se empeñara hasta la camisa sino que la propia gente estaba loca por empeñarla.

 

Pagar con la chequera, y no con la tarjeta, era condenarse a no ser considerado sujeto de crédito. Tratar de cancelar cuanto antes la hipoteca era visto por algunos como una actividad idiota, si no sospechosa y, presumiblemente, “antiamericana”

 

Empujados por el sentimiento de seguridad inagotable y por la creencia en el pleno empleo, los más han ignorado en este país el ahorro. La gente compraba a plazos sin averiguar cuál era el interés efectivo sino más bien el número de plazos, que las más de las veces excedía los meses y años de su propia vida.

 

Ahora, se comprueba que la superabundancia nunca existió, y que sólo se estaba pagando a plazos el desastre. El mito, sin embargo, se expresaba en gigantescos vehículos militares para algún solitario pretencioso, colosales dispendios de energía para una familia mínima, la compra cada cierto tiempo de una laptop, un teléfono móvil o un i-pod diferente, el consumo de raciones de comida para gigantes y la fábrica de niños obesos. En Londres, Madrid o Roma, todavía la gente seca su ropa al calor del sol. En los Estados Unidos, el apartamento más económico se vende o se arrienda equipado con cocina, dishwasher, refrigeradora, microondas, cable, lavadora y secadora.

 

Lo terrible es que todo ese dispendio llegó acompañado por el olvido absoluto de los valores que hicieron el sueño americano de los pioneros, la renuncia a la filosofía de los fundadores de la libertad y el desprecio cínico por las creencias de las parejas que conducían un buey, una carreta y cuatro chiquillos hacia el Lejano Oeste. La tierra de la ingenuidad, de la integridad y de la ética no lo fue más. Esos bienes fueron suplidos por la avidez, el egoísmo, el capitalismo feroz, el insaciable hedonismo y la ignorancia más insoportable.

 

En un país, donde todo está en venta, hasta la cultura fue “marqueteada”. En las universidades se inventaron los créditos para objetivar el conocimiento, parcelarlo y venderlo en las raciones absolutamente necesarias para entrar cuanto antes al carnicero mercado del trabajo. Los jóvenes que llegan a la universidad suelen ignorar cuándo se independizó este país y qué potencias pelearon en la Segunda Guerra Mundial, y continúan sin saberlo al salir si no les son imprescindibles algunos créditos de historia.

 

La bandera de libertad empuñada en los combates del Pacífico o en las playas de Normandía fue abandonada en todas las guerras posteriores. Ese principio constitucional sólo sirve ahora para defender con ardor frenético a los que venden armas y para canonizar como buenos americanos a quienes las compran y salen el fin de semana a mutilar venados. Sirve también para olvidar a los paranoicos que compran miras telescópicas y apuntan con cuidado a sus futuros blancos en la escuela de la esquina.

 

Una información de la Pfizer dice que las compras de Lipitor se han reducido muy significativamente en los Estados Unidos. Si consideramos que abandonar el reductor de colesterol puede tener consecuencias fatales, eso significa que hemos tocado fondo.

 

Por fortuna, en las últimas elecciones no se ha producido solamente una alternancia de administradores. El nuevo gobierno proclama que un cambio radical es imprescindible, y a pocos meses de iniciar su trabajo, tanto el presidente Obama como una mayoría abrumadora de la población proclaman que el único camino a tomar es el camino de vuelta a los principios que sustentaron siempre el sueño americano.

 

Quienes defendemos a los inmigrantes creemos que el cambio pasa por darles legalidad. Eso no es tan sólo rentable para el fisco e indispensable para el exhausto Seguro Social, sino que las comunidades hispanas serán un ejemplo de los principios que aquí se olvidaron cuando se convirtió la familia en una sociedad mercantil.

 

El cambio pasa por la gratuidad de la educación, la generalización de los servicios de salud y la extirpación de la miseria. .
Para que el sueño americano no sea ya una pesadilla, hay que gobernar desde la política y la filosofía, y no desde la economía. Hay que denunciar la deificación del capital, un becerro de oro ante el cual se ha vuelto a los sacrificios humanos. Hay que mundializar la utopía dentro de un proyecto global. Hay que recuperar la dimensión ética de la aventura humana. Hay que dejar de leer los índices del mercado y volver a las páginas del viejo Aristóteles, quien sostenía que no tiene sentido ningún invento humano ni acto alguno de gobierno, si no viene ligado al objetivo imprescindible del bien común. Y todo eso significa que habrá que volver a soñar.