ALLENDE: LA HORA FINAL – Conversando con un fusil

“La muerte de un presidente” de Rodolfo Quebleen, revive las últimas horas de Salvador Allende desde que ingresó a La Moneda a las 7 y 30 de la mañana del 11 de septiembre de 1973 hasta las 2 de la tarde de ese día en que lo sacaron muerto.

Salvador Allende

Durante siete horas, todo el ejército de Chile asedió el palacio de gobierno. Tanques, aviones, artillería y expertos tiradores acribillaron a las familias que vivían cerca, lanzaron cohetes, granadas y artefactos incendiarios e hicieron una guerra infame contra un grupo de valientes que solamente podía responder con unas cuantas pistolas. Sin embargo, no lograron que el mandatario se rindiera. Cuando lo sacaron del palacio en llamas, Allende había recibido centenares de balazos, pero en ningún momento había dejado de ser el presidente de Chile.

Pinochet y el almirante Patricio Carvajal.

Pinochet: Rendición incondicional, nada de parlamentar… ¡Rendición incondicional!
Carvajal: Bien. Conforme. Rendición incondicional y se le toma preso, ofreciéndole nada más que respetarle la vida, digamos.
Pinochet: La vida y su integridad física y enseguida se le va a despachar a otra parte.
Carvajal: Conforme. Ya… Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país.
Pinochet: Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país, pero el avión se cae, viejo, cuando vaya volando…
Carvajal: Conforme… (Ríe.) Conforme.

Esta es la grabación de un diálogo entre los jefes del Ejército y la Marina de Chile. Esto no es teatro. Estas son las palabras de dos asesinos. Tanto lo que dicen como todas las evidencias conocidas hoy- incluidas mil páginas del desclasificado archivo de la CIA- muestran que el golpe de estado perpetrado en 1973 y la brutal dictadura que lo siguió no fueron hechos siquiera en nombre de las convicciones ultraconservadoras de sus cabecillas. Fueron tan sólo las órdenes del superior- el Departamento de Estado de los Estados Unidos- cumplidas al pie de la letra por una partida de criminales a sueldo que lucian en los galones el rango de generales.

Siete años antes,
converso con un caballero

Quebleen ha basado su trabajo en grabaciones como la anterior, testimonios de sobrevivientes y en el mismo archivo de la CIA, y ha producido una obra de verosimilitud sorprendente. No fui a Nueva York a presenciar la puesta en escena, pero leí el texto, y hay en él una imagen tan verídica como la que tengo del presidente y quiero recordar hoy.
Conocí personalmente a Salvador Allende en el lobby del hotel “Habana Libre” hace alrededor de cuarenta años. Se celebraba una importante conferencia, y el entonces presidente del Senado de Chile era uno de los participantes más famosos.

Aunque el evento duró más de una semana y coincidimos en muchos lugares y sesiones, no había cruzado siquiera un par de frases con él. Me lo impedían mis escasos 24 años y una timidez incontrolable. Una tarde, sin embargo, tomamos el mismo ascensor, nos saludamos con una venia y llegamos al mismo décimo piso donde al parecer ambos estábamos alojados. Entramos en nuestros respectivos cuartos, y unos minutos más tarde nos encontramos esperando el ascensor de vuelta cada uno con una camisa y corbata diferentes. Entonces ambos soltamos la risa.

-¿De dónde es usted, compañero?

Se lo dije.

-Fíjese usted. A mí en Chile me llaman “el pije”.- rió- Dicen que exagero en el cuidado personal…pero ahora veo que también hay “pijes” entre los compañeros peruanos.

Estábamos de vuelta en el lobby, y nadie nos esperaba. Allende propuso que tomáramos un café. Nos sentamos frente a una mesa sobre la cual el único adorno eran dos piedras, una blanca y la otra negra.

-¡Piedra negra sobre una piedra blanca!- recordó el poema de Vallejo, pero no hicimos una conversación literaria. Al grano, Allende tocó el tema que le interesaba.

-Hace dos meses se anunció oficialmente la caída del frente guerrillero de Luis de la Puente Uceda. ¿Qué piensa usted sobre eso?

Se contestó, o continuó en su pregunta:
-La anunciaron, pero entiendo que no han entregado su cadáver ni el de ninguno de sus compañeros.
-Es verdad. No dan prueba alguna- respondí. – Pero hay otras evidencias… Me duele mucho, pero creo que esa noticia es cierta.

Allende me quedó mirando un instante. Luego volvió los ojos hacia las piedras de la mesa.

-En mi oficina del Senado, trabaja conmigo Teresa, la esposa de Jean Paul Escobar, uno de los compañeros de De la Puente. Ella no cree que esos hechos hayan ocurrido.
-No lo creerá jamás. Está decidida a no creerlo.
-Tiene usted razón. La vida y la muerte a veces dependen de nuestras propias decisiones.
Observó fijamente las piedras, y luego aquello se convirtió en un monólogo.

De la Puente Uceda

Esa es la imagen que conservo del héroe, inclinado sobre la mesa de café y mirando esas dos piedras. A ellas les habló de Luis de la Puente.

-Un jurista, un valiente, un hombre honesto. Sé que antes de salir a la guerrilla, distribuyó las tierras de su hacienda entre los campesinos. Son pocos los que harían lo mismo… ¿Y quiénes eran sus hombres? Gente como él, abogados, médicos, estudiantes, profesores, algunos campesinos… Escalaron las montañas más altas de la tierra y desafiaron a todo un ejército. Su derrota era previsible, pero su gesto y su imagen mostrarán para siempre que quien aspira al reino de la justicia, debe sacrificarse.

-Un momento- lo interrumpí. -Ha dicho usted que su derrota era previsible. ¿Quiere usted decir que para hacer la revolución se debe esperar que las condiciones objetivas se cumplan?

-Tal vez… -me miró y otra vez volvió a la observación de las piedras.- Pero si de un momento a otro, todo está acabado, hay que saber responder como hombre.

Volvió a monologar:
-De la Puente parece a Francisco de Asís entregando todos sus bienes a los pobres antes de salir a cumplir su misión. Se parece a don Quijote embistiendo lanza en mano contra un mundo injusto. Fue vencido. Como el uno y el otro fue vencido…

Los ojos de los vencidos

En ese momento, levantó la vista hacia mí.
-¿Le parezco pesimista, compañero? Cuando tenga más años, se dará cuenta de que los vencidos tienen un papel determinante en la historia. Los combates por la liberación se inspiran en el sacrificio de los pueblos arrasados, de las generaciones derrotadas, de los asombrosos mártires que marchan hacia el sacrificio. Cristo es el primero de una larga lista.

Calló un momento:
-¿Y en América Latina? ¿No le dicen algo los nombres de Cuahtemoc, de José Martí? … Y los indios masacrados durante trescientos años y levantándose a morir al lado de Túpac Amaru.
Mientras me hablaba, recordé a Zapata y a Sandino, ..Quise mencionar sus nombres, pero ya Allende estaba recordando un poema de “Alturas de Macchu Picchu”. Se lo sabía de memoria:

-“Sube a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterráneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados…”

Ésta es mi imagen de Allende y la que Rodolfo Quebleen perpetúa en el monólogo. En mis recuerdos, el valiente chileno habla con las piedras y mira la historia con los ojos de los muertos. Ahora que se ha esfumado esa mirada, su visión de los vencidos y su propio ejemplo valeroso derraman incansables toda suerte de esperanzas sobre estos tiempos oscuros.

No sé si mi interlocutor había leído a Walter Benjamín, pero las palabras que le recuerdo trasuntan esa filosofía.
-La violencia de los dominadores ha convertido al mundo en un matadero.- me dijo y añadió:

-Por eso, hay que recordar a nuestros vencidos. Mientras su causa no triunfe, siempre será posible un nuevo matadero.

Creo que estuvimos allí más de una hora. Pasó Regis Debray, se sentó a nuestro lado. Después se nos juntó Hilda Gadea de Guevara, pero Allende seguía hablando con las piedras. Por fin, arribaron las personas que estábamos esperando, y nos despedimos.

En la escena teatral de Quebleen, el presidente de Chile habla por teléfono con el Almirante Carvajal, con su hija Beatriz, con su secretaria, y por fin, con el general Baeza, uno de los sitiadores, a quien le ordena que deje salir a las mujeres. Por fin, habla con su Kalashnikov, y todo el acto teatral se sostiene sobre la mirada del hombre su monólogo con un fusil.

Tal vez la proximidad de la muerte le confiere una lucidez asombrosa. De pronto dice algo que solo se ha sabido muchos años después:

-Nixon y Kissinger ya habrán anunciado que fueron sorprendidos por la noticia… Por supuesto que fueron sorprendidos… El golpe estalló diez minutos antes de la hora ordenada por ellos.

Fue exactamente así. Lo revelan hoy los documentos de la CIA abiertos a todo el mundo treinta años después del crimen.

Confieso que siempre me ha resultado difícil entender la muerte de Allende o la del Che, la persecución y la cárcel de los combatientes por amor a la justicia y a la verdadera libertad.

Sin embargo esta obra de teatro y, sobre todo, el hecho real en que se inspira me hacen recordar que ser hombre es ser libre, y que el sentido de la historia es que nos convirtamos realmente en hombres. Las palabras de Allende mirando fijamente dos piedras o monologando con un fusil me hacen saber una y otra vez que los héroes pueden morir y ser escarnecidos y derrotados muchas veces. Lo que nunca muere son los principios que hacen hombre al hombre y dignifican la condición humana.

Sobre Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales

LOS MOCHICAS ESTÁN VIVOS

Escribe Walter Alva
Director del Museo Tumbas Reales de Sipán

Mascara

Máscara eterna - Foto Gusjer

Durante los días en que descubrimos el Señor de Sipán, a medida que desenterrábamos sus atuendos regios, comenzamos a pasar de sorpresa en sorpresa. La mayor fue encontrar que todo contenía un lenguaje. Eran las claves simbólicas que rigen a los hombres y a los dioses en el universo de los mochicas.

Los pectorales, collares, narigueras, orejeras, cascos, cetros y brazaletes, las cuatrocientas joyas y los cerámicos que acompañaban el real entierro, todo aquello revelaba la misma visión cósmica, basada en el dualismo y complementariedad, a que a través de los tiempos, ha presidido la vida y la lógica de ese pueblo.

“Por mi boca, mis padres antiguos hablan. Y por eso soy aquél que llaman el Tuno, y también mi abuelo soy. Y el abuelo de mi mujer. Y su tía, la que volaba.”.-proclama el personaje de este libro extraordinario, y con ello todo está dicho. La parafernalia y los rituales de Eduardo Calderón Palomino descritos en “Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales” son los mismos que hoy repiten aquellas claves por milenios y proclaman la continuidad de esa cultura. Son los que hace mil años y hoy mismo devolvieron y devuelven la felicidad a una persona atormentada y restituyen el orden en una comunidad que sufre. Esa continuidad signifi ca que los mochicas están vivos. Ese pueblo y su líder milenario, el Señor de Sipán han alcanzado la eternidad.

Eduardo González Viaña narra y describe con amor y grandeza literaria un mundo que conoce pues pertenece a él. Él es también un mochica, y los mochicas están levantándose. Como se pasa el fuego de una generación a otra, este hombre sabe entregar magia en un libro para quienes vengan mañana y después por todo el resto de los tiempos.

Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales

Encontré a mi compadre Don Tuno, fabricando un hombre.

-Te está saliendo mal.- le critiqué.

-Tú lo que quieres es mujer.-respondió, y volvió a su tarea.

A mitad y mitad entre la sombra de la noche y las primeras luces del día, mirando desde el pequeño banco de madera donde me hallaba, el Maestro Eduardo Calderón Palomino, llamado también Don Tuno, lucía descomunal.

Era su panza lo que más contribuía a las asombrosas proporciones de aquella silueta a contraluz. Su cabeza parecía tallada mil años atrás con unos ojos chinos y una nariz de hacha a los que se añadía una larga cabellera recogida en la forma que lo hicieran los profetas. Por lo menos mide cuatro burros de ancho, me había dicho con el índice del secreto sobre los labios un buen amigo suyo.

Don Tuno

Don Tuno

A las cinco de la mañana en el caserío de Las Delicias de Moche, Trujillo, los difuntos se confunden con los vivos, y los animales con los hombres. Los gallos conversan con otros gallos que viven en corrales distantes, y aquellos con otros y otros, y así hasta el fin del mundo. Los perros y los lobos son una misma cosa. La creación ha vuelto a la unidad primigenia en que hombres, bestias y cosas se comunicaban. La naturaleza entera se halla recogida a la espera de vapores de luz que nacen del oriente. Unos cuantos perros vagabundos anuncian el día.

Desde esas horas, el Tuno se encontraba dedicado a la fabricación de cerámicas y tallas de madera. A las siete comenzaba a ser un sanador. En ese momento, venidos desde Trujillo y desde todos los pueblos por donde corre el río Moche, arribaban a su casa personas que confesaban padecer de todo tipo de dolencias y pesares.

El maestro los recibía uno por uno de manera reservada y les iba recetando las pociones de yerbas que consideraba necesarias para su curación. Algunos cargaban en una bolsa de tela un pequeño roedor muy escurridizo, el cuy, cuyo uso es indispensable para los diagnósticos más especializados.

He llegado a contar entre cincuenta a sesenta los cuyes sacrificados en una sola mañana. Sobre el cuerpo del paciente que, a veces no había declarado sus síntomas, el curador sobaba varias veces el breve animal todavía vivo al tiempo que repetía un ensalmo casi inaudible.

Luego de abrir por la piel al roedor, en sus entrañas palpitantes, el Tuno era capaz de descubrir la raíz del problema y buscar la solución. En unos casos, para curarse bastaba con ingerir ciertas infusiones hechas a base de yerbas. Si se trataba de una enfermedad de Dios, ésa era la solución, o la consulta a un sanador más especializado, un cardiólogo, por ejemplo.

En otros cados, cuando el mal había sido inducido por un brujo malero, mi compadre sentenciaba que se hacía necesaria una Mesa.

-¿Qué es lo más importante para fabricar un ser humano?

-¡Sólo Dios sabe!

-¡Por supuesto! Pero me refiero dentro de tu tarea, compadre.

Se quedó pensando. Miró hacia el cielo.

-¡Ser Dios debe ser una tremenda responsabilidad!… Sigue leyendo

USA: Preparando otra masacre

Hace menos de un mes, cuando todavía no enterraban a las jóvenes víctimas de  la masacre de Portland, un individuo errático –quizás drogado- fue visto en la zona de estacionamiento de mi universidad. Alguien dio parte a la policía, pero el hombre escapó. En ese mismo momento, en mi oficina –cuya ventana da a ese “parking lot”, yo escribía mi nota “USA: Una masacre anunciada”.

Al día siguiente, el tipo fue detenido en el concurrido edificio del Centro Estudiantil. Estaba fuertemente armado y no pudo ofrecer ninguna razón para ello. Esta mañana el “Statesman Journal”lo muestra en foto destacada en la primera página de una de sus secciones. ¡Ha hecho noticia…!

Resultaría increíble en cualquier país civilizado, pero aquí, no. Jeff Maxwell se ha convertido en un héroe, y aparece frente al capitolio y a la cabeza de una masa que exige al Gobernador más respeto para los portadores de armas.

Por supuesto, junto al micrófono hay un cartel que pide donaciones para la campaña legal del matón. Apenas haya recaudado algunos fondos, aparecerá el abogado que demande a la policía y a la universidad por la crisis de nervios que ha sufrido el buen Jeff…. Y como ocurre siempre, el abogángster reclamará unos cuantos millones de dólares para curarlo.

Por ahora, según relata el diario, el fiscal ha retirado los cargos contra Jeff puesto que la Constitución protege la tenencia de armas. Por su parte, el Consejo de defensa del derecho a las Armas de Fuego está exigiendo, como también está de moda, que la policía haga una “apology”, es decir que pida disculpas públicas a Maxwell.

En 1997,  en Kentucky, un adolescente de 14 años esperó que terminara la oración matinal del colegio y luego mató a tiros a tres compañeros. Otros cinco resultaron heridos. Al año siguiente, en Arkansas dos chicos de 11 y 13 años abrieron fuego a discreción en su escuela y mataron a cinco niñas y a su profesora. Ese año y en el estado de donde les escribo, Oregon, un muchacho de 17 años liquidó a dos de su compañeros de colegio e hirió a veinte. Al año siguiente, en Colorado, dos muchachos de 17 y 18 años asesinaron a 12 compañeros y un profesor, y después se quitaron la vida. El mes pasado, aquí en Oregon, un joven enfermo masacró a una chica peruana y a una estadounidense, y luego se suicidó…

Y después de todo esto, ¿se puede entender que hoy mismo camine libre el sujeto que la semana pasada rastrillaba sus armas en el campus de mi universidad?

Sí, porque su derecho está consagrado por la Segunda Enmienda de la Constitución, una norma anacrónica que es preciso derogar, aunque para los conservadores pegados a la letra eso signifique algo así como derogar la Biblia. El precepto legal data de 1791 y ofrece armas a los ciudadanos de este país para que puedan esgrimirlas contra un supuesto agresor colonialista británico.

Felizmente para los súbitos de Isabel la mayoría de los jóvenes (norte)americanos ignora dónde está la isla y no sabe muy bien qué se celebra el 4 de julio a menos que lo hayan estudiado en la universidad para ganar créditos.

La otra “razón” para coleccionar armas y usarlas durante los fines de semana es el deseo de torturar, martirizar, mutilar, dejar inválidos o matar a los pacíficos venados que habitan en estos bosques. Esa diversión también está permitida y es bien vista aquí.

Esta tarde mientras venía a casa un par de ojos enormes me miraron con fijeza en el camino rural que tomo en vez de la autopista.

Detuve el carro. Era un venado. O más bien una señora Venada. Aceptó con un gesto que le cediera el paso y guió a sus dos venaditos para cruzar la pista. Se detuvieron exactamente donde los niños por las mañanas esperan al bus escolar.

Los pequeños venaditos, por traviesos y curiosos, se acercaron a mi carro y comenzaron a olisquearlo.

Supongo que les dediqué un cuarto de hora y supongo también que algo me dijeron con el lenguaje del corazón. Debe de ser por ello que escribo sin parar esta nota y, sin que me importen los matones, clamo, ruego, imploro, exijo y ordeno, de una vez por todas, deponer las armas.
AMIGOS DEL CORREO DE SALEM: El miércoles 18 de marzo, en el local de la Asamblea Nacional de Rectores, Calle Aldabas tercera cuadra, a las 6.30pm, presentaremos mi libro DON TUNO, EL SEÑOR DE LOS CUERPOS ASTRALES.Lo ha editado la Universidad Alas Peruanas. Comentará el libro el arqueólogo Wálter Alva. Todos ustedes están invitados.