Lima, Carlos V y el pisco sauer

«Si la reina de España muriera / Carlos Quinto querría reinar. / Correría la sangre española / como corren las olas del mar».

Desde fines del siglo XIX, los peruanos suelen terminar una fiesta danzando al compás de este valse cuya letra parece no tener ni pies ni cabeza para cualquier persona con un mínimo de conocimiento de la historia de España. Y sin embargo, los bailarines sacan chispas del suelo, levantan la cabeza como si estuvieran bailando flamenco y contestan ceceando que no tienen respuesta alguna cuando se les pregunta a qué Carlos Quinto se refieren.

Hmm Pisco Sour

Pisco sauer - Foto tomaszd

El cantado Carlos V no fue el emperador de ese nombre, si se recuerda que aquel no sucedió a ninguna reina con la que tuviera problemas. Como cualquiera puede recordar, por orden dinástico, era el quinto Carlos de Alemania, pero el primero de España, países ambos que se juntaban bajo su égida. Después de él, siguieron varios monarcas Carlos, pero no llegaron hasta el quinto. Y sin embargo, el Quinto es el que visitó Lima?

Para no volver a una historia, que de suyo es larga, resumimos: a la muerte de Fernando VII, por falta de un descendiente varón, se designó a su hija Isabel como heredera. Don Carlos, el hermano del monarca, no aceptó esta sucesión, y las pretensiones al trono, las suyas y las de sus herederos, generaron durante los siglos XIX y XX una serie de guerras que oficialmente no han terminado. Cosas de españoles, como diría César Vallejo.

Este es el Carlos V al que cantan los limeños. No llegó a ser rey, pero fue recibido como un rey por los limeños, cuando llegó a la capital del Perú en 1875, durante un viaje de propaganda que lo llevaría también a otras antiguas colonias. Se alojó en el hotel Maury y, durante dos meses, fue el centro de las atenciones de los limeños.

De su efímera presencia es resultado el valse con que se inicia esta nota, y también lo es la expresión popular «no hay quinto malo». Y por fin, su visita es el origen de uno de los más deliciosos, pecaminosos y eufóricos símbolos nacionales, el pisco sauer, preparado en su homenaje, cuyo nombre basta para desbordar la nostalgia de los peruanos que vivimos en el extranjero.

Lima fue fundada con el nombre oficial de Ciudad de los Reyes, pero en los trescientos años de la colonia, no hubo ni uno siquiera que la visitara. Tal vez, quien la vio más de cerca fue Felipe II de quien se dice que, recluido en El Escorial, se empinaba en las noches de Castilla para vislumbrar detrás de las montañas las luces sobrenaturales de México, Lima o el Cusco.

Para colmo, el personaje de mayor alcurnia que haya ejercido autoridad en el Perú fue alcalde de Trujillo, pero no de Lima. Me refiero a Manuel Godoy, príncipe de la Paz, duque de Alcudia y ministro omnipotente de Carlos IV, quien dotó a la ciudad rival con un escudo de armas frente al cual el de Lima es plebeyo o de clase media.

¿Se debe colegir de todo esto que Lima es una ciudad nostálgica de los reyes que nunca la visitaron y que, sin embargo, le dieron su nombre? Tal vez. El delirio popular que suscita la presencia de la pareja real española cuando visita el Perú parecería comprobarlo. Además, de acuerdo con encuestas de la agencia Datum, España y sus monarcas actuales son el país y los personajes que más simpatías despiertan entre los peruanos.

Sin amores obligatorios, España y sus reyes de hoy son los únicos responsables de la amistad que suscitan, y hay un hecho concreto que hace admirable a su monarca. En la historia mundial del siglo veinte, y en toda la de España, Juan Carlos es el único rey que ha sido capaz de rescatar la democracia en su país sin más arma que su indómita presencia moral.

En Madrid, ocurrió algo que nunca se había visto, un hombre solo y sin pistolas, fue capaz de detener las máquinas de guerra y la ferocidad de un golpe de Estado. Fue en los años 80 y aconteció después de que, en una historia similar, los militares de Grecia habían depuesto al rey Constantino, hermano de doña Sofía. Pero el rey no fue ni calculador ni pusilánime, ni siquiera prudente, fue español.

El premio Nobel de la Paz, que entonces pedimos para él, no le fue conferido, y ese galardón junto con el que no le fue entregado a Borges y el que se le regatea a Vargas Llosa es una de las deudas que tiene con nosotros la Academia Sueca, la cual ha perdido, de esa manera, algunos nombres que podrían haber sido premios para el premio Nobel.

De San Pedro de Alcántara dijo Santa Teresa que parecía hecho de raíces de árbol. De esa forma y consistencia es la imagen que España y su rey nos ofrecen a los hispanoamericanos. Por encima y por debajo de la pasajera y fatua nostalgia, hay una maraña de raíces perpetuas, cierta fe indomable, una permanente aventura y una manera de ser que nos vinculan mientras el mundo sea mundo.

Corín Tellado: el amor fue inventado en Asturias

Labios de fresa, sabor de amor
Corazones – Foto palm z

Ante Corín Tellado, los varones de mi generación sólo tenemos dos caminos. El primero es confesar honestamente que la leímos, y amenguar el efecto de esta revelación explicando que no había otra lectura además de “Vanidades” en la sala de espera del dentista. El segundo es llevarnos a la tumba ese secreto.

Para no tener que incluir esa confesión en mi testamento, declaro aquí solemnemente que leí a Corín, o más bien que devoré con avidez todo lo que de ella cayó en mis manos dentro de mi irrefrenable adicción juvenil a la lectura.

Al entrevero con sus novelas llegaron hasta mí, entre los 13 y los 15 años de edad, las interminables aventuras de los mosqueteros, los bandidos silenciosos y certeros del Lejano Oeste y los libros de detectives en los cuales el asesino era por obligación aquél de quien nada podía sospecharse.

Mi vanidosa soledad me hizo vivir fuera de este mundo y, como lector, no tuve orden ni receta. Al mismo tiempo que fui espadachín con los mosqueteros, navegué en barcos piratas con Salgari, formé parte de la tripulación que llegó a la luna con Julio Verne, conocí el esplendor y la miseria de las heroínas de Balzac, aplaudí las osadías del Caballero de la Triste Figura, leí los Episodios Nacionales de Pérez Galdós, vagué por San Petersburgo con Dostoievsky y posiblemente fui asesinado en alguna de las batallas de Tolstoi.

Pero… en medio de todas esas páginas, pocas veces encontré mujeres más de carne y hueso que las heroínas de Corín Tellado.

La primera novela de esta asturiana de Gijón data de 1946 y pertenece a una España hundida en la exasperante pobreza de la postguerra. Es obvio que las españolas de entonces y sus coetáneas hispanoparlantes del otro lado del mar no conducían descapotables ni se convertían de pronto en prósperas y desinhibidas empresarias. Por el contrario, en vez de “haber leído los siete tomos de psicología” sentían que la universidad no se había hecho para ellas y en vez de tostarse con insolencia y descaro en la Costa Azul se cubrían la cabeza con una modesta mantilla antes de entrar en la iglesia.

Sin embargo, lo que Corín Tellado retrata es lo que esas mujeres desean ser y hacer, y lo que propone es un cambio tan veloz como un huracán para una mujer que en esa época sólo podía ingresar en el mundo del trabajo como enfermera, peluquera, maestra, secretaria o modista.

Su invento –la nueva mujer española- se parece a ella. Amanece de súbito conduciendo una empresa, manejando coches y dinero y negociando con los hombres mientras “prende largos pitillos y se envuelve en abrumadoras bocanadas de humo.”… Y no tan sólo eso: en el terreno de la relación afectiva, no es una resignada acatadora del vínculo indisoluble. Si el hombre que duerme a su lado es un mediocre o no comparte sus sueños, es capaz de darse cuenta de ello e incluso de hacérselo saber. De hecho, el trabajo frenético fuera de casa es la primera forma de su rebelión. Era muy difícil, por cierto, que aquello culminara en el divorcio porque la censura del gobierno y la de la propia editorial se encargaban de impedírselo, pero lo que no podía decir, lo insinuaba… es decir casi todo.

Corín es su propio personaje. Como no estaba desesperada por casarse a los 18, lo hizo después de los 30. Cuando reparó en que su marido “no la conocía”, lo abandonó. Su trabajo infatigable le deparó dos libros por mes y algún dinero así como un serio conflicto judicial. Frente a la demanda multimillonaria de la editorial Bruguera para que continuara escribiendo por un sueldo muy bajo, tuvo que armarse de coraje y de paciencia, y escribir mucho más. Sus nuevos personajes aparecieron entonces más corinizados que nunca.

Sin romper con las estructuras sociales de la época, los libros de Tellado- en los que abundan mujeres separadas, independientes y trabajadoras- preparan a la española para los cambios modernos que llegarán mucho más tarde.

Y todavía hay algo mayor que eso, En la España que prohíbe los besos en la calle, las novelas “rosa” los reparten a raudales. En medio de los serenos que custodian la moralidad de los vecinos y mientras las familias deben preocuparse primero por la diaria supervivencia, la escritora asturiana reinventa el milagro del amor imposible y da paso a los enamorados para que superen todas las trabas y se hagan dueños del mundo.

González Viaña
González Viaña

La subestimación de ese género literario procede muchas veces de los celos. Debería ser aplaudido el género y la autora porque muchos analfabetos dejaron de serlo para leerla y porque la gente de la postguerra, tan necesitada de bienes elementales, consumió con avidez historias de amor cuyo desenlace querían adivinar. Todos, los lectores de entonces y los que vinieron después, comenzaron a creer en el amor como un insuperable cataclismo, superior a toda la grandeza y la miseria humana.

¿Tiene vigencia ese concepto de amor ahora? Se puede suponer que no, en una época de “dates” apresurados, de monogamia serial y de corazones cerrados que declara cursi todo lo que no puede sentir… pero los tiempos cambian.

En el siglo XI, el amor cortés- o sea el amor, con el elemento de libre decisión que le atribuimos actualmente- fue inventado en las cortes de Provenza. En el XX, lo reinventó una pequeña dama asturiana frente a una vieja máquina Remington y a una ventana por donde entraban las nubes y los colores del mar Cantábrico.

Algunos piensan ahora que ese tipo de sentimiento ya no existe, pero no hay que confiarse tanto de los asturianos. Podrían reinventar el amor otra vez más. Cuando la invasión árabe, ellos inventaron España, y porfiaron en ese invento más de setecientos años hasta el día en que el rey moro abandonó entre lágrimas Granada.

Invitación e incitación al libro

Lingüistas, profesores universitarios, escritores y científicos cibernéticos discutieron semanas atrás en Seattle sobre el destino del libro. Ello me ha ocasionado un sueño:

old books

Libros - Foto daniel9d

Visitaba la casa donde viví mi infancia en un puerto del norte del Perú. Fue en sueños, naturalmente, porque vivo en Estados Unidos, no he entrado en ella desde los tiempos de mi adolescencia, y tal vez ha cambiado tanto como yo en todos estos años, pero lo cierto es que me veía entrar solo en ella, y tenía que recorrerla desde la puerta de entrada hasta la que daba a la otra calle.

Era de noche.

-Ya no estarán conmigo mis padres – pensé- y mis hermanas viven lejos. Me sentiría mejor si todo fuera como antes.

A lo mejor, todo era como antes, y nada había cambiado porque el ayer está en el ahora cuando las cosas suceden en un sueño o acontecen dentro del corazón.

Por fin, de pieza en pieza, fui a dar con la puerta trasera que debería ofrecer acceso a la otra calle, pero en el sueño me hacía entrar en Oviedo y después pasé de España a otro sueño y a otra vida. Me dije:

-En cuanto abra esta puerta, penetraré en otra ciudad, la que al final también tendrá otra puerta que abriré para entrar en otro paisaje, y así estaré entrando y saliendo a través de patios y casas, ríos y bosques, historias y lagos, montes y países, amores y desamparos, caminos, mares, aventuras y planetas.

Un libro es como la puerta que vi en mis sueños. Caminamos con él a solas por el mundo y por la noche. Nos permite iluminar las habitaciones y los tiempos más sombríos. Nos instala en el universo confundidos entre los astros. Nos hace creer que ésta y todas las noches todo en el mundo estamos soñando el mismo sueño. Por fin, se abre y nos deja entrar a un número infinito de otras puertas y caminos.

El lector mira fijamente una superficie blanca cubierta de letras a las que persigue con los ojos. De izquierda a derecha y de arriba hacia abajo, la vista adquiere cierta voracidad por esos signos que se convierten en caminos y significados. El roce entre la vista y la superficie del papel no produce desgaste y, sin embargo, inaugura una infatigable arquitectura de ciudades y de sueños y se transforma en una puerta que se abre hacia un espacio misterioso.

En ese territorio discurren los anhelos y las ilusiones de los hombres. La comunidad humana convierte al libro en su desván de recuerdos y en el notario que habrá de transmitirlos de una generación a otra y a las otras para garantizar que habrá hombres y recuerdos por los siglos de los siglos hasta el día de la resurrección de la carne y la vida perdurable.

En el camino, o sea en la historia, la comunidad se hace «humana» porque el animal que lee se transforma en hombre, y este ser borra las fronteras entre los que viven y los difuntos, se traslada sin moverse a países prodigiosos y a historias adormecidas como la de Ulises que todo el tiempo continuará huyendo de los brazos eternos de la perversa Circe y navegando hacia la dorada Itaca invisible. Lo más importante de todo esto es que el ser-lector aprenderá a no morir, o por lo menos a no morir por completo, lo cual es atributo primero de la especie humana.

En Seattle, alguien me preguntó si creía que, con el avance de los medios cibernéticos, el libro se iba a acabar, y yo le respondí que eso era muy probable, y que por lo tanto había que salir corriendo a leer todos los que nos quedan por leer por todo el tiempo que nos quede?

Cuando he salido de mi país, o de mi casa, para quedarme en otro lado del mundo, al lado de mi ropa, siempre llevé conmigo las obras completas de Borges y Neruda y, dicho por ellos, leí «libro, cuando te cierro, abro la vida» y divisé «libros y casas como ángeles».

Así diviso la casa de mi infancia a la que entro cada noche mientras caballos transparentes galopan en medio de mis sueños, y el libro, esa puerta abierta hacia las otras puertas, transmite la palabra que es el Verbo. Y el Verbo, en el Evangelio de Juan, vuelve a ser la luz verdadera que alumbra a todo hombre que vive en este mundo.

YA VIENE HUGO MUÑOZ – Con ocasión de la sentencia sobre Alberto Fujimori:

Hugo fue despertado, pasada la medianoche, con fuertes golpes en la puerta de su casa. “Ya voy. Ya voy”, gritó, y fue al baño a arreglarse. “Se han equivocado. Creen que es mi cumpleaños”- quizás se dijo. “Deben de estar mareados. Voy a invitarles un café.

Así puede haber sido el comienzo de esa noche. Lo supongo porque lo conocí y fui su profesor en la universidad, y sé que era agradable y amiguero, que no iba a dejar a nadie esperándolo aunque ya fuera la una y 45. “Ya voy”, gritó de nuevo cuando volvieron a escucharse los golpes a la puerta.

La noche del 18 de julio de 1992, no le dieron tiempo de arreglarse. A patadas abrieron la puerta de su casa dos encapuchados que portaban metralletas. Pasaron junto a la cama donde dormían la esposa y el bebé del profesor sin cuidarse de ser vistos, y por fin a él lo redujeron por la fuerza y lo obligaron a salir.

Hugo Muñoz era esperado en la puerta por un grupo de soldados, varias camionetas de uso militar y el mayor Martín Rivas, jefe del grupo “Colina” y ejecutor de las disposiciones del entonces presidente del Perú, Alberto Fujimori.

En los pabellones estudiantiles, secuestraron a siete muchachos y dos chicas. Ya a bordo de las furgonetas, los secuestrados fueron golpeados con brutalidad a fin de “amansarlos”, según ordenaba Rivas, a quien le encantaba ese trabajo.

Luego de dos horas por la carretera central del Perú, los vehículos se detuvieron y un grupo de soldados bajó con palas a cavar las futuras tumbas. En medio de forcejeos y gritos, los detenidos fueron obligados a arrodillarse. A causa de las bestiales torturas, alguno ya había muerto en la camioneta. Al fin, Martín Rivas dio la orden de disparar sobre el grupo.

Las diez jóvenes víctimas de Fujimori fueron enterradas de prisa porque ya amanecía y estaban pasando otros vehículos. En los días que siguieron, los criminales los enterraron y desenterraron dos veces más hasta que por fin decidieron prenderles fuego, y echarles tierra encima.

Uno de los ejecutores, acogido al sistema de confesión sincera, relataría después que se pensaba llevar a los secuestrados al Cuartel General del Ejército, de donde procedían las decisiones, pero que de allí llegó la contraorden, y por fin, el mandato final del exterminio.

¿Quién dio la orden del crimen? Cuando se lo preguntaron al mayor Rivas, respondió: “Si Pérez Documet era el general a cargo de la DIFE, ¿quiénes eran los únicos que podían estar sobre él? Está claro, ¿no? Si las órdenes no venían de Fujimori, Montesinos y Hermoza, ¿de quién más podían venir?”.

Todos saben que aquella noche como todas las noches de ese tiempo funesto, Alberto Fujimori pernoctaba en el Cuartel General porque tenía miedo, mucho miedo.

Todos saben también que, días después, al denunciarse el secuestro de los estudiantes, salió a la televisión para declarar al país que los estudiantes se habían autosecuestrado o que se habían ido de la universidad para unirse a las huestes de Sendero Luminoso.

Todos saben que cuando una comisión del Congreso investigaba el crimen, los tanques de Fujimori rodearon la casa legislativa para amedrentar a la Comisión Investigadora.

Todos saben también que, tiempo después, al descubrirse los cadáveres, y llevados a juicio los ejecutores, no cumplieron un solo día de cárcel, y pronto recibieron la amnistía presidencial.

Todos saben en el Perú que los nueve modestos estudiantes y su profesor fueron víctimas de una masacre ordenada por un hombre que hacía gala de su admiración por una bestia vecina, y dijo en esos días: “El será Pinochet, pero yo soy Chinochet.”

Todos saben que este personaje simplón, seminalfabeto, casi lombrosiano, justificó en público y en privado, todas las veces que pudo, el baño de sangre como único camino para derrotar al senderismo.

Por todo esto, que todos saben, es inconcebible que se le siga llamando político y que se llame partido político a la pandilla de sus seguidores. Aquellos exigen la absolución de su jefe o la amnistía presidencial en un país donde están en vigencia la Constitución y las leyes.

Se ha amenazado sin éxito al presidente, a los jueces y a los fiscales. A todo el resto de los peruanos, se nos quiere asustar.

Yo conocí a Hugo Muñoz, y no lo voy a olvidar. Usted, tampoco, Alberto Fujimori. Usted no duerme ya en la Comandancia del Ejército, ni duerme. En sus noches blancas, quizás en este mismo momento mira angustiado la pared de su celda, y cree ver a Hugo Muñoz. “Ya voy. Ya voy”- tal vez le dice. Y eso es verdad: Ya viene.

UN CERRO en medio del CORAZON

Ace of hearts
Corazón – Foto: luisar

Otra vez muchas gracias, queridos amigos de Lima y de Trujillo, por asistir multitudinarios a las presentaciones de mis libros DON TUNO… y MAESTRO MATEO.

En el local de la Asamblea Nacional de Rectores, hay butacas para 500 personas. De acuerdo con todas las estimaciones, hubo cerca de dos mil. Similar fue lo de Trujillo.

… Pero hubo algo más. Hubo magia. En un momento de mi discurso en Trujillo, todos ustedes se pusieron de pie y comenzaron a abrazarse… Gracias, gracias!

El maestro Don Tuno  me explicaba una vez las razones por las que yo regresaba a mi tierra:

-A ti te trae tu cerro- me dijo.-Te llama desde lejos y no puedes resistirte. Tu cerro es tu tierra y es tu gente.

De regreso a USA, me he traído mi cerro, y se va a quedar conmigo para siempre… Puedo levantar la mano derecha y ahora mismo…sentir cómo palpita.

Los invito a leer lo que la prensa dice hoy, 31 de marzo:

En Lima:

http://grupoidd.org/ARP/agenciaregionpress_entrevistagviana-laprimera.html

Y en Trujillo:

http://trujilloditalleres.blogspot.com/2009/03/los-dos-eduardos-en-la-tierra-magica.html

Eduardo González Viaña