De verdad, Vallejo en los infiernos

“César Vallejo escuchó los pasos de su madre trajinando en la cocina y tarareando una canción. Su voz era sobrenatural. Iluminaba los espacios y hacía que se perdieran el peso y la densidad de los objetos.

Escuchándola, y sin darse cuenta, César dejó caer la taza de café y aquella no hizo ruido al chocar contra el suelo. Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la Luna comenzaba a temblar.”

-Ahora, no me diga usted que este libro es cien por ciento real- me reclama un periodista italiano con motivo de la edición de mi novela “Vallejo en los infiernos” en ese idioma.

Acaba de leer en voz alta el fragmento anterior, y, aunque lo considera bello, le fastidia que una taza de café no haga ruido al chocar con el suelo.

-No.  No es real.-respondo.

– Ah… ¿Admite usted que lo que escribe no es real?

-No es real una vez. Lo es dos, tres y muchas veces más.

Lo digo por varias razones.

La primera: Como lo denuncio en mi novela, César Vallejo fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas. Los críticos y comentaristas de su obra suelen dedicar sólo unas líneas breves –y a veces mezquinas- a este hecho, que es fundamental en la gesta de  “Trilce” y en la comprensión de ese libro y del propio país que le da origen.

Nuestro poeta fue testigo y denunciante de un acto criminal ocurrido en Santiago de Chuco, su pueblo, (1920) cuando azuzados por los poderosos, los gendarmes acantonados allí se levantaron en armas, intentaron eliminar a las autoridades locales y asesinaron a un intelectual amigo del poeta. Con piedras y con sus propias fuerzas, los vecinos impidieron que aquello se convirtiera en un genocidio.

La acción judicial fue iniciada contra los gendarmes y sus instigadores. Sin embargo, movida por fuerzas misteriosas, la Corte Superior de Trujillo la convirtió en una investigación judicial contra los denunciantes y las propias víctimas. El juez ad hoc enviado al lugar de los hechos festinó trámites, fabricó pruebas, inventó personas, dibujó firmas de personas ausentes y, bajo tortura, obtuvo la confesión de un supuesto autor material de los crímenes quien decía haber sido armado por Vallejo.

Cuando el abogado del poeta, pidió que el supuesto sicario fuera llevado ante la Corte de Trujillo, la “justicia” lo envió atado al lomo de una mula bajo custodia armada. A la mitad del camino, sus captores lo bajaron del animal y lo mataron a balazos aduciendo que había intentado huir.

Por casualidad, el juez ad hoc era también abogado de poderosas empresas donde habían estallado sublevaciones sociales, Casagrande, que en vez de salarios ofrecía coca y raciones de comida a sus trabajadores, y Quiruvilca, la mina donde miles de indios eran empujados a trabajar 20 horas al día hasta la extenuación, la tuberculosis y la muerte.

En la Universidad de Trujillo, había nacido entonces una generación de jóvenes intelectuales atraídos por el socialismo, por el anarquismo o por la sola idea cristiana de liberar a los oprimidos. Las grandes empresas y sus agentes querían escarmentarlos, inventarles algún sambenito y eliminarlos físicamente si fuera posible. Vallejo fue la víctima escogida, el incendiario, el terrorista de la época.

La segunda razón para aducir la realidad de mi novela es algo que no se suele contar: Vallejo, uno de los grandes poetas de la lengua castellana en el siglo XX, no pudo regresar jamás a su país. Si lo hubiera hecho, habría sido conducido de inmediato a los infiernos de alguna cárcel tremebunda. Ello se debe a que el proceso penal instaurado contra él nunca se extinguió, y sus enemigos anduvieron todo el tiempo buscando la extradición.

Los comentarios académicos obvian este hecho, y aluden a una risible “pasión metafísica” su imposible retorno.

La tercera razón, por fin, es que lo que fue real en 1920 se repite hasta la saciedad en nuestro tiempo. Quiruvilca, -denunciada por Vallejo en su “Tungsteno” y evocada  en mi libro “Vallejo en los infiernos”- se parece entrañablemente en los días actuales a Yanacocha.  Esta mina de oro, la más rica del mundo, se encuentra ubicada en Cajamarca, una región “vallejiana” en la que el setenta por ciento de la población padece extrema pobreza. Las denuncias de contaminación son frecuentes. Por fin, los sacerdotes que encabezan la protesta son amenazados de muerte y perseguidos por una banda de forajidos en estrecha relación con el cuerpo de seguridad de la mina.

-Amigo Gianluigi.- le digo al periodista. -Tiene usted razón. “Vallejo en los infiernos” no es real una vez. Lo es una y otra vez. Espero que no por mucho tiempo. Y también es real que un facineroso a sueldo, armado de un martillo, esperaba al poeta para acabar con él en las oscuridades del calabozo donde pasó su primera noche.

Esas son realidades diabólicas. Otras, y muy diferentes son las realidades poéticas. Y por obra de ellas, es verdad que la taza de café se quedó flotando.  Y también es verdad que:

“Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la Luna comenzaba a temblar.”


Para recitar y cantar a Vallejo al lado de Tania Libertad, haga clic en:

http://www.elcorreodesalem.com/?PHPSESSID=ae18454b3b5e986735712c11fb2ba7f4&s=tania+libertad

El sueño americano, siesta o pesadilla

Lo llamaban el sueño americano. En medio de la crisis, tiene otros nombres. Unos dicen que sólo se trata de una siesta. Otros creen que es una pesadilla y que será permanente.

 

Dude

Hummer repostando - Foto LongitudeLatitude

A través de los tiempos, ese sueño ha sido la creencia de que en Estados Unidos todo es posible para quien se atreva a soñar y a trabajar con empeño.

 

Creer que la riqueza y la felicidad son inagotables es la primera característica del sueño americano, y acaso la más peligrosa.

 

En los años recientes, esa suposición hizo que los estadounidenses se endeudaran por encima de sus niveles de riesgo y que los bancos reventaran la burbuja de la especulación. Los resultados son conocidos por todos.

 

Es importante, eso sí entender, que no sólo los bancos se propusieron hacer que la gente se empeñara hasta la camisa sino que la propia gente estaba loca por empeñarla.

 

Pagar con la chequera, y no con la tarjeta, era condenarse a no ser considerado sujeto de crédito. Tratar de cancelar cuanto antes la hipoteca era visto por algunos como una actividad idiota, si no sospechosa y, presumiblemente, “antiamericana”

 

Empujados por el sentimiento de seguridad inagotable y por la creencia en el pleno empleo, los más han ignorado en este país el ahorro. La gente compraba a plazos sin averiguar cuál era el interés efectivo sino más bien el número de plazos, que las más de las veces excedía los meses y años de su propia vida.

 

Ahora, se comprueba que la superabundancia nunca existió, y que sólo se estaba pagando a plazos el desastre. El mito, sin embargo, se expresaba en gigantescos vehículos militares para algún solitario pretencioso, colosales dispendios de energía para una familia mínima, la compra cada cierto tiempo de una laptop, un teléfono móvil o un i-pod diferente, el consumo de raciones de comida para gigantes y la fábrica de niños obesos. En Londres, Madrid o Roma, todavía la gente seca su ropa al calor del sol. En los Estados Unidos, el apartamento más económico se vende o se arrienda equipado con cocina, dishwasher, refrigeradora, microondas, cable, lavadora y secadora.

 

Lo terrible es que todo ese dispendio llegó acompañado por el olvido absoluto de los valores que hicieron el sueño americano de los pioneros, la renuncia a la filosofía de los fundadores de la libertad y el desprecio cínico por las creencias de las parejas que conducían un buey, una carreta y cuatro chiquillos hacia el Lejano Oeste. La tierra de la ingenuidad, de la integridad y de la ética no lo fue más. Esos bienes fueron suplidos por la avidez, el egoísmo, el capitalismo feroz, el insaciable hedonismo y la ignorancia más insoportable.

 

En un país, donde todo está en venta, hasta la cultura fue “marqueteada”. En las universidades se inventaron los créditos para objetivar el conocimiento, parcelarlo y venderlo en las raciones absolutamente necesarias para entrar cuanto antes al carnicero mercado del trabajo. Los jóvenes que llegan a la universidad suelen ignorar cuándo se independizó este país y qué potencias pelearon en la Segunda Guerra Mundial, y continúan sin saberlo al salir si no les son imprescindibles algunos créditos de historia.

 

La bandera de libertad empuñada en los combates del Pacífico o en las playas de Normandía fue abandonada en todas las guerras posteriores. Ese principio constitucional sólo sirve ahora para defender con ardor frenético a los que venden armas y para canonizar como buenos americanos a quienes las compran y salen el fin de semana a mutilar venados. Sirve también para olvidar a los paranoicos que compran miras telescópicas y apuntan con cuidado a sus futuros blancos en la escuela de la esquina.

 

Una información de la Pfizer dice que las compras de Lipitor se han reducido muy significativamente en los Estados Unidos. Si consideramos que abandonar el reductor de colesterol puede tener consecuencias fatales, eso significa que hemos tocado fondo.

 

Por fortuna, en las últimas elecciones no se ha producido solamente una alternancia de administradores. El nuevo gobierno proclama que un cambio radical es imprescindible, y a pocos meses de iniciar su trabajo, tanto el presidente Obama como una mayoría abrumadora de la población proclaman que el único camino a tomar es el camino de vuelta a los principios que sustentaron siempre el sueño americano.

 

Quienes defendemos a los inmigrantes creemos que el cambio pasa por darles legalidad. Eso no es tan sólo rentable para el fisco e indispensable para el exhausto Seguro Social, sino que las comunidades hispanas serán un ejemplo de los principios que aquí se olvidaron cuando se convirtió la familia en una sociedad mercantil.

 

El cambio pasa por la gratuidad de la educación, la generalización de los servicios de salud y la extirpación de la miseria. .
Para que el sueño americano no sea ya una pesadilla, hay que gobernar desde la política y la filosofía, y no desde la economía. Hay que denunciar la deificación del capital, un becerro de oro ante el cual se ha vuelto a los sacrificios humanos. Hay que mundializar la utopía dentro de un proyecto global. Hay que recuperar la dimensión ética de la aventura humana. Hay que dejar de leer los índices del mercado y volver a las páginas del viejo Aristóteles, quien sostenía que no tiene sentido ningún invento humano ni acto alguno de gobierno, si no viene ligado al objetivo imprescindible del bien común. Y todo eso significa que habrá que volver a soñar.

Mayo y el domingo que dura un mes

A pesar de sus escasas 24 horas, el domingo dedicado a las madres dura un mes, y más que eso, dura toda la vida.

El año pasado por estos días me invitaron a que leyera algunos relatos de mi libro “Los sueños de América” para los presos hispanos de la Penitenciaría Estatal de Oregon. Acepté.

Purple rose :)

Rosa - Foto Blackangelツ

Pero antes de entrar en la zona carcelaria, me esperaba una pequeña sorpresa: a la entrada, los guardianes me avisaron que no podía llevar el libro conmigo porque no lo había declarado con anticipación debida. Y por eso, mientras atravesaba una docena de puertas inexpugnables y me sondeaban los incontables detectores electrónicos, no terminaba de pensar cómo salir del paso con esa extraña lectura sin libro. Al final, cuando ya estaba entre los presos, el recluso que coordinaba me contó con entusiasmo que, al conocer mi aceptación, había invitado también al resto de la población carcelaria, y por lo tanto la charla tenía que ser en inglés.

“¿Y ahora sobre qué hablo?”, pensé. “No tengo el libro. No conozco el nivel de comprensión de quienes me esperan, y por último, mi público es más complicado y multicultural del que yo andaba esperando.” Pero ya estaba en el proscenio, y, aunque había algunos gringos, los latinos y los negros eran tal vez el noventa por ciento de la gente, cerca de dos mil hombres cuyos dramas eran infinitamente superiores a cualquier texto que yo pudiera escribir, leer o improvisar.

¿De qué hablarles? No sé de dónde me vino la idea, pero llegó de inmediato. En mis cursos universitarios de castellano, suelo usar de algunos trucos para inducir la conversación y lograr que mis alumnos participen en la clase. Ahora, mientras esperaba que me llegaran las ideas, comencé con uno de ellos.

-Por favor, cierren los ojos y concéntrense. Caminen por su memoria. Traten de alcanzar el recuerdo más antiguo de su vida. Una escena familiar o algo que ocurrió cuando ustedes tenían acaso 6, 5 o 4 años de edad… Les he dicho, por favor, que cierren los ojos.

Entonces, comenzó el milagro. Ya he dicho que esto ocurrió en mayo, unos días antes del primero o tal vez del segundo domingo. Los hombres que me escuchaban eran de aquellos que se califica de “alta peligrosidad”. Entre ellos, había algunos “lifers”, como se llama a los que se van a pasar el resto de la vida entre rejas. Los había de todas las edades, pero, con los ojos cerrados y vestidos todos con “blue jean” y camisa celeste me parecieron solamente una formación de escolares uniformados o un montón de niños sufridos y desamparados.

Les había dado 3 minutos para concentrarse, pero pasaron 4 y 5 y 6, y ni ellos ni yo podíamos continuar. Casi todos tenían la cabeza inclinada como si rezaran. De pronto, un recluso gigantesco no pudo contenerse y comenzó a gimotear. El hombre que estaba a su lado lo escuchó e hizo un intento de codearlo pero no continuó porque quizás también él estaba llorando.

Miré hacia uno y otro lado, y la escena se repetía en casi todas partes. Entonces quise saber qué estaban pensando y cómo reaccionarían los guardias ante una situación que supongo no puede serles demasiado familiar. Dirigí mi vista hacia donde estaban ellos, pero solamente uno me miraba, y también tenía los ojos enrojecidos que, de inmediato, por pudor, ocultó.

Ya no me acuerdo bien. Creo que al comienzo no lo entendí porque me resultaba difícil asociar ese ataque de tristeza colectiva con la efervescencia que suele provocar el mes de mayo. Mayo es, en el hemisferio septentrional, el mes inaugural de la primavera. Los bosques de Oregón lucen un día blancos y el otro verdes, rojos, dorados.

Pero no tan sólo en el mundo del norte, también en algunos distantes pueblos de mi patria lejana, la gente amanece en los cerros el primer día de mayo para, de esa manera, “florecer” y, en todo el mundo, los trabajadores salen a las calles para reafirmar que por encima de todas las oscuridades momentáneas la justicia y la solidaridad prevalecerán porque pertenecen a la esencia humana.

Mayo es el mes de la madre y de María, que es lo mismo. Como lo dice el “Soneto del dulce nombre”, uno de los más bellos que he leído: “Si el mar que por el mundo se derrama/ Tuviera tanto amor como agua fría, / Se llamaría por amor, María,/ Y no tan sólo mar como se llama…” (F. L. Bernárdez)

Y justamente, al amparo de ese soneto, entendí por fin qué es lo que estaba ocurriendo y a quién recordaban en lo más antiguo de su corazón los presos de la Penitenciaría de Oregon durante las proximidades de ese domingo de mayo. Lo sé porque el recuerdo también vino a mí y también me hizo bajar los ojos.

Nunca recordaré qué es lo que sigue ni qué es lo que dije después si es que lo dije, pero entonces y esta mañana ha vuelto a mi memoria el resto del soneto de Bernárdez: “Si llama que el viento desparrama/ Por amor se quemara noche y día,/ Esa llama de amor se llamaría/ María, simplemente, en vez de llama.”

“Pero ni el mar de amor inundaría/ Con sus aguas eternas otra cosa/ Que los ojos del ser que sufre y ama.” “Ni la llama de amor abrasaría,/ Con su energía misericordiosa,/ Sino el alma que llora cuando llama.”

El día en que fui invisible

En unas doscientas ciudades de los Estados Unidos- incluidas Nueva York, Los Ángeles, San Francisco y Chicago- millones de manifestantes desfilaron por las calles, cruzaron puentes y se juntaron en parques y plazas el primero de mayo para demandar que cese la persecución contra los inmigrantes y apoyar la promesa del presidente Obama de poner en efecto una reforma migratoria efectiva e integral.

Eran millones, pero la televisión no los vio.

No quiero creer que fuera censura. Ese día también perdieron muchas horas de TV las alarmantes y alarmistas noticias sobre la gripe porcina.

No fue eso. Fue algo más inocente o inocentón. Ante la jubilación de David Souter, uno de los jueces de la Corte Suprema, los analistas se pasaron horas de horas divagando sobre quién sería el sucesor nombrado por el presidente Barack Obama, y le robaron espacio a los acontecimientos más importantes del día.

Los comentaristas de este país deliran por interpretarlo todo con los criterios de “género y etnia”, y se preguntaban si sería blanco, negro, hombre, mujer o gay la persona designada por el mandatario. Los más “liberales” terminaron por recomendar que, en caso de no haber un candidato gay, se nombrara a una abogada que es al mismo tiempo mujer e hispana.

Por mi parte, creo que el género y la etnia son tan irrelevantes para juzgar a una persona como lo serían el signo zodiacal o el año de su nacimiento en el calendario chino.

Sin embargo, este país ha reemplazado su tradicional obsesión en la raza por otra basada en el género y la etnia, y por eso les resulta difícil entender cualquier fenómeno social que sobrepase esos parámetros.

Los millones de seres invisibles que salieron ese día a las calles exigieron derechos a la identidad, el trabajo, la libertad, la salud, el idioma y la cultura que les han sido suprimidos o corren peligro. No eran ellos solamente inmigrantes legales e ilegales. Los acompañaban los sindicatos que están celebrando por primera vez en USA el Día Internacional del Trabajo. No los vio la televisión.

Si todo eso no les parece periodístico a las cámaras, hay algo que tal vez les puede resultar urgente. En este momento de bancarrota económica, la reforma migratoria es fundamental para la propia supervivencia de los Estados Unidos. Veamos unas cuantas razones para ello:

Primera: La inmigración es un beneficio fiscal neto para la economía estadounidense. Un reporte del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca en 2007 señala que el incremento de la fuerza de trabajo, gracias a los inmigrantes, ha estimulado la inversión de capitales e incrementado el Producto Nacional Bruto en 37 billones de dólares cada año.

Segunda: Los inmigrantes pagan mucho más en impuestos de lo que consumen en beneficios sociales. Así lo determina en 1997 el Consejo Nacional de la Investigación, National Research Council , o NRC según sus siglas en inglés.

Tercera: Los inmigrantes ilegales también pagan impuestos.

Texas, Iowa y Oregón son algunos de los estados que informan en reportes públicos, entre 2006 y 2007, que estos trabajadores, en vez de drenar los servicios públicos, los subsidian. Texas teme incluso que una eventual ausencia de los mismos lleve a ese estado a la bancarrota fiscal.

Cuarta: La administración del Seguro Social informa que los indocumentados cuentan por una mayor porción de los billones de dólares que entran en sus cajas y no tiene contrapartida. Esos trabajadores suministran números falsos a su empleador quien les descuenta ese pago y lo hace efectivo. Sin embargo, ellos no podrán jamás acceder a un beneficio mínimo.

Quinta: Este año cumplen 64 años, y comienzan a jubilarse, los “baby boomers”. Se llama así a los norteamericanos nacidos en 1945, luego de la Segunda Guerra Mundial cuando los soldados volvieron a casa y produjeron una explosión de nacimientos. Se calcula que su número es similar al de quienes hoy reciben pensión cada mes. ¿Qué hará el Seguro Social para pagarles?… La legalización de los inmigrantes es su único camino.

Hay muchas razones más, pero éstas cuentan. Las recuerdo porque ese día participé en la marcha hacia el Capitolio de Oregón. Como escritor latinoamericano, me invitaron a ser orador, hablé en nuestro querido castellano, la lengua que nos hace libres… y como otros millones de personas, también fui un ser invisible.