Si naciste en 1976, tú puedes ser Clarita

Aunque no te llamen ahora así, y tus padres adoptivos te hayan puesto otro nombre, es muy posible que tú seas Clara Anahí Mariani.

Pancarta en la Plaza de Mayo

Pancarta en la Plaza de Mayo

Hay algo que no pueden haber falsificado quienes te secuestraron y te vendieron: naciste el 12 de agosto de 1976, y es muy difícil que te hayan puesto una fecha lejana de esa en el documento falso con que has vivido todo este tiempo. Naciste en La Plata, Argentina, hija de Daniel y de Diana, y quizás los raptores te inscribieron en tu mismo país mientras los militares estaban en la Casa Rosada, o tal vez lo hicieron en Uruguay o Chile, igualmente gobernados por asesinos. Al acabarse ese tiempo, a otros niños como tú se los llevaron a Italia y España, donde también podrías estar ahora.

Clarita Anahí Mariani, tengo para ti una carta de tu abuela, la “Chicha”, que te está buscando desde que te raptaron. Va aquí con la mía, y en ella encontrarás fotos de tus padres y de ti misma que tal vez te ayudarán a reconocerte. Además, tu abuela te cuenta otros detalles que, por genética, pueden repetirse en ti.

Es obvio que no recuerdes lo que ocurrió cuando apenas tenías tres meses de nacida. Sin embargo, un psicólogo me asegura que ese hecho brutal se quedó grabado en tu inconsciente y es posible que, algunas noches, se exprese con sueños espantables.

Clarita: tu pesadilla está a punto de terminar. Cuando abraces a tu abuela, recobrarás el derecho de tener recuerdos familiares, y acaso sientas que Diana y Daniel, tus padres, te acompañan desde una región luminosa de los cielos.

Déjame contarte lo que pasó el 24 de noviembre de 1976, y comenzarás a entender esta carta.

Ese día, a las cinco de la tarde, estabas jugando con tu madre que te alzaba y besaba jugando a que eras su muñeca. De súbito, se escucharon las pisadas y los gritos de mucha gente que irrumpía en el tercer piso del edificio donde vivías.

Seguro que tú sonreíste y creíste que era parte del juego de tu madre, pero era tan grande el ruido que empezaste a llorar. Era tu manera de preguntarle a mamá qué era lo que estaba pasando y por qué.

Miguel Osvaldo Etchecolatz abrió por fin la puerta de tu casa. A su lado se encontraba el general Ramón Camps. Ambos se hicieron a un lado para que ingresaran los soldados del Ejército, la Policía y la Armada de Argentina que realizaban una operación conjunta para masacrar opositores al gobierno.

Entraron disparando. Antes, habían ametrallado los departamentos de dos familias vecinas y habían matado a cinco personas. Etchecolatz te puso la pistola en la boca y le advirtió a tu madre que iba a disparar. Ella le arrancó la pistola y te cubrió con su cuerpo. Te cubrió de tal forma que resultabas invulnerable.

Entonces el hombre comenzó a disparar. Aunque Diana Terugi, tu madre, debe de haber muerto a los primeros balazos, en su cadáver se encontraron más de cuarenta impactos producidos por el arma de Etchecolatz y las ametralladoras de los soldados de tu patria. Cuando Etchecolatz te iba a rematar, lo detuvo el general Camps.

-¡Estás loco! Podemos conseguir unos buenos pesos con la piba.

Del resto poco sabemos, Clarita. O Alejandra, Margarita, Viviana, Renata, Marisa, María Elena, como te llamen ahora. Tu abuela y tu padre te buscaron por toda Argentina. Por fin, los asesinos llegaron hasta Daniel, y también lo eliminaron.

A estas alturas de mi carta, te seguirás preguntando ¿por qué, por qué? Voy a darte una parte de la respuesta.

A partir de los años setenta, diversas bandas de militares se apoderaron de más de la mitad de Sudamérica. Está probado hoy todo lo que hicieron entonces: su violencia salvaje, las persecuciones, la represión ilegal de los disidentes, la tortura infernal, la desaparición forzada de personas, el rapto y la venta de niños y el copamiento de todos los medios de información. Miles de civiles tan indefensos como tu madre y tu padre fueron masacrados en un verdadero holocausto. Millares de niños fueron arrebatados en sus casas como tú o arrancados de los brazos de sus madres en la prisión. Los militares llamaban a eso una “guerra interna” y justificaban su barbarie con el fundamento de que estaban defendiendo la civilización cristiana en nuestro continente.

Pasado ese tiempo, con gobiernos elegidos y descubiertas las cuentas secretas de Videla, de Pinochet, de Fujimori, entre otros, con las lloriqueantes confesiones del asesino de tu madre, Etchecolatz y del cobarde general Videla ante sus jueces, conocidas las coimas gigantescas por el armamento que compraban, descubiertas las cuentas de la Ford y la Mercedes Benz, ente otras empresas que los tenían en sus nóminas, ya se sabe que todo era al revés de lo que los militares proclamaban.

Ya se sabe que eran criminales bien pagados, saqueadores insaciables y chacales sin alma, y que su primer objetivo fueron jóvenes como tus padres o viejos como el director de orquesta que fue tu abuelo, para quienes el socialismo era la mejor forma de hacer verdad en la tierra las promesas de Cristo.

Ya se sabe la verdad, Clara Anahí, pero tu abuelita, la Chicha, todavía no te ha visto. Dale la sorpresa en estos días navideños.


información de Clara Anahí Mariani

Datos de Clara Anahí Mariani - Haga clic en la foto para agrandarla


El gato y la literatura

Gracias, queridos amigos del “Correo de Salem”. Como lo recuerdan, mil y tantos de ustedes colmaron ayer las instalaciones del antiguo Senado para presenciar la condecoración que me otorgaba el Congreso de la República. Decenas de emails me piden ahora una copia de lo que dije. Como no lo escribí, aquí va algo de lo que se grabó ese día. Gracias, siempre, Eduardo.


Chepén, Perú - Foto todochepen.com

Chepén, Perú - Foto todochepen.com

Un día en Chepén, mi pueblo, cuando yo tenía 15 años, visité a una tía abuela llamada Mercedes que acababa de cumplir 99.

Al entrar en su casa descubrí que ella estaba rezando el rosario. Como no me había visto, tomé asiento cerca de ella para no interrumpir su devoción, y me dediqué a leer una revista. Sin embargo, había algo de extraño en el asunto: mi tía Mercedes recitaba solamente la primera parte del Ave María, y se quedaba un rato esperando como si estuviera en la iglesia o como si alguien a su lado recitara el “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Miré hacia uno y otro lado, y no encontré a su probable acompañante. Mi curiosidad me hizo levantarme y me fui aproximando a la solitaria devota. Al final, descubrí que había alguien a su lado, pero no era un ser humano. Era su gato. Cada vez que mi tía terminaba la primera parte del Ave María, el gato la acompañaba con un largo ronroneo, como hacen siempre los felinos cuando de puro cariño prenden su motor interno junto a alguien que los ama.

Cuando la anciana y el gato terminaron de rezar, puse una silla al lado de ella y le pedí que me contara historias. Mi tía era una excelente narradora oral, y creo que sus ficciones fueron el origen de los relatos que en ese tiempo quinceañero comencé a escribir.

Sin embargo, en ese momento se me presentó otro problema. A sus 99, mi tía estaba muy bien de salud, pero padecía de algunos olvidos. Comenzaba a contarme alguna apasionante historia de comienzos del siglo XX, pero cuando ya a estaba a punto de llegar al desenlace se olvidaba de la que había iniciado y comenzaba otra.

Como se diera cuenta de mi sorpresa, mi tía me dijo:

-Entiendo, hijito. Pero también quiero que tú me entiendas. Cuando a los viejos ya nos toca irnos de este mundo, nos sentamos como yo en una mecedora a olvidar. Así como la gente joven va a la escuela para recordar algunas disciplinas y conceptos, los viejos nos sentamos todas las tardes a olvidar.

Creo que ese día fue definitivo en el inicio de mi vocación literaria. Me di cuenta de que la literatura sirve como el gato de mi tía Mercedes para evitar que estemos completamente solos en el mundo y para permitirnos que aun en las mayores soledades, podamos comunicarnos con nuestro Dios, el universo, nuestra tierra y la gente que más queremos en ella.

Como las cincuenta avemarías que mi vieja tía rezaba, la misión del creador de ficciones consiste en decir, expresar, mascullar y hasta proclamar canciones de recuerdos y de nostalgia dirigidas hacia la esperada felicidad colectiva de los hombres y hacia las infinitas extensiones de la vida.

Comprendí, además, que así como en la escuela se enseña a recordar, había también que aprender a olvidar y que esa también podía ser misión de la literatura que yo produjera: hacer que nuestra gente olvide la dureza y la perversidad de esa prolongada noche de insomnio, de violencia y de sangre que las más de las veces ha sido la historia del Perú.

Hacer la paz con los malos recuerdos no significa sin embargo decretar el olvido del crimen, ni menos aceptar con resignación el abuso, ni mucho menos consentir en la impunidad de los perversos y de los injustos. Como el gato que despertaba a mi tía luego de un largo rosario, pensé que la literatura debería sacar del letargo a nuestra gente y hacerle ver que la democracia y la libertad no se regalan sino que se conquistan. Los escritores usualmente han asumido como suya la función de rehacer la historia. En el Perú que nos ha tocado vivir, esa función es mucho más imperiosa. Aquí hay que impedir que nuestra historia se deshaga.

Mis libros no puede borrar la explotación de los pobres, la corrupción de los poderosos, ni la tortura y el genocidio con que se suele reprimir la cólera del pobre y del justo. Mi literatura no va a cambiar al mundo, pero me impulsa a servir causas generosas y valores sin los cuales el hombre deja de ser hombre y la sociedad se hace insoportable.

Y esa fue la misión que me impuse a la edad de quince años cuando escribí mi primer cuento y conocí al gato y los olvidos de mi tía Mercedes. Si quieren ustedes saber lo que ocurrió después, se lo cuento. Un año más tarde, la muerte fue a visitar a la anciana… y tal vez ambas se quedaron a conversar y a rezar, juntas para siempre.