El placer de dormir


Dormidos - Foto Angeloux

Dormidos - Foto Angeloux


Recuerdo haber leído alguna vez un artículo científico en el que se afirmaba que los chinos no son chinos; lo que pasa es que se levantan tarde. Lo traigo a colación para explicar los ojos que pongo en una foto reciente en la cual estoy escuchando a un distinguido conferencista.

Debo añadir que caer dormido en medio de una sesuda charla no significa que aquella no me pareciera interesante. Eso quiere decir únicamente que ya había agotado todos los procedimientos que uso para evitar la modorra.

Estaba fingiendo tomar notas hasta que el lapicero se me cayó de la mano. Me había pellizcado ambos brazos hasta que el sopor actuo como anestesia. Por último, durante minutos que fueron horas larguísimas, traté de hacer movimientos con la cabeza como los de alguien que aprueba lo que dice el conferencista cuando la verdad era que agitaba la cabeza para que se me fuera el sueño hasta que mi barbilla toco el tórax, y ya no pude levantarla.

Lo malo del asunto es que yo no era un espectador invisible sino que acompañaba en la mesa de honor al interminable charlista, e incluso minutos antes se me había ocurrido presentarlo ante el público como ameno y entretenido. Además, la televisión me enfocaba cada vez que se posaba sobre el hombro derecho del grave hombre de letras.
Me alegré de que aquel no fuera un presidente, y yo su edecán, porque eso me habría costado el puesto, o la cabeza, y trate de sonreír a la cámara, pero solamente le mostré los dos puntos enigmáticos en que se habían convertido mis ojos.

Entonces comencé a hacer fuerza mental para que el camarógrafo no me enfocara, pero el lente no cambiaba de posición, lo que me trajo el malvado pensamiento de que también ese hombre se había quedado dormido.

Ya los párpados no me permitían observar la cámara ni fingir un gesto adusto. Entonces, tuve que resignarme a la conjetura piadosa de que tal vez los televidentes lanzaban también breves ronquidos frente a sus receptores.

Los intelectuales “serios” confiesan por lo general que son malos oradores, y leen sentados sus sesudos textos, y éste, el que hablaba, era realmente serio y había cumplido al pie de la letra ese ritual. Incluso, me había lanzado una disimulada reprobación por el hecho de que yo hablara de pie, sin papel y dando vueltas por el auditorio cuando me tocó hacer la introducción.

Ahora, sentado junto a él, apenas tuve fuerza para levantar los ojos por encima de su texto y comprobar con terror que había llegado a la página 20, y todavía le faltaban 37 cuartillas.

En honor a la verdad, y para dar satisfacciones a mi postmoderno amigo, debo confesar que este problema me ha ocurrido muchísimas veces y que casi nunca ha tenido relación con la amenidad del espectáculo. El sueño ha venido a buscarme no solo  en charlas eruditas sino inclusive en funciones cinematográficas como “Psicosis” de Alfred Hitchtcock que vi varias veces y nunca llegué al momento en que se descubre que Anthony Perkins es el asesino. Algo más triste me ha ocurrido en “Salome”: siempre me he quedado dormido antes de que la bailarina llegara a quitarse el séptimo velo.

En el Senado de la universidad donde trabajo, he tenido que ir numerosas veces al baño para lavarme la cara, pero ni así siquiera he podido evitar la lenta caída de los párpados, el desplome de la nuca y el inicio de un bostezo delator cuando la primera autoridad lee las estadísticas raciales del claustro. Por fin, en un concierto de rock al que acudí en Berkeley, uno de mis ronquidos compitió en intensidad con los alaridos de un cantante desaforado.

Me acompañan en este mal, ilustres personajes. Hace algunos años, Manuel Alvar, por entonces presidente de la Real Academia Española, dio un ronquido aterrador -por sus consecuencias- durante una charla de Ernesto Sábato. He sido testigo personal, además, de como la esposa de Julián Marías roncaba abiertamente durante una clase del notable filósofo quien fuera mi maestro en Madrid.

Hace pocos años, los diarios mostraron la foto de Felipe de Edimburgo con la cabeza caída sobre el plato mientras su cónyuge, la reina Isabel de Inglaterra, leía su discurso en una cena a la que habían sido invitados por el presidente de Corea del Sur.

Más todavía, Clodomiro Almeyda, canciller de Chile durante la época del presidente Allende, visitó al rey belga, y ambos se encerraron en uno de los regios salones durante varias horas. Sus respectivos sequitos estaban asombrados de la duración de lo que ellos habían supuesto que iba a ser una simple visita de cortesía.

Lo que ocurría es que los dos personajes pertenecían al mismo club de dormilones, y no bien se encontraron solos, cuando los ojos del monarca comenzaron a mostrar cierto sopor, el chileno le guiño el ojo y le planteó: “¿Qué le parece si echamos una pichanguita?”

Confieso que no soy tan valiente ni tan desinhibido y que, en el caso que estoy relatando, luego de haber intentado en vano que mis ojos simularan una mirada filosófica, debo haber caído en sueño devorador y delicioso. Sólo me despertó uno de mis propios ronquidos y luego el aplauso del público que agradecía al orador por el hecho de haber terminado su discurso. Pero, ahora, que finalizo este correo se me ocurre una idea, como dijo el canciller chileno: “¿Qué les parece si nos echamos una pichanguita, po?”

Do you speak English?

English

English

Hace algunos años, una amiga mía que estaba decidida a aprender inglés cuanto antes, se matriculó en un curso superintensivo, tomó varias clases de “inmersión” en ese idioma, compró una colección de cassettes y, por fin, descubrió el método de la almohadilla subliminal. ¿Lo conocen ustedes?

Se trata de un pequeño cojín que contiene un invisible tocacassette. El estudiante debe colocarlo bajo su almohada al acostarse, y, gracias a él, se pasará la noche escuchando –sin advertirlo completamente– conversaciones en inglés. Los inventores aseguran que su uso repetido hará que usted adquiera una gran facilidad en la comprensión de la lengua hablada, e incluso en su pronunciación.

El método dio resultados admirables. A las pocas semanas, Angélica Castellano, Gladys Segovia- o se llamaba Henny?  hablaba con un acento difícil de distinguir del de una nativa, aunque su voz, al modular el idioma de Shakespeare, se tornaba nasal y emitía de rato en rato breves ronquidos. Aparte de ese pequeño defecto, tuve que felicitarla, puesto que incluso en castellano comenzaba a advertirse su destreza en el idioma de los forasteros.

El problema se presentó justamente a los tres meses de haber comenzado a usar la almohadilla. La noche en que los cumplía, un caballero desconocido tocó el timbre de su casa:

–¿Es usted la señorita Henny?? ¿Está usted tomando el curso subliminal de inglés mientras duerme?

Ante sus respuestas positivas, el desconocido, dueño de un inmensa sonrisa, le reveló su identidad:

–Permítame usted que me presente. Soy el profesor de inglés que le está asignado y vengo a tomarle su examen trimestral. Pasemos, pues, adelante, y dígame de qué lado de la cama duerme usted.

He recordado esto porque estoy a punto de tomar el avión de retorno a mi trabajo en Estados Unidos, y son muchos los amigos que me hacen preguntas sobre los mejores métodos para aprender el inglés. En vista de que me resulta difícil recomendar uno en especial, prefiero ofrecerles algunas experiencias propias y ajenas que tal vez puedan servirles en su aprendizaje lingüístico.

Cuando era yo todavía un niño, mi primer profesor de ese idioma nos dijo que la mejor manera de lograr una pronunciación adecuada consistía en hablar con una pipa o un habano atravesado en la boca. Míster Gómez hacía la prueba frente a nosotros y, como por encanto, todas las frases escritas en la pizarra se volvían gringas.

Escribía, por ejemplo, I am, y la pipa lo hacía emitir un asombroso Ay em. Borraba esa conjugación y dibujaba un hombrecito al cual su voz, notoriamente extranjera, convertía en un Fa dor (padre) o una mujercita que se pronunciaba Ma dor (madre). Se trataba, claro está, de su progenitores porque los míos no se parecían demasiado a esos muñecos ridículos.

De todas formas, el método me pareció mágico e insuperable durante toda mi infancia y adolescencia, pero la verdad es que nunca tuve la oportunidad de ensayarlo porque, de niño, no me permitían usar pipa; cuando llegué a la adolescencia, ese instrumento había pasado de moda, y ahora que vivo en los Estados Unidos, no fumo en absoluto.

Tengo algunos problemas de comprensión oral que salvo observando los labios de mi interlocutor. Sin embargo, el primer día en que asistía a una sesión de profesores no pude entender al speaker porque se hallaba mirando la pizarra y explicando un diagrama. Concentré sobre él, entonces, toda mi fuerza mental para obligarlo a que nos mirara, y lo logré, pero lamentablemente el señor usaba barbas.

Felizmente, luego de esos problemas iniciales, logré una soltura que me ha permitido ofrecer charlas y clases en inglés, y sin embargo, cotidianamente, tengo que pasar una temible prueba de mis aptitudes. Eso ocurre a la hora del desayuno cuando lo tomo en alguna cafetería del campus.

En primer lugar, debe usted declarar qué es específicamente lo que desea: ¿Café o té? ¿Huevos? ¿Panes?, para someterse luego a un interrogatorio más exhaustivo: ¿Qué clase de café desea? ¿Regular o descafeinado? ¿Express o moka? ¿Colombiano, javanés, indonesio? ¿De Afganistán? ¿Y el té? ¿Descafeinado? ¿Herbal?… Correcto, herbal. Pero ¿qué clase de yerba? ¿Manzanilla, pelotilla, robegato, veinticuatro?
¿Y los panes? ¿Crudos o tostados? ¿Blancos o negros? ¿De trigo natural o de trigo bañado con pesticidas? ¿Cómo quiere el azúcar? ¿Blanca y refinada o morena y sabrosona? ¿Acaso antidiabética o dietética? ¿Y la crema, los huevos, las papas fritas, los jugos, el perfil lipídico de esos alimentos, su valor expresado en colesterol, grasas saturadas e hidratos de carbono?

La última vez que tomé desayuno conté 97 preguntas. Luego no pude contar más, porque seguramente fui desaprobado en inglés, y eso me obliga a recomendarles que se abstengan de tomar desayuno en los Estados Unidos, o que muestren a la camarera una tarjeta que diga: “No sabe. No opina”.

Por fin, si desean practicar o mejorar su nivel de lengua no les recomiendo que vayan a las grandes ciudades como Miami o Los Ángeles porque cada vez resulta más difícil encontrar en ellas a gente que hable en inglés. Tal vez sería mejor que piensen ustedes en un idioma alternativo, o que reincidan en el método de la almohadilla habladora, pero no sigan todas las indicaciones de sus maestros. Con un pie en el aeropuerto, o ya casi con los dos, estos sabios consejos van a todos ustedes con un agradecido y esperanzado “hasta muy pronto, queridos compatriotas”.

Una novela en Chepén, la pequeña Cantón

Chepén - Mercado

Chepén - Mercado

Se llama “tusán” a los descendientes de chinos en el exterior. Los países, en América, que albergan la mayoría de la población tusán son Estados Unidos, Canadá y el Perú, y en este último país, hay unas cuantas ciudades que parecen parte de la propia China. Durante casi todo el siglo pasado, Chepén fue una de ellas. De allí el título de esta nota.

Chepén está situada en el corazón del valle del río Jequetepeque, y en esa región- desde su arribo al país- los chinos introdujeron las más avanzadas técnicas agrícolas producto de una experiencia milenaria y fueron un factor determinante para crear un valle que durante la mayor parte de este tiempo ha abastecido de arroz al Perú.

Desde su llegada, producida a fines del siglo diecinueve, la relación entre los inmigrantes y los nativos fue tan armónica que, de inmediato se formaron familias mixtas y el sincretismo cultural llegó a extremos insospechables. Para expresar su origen común, los recién llegados se llamaban entre ellos “paisano, paisanos”, pero no lo decían en chino sino en castellano, y la expresión se extendió hasta el punto de ser asumida también por los chepenanos.

No es raro por eso que entonces se comenzara a llamar a Chepén, la “pequeña Cantón”.

En la calle principal existía un local donde funcionaba el Kuo Ming Tang, conformado por los integrantes del Partido Nacionalista Chino.  El diez de octubre de cada año, fecha de la creación de la República, los “paisanos” –chinos y peruanos-  se reunían  para celebrar el acontecimiento.

Un “tusán” de Chepén acaba de escribir una novela que comienza allí y no termina nunca. Esta novela es la historia de una familia china en el Perú durante cien años.

Pero no es tan sólo eso. Las vivencias de los personajes –desmesuradas e interminables- hacen que ésta sea al mismo tiempo la historia de una familia y la historia del mundo.

Róger Li Mau no ha necesitado salir de su casa ni hacer un viaje por el tiempo para escribir un relato que congrega multitudes y guerras,  catástrofes y revoluciones, la geografía del Asia y la de América y toda la historia mundial del siglo veinte. Le ha bastado con recordar la aventura vital de sus padres.

La historia, que es real y autobiográfica, comienza en la China  al amanecer del siglo veinte adonde ha llegado un joven asiático nacido en el Perú para desposar a  una muchacha de la tierra de sus ancestros. Kom Shing, el “tusán”,  y Yu Yen se casan durante el otoño y, al otoño siguiente nace su hija Poy Lan.

Razones urgentes obligan a la joven pareja a regresar al Perú cuanto antes. Como la travesía en barco dura más de cuarenta días, la mayoría de los pasajeros suele marearse, y Yu Yen está de nuevo embarazada, se le hace imposible llevar a la pequeña Poy Lan, y deben  dejarla al cuidado de su tía  Mey King. Está planeado que luego de resolver algunos asuntos pendientes y en menos de un año volverán por ella.

El drama que viene después dura un siglo o más, y acaso no ha terminado todavía. La vida de los protagonistas convertidos en el Perú en Luis Li y María Mau parece seguir un previo guión literario. O más bien, histórico, porque será la historia universal la que se oponga entre ellos y su hijita durante todo el tiempo. Primero, la invasión japonesa, después la prolongada guerra civil y por fin una sucesión de acontecimientos entre los que se encuentran  la revolución comunista y la instauración de la República Popular China, la guerra en Corea e incluso la revolución cultural –las bombas, las invasiones, el éxodo de los vencidos- todo afectará la aldea donde han dejado a su niña e irá retrasando década tras década  el encuentro.

Róger Li Mau- el autor-  hijo de Kom Shing y Yu Yen, o sea de Luis Li y María Mau, ha salido muy poco de Chepén y, sin embargo, la historia real de sus padres le ha revelado el corazón del mundo.

No es un escritor profesional ni lo pretende. Su vida ha transcurrido entre la agricultura y el comercio. Sin embargo, el recuerdo amoroso de los suyos y el ancestral culto de los antepasados le han llevado la mano para escribir uno de los textos más dramáticos que se hayan producido sobre el encuentro entre nuestra América y la civilización viviente más antigua del planeta.

En la época de su adolescencia, Róger Li Mau, el autor, se reunía con su amigo Lucho Kcomt para seguir en un mapa con tachuelas los acontecimientos de la guerra en Corea. En su casa, después, escuchaba de sus padres las confidencias sobre la vida en la China y percibía  el interminable dolor maternal por la hija ausente.

En el Chen Lin Club de Chepén hace muchos años nos hicimos amigos. Mi padre era abogado del suyo y de casi toda la colonia china de la provincia, y yo, por mi parte, iba a ese club de tusans fascinado por los resplandores de aquella cultura remota y por la gracia de algunas chiquillas de ese ancestro… Cuando era niño, yo quería ser chino…

María Mau había aprendido a hablar castellano en Chepén. Era profundamente creyente y no hacía diferencia entre las formas que tiene la gente para hablar con Dios en uno y otro lado del planeta. Para ella, Jesucristo era el Buda ausente, con rostro distinto, pero con la misma  bondad y la misericordia que confieren eternidad y ofrecen sentido a la estirpe humana.

Su hija va a aparecer en un instante, pero no voy a contar en qué momento porque de eso trata el libro.

Cuando “Voces y lagrimas de ultramar” aparezca –ahora está en la imprenta- editorial  de Fernando Kcomt “El parque lector”, en Trujillo- será el testimonio más valioso de la historia de los chinos que caminan por el mundo y de su integración en ese crisol multicultural que es el Perú. Para Róger Li Mau será un reencuentro con sus amados padres ya fallecidos y con su hermana Poy Lan que nació allá lejos un otoño de hace ya mucho tiempo… y que vuelve cada otoño.

Para Tania Libertad: Otra vez el mes del Escorpión

Con Tania Libertad

Con Tania Libertad

El primero milagro del Escorpión ocurrió para mí ayer por la tarde. Atravesaba yo una alameda de árboles granates camino hacia la noche en Oregón donde vivo cuando se me ocurrió que la mejor forma de despedir el día y de inaugurar Escorpio era dejar en libertad a la casetera de mi carro para que escogiera por mí alguna pieza musical apropiada para el momento.

Nada más hacerlo y escuché una voz milagrosa que cantaba poemas de Mario Benedetti. Podía yo distinguir hasta el color de ese canto. Se me ocurrió que era escarlata como los sueños de esta época del año y como las hojas de los arces al extinguirse el otoño. Tuve que detener el carro y salirme de la carretera hasta una quebrada. Allí abrí la puerta y dejé que la música invadiera al mundo.
Era una voz que yo conocía. Era un acento que me resultaba familiar. Era el sollozo, la invocación, la proclama y el conjuro de una nativa de escorpión. Ella cumple años este 24 de octubre y a ella va dedicado este texto mío tan antiguo como nuestro signo. Se llama Tania Libertad.

Hace ya una semana que la Tierra navega por el reino purpúreo del Escorpión, y esto ha de traer sus consecuencias. Un color desconocido baja misteriosamente de la galaxia, se posa sobre nuestros rostros y nos hace más extraños de lo que habitualmente somos. Para todos los nacidos entre el 23 de octubre y el 22 de noviembre, es el vaticinio de un destino que supuestamente compartimos y que nos hace incansablemente similares.

La irrupción de Marte y de Plutón sobre los cielos durante este tiempo nos depara algunos fenómenos inusuales y la sensación de que acaso no caminamos sobre el mismo planeta. “Éste no es el mismo mundo”, me dije algún noviembre juvenil en Trujillo, cuando los vientos de San Andrés amenazaban llevarse la torre de la catedral. En Europa, durante mis tiempos de estudiante, el Escorpión siempre trajo consigo la primera tormenta del invierno y eso me obligó a permanecer bajo techo en Madrid el día de mi cumpleaños, o a conocer en París las excelencias de un vino siempre nuevo, el Beaujolais Nouveau.

De ser cierto lo que proclaman los horóscopos, los “escorpiones” debemos ser apasionados e intuitivos, misteriosos y sensuales, silenciosos y temibles. La filosofía. la poesía esotérica, la alquimia, el espiritismo, el espionaje, la química, la cirugía y la magia negra son las actividades que se asocian con este signo que ha tenido representantes tan famosos como Mata Hari, Goebbels y Eduardo VIII, Richard Burton, León Trotsky y Madame Blavatsky, Galileo, Martín Lutero y San Agustín.

El águila, el ave fénix y la serpiente son sus símbolos; el topacio y el ópalo, sus piedras preciosas y, por fin, sus signos compatibles son Cáncer, Virgo, Piscis y Capricornio. De todo ello, y de que había nacido bajo “el más luminoso y el más temible de los signos”, me enteré al cumplir 12 años de edad, pero mi racionalidad de entonces se opuso a la idea de que sólo existieran doce tipos de personas y que cada grupo estuviera condenado a parecerse y a vivir el mismo destino, a dar los mismos pasos y a imitarse en la tierra y en el cielo, por los siglos de los siglos, y por siempre, jamás.

Había, sin embargo, un club escorpiónico más exclusivo llamado el “decanato”. Por haber nacido el 13 de noviembre, yo pertenecía al segundo, (del 3/11 al 13/11) y, según ello, alcanzaría alguna fama cuando fuera adulto pero tendría muchos problemas con mujeres, lo cual me pareció divertido pero no muy agradable. Lo que sí no cuadraba conmigo era la descripción física de acuerdo con la cual, como a todos los nativos de este decanato, una cicatriz predestinada me cruzaría la frente.

Me miré en el espejo, y no la tenía. Después de eso, del Tesoro de la Juventud pasé a Verne, Dostoiewsky, Voltaire, Renan y Balzac, hasta que la lectura me enfermó de racionalismo cuando tenía 15 años, y todo el tiempo de la adolescencia me reí de la posibilidad de que la famosa marca me apareciera sobre la frente una mañana como fruto de algunos malos sueños y de otros peores pensamientos. Sin embargo, todavía no me había salvado de ella.

Exactamente al cumplir los 18 años de edad, en la universidad de Trujillo, me batí a duelo con mi amigo Juan Morillo Ganoza. A pesar de que los periódicos, la radio y algún obispo nos calificaran de anacrónicos o nos excomulgaran, una diferencia insalvable de opiniones sobre el ritmo de la prosa en Guy de Maupassant nos empujó a buscar, en el terreno de la espada, la solución del conflicto. Juan recibió una estocada en la garganta. A mí, su espada me tocó la frente y me dejó, encima de la ceja izquierda, la cicatriz que tanto tiempo me había estado esperando.

Una simple casualidad no me iba a convertir en crédulo. Para desmentir a los horóscopos, y acaso también por vanidad masculina, durante varios años me di a la tarea de frotarme la frente con crema de nácar y jugo de limón. Me acuerdo que el día en que recibía mi título de abogado, a los 24 años, me estaba poniendo la corbata cuando el espejo me devolvió una frente libre de cualquier mácula. El hombre ha burlado al destino, me dije, y decidí que algún día iba a contar esa experiencia.

Sin embargo, aquella misma tarde, una Land Rover se estrelló contra mi carro en una intersección de calles. Mi carro de entonces era un Volvo azul y poderoso, y eso me salvó la vida a pesar de haber dado varias vueltas de campana, pero no me puso a resguardo del temible Escorpión. Una cicatriz nueva se dibujó sobre la antigua, y desde entonces no he tratado de borrármela.

No sé si ahora creo en el Zodíaco, pero mi amigo Teodoro Rivero-Ayllón, que el año pasado me envió un e-mail desde Pekín la noche de mi cumpleaños, me dijo que en ese instante, del cielo oriental, estaban lloviendo estrellas, como suele ocurrir en este mes extraño. Otras coincidencias se añaden en el hecho de que algunos de los mejores amigos de toda mi vida, los poetas Rodolfo Hinostroza, Elqui Burgos y Marco Antonio Corcuera, así como Jorge Cornejo Polar, Raúl Bueno, Juan Vicente Requejo, Alberto Escobar y Alejandro San Martín, han nacido en la misma semana. ¿Podría añadir que varias veces he estado a punto de casarme con algunas mujeres maravillosas que, por casualidad, nacieron el mismo día de noviembre? Si lo cuento, van a creer ustedes que es un cuento.

Y no lo es. Es el “Correo de Salem” que les envío mientras pasa sobre el planeta la cola escarlata del poderoso signo, y su sombra trae consigo, además de recuerdos dulces y de huracanes en el Caribe, las huellas del camino al cielo que siguió mi madre un 11 de noviembre, y los pasos de mi prima María del Pilar, que se perdió el 14 en la escalera que conduce hacia el largo sueño de Dios. Que Dios esté con ellas y con nosotros, ahora que faltan algunas semanas para que la Tierra ingrese al mar de Sagitario.  Y mientras tanto sigamos escuchando “La vida ese paréntesis” que escribiera Mario Benedetti y nos musita muy cerca esa melodía que es Tania Libertad.

La inmigración y la otra orilla del universo

Niños leyendo y conversando con E.G.V.

Niños leyendo y conversando con E.G.V.

Estábamos en pleno mitin por los inmigrantes en Salem cuando divisé a dos niños que participaban en el acto. Mientras sus padres coreaban lemas contra el racismo de Arizona, los pequeños, sentados sobre una grada de cemento, estaban dedicados a la lectura. La niña tenía siete años. Su hermano, ocho.

Aunque estaban por llamarme en la lista de los oradores, me acerqué a los jovencitos y logré sentarme a su lado. Tenía mucho interés en saber qué tipo de libros habían logrado cautivar su atención durante las dos horas que ya duraba nuestro mitin.

-Es la historia de un perro.- me respondió Nieves. Añadió:

-Está en el cielo volando y tiene que llegar hasta la otra orilla del universo.

-¿Cuántos días le faltan?-pregunté tratando de meterme en la lógica de la historia.

La niña me quedó mirando como se debe de mirar a los marcianos, o a los tontos.

-Esas distancias no se miden en días….- respondió muy severa. Pensé asombrado que me iba a hablar de años luz, pero no fue así.

-La otra orilla del universo son nuestros corazones.-me explicó.

Quizás me llamaron al estrado en ese momento. Preferí quedarme con Nieves y con su hermano Fernando porque sabía que, entre ellos, tenía mucho que aprender.

Conversé con los padres y los felicité por darles libros a los niños y por haberlos llevado a la manifestación.

-No fuimos los de la idea. Ellos podían haberse quedado con su abuelita, pero nos rogaron que los trajéramos.

-¿También querían ellos protestar?

Elizabeth de Benvenuto, la madre, parecía no tener una respuesta.

-Es algo diferente que eso.

Me contó la historia:

A mediados de abril, Paulina, la vecinita de Nieves y su mejor amiga, se había pasado varias horas en la puerta de la escuela esperando a su padre. Lamentablemente, aquél no llegó porque los agentes de Inmigración habían descubierto que era ilegal y, de inmediato, lo fueron a sacar de la fábrica donde trabajaba  para expulsarlo a México.

-Eso ocurrió hace más de un mes. Desde entonces, Nieves va todas las tardes a visitar a Paulinita y a su madre. Dice que va a acompañarlas a llorar.

El locutor anunció varias veces mi nombre, pero yo no me moví. En todos estos días, el presidente Obama ha estado postergando la reforma migratoria para hacer campaña por otras leyes – a mi parecer, superficiales- que los liberales de este país consideran urgentes reformas sociales.

En la frontera con México, varios grupos paramilitares autodenominados “Patriots” esperan con metralletas a los que pretendan entrar, o procuran desviarlos para que ingresen al infernal desierto. En un país árabe, una mujer está a punto de ser condenada a muerte por haber “permitido” que un hombre bestial la violara. En otro país de América, hacen cargamontón contra una mujer que no puede defenderse.

Me acerqué a la pequeña Nieves para preguntarle si algún día podríamos convencer a toda esa gente de las ventajas de pensar con el corazón.

No llegué a formular la pregunta. La pequeña levantó los ojos hacia mí y me dijo feliz:

– El perro ya está por llegar a la otra orilla del universo… Y ya le he dicho a usted que la otra orilla está justo en medio de nuestro corazón.

Superman, el ilegal

-¿Es un pájaro?

-¡Es un avión!

-No, hombre. Es un mojado.

Luego de este diálogo inicial, el coro de “Los Tigres del Norte” canta:

Llegó del cielo, y no es un avión.
Venía en su nave, desde Criptón,
y por lo visto,
 no es un “americano”
sino otro igual como yo, indocumentado.
Así es que, Migra, él no debe de trabajar
porque aunque duela, Supermán es ilegal.

Supermán - Por Jim Lee

Supermán - Por Jim Lee

La ley racista de Arizona no es sino la punta del iceberg. La verdad es que en uno y otro lado de los Estados Unidos, los sectores derechistas se han radicalizado y, además de querer empujar este país hacia doscientos años atrás, están deseosos de convertir la vida de los inmigrantes “hispanos” en un infierno.

En Arizona, a partir de la nueva ley de inmigración, resulta sospechoso cuando no prohibido hablar castellano, expresarse con acento extranjero, tratar con inmigrantes e incluso tener rostro de indocumentado aunque la gobernadora del estado, Jan Brewer no ha podido decir a los periodistas cómo es exactamente esa imagen.

Tan radical y expeditiva es la ley que el propio gobernador de California se ha asustado. El fornido actor de Terminator, Arnold Schwarzenegger, un austriaco nacionalizado estadounidense, ha declarado que no volverá a viajar a Arizona porque –debido a su fuerte acento- podrían apresarlo.

De otro lado, Sarah Palin visitó recientemente el estado para expresar su apoyo a la nueva ley, y no pierde ocasión para asegurar que el mejor trato para los hispanos es ponerlos en la frontera con México. Como se sabe, la frustrada candidata republicana a la vicepresidencia, al ser entrevistada por la periodista Katie Couric, no pudo recordar cuáles son los tres países que forman parte de Norte América. Además, comparte con el pasado presidente George W. Bush la posibilidad de hablar con Dios quien, según ellos, les ha ordenado tomar algunas decisiones históricas.

Ya en nuestros tiempos la campaña no es tan sólo contra los que entran ilegalmente, sino contra todos los latinoamericanos quienes, según sus detractores, son una amenaza para la cultura y la identidad “americanas”. Eso se advierte en las palabras del republicano de Arizona, J.D. Hayworth, quien reclama una “moratoria en la inmigración legal procedente de México.”

De su parte, el representante de Colorado también republicano Tom Tancredo califica a Florida como un país del Tercer Mundo, lo cual evidencia que  la campaña antiinmigrante es decididamente racista. Tancredo, nieto de inmigrantes latinos, pasa por alto el hecho de que los cubanos de Florida son legales y que ese estado es uno de los más prósperos y desarrollados del país.

En esas circunstancias, los inmigrantes (debo decir, los nuevos, porque éste es un país de inmigrantes) cuentan con el soporte de la gente civilizada y progresista que se ha expresado en multitudinarias manifestaciones en casi todas las ciudades del país. Pero tienen de su lado algo más, y es el humor, la chispa, la gracia y el genio de  “latinos” como los “Tigres del Norte” y otros grupos como los “Hermanos Ortiz” según los cuales Supermán es tan ilegal como cualquier otro indocumentado porque entró por el cielo, no tiene pasaporte, ni visa, y ni siquiera licencia para volar.

Cuentan, además, con la inocencia y la valentía de la niña peruana que –cuando la esposa del presidente hablaba en su escuela de una inmigración legal y ordenada- la interrumpió para decirle:- ¡Pero mi mamá no tiene papeles, señora Obama…!

Dejemos que Supermán siga volando:

No tiene mica ni permiso pa’ volar.
Y les apuesto que ni seguro social.
Hay que echar a Superman de esta región
y si se puede, regresarlo pa’ Criptón.


El amor por chat: para entrar en Estados Unidos

-¿Eres tú Eduardo? ¿Eduardo González Viaña?- me preguntó por teléfono la voz de una dama que podía ser del Perú o de Colombia. Le respondí que sí, que así lo suponía.

-Te habla Carmela.- me dijo ella, y agregó:

-Tú no me conoces en absoluto. Pero yo sí. Te he leído al llegar a Estados Unidos. En la biblioteca del pueblo donde vivo me prestaron tu obra “El corrido de Dante”. Me dijeron que una inmigrante tenía que leerla. Y era verdad. Pero yo quiero contarte algo más sobre el tema de la gente que entra en este país, la parte que corresponde a las mujeres…

Me preguntó si tenía tiempo para escucharla, pero no necesitaba hacerlo. La curiosidad- o el gusto por los chismes que tenemos los escritores- me obligaba a escucharla. Comenzó a hablar sin detenerse como si estuviera sola y temiera que alguien entrara a la casa.

A los veinte minutos, calló de pronto e inició un largo silencio. La imaginé abriendo la ventana y atisbando para ver si alguien se acercaba. Volvió al teléfono:

-Mi vida es una novela.-declaró.- ¡Y tú tienes que escribirla!

No sé qué hizo para convencerme. Recordé el nombre de mi interlocutora y, también, la melodía que canta Nelson Pineda con la “Sonora Matancera” y se me ocurrió que el título del libro sería “El amor de Carmela me va a matar”.

Eso ocurrió en setiembre del 2009. En noviembre, publiqué un cuento de unas 70 páginas con ese nombre, pero el tema daba para mucho más. Por eso, hoy, en mayo del 2010 acabo de publicar una novela de más de 300 páginas que es el resultado de haber entrevistado a unas cuarenta Carmelas y de haber seguido hasta el final el drama de la primera.

Resumo el argumento: La muy bella aunque otoñal Carmela vive en Bogotá obsesionada por chatear. En la pantalla de la computadora conocerá a un norteamericano maduro llamado Chuck Williams que está solo en el mundo y se parece a Robert Duvall. Se trata de un amor a primera vista con algunas dificultades, pero todas serán superadas y, por fin, la protagonista llegará San Francisco donde la esperan el amor y el “sueño americano”.

Pero, ¿qué es lo que viene después? ¿Quién es en realidad Chuck Williams? ¿Y por qué su barba tiene reflejos azules? ¿Es un gringo romántico o un asesino en serie que mata a latinas aficionadas al chat?

Comencé a hacerme esas preguntas el día en que recibí la llamada iracunda de un tipo que me exigía en inglés abandonar lo que supuestamente yo estaba escribiendo.

-Y si se mete en problemas ajenos, su vida no vale nada. ¡Yo se lo aseguro!

Chuck Williams había regresado algo desequilibrado luego de pelear en Vietnam. En alguna de sus llamadas, o tal vez por email, me lo había contado Carmela. (Imagínate que una vez me dijo: -¿Matar? Creo que maté a algún enemigo. Quizás maté al propio jefe de mi pelotón. Quizás me maté a mí mismo. En la guerra todos resultamos muertos.)

Sin embargo, yo insistí. No es que no le tema a la muerte, pero me fascinan las historias. Por todo eso, como les acabo de contar, entrevisté por email en este país y en otros de América Latina a muchas damas a las que les había ido bien, mal o de maravilla luego de una experiencia como la de Carmela. Algunas tuvieron incluso la bondad de enviarme una transcripción de sus conversaciones amorosas.

Escribí 700 páginas y las reduje a 200, y por fin terminaron en 310. Consulté estadísticas y descubrí, además, que el número de mujeres que inmigran debido a los juramentos apasionados vertidos en el chat está a punto de alcanzar al de los mexicanos que todas las noches escalan el temible muro inexpugnable e ingresan en el paraíso que, según dicen, se encuentra de este lado.

En algunos pueblos de la frontera, los mexicanos de uno y otro lado juegan al tennis, y la muralla les sirve de net. En toda la América Latina, las cabinas de Internet están repletas y las chicas caminan por las calles enviando mensajes de texto. Parece que la tecnología cibernética ha trastornado y globalizado el amor.

Me preguntarán ustedes qué fue de Carmela. No voy a poder responderles. Eso es lo malo que tienen las novelas, que ni el autor recuerda el final sino cuando las relee. Y eso es lo terrible de “El amor de Carmela me va matar”.

VIDEO DE “EL AMOR DE CARMELA ME VA A MATAR

Antenor Orrego, el hombre que se convirtió en una escuela

Hace un par de semanas, la Universidad Particular Antenor Orregode Trujillo me otorgó a mayor condecoración académica que ofrece, el Doctorado Honoris Causa. Quiero recordar algo de lo que entonces dijera.

González Viaña, Guerra Cruz, Doctorado Honoris Causa por la UPAO

González Viaña y el rector Guerra Cruz, Doctorado Honoris Causa por la UPAO

Recuerdo la historia de un filósofo que se había cansado de la sabiduría humana y se hallaba sumergido en un fondo triste de escepticismo y soledad.

Una tarde, paseando frente al mar, creyó escuchar una voz infantil que acaso venía del cielo o que tal vez lo llamaba  detrás de una ola. El niño le decía:

-Toma y lee. Toma y lee.

Se llamaba Agustín, (el futuro San Agustín) y él mismo nos ha contado que esa fue su primera revelación del conocimiento humano. Leyó unas páginas de la Biblia y sintió que la gran maravilla del conocimiento radica en que es siempre incompleto como la pequeñez de un hombre frente a la serena inmensidad del mar.

Traigo a la memoria el recuerdo del Padre de la Iglesia porque esa fue exactamente la concepción que Antenor Orrego tuvo del conocimiento. “Nunca lo recibirás completo ni terminado. Conténtate con la mitad del conocimiento. La otra mitad es la que tú buscarás toda la vida.”

Nacido para maestro, lo fue de César Vallejo que, como él había nacido en 1892. Lo fue también de Carlos Valderrama, Alcides Spelucín, Francisco Xandóval,  Macedonio de la Torre, Víctor Raúl Haya de la Torre, de todo un conjunto de jóvenes asombrosos que apenas pasaban de los veinte años de edad pero que ya soñaban con innovar la estética, darle nuevos contenidos a la música y al poema, morir buscando la verdad, unir a los pueblos de América Latina y edificar una sola patria grande, común y libre.

Se conocieron en Trujillo. Nunca en el Perú y pocas veces en el resto del mundo se ha reunido en una sola ciudad un grupo tan prodigioso.

“Te lo repito. Nunca recibirás completo el conocimiento. Siempre te faltará una clave. Te pasarás la vida buscando esa palabra secreta.”

Estamos viendo en nuestros cines una hermosa versión en tercera dimensión de “Alicia en el país de la maravillas”. Como recordarán ustedes, de la misma forma que ocurre siempre en los sueños, Alicia no sabe exactamente donde está ni hacia donde se encamina. Sabe que debe correr en busca del Conejo Blanco y hacerle las preguntas indicadas. Buscar al Conejo Blanco es el camino de la sabiduría.

¿Y qué tiene que ver esto con la universidad? La universidad debería ser el inicio de una búsqueda del conocimiento y una permanente investigación que nunca terminará de saciarse. Cito a Orrego:

“Los estudiantes quieren una amplia base de integración humanista porque no quieren ser simples insectos especializados en una profesión lucrativa. Por eso quieren, ante todo, maestros que tengan un verdadero formato humano, un verdadero porte moral, una auténtica dimensión ética que los haga capaces de cualquier renunciamiento en aras de un interés superior. Porque solo de ellos surgirá la universidad nueva del futuro.”

Y lo cito otra vez:

“Todas las verdades universales deben enseñarse y profesarse en la universidad, pero reelaboradas, repensadas, re-creadas y re-interpretadas, en cierta manera, por maestros y estudiantes. Esto se llama forjar cultura bíblica y dinámica y no cultura yerta de textos literales, cultura rutinaria y de repetición simiesca”.

Por sostener estas verdades sobre la universidad y otras muchas sobre la patria, por demandar el cumplimiento del sueño de Bolívar y la unión de los pueblos de América Latina, miles de hombres y el propio Orrego entre ellos sufrieron afrentas y prisiones innobles y cinco mil trujillanos fueron ejecutados en 1932 a dos kilómetros del campus de la UPAO en los paredones sangrientos de Chan Chan.

Cuando su amigo, el joven Víctor Raúl Haya de la Torre le dijo que ansiaba organizar un partido político para ejecutar el cambio y la revolución socialista, discrepó de él.

-Partido, no. Escuela.- dijo fiel a su formación anarquista. –Una escuela para que los indios, los campesinos y las clases medias conozcan sus derechos y luchen por conquistarlos.

De esa concepción libertaria, nacieron las Universidades Populares González Prada. El resto es historia.

Cuando paseo por el campus de la Universidad Particular Antenor Orrego y veo que es una de las casas de enseñanza más importantes de América Latina, me convenzo de que es bello pasarse la vida, como lo hizo Orrego, buscando la palabra perdida. Y me doy cuenta además de que un hombre, movido por una pasión, al morir puede transformarse en una escuela.

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Mi debut con la Sonora


Pacasmayo: Vista desde el muelle - Foto Guillermo Arévalo

Pacasmayo: Vista desde el muelle - Foto Guillermo Arévalo


Ochenta y seis años tiene la “Sonora Matancera,». Fundada en Matanzas, al sur de La Habana, la famosa orquesta tropical ha cambiado varias veces de sede pero nunca ha dejado de ser el corazón de ese espíritu al que se suele llamar “cultura latinoamericana”.

El “Negrito del Batey” , Leo Marini y Nelson Pinedo son algunas de sus voces fantasmas. A uno tras otro de sus más conocidos integrantes los devoró el olvido o la muerte, y a veces también la vida, y muchos empezaron a creer que la Sonora tenía sus días contados, pero súbitamente ocurre todo lo contrario.

La sorpresa es que un peruano es ahora quien tiene sobre sus hombros la responsabilidad tremenda de mover la batuta. Beto Villena, el “Rey de la Salsa”, recibió el encargo de parte del legendario Rogelio Martínez y hace ya rato que la siempre nueva y antigua “Sonora Matancera” ha vuelto a cabalgar los caminos polvorientos y mágicos de nuestra América.

En uno de esos caminos, Beto y yo nos encontramos y, como decía Marlon Brando en El Padrino, la “Sonora Matancera” me ha hecho “una propuesta que usted no podrá resistir”. Y, para qué les voy a mentir, no la he podido resistir.

Pero vamos por partes.
Primero tienen ustedes que decirme que recuerdan a Beto Villena… de otra forma, no sigo. Claro que sí. Es el mismo que en los setenta, introdujo en el Perú un ritmo que nunca ha cesado de sonar, y que en cierta forma expresa un estado del alma nacional, la salsa, que ha borrado las tradicionales diferencias de antaño e invadido los espacios más irreductibles.

Pocos saben que, antes de eso, Beto hizo estudios completos de música en el Conservatorio Nacional y que luego, en Bogotá, se haría Licenciado en Ciencias de la Comunicación, y que su pasión por la música lo llevaría a estudiar varios años en la Escuela Experimental de Folklore de La Habana. En Colombia, habría de comenzar su carrera artística nada menos que como “Rey de la Salsa” y, muy poco tiempo después, brillaría en Nueva York al lado de luminarias como Celia Cruz, Eddie Palmieri o Willie Colón.

A Lima llegó en 1972, como si su misión fuera introducir la salsa en el Perú y él se la hubiera tomado muy en serio, pues así lo hizo en establecimientos que fundó exclusivamente para ello como “Los Mundialistas”, “El Durísimo” o el “,Bertolotto”.
En 1990 diría adiós a la salsa, y cerraría incluso las “máquinas del sabor”, que también había creado.

¿Qué pasó con él entonces?… Le sucedió lo mismo que los evangelios cuentan que le ocurrió a Saulo. Me cuenta que un día cualquiera, el día más diferente de su vida, sintió el llamado del Señor y supo que su tarea consistía en divulgar la Palabra. En varios países de la América Central, predicar ha sido desde entonces el sentido de su vida.

Pero ello no choca en verdad con la música. Claro que no. Ni mucho menos con la “Sonora”. Lo ha sabido Villena desde que el viejo cubano Rogelio Martínez le diera el honroso encargo, y debe ser por eso que, hace diez años, lo primero que escuché a los “matanceros” fue aquel filosófico, pero también cadencioso, bolero según el cual “en el juego de la vida, nada te vale la suerte, porque al fin de la partida, gana el albur de la muerte”.

¿Diez años atrás? ¿Y dónde? No fue en Nueva York, ni en Los Ángeles; tampoco fue en Miami, ni en alguna ciudad europea. Fue en el Perú, pero los “matanceros” pasaron por Lima tan sólo porque tiene aeropuerto internacional, y de allí fueron directamente a Pacasmayo, de donde es originario Beto Villena, y se le había ocurrido llegar a su pueblo con este regalo de fiestas patrias.

Por supuesto que no había teatro que fuera suficiente para las 10 mil personas que los escucharon en un estadio de la ciudad, y que alternativamente bailaban, suspiraban o guardaban un largo y religioso silencio cuando, por ejemplo, el ya mitológico Alberto Cortez de Cuba cantaba: “¡Qué saben de la vida/ los que nunca han vivido/ los que nunca han sufrido/ una pena de amor…!”

Ternos negros y fosforescentes corbatas michi, color concho de vino, allí cantaban también Rubén de Alvarado, del Perú, y el colombiano Yayo La Mar, mientras el maestro de Cali, Augusto Ramos, se sentaba al piano. “Contigo/ se fue toda ilusión/ la angustia/ llenó mi corazon”. “Dos almas que en el mundo/ había unido Dios./ Dos almas que se amaban/ eso éramos tú y yo.” Les juro que no es invento retórico, pero la Luna, esa noche, estaba de verdad en cuarto creciente y rielaba entre algunas pocas nubes hasta que, por fin, a eso de la medianoche, se metió a dormir en alguno de los veleros de la bahía, y se perdió en el horizonte hasta nunca más, hasta morir.

Ahora ustedes me preguntarán por el título de esta carta y por qué hablo de “mi debut con la Sonora”. Y les responderé que ello tampoco es retórico ni metafórico. Como Beto Villena, soy también de ese puerto del norte del Perú, al que había llegado de vacaciones para alimentar aún más la nostalgia que después me devoraría en el norte de los Estados Unidos, donde vivo todo el año.

“¿Qué te parece si hacemos una canción a Pacasmayo?” –me propuso Beto, y ésa fue la propuesta que me pareció imposible de resistir. No sé si Beto ha hecho la letra y yo he puesto la música, o si las cosas han sido al revés, pero todo puede ser y todo puede ocurrir en este lugar del corazón que se llama la nostalgia.

El Bicentenario debe celebrarse en Trujillo

Trujillo, Perú - Foto Elpadrino1

Trujillo, Perú - Foto Elpadrino1

En toda América, e incluso en España, se está celebrando desde hace un año el Bicentenario de la Independencia Americana. Se considera como tal el momento en que cada una de nuestras naciones proclamó su voluntad de liberarse del dominio colonial.

El 25 de mayo del 2009, la conmemoración comenzó en Bolivia. Los próximos países en hacerla serán por un lado, Colombia el 20 de julio y por el otro, México el 16 y Chile el 18 de septiembre del 2010. En cuanto a Paraguay, el festejo se realizará el 14 de mayo de 2011, mientras que Perú no lo hará hasta el año 2021.

En un sitio web de la empresa española “Prisa”, se muestra un mapa animado de América en el que se van prendiendo luces conforme un país se emancipa. Uno de los últimos en ver esa lucecita es el Perú. Por su parte, el Ministerio de Educación de Lima ha convocado a un concurso nacional denominado “Hacia el bicentenario de la independencia del Perú 2021”.

La lucecita de “Prisa” se prende sin prisa y muy tarde, y la fecha que el ministerio da para el bicentenario es un error.

Lo que se está celebrando en el mundo de nuestra habla no es necesariamente la proclamación de la independencia en alguna de las actuales capitales. Lo que en realidad se recuerda la primera expresión de la voluntad de ser libres y de fundar una identidad propia diferente frente a los poderes coloniales.

En efecto, lo que Bolivia ha evocado es la sublevación de Charcas, hoy Sucre, el 25 de mayo de 1809.  Como sabemos, la completa independencia sólo vendría después de la victoria de Ayacucho el 9 de diciembre 1824.

Lo que recordará México será la mañana del 16 de septiembre de 1810, en la que el párroco del pueblo de Dolores, Guanajuato, Miguel Hidalgo y Costilla, llamó a misa, y con las proclamas de¡”Viva la Virgen de Guadalupe”!, ¡Viva Fernando VII! y ¡Muera el mal gobierno!; incitó al pueblo a levantarse contra los españoles. A este suceso se le conoce como “Grito de Dolores”.

La larga guerra de la independencia sólo culminaría en México el 27 de setiembre de 1821.

De la misma forma y por las mismas razones, celebran Chile, Colombia, Venezuela este año el inicio de este mismo proceso que sólo culminaría muchos años más tarde.

Si la decisión de esperar en el Perú hasta el año 2021 hubiera sido tomada por la municipalidad de la provincia de Lima se entendería el asunto. Que lo haga el Ministerio de Educación significa una grave distorsión y tergiversación de la historia.

El Bicentenario en el Perú debería haberse celebrado hace 30 años en conmemoración de la gesta de Túpac Amaru. Fue él quien con su proclama, con su propia vida y con la más formidable guerra dada en el continente demandó la libertad de toda América tanto de España como de su rey. La libertad para él no supuso sólo una separación política sino la supresión de todas las formas de explotación humana desde la mita y los corregimientos de indios hasta la esclavitud de los negros. Por él, la abolición se decretó en el Perú antes que en toda América. La fecha central del levantamiento tuvo su bicentenario en 1980… y ya estamos en el 2010.

Los levantamientos de Tacna, 1811 y 1813, Huánuco, 1812 y Cusco, 1814, tampoco han sido tomados en cuenta por los festivos iniciadores del Ministerio de Educación.

Por fin, si por frívolo centralismo o por ignorancia tendenciosa, se le pasó todo eso al Ministerio de Educación, al menos puede adelantar la fecha hasta el 29 de diciembre de 1820 en que se produjo la declaración de la Independencia en Trujillo.
Manuel Cabero y Muñoz, Luis José de Orbegoso, Jerónimo de la Torre, José Modesto de la Vega, José María Lizarzaburu, José Tadeo Effio y el Marqués de Torre Tagle, entre otros vecinos, suscribieron el acta y, con el pueblo reunido en la plaza, proclamaron allí la libertad de la patria.

Fue en ese acto en que se arrió el pendón colonial y se le reemplazó por la nueva bandera del Perú.

Fue en Trujillo donde –ocupados por los españoles el centro y sur más todo el altiplano (Bolivia), se refugió la República.

Dos veces capital del país, fue en esa misma ciudad donde se fundarían las primeras instituciones republicanas, la Corte Suprema de la República y la primera universidad laica de América. Por todas razones, el Congreso denominó a este departamento, de La Libertad.

Este año se cumplirán 190 años de la proclamación de la independencia del Perú realizada en Trujillo, y si se olvidaron las pasadas gestas, por lo menos es aquí donde debe comenzar ahora a celebrarse el Bicentenario.