El Bicentenario debe celebrarse en Trujillo

Trujillo, Perú - Foto Elpadrino1

Trujillo, Perú - Foto Elpadrino1

En toda América, e incluso en España, se está celebrando desde hace un año el Bicentenario de la Independencia Americana. Se considera como tal el momento en que cada una de nuestras naciones proclamó su voluntad de liberarse del dominio colonial.

El 25 de mayo del 2009, la conmemoración comenzó en Bolivia. Los próximos países en hacerla serán por un lado, Colombia el 20 de julio y por el otro, México el 16 y Chile el 18 de septiembre del 2010. En cuanto a Paraguay, el festejo se realizará el 14 de mayo de 2011, mientras que Perú no lo hará hasta el año 2021.

En un sitio web de la empresa española “Prisa”, se muestra un mapa animado de América en el que se van prendiendo luces conforme un país se emancipa. Uno de los últimos en ver esa lucecita es el Perú. Por su parte, el Ministerio de Educación de Lima ha convocado a un concurso nacional denominado “Hacia el bicentenario de la independencia del Perú 2021”.

La lucecita de “Prisa” se prende sin prisa y muy tarde, y la fecha que el ministerio da para el bicentenario es un error.

Lo que se está celebrando en el mundo de nuestra habla no es necesariamente la proclamación de la independencia en alguna de las actuales capitales. Lo que en realidad se recuerda la primera expresión de la voluntad de ser libres y de fundar una identidad propia diferente frente a los poderes coloniales.

En efecto, lo que Bolivia ha evocado es la sublevación de Charcas, hoy Sucre, el 25 de mayo de 1809.  Como sabemos, la completa independencia sólo vendría después de la victoria de Ayacucho el 9 de diciembre 1824.

Lo que recordará México será la mañana del 16 de septiembre de 1810, en la que el párroco del pueblo de Dolores, Guanajuato, Miguel Hidalgo y Costilla, llamó a misa, y con las proclamas de¡”Viva la Virgen de Guadalupe”!, ¡Viva Fernando VII! y ¡Muera el mal gobierno!; incitó al pueblo a levantarse contra los españoles. A este suceso se le conoce como “Grito de Dolores”.

La larga guerra de la independencia sólo culminaría en México el 27 de setiembre de 1821.

De la misma forma y por las mismas razones, celebran Chile, Colombia, Venezuela este año el inicio de este mismo proceso que sólo culminaría muchos años más tarde.

Si la decisión de esperar en el Perú hasta el año 2021 hubiera sido tomada por la municipalidad de la provincia de Lima se entendería el asunto. Que lo haga el Ministerio de Educación significa una grave distorsión y tergiversación de la historia.

El Bicentenario en el Perú debería haberse celebrado hace 30 años en conmemoración de la gesta de Túpac Amaru. Fue él quien con su proclama, con su propia vida y con la más formidable guerra dada en el continente demandó la libertad de toda América tanto de España como de su rey. La libertad para él no supuso sólo una separación política sino la supresión de todas las formas de explotación humana desde la mita y los corregimientos de indios hasta la esclavitud de los negros. Por él, la abolición se decretó en el Perú antes que en toda América. La fecha central del levantamiento tuvo su bicentenario en 1980… y ya estamos en el 2010.

Los levantamientos de Tacna, 1811 y 1813, Huánuco, 1812 y Cusco, 1814, tampoco han sido tomados en cuenta por los festivos iniciadores del Ministerio de Educación.

Por fin, si por frívolo centralismo o por ignorancia tendenciosa, se le pasó todo eso al Ministerio de Educación, al menos puede adelantar la fecha hasta el 29 de diciembre de 1820 en que se produjo la declaración de la Independencia en Trujillo.
Manuel Cabero y Muñoz, Luis José de Orbegoso, Jerónimo de la Torre, José Modesto de la Vega, José María Lizarzaburu, José Tadeo Effio y el Marqués de Torre Tagle, entre otros vecinos, suscribieron el acta y, con el pueblo reunido en la plaza, proclamaron allí la libertad de la patria.

Fue en ese acto en que se arrió el pendón colonial y se le reemplazó por la nueva bandera del Perú.

Fue en Trujillo donde –ocupados por los españoles el centro y sur más todo el altiplano (Bolivia), se refugió la República.

Dos veces capital del país, fue en esa misma ciudad donde se fundarían las primeras instituciones republicanas, la Corte Suprema de la República y la primera universidad laica de América. Por todas razones, el Congreso denominó a este departamento, de La Libertad.

Este año se cumplirán 190 años de la proclamación de la independencia del Perú realizada en Trujillo, y si se olvidaron las pasadas gestas, por lo menos es aquí donde debe comenzar ahora a celebrarse el Bicentenario.

Il gatto e la letteratura, la Medalla de Honor del Congreso y la nostalgia

En noviembre del 2009, se me hizo entrega de la Medalla de Honor del Congreso de la República, la más alta distinción que otorga ese poder del Estado. Viajé al Perú para recibirla. A la vuelta, mi maleta pesaba mucho menos, pero había crecido mucho la carga de mi nostalgia.

Debe de ser por ello que hoy publico algo de lo que entonces dije en el acto de la condecoración. Antes, había editado en mi blog la primera parte de mi discurso. La pueden encontrar aquí mismo con el título de “El gato y la literatura”

Con algunas fotos de gatos, les entrego ahora “Il gatto e la letteratura”, una versión italiana de mi mágica traduttrice y hermana Lucia Lorenzini. Gracias a ella, los más asombrosos textos de Jorge Luis Borges fueron vertidos al idioma italiano. Le debo a ella la versión en ese idioma de mi novela “La Ballata di Dante”.

Queda también en este cuaderno virtual la grabación de la ceremonia. Lo hago por petición de algunos amigos, pero no creo que podré visualizarla yo otra vez. Saber que mis compatriotas me reconocen y quieren por los modestos libros que he escrito, me hace sentir con unas ganas tremendas de regresar a la patria que me hace falta desde hace más de veinte años.

Esta tarde en que las aves migratorias viajan al sur en pos de tiempos más benignos, me pongo piedras en el bolsillos, de otra forma me iré con ellas a la patria.


Get the Flash Player to see this video.

Il gatto e la letteratura

Un giorno, nel mio villaggio – avevo 15 anni -, andai a trovare una prozia di nome Mercedes che ne aveva appena compiuti 99.

Quando entrai in casa mi accorsi che stava recitando il rosario. Poiché non mi aveva visto, mi sedetti vicino a lei per non interrompere la sua preghiera e mi dedicai a leggere una rivista. C’era tuttavia qualcosa di strano in quella situazione: mia zia Mercedes recitava soltanto la prima parte dell’Ave Maria, e poi restava un attimo in attesa come se si trovasse in chiesa o come se qualcuno accanto a lei recitasse il “Santa Maria, Madre di Dio, prega per noi peccatori, adesso e nell’ora della nostra morte. Amen”.

Guardai da una parte e dall’altra e non riuscii a vedere il suo ipotizzabile compagno. La curiosità mi spinse ad alzarmi e ad avvicinarmi alla solitaria devota. Alla fine, scoprii che c’era qualcuno accanto a lei, ma non era un essere umano. Era il suo gatto. Ogni volta che mia zia terminava la prima parte dell’Ave Maria, il gatto la accompagnava con lunghe fusa, come fanno tutti i felini quando, per puro affetto, accendono il loro motore interno vicino a qualcuno che li ama.

Quando l’anziana e il gatto ebbero finito di pregare, misi la sedia accanto a lei e le chiesi di raccontarmi delle storie. Mia zia era un’eccellente narratrice orale e credo che le sue invenzioni siano state all’origine dei racconti che iniziai a scrivere a quell’età.

Tuttavia, in quel momento mi si presentò un altro problema. A 99 anni, mia zia stava molto bene di salute, ma soffriva di vuoti di memoria. Cominciava a raccontarmi un’appassionante storia dell’inizio del Novecento ma, proprio quando si stava avvicinando al finale, dimenticava il racconto che aveva iniziato e ne cominciava un altro.

Come rendendosi conto della mia sorpresa, mia zia mi disse:

– Capisco, figliolo. Ma voglio che anche tu capisca me. Quando arriva il momento di andarcene da questo mondo, noi vecchi ci sediamo su una sedia a dondolo, come faccio io, a dimenticare. Proprio come i giovani che vanno a scuola per ricordare certe discipline e certi concetti, noi vecchi ci sediamo tutte le sere per dimenticare.

Credo che quel giorno sia stato determinante nell’inizio della mia vocazione letteraria. Mi resi conto che la letteratura serve, al pari del gatto di mia zia Mercedes, ad evitare di trovarci completamente soli al mondo e a permetterci, anche nelle solitudini più grandi, di comunicare con il nostro Dio, con l’universo, con la nostra terra e con la gente che su di essa amiamo di più.

Come le cinquanta avemarie recitate dalla mia vecchia zia, la missione del creatore di finzioni consiste nel dire, esprimere, borbottare e perfino proclamare canzoni di ricordi e di nostalgie rivolte verso l’auspicata felicità collettiva degli uomini e verso le infinite estensioni della vita.

Compresi inoltre che, così come a scuola si insegna a ricordare, bisognava anche imparare a dimenticare e che questa poteva essere anche la missione della letteratura che avrei prodotto: far sì che la nostra gente dimentichi la durezza e la perversione di quella prolungata notte di insonnia, di violenza e di sangue che il più delle volte è stata la storia del Perù.

Far pace con i brutti ricordi non significa tuttavia decretare l’oblio del crimine e nemmeno accettare con rassegnazione l’abuso, meno che mai tollerare ll’impunità dei perversi e degli ingiusti. Pensai che, come il gatto che svegliava mia zia dopo un lungo rosario, la letteratura avrebbe dovuto scuotere dal letargo la nostra gente e mostrarle che la democrazia e la libertà non si regalano ma si conquistano. Gli scrittori hanno generalmente assunto come propria la funzione di rifare la storia. Nel Perù in cui ci è toccato di vivere, quella funzione è molto più impellente. Qui occorre impedire che la nostra storia si sfasci.

I miei libri non possono cancellare lo sfruttamento dei poveri, la corruzione dei potenti, la tortura e il genocidio utilizzati per reprimere la collera del povero e del giusto. La mia letteratura non cambierà il mondo, ma mi sprona a servire cause generose e valori senza i quali l’uomo cessa di essere uomo e la società diventa insopportabile.

Ed è  stata questa la missione che mi sono imposto all’età di quindici anni, quando scrissi il mio primo racconto e conobbi il gatto e le amnesie di mia zia Mercedes. Se volete sapere cosa accadde in seguito, ve lo dico. Un anno dopo, la morte andò a trovare l’anziana… e forse tutte e due restarono a conversare e a pregare, unite per sempre. (Traduzione di Lucia Lorenzini)