Para Tania Libertad: Otra vez el mes del Escorpión

Con Tania Libertad

Con Tania Libertad

El primero milagro del Escorpión ocurrió para mí ayer por la tarde. Atravesaba yo una alameda de árboles granates camino hacia la noche en Oregón donde vivo cuando se me ocurrió que la mejor forma de despedir el día y de inaugurar Escorpio era dejar en libertad a la casetera de mi carro para que escogiera por mí alguna pieza musical apropiada para el momento.

Nada más hacerlo y escuché una voz milagrosa que cantaba poemas de Mario Benedetti. Podía yo distinguir hasta el color de ese canto. Se me ocurrió que era escarlata como los sueños de esta época del año y como las hojas de los arces al extinguirse el otoño. Tuve que detener el carro y salirme de la carretera hasta una quebrada. Allí abrí la puerta y dejé que la música invadiera al mundo.
Era una voz que yo conocía. Era un acento que me resultaba familiar. Era el sollozo, la invocación, la proclama y el conjuro de una nativa de escorpión. Ella cumple años este 24 de octubre y a ella va dedicado este texto mío tan antiguo como nuestro signo. Se llama Tania Libertad.

Hace ya una semana que la Tierra navega por el reino purpúreo del Escorpión, y esto ha de traer sus consecuencias. Un color desconocido baja misteriosamente de la galaxia, se posa sobre nuestros rostros y nos hace más extraños de lo que habitualmente somos. Para todos los nacidos entre el 23 de octubre y el 22 de noviembre, es el vaticinio de un destino que supuestamente compartimos y que nos hace incansablemente similares.

La irrupción de Marte y de Plutón sobre los cielos durante este tiempo nos depara algunos fenómenos inusuales y la sensación de que acaso no caminamos sobre el mismo planeta. “Éste no es el mismo mundo”, me dije algún noviembre juvenil en Trujillo, cuando los vientos de San Andrés amenazaban llevarse la torre de la catedral. En Europa, durante mis tiempos de estudiante, el Escorpión siempre trajo consigo la primera tormenta del invierno y eso me obligó a permanecer bajo techo en Madrid el día de mi cumpleaños, o a conocer en París las excelencias de un vino siempre nuevo, el Beaujolais Nouveau.

De ser cierto lo que proclaman los horóscopos, los “escorpiones” debemos ser apasionados e intuitivos, misteriosos y sensuales, silenciosos y temibles. La filosofía. la poesía esotérica, la alquimia, el espiritismo, el espionaje, la química, la cirugía y la magia negra son las actividades que se asocian con este signo que ha tenido representantes tan famosos como Mata Hari, Goebbels y Eduardo VIII, Richard Burton, León Trotsky y Madame Blavatsky, Galileo, Martín Lutero y San Agustín.

El águila, el ave fénix y la serpiente son sus símbolos; el topacio y el ópalo, sus piedras preciosas y, por fin, sus signos compatibles son Cáncer, Virgo, Piscis y Capricornio. De todo ello, y de que había nacido bajo “el más luminoso y el más temible de los signos”, me enteré al cumplir 12 años de edad, pero mi racionalidad de entonces se opuso a la idea de que sólo existieran doce tipos de personas y que cada grupo estuviera condenado a parecerse y a vivir el mismo destino, a dar los mismos pasos y a imitarse en la tierra y en el cielo, por los siglos de los siglos, y por siempre, jamás.

Había, sin embargo, un club escorpiónico más exclusivo llamado el “decanato”. Por haber nacido el 13 de noviembre, yo pertenecía al segundo, (del 3/11 al 13/11) y, según ello, alcanzaría alguna fama cuando fuera adulto pero tendría muchos problemas con mujeres, lo cual me pareció divertido pero no muy agradable. Lo que sí no cuadraba conmigo era la descripción física de acuerdo con la cual, como a todos los nativos de este decanato, una cicatriz predestinada me cruzaría la frente.

Me miré en el espejo, y no la tenía. Después de eso, del Tesoro de la Juventud pasé a Verne, Dostoiewsky, Voltaire, Renan y Balzac, hasta que la lectura me enfermó de racionalismo cuando tenía 15 años, y todo el tiempo de la adolescencia me reí de la posibilidad de que la famosa marca me apareciera sobre la frente una mañana como fruto de algunos malos sueños y de otros peores pensamientos. Sin embargo, todavía no me había salvado de ella.

Exactamente al cumplir los 18 años de edad, en la universidad de Trujillo, me batí a duelo con mi amigo Juan Morillo Ganoza. A pesar de que los periódicos, la radio y algún obispo nos calificaran de anacrónicos o nos excomulgaran, una diferencia insalvable de opiniones sobre el ritmo de la prosa en Guy de Maupassant nos empujó a buscar, en el terreno de la espada, la solución del conflicto. Juan recibió una estocada en la garganta. A mí, su espada me tocó la frente y me dejó, encima de la ceja izquierda, la cicatriz que tanto tiempo me había estado esperando.

Una simple casualidad no me iba a convertir en crédulo. Para desmentir a los horóscopos, y acaso también por vanidad masculina, durante varios años me di a la tarea de frotarme la frente con crema de nácar y jugo de limón. Me acuerdo que el día en que recibía mi título de abogado, a los 24 años, me estaba poniendo la corbata cuando el espejo me devolvió una frente libre de cualquier mácula. El hombre ha burlado al destino, me dije, y decidí que algún día iba a contar esa experiencia.

Sin embargo, aquella misma tarde, una Land Rover se estrelló contra mi carro en una intersección de calles. Mi carro de entonces era un Volvo azul y poderoso, y eso me salvó la vida a pesar de haber dado varias vueltas de campana, pero no me puso a resguardo del temible Escorpión. Una cicatriz nueva se dibujó sobre la antigua, y desde entonces no he tratado de borrármela.

No sé si ahora creo en el Zodíaco, pero mi amigo Teodoro Rivero-Ayllón, que el año pasado me envió un e-mail desde Pekín la noche de mi cumpleaños, me dijo que en ese instante, del cielo oriental, estaban lloviendo estrellas, como suele ocurrir en este mes extraño. Otras coincidencias se añaden en el hecho de que algunos de los mejores amigos de toda mi vida, los poetas Rodolfo Hinostroza, Elqui Burgos y Marco Antonio Corcuera, así como Jorge Cornejo Polar, Raúl Bueno, Juan Vicente Requejo, Alberto Escobar y Alejandro San Martín, han nacido en la misma semana. ¿Podría añadir que varias veces he estado a punto de casarme con algunas mujeres maravillosas que, por casualidad, nacieron el mismo día de noviembre? Si lo cuento, van a creer ustedes que es un cuento.

Y no lo es. Es el “Correo de Salem” que les envío mientras pasa sobre el planeta la cola escarlata del poderoso signo, y su sombra trae consigo, además de recuerdos dulces y de huracanes en el Caribe, las huellas del camino al cielo que siguió mi madre un 11 de noviembre, y los pasos de mi prima María del Pilar, que se perdió el 14 en la escalera que conduce hacia el largo sueño de Dios. Que Dios esté con ellas y con nosotros, ahora que faltan algunas semanas para que la Tierra ingrese al mar de Sagitario.  Y mientras tanto sigamos escuchando “La vida ese paréntesis” que escribiera Mario Benedetti y nos musita muy cerca esa melodía que es Tania Libertad.