Cipriani, el padre Pata y la libertad

En uno y otro lado del mundo, por televisión, se exhibían anoche como noticias pintorescas algunas misas celebradas el último domingo en el Perú. Por obvio mandato del cardenal Cipriani, esas ceremonias hacen propaganda solapada de Fujimori y prácticamente condenan al infierno a uno de los escritores peruanos más eminentes de nuestra historia, Mario Vargas Llosa.

Mientras las veía, se me ocurrió pensar en el padre Pata. ¿Lo recuerdan ustedes? Su imagen aparece en las “Tradiciones peruanas” de Ricardo Palma. Aunque el concepto de los derechos individuales no existía por entonces, sí tenían sentido expresiones como civilización y humanidad. El sacerdote en cuestión, cuyo verdadero nombre era Matías Zapata, pensaba al igual que Cipriani que todo aquello era una… estupidez.

Las torturas bestiales de la inquisición, los azotes, el cepo, la hoguera a fuego lento y leña verde, la rueda para despedazar poco a poco o el serrucho que partía lentamente el cuerpo de sus víctimas para que sufrieran más eran justificados métodos cristianos para ese tipo de hombres que se hacían llamar hombres de Dios.

En 1821, el padre Zapata era párroco de Chancay, y usaba del púlpito para condenar cada domingo al movimiento patriota por la independencia. En los primeros meses de ese año, decidió prohibir a los fieles que llamarán San Martín al libertador argentino.

“El nombre de San Martín es por sí solo una blasfemia, y está en pecado mortal todo el que lo pronuncie… ¿Qué tiene de santo ese hombre malvado?… Confórmese con llamarse sencillamente Martín, y le estará bien por lo que tiene de semejante con el pérfido hereje Martín Lutero.”

“Sabed, pues, hermanos, que declaro excomulgado a todo el que gritare ¡viva San Martín!”

Como todos lo sabemos, luego de desembarcar en Pisco, las fuerzas patriotas ocuparon Huacho y Chancay. Por ello, junto a un grupo de presos realistas, Fray Zapata fue conducido a la presencia del excomulgado San Martín, o según él, Martín a secas.

Seguro de que se hallaba frente a uno de esos soldadotes a los que admiraba, aquellos que habían descuartizado vivo a Tupac Amaru y antes habían hecho cortar la lengua de los hijos del cacique, el padrecito comenzó a temblar de nervios y apenas si pudo hilvanar la excusa de que había cumplido órdenes de sus superiores, y añadir que estaba llano a predicar devolviéndole el “san”, la sílaba del apellido que le había quitado a San Martín.

El santo de la espada le contestó sonriente: “No me devuelva usted nada, pero sepa usted que yo le quito también la primera sílaba de su apellido, y no se le ocurra a usted firmar Zapata porque desde hoy no es usted más que el padre Pata. Y téngalo muy presente, padre Pata.”… Y se cuenta que desde entonces no hubo en Chancay ningún documento parroquial que no llevase por firma “Fray Matías Pata”.

El padre Pata de nuestro tiempo era obispo de Ayacucho cuando el general Noel convertía el cuartel en un infernal centro de torturas y luego en un poblado cementerio. Todas las veces que las esposas, las hijas o las madres de las víctimas acudían al hombre de sotana en busca de compasión, aquél las despedía iracundo murmurando que los derechos humanos eran una… estupidez.

El padre Pata de hoy guardó mutismo cuando un grupo de personas, entre ellas un niño de ocho años, fueron acribilladas en una pollería de Lima o cuando diez universitarios y su profesor fueron atormentados y luego quemados cerca de la carretera a Chosica. Por fin, cuando 300 mil mujeres fueron castradas, el padre Pata miró hacia otro lado.

En setiembre del 2001, un cuarto de siglo después del golpe de Estado que dio comienzo a la dictadura, y ante cien mil fieles de todo el país, la Iglesia argentina pidió perdón a Dios “por los silencios responsables y por la participación efectiva de muchos de sus hijos en el atropello a las libertades, en la tortura y la delación…”. Es un ejemplo que no ha seguido la Iglesia del Perú.

Un día fue extraditado, juzgado y condenado el hombre que había saqueado la caja de pensiones de los policías, vendido la ropa de segunda mano enviada por japoneses para los pobres, desvalijado la hacienda pública y ordenado mil crímenes abominables. En ese momento, el padre Pata alabó sus dones del gobernante, le quemó incienso, lo justificó. Ahora, está haciendo todo lo que puede para lograr que Fujimori salga de su celda y vuelva al poder.

Al igual que en todo el país, en Madrid, en París, en Roma, en Nueva York, los peruanos nos estamos movilizando para cortarle el paso a Fujimori y para impedir que vuelvan los tiempos de la barbarie.

Tenemos diferentes ideologías políticas, y muchos entre nosotros, no las tienen en absoluto, pero creemos que la civilización y los valores humanos son superiores al derecho de las bestias. Por todo eso, nos movilizamos, escribimos, usamos de las redes sociales y multiplicamos nuestros mensajes. No nos olvidamos que en Egipto un pueblo desarmado pudo derrotar de esa manera a un tirano que se erguía al frente de uno de los ejércitos más poderosos del mundo.

En los partidos políticos, cuando los líderes se pliegan al fujimorismo, el pueblo no les obedece como se da en el caso del APRA. Como se sabe, uno tras otro, decenas de comités apristas y militantes de base se van juntando a la marcha contra la barbarie. Los anima el recuerdo de los mártires, la honestidad de Víctor Raúl y su prédica rebelde.

El pueblo del Perú es en su mayoría cristiano, pero las ovejas siguen a un pastor, y de ninguna forma al secuaz de un carnicero. Hay ejemplos de buenos pastores en el continente. San Arnulfo Romero, en El Salvador, por ejemplo, o los miles de sacerdotes pobres que en los más alejados villorrios de la patria sirven a nuestro pueblo.

El cardenal ataca a Vargas Llosa porque quiere pasar a la eternidad o convertirse en uno de sus personajes, pero se ha equivocado. No ha servido al Chivo sino al Chino. Y nadie va a ponerle un sobrenombre, pero le vamos a pedir que otra vez no meta la pata, padre…Cipriani.

Alguien ha dicho que la libertad no hace felices a los hombres; los hace sencillamente hombres. La libertad no es un bien transmisible gratuitamente. Es un bien que se conquista. Y nosotros vamos a conquistarlo. Votaremos por Ollanta.

Keiko, Rudy y el diablo

Satanás - Foto: eisenbahner

Satanás - Foto: eisenbahner

Cuando a la famosa cantante Shakira le preguntaron cuál era el país del mundo al que le gustaría viajar, respondió: “A Roma porque ese es el país donde nació Jesucristo.”

Por su parte, Sarah Palin,  la frustrada aspirante ultraderechista a la vicepresidencia de Estados Unidos declaró que admiraba a Corea del Norte: “Admiro a nuestros aliados de Corea del Norte. Corea del Norte es la que está al sur, ¿no?”

En la historia universal del ridículo, los peruanos no nos quedamos atrás.

En Lima, Keiko Fujimori acaba de decir que: “En una rifa, no necesariamente las personas que han comprado un boleto se dan cuenta de que han ganado (¿?)”

¿Qué quiso decir? No lo sabemos con exactitud, pero balbuceaba intentando explicar la sospechosa rifa de artefactos que le acaba de dejar un millón y medio de soles en el bolsillo. Lo extraño del caso es que sólo uno de los catorce premios fue entregado, y la única supuesta ganadora era la esposa de un miembro de su comité de campaña.

¿De veras, hubo sorteo? De no aclararse esa situación, resultaría vergonzoso enterarse de que a la representante de Alberto Fujimori no le bastan los millones de dólares que recauda de los empresarios mineros. También está ávida de recibir algunos soles pobretones que salen de la canasta familiar de las amas de casa ansiosas de ganar una plancha eléctrica o un hornito a microondas.

En el caso de la casta Fujimori, lo grotesco viene siempre acompañado de algún negocio. Y eso es precisamente lo que se hace evidente en la visita del ex alcalde neoyorquino Rudolph Giuliani, llamado también Rudy el Perverso. La postulante lo ha presentado como su asesor para asuntos de seguridad y lo ha paseado por una ciudad con grandes problemas delictivos.  ¿Cuál es el negocio?

Rudy ha ganado millones de dólares en varios países latinoamericanos en contubernio con políticos locales y  vendiendo el cuento de que pacificó Nueva York. Los estadounidenses saben la verdad, y lo detestan porque durante su gestión se persiguió a los desposeídos, se agredió a los que tenían hambre y se echó de los refugios a quienes carecían de techo. Además, la brutalidad policial cobró decenas de vidas, y sus recetas no han obtenido resultado alguno entre sus clientes del resto de América. Por otro lado, según James Petras, el ex alcalde dejó en la ruina a la ciudad de los rascacielos al ocultar una deuda de más de 25 mil millones de dólares por compromisos contraídos durante su gestión.

Este hombre no es tan solo perverso en su gestión pública. Lo es en todos los momentos de su vida. Por ejemplo, buscó por todos los medios que 1,200 haitianos asilados políticos fueran enviados a los brazos de la bestia Duvalier a quien calificaba como un hombre muy amistoso e incapaz de hacerles daño.

En 1998, reprimió una manifestación de homosexuales e hizo arrestar a un centenar de enfermos de SIDA, a quienes odia a muerte, y los mantuvo presos hasta el día siguiente para que no pudieran tomar sus medicinas.

Por último, en una televisada audiencia con el público, lo llamó por teléfono un enfermo del mal de Parkinson para solicitarle apoyo. En vez de ofrecérselo, Rudy comenzó a imitar su manera de respirar y de hablar en forma tartamudeante y gangosa, y al final de la burla más infame, lo recomendó ver al psiquiatra.

Si a través de su hija, Fujimori vuelve al poder, este asesor le va a costar  muy caro al país tal cual nos costó su dictadura. El monto de los latrocinios del huésped de la DIROES puede ser calculado en centenares de millones de dólares, pero tiene una expresión más directa en las huellas de su crueldad.

Lo saben los jubilados que vieron desaparecer la mitad de su pensión en esa época nefasta. Lo saben los peruanos que se quedaron sin puestos de trabajo y tuvieron que ponerse a “taxear” o “mototaxear”. Lo saben los familiares del niño de 8 años que fue acribillado a balazos por el Grupo Colina. Lo saben las 300 mil mujeres que sufrieron aborto y castración por orden de Palacio. Y lo saben por fin las madres que se despidieron de sus hijos con un beso, pero que tan sólo supieron de ellos mucho más tarde, cuando sus restos calcinados les fueron devueltos en alguna caja de cartón.

No creo que Dios los críe, pero es evidente que el diablo los junta. El hombre que desde la prisión dirige la campaña de su hija Keiko lo sabe muy bien. Cuando la periodista inglesa Sally Bowen lo entrevistó en 1995, le preguntó: ¿Qué pasaría en el Perú si mañana se cae el helicóptero presidencial…?, Fujimori le contestó:

“Modestia aparte. Hay muchos pueblos en el mundo que quisieran tener un presidente como yo. No se preocupe. Yo seguiré gobernando el Perú desde el otro mundo.”

No sabemos si su anunciada inmortalidad se debe a que se cree el diablo por el pacto que hizo en Las Huaringas o a su confianza en el triunfo de su hija. Si ello ocurre, de todos modos, tendremos un lugar asegurado en la historia universal del ridículo.

No a la reelección de Fujimori: Esta vez, la mafia no pasará

“Después de laborar, vuelve a su humilde hogar/ Luis Enrique, el plebeyo, del hijo del pueblo, el hombre que supo amar”… ¿Recuerdan ustedes este vals criollo?… Es “El plebeyo” de Felipe Pinglo, una canción que los peruanos conocemos casi tanto como a nuestro himno nacional.

¿Sabían ustedes que ese vals fue una vez censurado por el gobierno?… En efecto, así fue. En 1939, la dictadura del general Oscar R. Benavides prohibió que se cantara y que fuera pasado por la radio. La misma medida fue tomada contra “La oración del labriego”, “Mendicidad”, “El canillita”, “El huerto de mi amada”,  “El tísico” e incluso “Pobre obrerita”, todos pertenecientes a nuestro gran compositor.

Todo eso ocurrió porque esas canciones tocaban lacerantes aspectos de la realidad social y, por ello, el general Benavides consideraba a Pinglo como un aprocomunista. Se condenaba- además,  que hubiera sido amigo personal de José Carlos Mariátegui, y se suponía que la letra había sido escrita por Víctor Raúl Haya de la Torre.

La historia del Perú en el siglo XX está colmada por algunas ridículas vedas de canciones y películas,  por brutales censuras de periódicos, por animalescos decomisos y quemas de libros, por la feroz prohibición de las  ideas y por perversas persecuciones contra personas inocentes.

En todos los casos, las personas perseguidas lo fueron por sostener ideas de justicia, de cambio social y, por fin, de amor al prójimo en un país cuyas montañas parecen hechas de oro puro, y en el que, sin embargo, viven los pobres, más desdichadamente pobres del planeta.

Varios miles de personas fueron ejecutadas sumariamente en Trujillo en 1932 por el delito de sostener esos principios contenidos en el ideario del aprismo. Durante casi todo el siglo XX, los militantes de ese partido quedaron despojados de todos sus derechos cívicos.

En 1936, se anularon las elecciones bajo el pretexto de que habían votado los apristas. Vale decir, que el 70 por ciento de los electores peruanos fue declarado ilegal. Durante décadas, a los apristas se les asedió, se les torturó, se les encarceló, se les asesinó o se les condenó a una pobreza infame, pero la mayoría de ellos son héroes cívicos porque todo lo sufrieron y todo lo soportaron pero no renunciaron jamás a su doctrina. Me estoy refiriendo a los apristas, a los verdaderos.

¿Y qué hicieron durante todos esos años los dueños del Perú y los explotadores de nuestras minas, la mayoría de ellos provenientes de un país que rinde culto a la democracia y a los derechos humanos?

Financiaron los golpes de estado. Se acercaron a los gobernantes para comprar sus voluntades, para conseguir a precios y alquileres de remate el cobre, el oro, el plomo, la plata y el zinc. Llenaron el congreso con alcahuetes cuya campaña habían solventado. Se sentaron en tribuna a aplaudir los ajusticiamientos. Envenenaron los campos y las ciudades. Pagaron menos impuestos que los peruanos… hambrearon a los campesinos próximos a las minas… y nos hicieron creer que ya estábamos entrando en el Primer Mundo.

A todo eso lo llaman ellos el “sistema”. Quienes no están de acuerdo con ellos deben ser declarados “antisistema” y ser mirados como sospechosos.

Fujimori es el modelo perfecto para ese sistema. Con él en el poder, las corporaciones transnacionales pueden hacer buenos negocios y las mafias del narcotráfico pueden asegurarse la impunidad absoluta. No importan los miles de sus víctimas ni la crueldad de sus esbirros. A ellos no les importan las 300 mil mujeres esterilizadas o castradas como ha dicho Vargas Llosa. Lo increíble es que tampoco eso le interesa al Cardenal.

De allí que, ante la posibilidad de un mínimo cambio, los dueños del Perú han llenado una bolsa colosal destinada a poner en la presidencia del Perú, tras un rostro femenino, a sus viejos conocidos Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, y a su infernal sistema fascista. Han alquilado periodistas ambiguos y soplones profesionales. Han manipulado adrede la bolsa de valores para esparcir el miedo financiero. La mayoría de los periódicos, la radio y la televisión han sido comprados para demoler al candidato popular. Y por fin han mandado coronas fúnebres al legendario luchador César Lévano, director de “La Primera” y están amenazando de muerte a los periodistas que no aceptan sus sobornos

Si se compara esta campaña con la de otros países, la diferencia es brutal. Poner en el palacio de gobierno a Fujimori y a su hija les está costando ya un monto de dólares que sobrepasa al de un candidato presidencial en el país más poderoso del mundo, los Estados Unidos. Hay que preguntarse ¿qué es lo que piensan sacar a cambio de toda esa montaña de dinero? … O tal vez no es necesario hacerse esa pregunta.

Sin embargo, esta vez, ellos no pasarán. Tienen los millones y los medios de comunicación, pero quienes les cerramos el paso somos dueños de una creencia en la libertad y de una convicción como la de esos héroes civiles peruanos que sobrepusieron al martirio y perseveraron durante muchos años para dejarnos en herencia su esperanza.  Creemos en la libertad y en la justicia con el corazón, Y como decía el censurado pero eterno Felipe Pinglo , “ el corazón y el alma son dos fuerzas humanas, que emprenden una senda para no regresar.”

Keiko, la moral y las menestras

¿Cuánto vale la vida de un hombre que ha nacido pobre en el Perú?

Sus esperanzas, ¿cuánto valen? ¿Y sus sueños, sus ansias de cambio, su capacidad de elegir un destino? ¿Cuanto vale el voto de un peruano pobre?…

Según el comité de señoras partidarias de Keiko Fujimori, todo eso se puede comprar con dos latas de leche, dos latas de atún, una bolsa de azúcar, una bolsa de arroz, una bolsa de avena y un paquete de menestras.

No voy a decir su nombre para no darle el gusto. La llamaré solamente Cuca Pituca. Pertenece a ese comité, y a través de su cuenta en Facebook, está pidiendo que sus amistades compren esos comestibles o dejen 30 soles en la casa de Paulita Pituquita situada en la calle Los Cipreses de San Isidro.

“Por favor chicas, ayúdenme a través de sus amigas también, formen su red de contactos y hágannos llegar las cosas. Hay que ganarnos el voto de los cholos para derrotar a Ollanta como sea. Qué pena que los cholos también tenga un voto. Lo deben haber inventado los comunistas, pero si no podemos impedirles el voto, hay que comprárselo… Nuestro objetivo es hacer 1,000 canastas para el día lunes. ¡Cuento con ustedes!!!”

Es lo que escribe Cuca, y hay centenares de Cuquitas. Ese es su pobre concepto de la dignidad humana. Para ellas, todo se compra, incluso el alma. Las personas que llaman “cholos” no alcanzan el nivel de gente. No deberían hacer decisiones. No tienen derecho alguno. Tienen un precio expresado en latas de leche y en menestras.

A esas personas- a los “cholos”, según Cuca- hay que humillarlas. Con la misma voz con que infama a su prójimo y expresa su falta de amor, y con la misma mano con que ejecuta esa caridad perversa, irá el domingo a rezar en la iglesia, se persignará y se dará golpes de pecho.

“Hay dos cosas infinitas-decía Albert Einstein- Son ellas: el universo y la perversidad humana… Y del universo no estoy seguro”

De lo que decía el gran sabio, nos da suficientes ejemplos la presente campaña electoral de Fujimori.

Un periodista amorfo aparece en la televisión para dar inicio a la operación “Sábana”. No tiene vergüenza en colmar de alabanzas y panegíricos a la mujer que antes llamaba “representante de los criminales”. Mientras mira a la cámara, se lleva la mano al bolsillo del saco para ver si todavía está allí el cheque que le dieron esa tarde o acaso las treinta monedas que provienen de la bolsa de los mineros.

Con él se ha reclutado a casi todos los medios de comunicación escritos, televisivos y radiales e incluso a soplones profesionales que están encargados de espiar, seguir, filmar, acechar, aguaitar y fisgar a Ollanta Humala y a su esposa.

La mentira, la coacción, el chantaje, el abuso y la prepotencia tiñen toda la propaganda de Fujimori. La ética no tiene lugar allí. ¡Ay del Perú si Fujimori y Montesinos volvieran al poder! Cuando la moral desaparece de una nación, toda la estructura social va hacia la hecatombe.

Votar en estas condiciones es comparable con votar en un país ocupado. De ello hay un triste precedente, y es el cautiverio de Tacna y Arica. Durante casi cincuenta años, ambas provincias vivieron sujetas al dominio del invasor. De acuerdo con el Tratado de Ancón, un plebiscito debía definir su destino. Ese fue su drama.

Para impedir que nuestros compatriotas votaran por continuar siendo peruanos, se ensayaron todas las presiones. Se hizo correr primero el fantasma del miedo. Se les dijo que si triunfaba la opción peruana, perderían sus trabajos, sus casas y sus ahorros. Se hostigó y expulsó a maestros, sacerdotes y periodistas. Se contrató a propagandistas y bufones para que calumniaran y ridiculizaran a los héroes peruanos. Se pintó marcas infamantes sobre las casas de quienes persistieran en mantener su nacionalidad de origen… Pero allá en el secreto del hogar, las madres enseñaron a sus hijos a cantar el himno. Los maestros clandestinos les contaron nuestra historia.

Y tal como ocurrió ayer, ocurrirá en junio. Los tacneños continuaron siendo peruanos y, para nuestro orgullo, siguen siéndolo. También en esta época el presidente chileno nos ha amenazado si votamos por Ollanta. Pero los peruanos somos más fuertes que su intromisión, que la bolsa de oro de los mineros y que las latas de leche de la Cuca Pituca. Contra la infamia, la amenaza, el dinero y la perversión, la moral está de nuestra parte. Triunfará Ollanta.

11 de Setiembre: Thiago vuela con las hojas

De regreso a casa, ayer por la tarde, sabía que me iban a estar esperando, tendidas en el jardín como una baraja, las hojas que en estos días el otoño está dispersando por el mundo, y así fue..

Lo único que rompía el conjunto y acaso el paisaje y el poema- era una prosaica pero brillante y motorizada cortadora de césped, de esas que usan los jardineros profesionales o los más avezados amos de casa. Se me ocurrió que pertenecía a alguno de mis vecinos, pero no era así.

Por la noche, me fui a dormir pensando que el misterio se resolvería durante el fin de semana o acaso a la primera hora de trabajo del lunes en que un vendedor muy cortés me llamaría para preguntarme si ya la había probado, e indagar qué me parecía hacerme dueño de ella por una módica suma mensual que empezaría a cobrarse a partir de octubre del próximo año. La verdad es que, por momentos, me entraron ganas de acabar con mi renuencia a esos trabajos, típicos del “American life style”, aceptar la oferta y convertirme en propietario de una de esas máquinas que hacen el delirio de los niños y el de los adultos que, como yo acaso, no terminan por completo de serlo.

Muchas veces a través de casi una década, Thiago Joseph Miranda de Melo, el jardinero brasilero, había insistido en que yo debía cortar el césped y dejarle a él los trabajos más especializados. No sé cómo recuerdo ahora su nombre completo porque generalmente lo llamaba Pepe o simplemente, amigo, pensando en Pepe Carioca o en el “amigo de la onza”, dos personajes de ficción que siempre me evocan la inagotable simpatía de mis amigos del Brasil.

”En silencio es cuando crecen las plantas”, me había explicado en portugués y empleando una de las numerosas metáforas vegetales de las que estaba poblada su sabiduría. Inmigrante pobre y casi analfabeto, Thiago había hecho muchos progresos y tenía una empresa propia, pero nunca abandonó los proverbios que había aprendido en la universidad de la vida y del jardín: “El invierno llega rápido a los jardineros perezosos”, ”La confianza es una planta de crecimiento lento”, “Las manzanas ajenas son las más dulces”, “La fe nos hace sembrar, no la vista” “Nuestros cuerpos son jardines, nuestras obsesiones son los jardineros” “Las hojas llegan antes que la tormenta, pero la tormenta se lleva las hojas”

De esas frases estaban compuestos nuestros diálogos, y debo confesar que más de una vez me sirvieron para afrontar un problema, desechar alguna preocupación o iniciar con alegría una semana de trabajo. Nuestro aprecio era mutuo porque, en una ocasión , yo había escrito una carta de recomendación para que su hijo Thiago pudiera ingresar a una universidad en Nueva York, y es justamente allí donde se encuentra Pepe desde hace un mes, o por lo menos eso es lo que yo creía.

En agosto de este año, al cumplir los 70, Thiago Miranda se jubiló, y decidió que su vida se repartiría cada año en visitar a su hija Karina Aparecida que es abogada de inmigración en Miami, a Thiago que pronto terminaría sus estudios de ingeniería de cómputo y por fin a María Elena que ejerce la medicina en Oregón. Sería la primera vez que tendría vacaciones “porque las plantas no las tienen” y también la primera vez que haría tantos viajes, ya que solamente se había subido en un avión tres o cuatro veces en toda su existencia porque, según él, “los árboles no se mueven y las hojas no viajan en avión”

¿Qué andaría haciendo Thiago, allá en la isla de Manhattan, en estos días difíciles? Y ¿de quién será la podadora de césped?: son las dos preguntas con que me desperté este sábado. A las 8 de la mañana, o sea hace media hora, tuve la respuesta.

El 11 de setiembre, muy temprano, Thiago y su hijo salieron de Queens y fueron al centro de la isla, a las Torres Gemelas que el muchacho quería hacerle conocer las torres al mismo tiempo que invitarle un desayuno en la cafetería de uno de esos edificios en la que trabajaba para financiar sus estudios universitarios.

María Elena me acaba de llamar para decirme que el aparato que brilla en mi jardín es mío. Al jubilarse su padre, vendió la maquinaria, pero reservó algunas de las herramientas para obsequiarlas a los clientes que más estimaba. Iba a dármela a su regreso de Nueva York, pero no va a regresar de allí porque “las hojas no viajan en aviones” y porque Thiago y su hijo se han transformado en hojas y en recuerdos que darán vueltas, vueltas y vueltas por el universo, y tan solo habrán de regresar cuando la muerte sea derrotada, y otra vez esté aquí la primavera.