¡Por la paz… no lo indulten!

Balanzas de la ley

Balanzas de la ley

¡Van a matar otra vez a mi hijo! ¡No, por favor! -sollozó Raida Cóndor cuando le dijeron que van a indultar al culpable de la tortura, el asesinato y la incineración de su hijo, la de otros ocho compañeros de estudios y la de un profesor en la Universidad de La Cantuta.

Ya van a pasar veinte años de ese crimen bestial y, sin embargo, el luto de Raida no tiene cuándo terminar.

En julio de 1992, apenas se enteró de que su hijo había sido secuestrado por soldados del ejército peruano, lo buscó en las comisarías, en  los cuarteles y en los hospitales. “Por aquí no ha pasado”- “Ya le avisaremos cuando aparezca” “¿Está usted segura de que su hijo existe? ¿No lo está inventando?”.- le respondieron con sarcasmo en cada uno de esos lugares.

El muchacho no estaba ni vivo ni muerto. Era uno de los miles de desaparecidos durante la dictadura. De la mayoría de ellos no se ha vuelto a saber, y sus familiares no han tenido ni siquiera el consuelo de enterrarlos. En otros casos, tras meses o años,  las madres han tratado de identificar los huesos del hijo amado entre decenas de tibias y calaveras que pudieron hallarse en las fosas clandestinas.

Algunas semanas después, Raisa tuvo la primera “noticia oficial” acerca de Armando. Una voz gangosa que mezclaba el castellano con acentos asiáticos se acercó a la televisión para anunciar que los jóvenes de La Cantuta no habían sido apresados ni muertos. Por el contrario, estaban vivos y se habían ido a juntar con las huestes de Sendero Luminoso, según el que hablaba, el entonces presidente Alberto Fujimori.

Con una sonrisa perversa, Fujimori mataba cualquier esperanza de Raida. Si decenas de personas habían presenciado el secuestro por parte de las tropas acantonadas en la universidad y ahora el presidente soltaba esa mentira tan evidente, todo le indicaba que su hijo estaba muerto.

El luto continuó. En abril y mayo del 93, un grupo de oficiales valientes y por fin el general Humberto Robles Espinoza –quien tuvo que exiliarse- denunciaron el crimen. Bajo presión de la prensa internacional, el caso llegó a los tribunales. Pero allí también: el miedo que inspiraba aquella dictadura infernal hicieron que los magistrados pasaran el caso al fuero militar donde por fin se dictó sentencia en 1994.

¿Terminaría allí el luto de Raida?… No… En 1995, el Congreso manipulado por Fujimori aprobó una ley 26749 “de Amnistía” que devolvía la libertad a los ejecutores de la masacre entre otros centenares de asesinos pertenecientes a las fuerzas armadas.

El resto de la historia es muy cercano como para olvidarlo. Fujimori se refugió en Japón. Después, su primaria inteligencia lo hizo dirigirse a Chile. Por fin, fue extraditado, juzgado y condenado en 2010 a 25 años de prisión por sus bestiales crímenes contra la humanidad.

Quizás en esos momentos Raida descansó de su dolor. Quizás dejó de pensar en la caja de huesos que le habían devuelto y prefirió recordar en el joven que se pasaba el fin de semana jugando con los perritos y que soñaba con ser maestro o sacerdote. O tal vez violinista.

Un año después, sin embargo, sus heridas se han abierto otra vez. En vez del financiamiento, el aval, las felicitaciones y los ascensos que brindó a los ejecutores del grupo Colina, los defensores del dictador arguyen que Fujimori no estaba enterado de nada. Era quizás tan sólo un generoso autista, un bien intencionado débil mental. Ahora el pobre está deprimido. Ahora tal vez es necesario que se le conceda el indulto presidencial.

Raida ha leído que el indulto será anunciado cualquiera de estas noches y recuerda que, precisamente, la amnistía de los hombres que golpearon a su hijo y que después lo rociaron con kerosene fue también dispuesta por el congreso fujimorista después de las 11 de la noche, o sea también entre gallos y medianoche.

Hay miles de madres, padres e hijos que viven al igual que Raida un prolongado luto. La nación entera está enferma… sobre todo de miedo como lo demostraron las últimas elecciones.

Una persona o un país que han sido víctimas de un brutal atropello o una sangrienta dictadura requieren de un tiempo y de una terapia para curar sus heridas. En Alemania, luego de más de medio siglo, se sigue buscando a los criminales nazis y, por su parte, los que ya fueron condenados han muerto en prisión. En España, se buscan los huesos del poeta García Lorca. En Argentina, la paz se construye con el recuerdo de las víctimas y la prisión de los verdugos.

En ese país hermano, el objetivo del régimen de terrorismo de Estado fue destruir la memoria y la identidad misma de los opositores. Ni los niños nacidos en cautiverio escaparon de ese perverso designio. Les robaron el apellido y los vendieron a padres postizos. En esta misma semana, las Madres de la Plaza de Mayo lograron que se tomara el examen de ADN a dos jóvenes que fueron extraídos del vientre de la madre mientras se dejaba que aquella se desangrara.
Ni siquiera a eso pueden aspirar las peruanas a quienes se las hizo abortar contra su voluntad o aquellas a quienes se les arrancó la matriz.
La prisión de Fujimori no tiene nada que ver con las razones de humanidad que se aducen. Es necesario que permanezca en la cárcel soñando con el rostro y las voces de sus víctimas. Solamente así, volverá al país la paz del amor que no es la del miedo ni la de los cementerios.
Quien indulte a Fujimori debe saber desde ahora que la historia lo señalará para siempre como el hombre que una vez más se burló del dolor de Raida e hizo permanente el luto de miles de madres peruanas.
Estoy seguro de que ya lo sabe y que no quiere que la historia lo recuerde de esa manera sino como el hombre de la paz gracias a quien los niños siguen jugando con perritos al volver de la escuela y los adultos somos felices con el olor de los limones, la canción de los vientos, el rumor de la paz.

La dictadura: una tarántula en la almohada

Tarántula azul

Tarántula azul

A César Lévano, director del diario “La Primera”, le enviaron dos coronas de muerto en plena campaña electoral. A los familiares del premio Nobel, Mario Vargas Llosa, los trataron de intimidar de las formas más abusivas y cobardes.

Al presidente de la Corte Suprema, César San Martín, se le amenazó con un futuro juzgamiento. A quienes desde lejos de la patria trabajábamos en la campaña contra la dictadura se nos advirtió que, durante el nuevo gobierno de los Fujimori, seríamos condenados como traidores o se nos impediría la entrada en el país.

En muchos, esa campaña tuvo éxito. Cuando redacté la primera carta de apoyo al candidato nacionalista, tuve la mala idea de enviarla a un colectivo de intelectuales en Nueva York. A vuelta de correo electrónico, los mismos me hicieron llegar una propuesta de redacción diferente. La carta de ellos estaba dirigida al candidato Ollanta al cual se le hacían mil conminaciones a cambio de los votos. Comprendí que el miedo los hacía actuar de esa manera, y no insistí.

Los peruanos de fuera vivíamos, a través del Internet, la tragedia del Perú y las vicisitudes de la lucha por la democracia. Muy pronto entendimos que el poder de manipulación de una tiranía dura mucho más allá del momento en que el dictador carga un centenar de maletas, toma el avión y renuncia por fax.

La dictadura deja un fantasma que no se va a alejar de nuestra casa hasta que por una decisión valiente lo exorcicemos. En el caso del Perú, esa sombra nos ha perseguido durante una década. Es normal. Su recuerdo trae tras de sí miles de muertos, desaparecidos, juicios anómalos, torturas, persecuciones y hasta extorsiones por parte del control tributario. Es como una tarántula en la almohada

Si un veinte por ciento de electores votó por el fujimorismo en los primeros comicios, el veintitantos por ciento que acompañó después a la candidata lo hizo impulsado por una serie de infundados espantos que los propagandistas de la mafia supieron inocularle.

A los peruanos mayores, se les dijo que la jubilación desaparecería en el caso de una victoria democrática. Se añadió que los fondos de pensiones serían expropiados. Se les advirtió que sus pequeñas rentas, una casa o un terrenito, habrían de ser entregados a los inquilinos.

A las parejas jóvenes se les hizo creer que sus niños pequeños les serían arrebatados para constituir organizaciones regimentadas por el estado.

Por último, los operadores económicos ocasionaron extrañas bajas en la bolsa cada vez que Ollanta Humala ganaba puntos en las encuestas.

No quiero recordar al Goebbels criollo que difundió, en estos últimos años, la palabra “antisistema” para estigmatizar con ella a cualquiera que pusiera en duda el sacrosanto orden neoliberal impuesto por Fujimori.

La palabreja englobaba también las protestas de los ecologistas contra la contaminación de las minas o la rebelión de los nativos de la Amazonía en defensa de sus tierras ancestrales y contra el remate de las mismas a las corporaciones extranjeras.

El sólo hecho de proclamar una convicción de izquierda ingresó también al campo semántico de esa palabra, y eso era peligroso porque esa calificación estaba muy cercana a la de terrorista. Puede decirse que el miedo impuesto por la tiranía subsistió a través de esa palabra y de algunas acciones bárbaras.

La propaganda por el retorno al fujimorismo incluyó naturalmente el reparto de víveres, una forma asquerosa de expropiar la dignidad de los peruanos más pobres.

Nunca como ahora ha sido más evidente que la dictadura envilece a un cúmulo social. No hay que olvidar que una buena parte del país aplaudió en los tiempos del “Chino” las torturas y las desapariciones, y hoy las justifica. Cualquier encuesta revela que un porcentaje elevado de nuestros compatriotas no conoce sus derechos cívicos, cree que hacer oposición al gobierno es ilegal, que es justificable -como un pequeño exceso- el genocidio y que no hay problema alguno en renunciar a la dignidad de derechos humanos.

Hay que admirar por eso el ánimo indomable del candidato que sobrellevó durante varios años el sambenito de supuestamente ser un “antisistema” con todas las consecuencias incluso penales que ello podría ocasionarle y que tiene hoy que aceptar el mal olor de las adhesiones tardías y de los abrazos interesados, y hasta la arrogancia de quienes lo culpan de “no dar señales” y le susurran el nombre de ministros “aceptables”.

A pesar de que se nos quiso negar el derecho a opinar, los peruanos que vivimos fuera, nos sentimos orgullosos de no haber cedido un ápice. Nos hace felices tener tantos compatriotas que al sentir una tarántula en la almohada, cerraron los ojos seguros de que aquello era una pesadilla, y a las pesadillas hay que borrarlas en nuestro corazón. Al vencer el miedo, el amor por la patria se ha convertido en una nostalgia irreparable.

Contra los matarifes, la decencia.

Madres de los muertos de La Cantuta

Madres de los muertos de La Cantuta

El filósofo griego Eubulides de Mileto formuló la paradoja siguiente:

“Una persona afirma que está mintiendo. ¿Lo que dice es verdadero o falso?”

Es el caso de la candidata Keiko Fujimori quien cada semana ha hecho una afirmación diferente acerca del hombre preso en la DIROES por delitos contra la humanidad.

Primero proclamó a toda voz que aquél era inocente y, por lo tanto, no debería estar preso. Después, señaló que no sería ella quien lo liberaría, sino los jueces.

A continuación, dijo que ella no representaba las culpas de su padre, aunque todo el mundo entiende que su candidatura tiene por fin la reivindicación del dictador y su vuelta a palacio. Sobre todo, lo saben sus masas ante quienes declara que Fujimori ha sido el mejor presidente que ha tenido el Perú y les ordena que griten hasta que se escuche en la DIROES.

Si no pretende la libertad de ese reo, no se entiende por qué razón su representante Marta Chávez amenaza todos los días a los jueces que lo condenaron para el día en que Keiko asuma la presidencia.

Si no representa a su padre, entonces ¿por qué se lanza? ¿Qué credenciales exhibe para alcanzar la presidencia? ¿O la presidencia del Perú es lo mismo que un club de voleibol o de jugadoras de cartas?

¿Por qué fue candidato su hermano Kenji y por que lo eligieron congresista con la más alta votación? ¿Por sus personales dotes intelectuales y morales? ¿Por su vasta experiencia? ¿O más bien por ser como ella hijo del dictador encarcelado?

En la antigua Roma, se creía que los emperadores al morir se convertían en dioses mediante un proceso llamado apoteosis. Por su extrema torpeza y amoralidad, Claudio fue el único que no llegó a ser Dios. Más bien, se convirtió en calabaza. La candidatura del triunfante Kenji nos hizo pensar en ese vegetal.

Pero volvamos a Keiko. Nos dijo que su gobierno sería de una constante lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, tuvo que admitir que había recibido dinero del tristemente célebre “Olluquito” y de otros personajes del hampa que le fueron recomendados nada menos que por el cardenal Cipriani.

Semana tras semana, da una explicación diferente acerca de cómo recibió los millones de dólares para pagar sus estudios en el extranjero. Era, por supuesto, dinero sucio.

Se exhibe en los barrios pobres ofreciendo víveres a cambio de votos. ¿Es eso la moral para ella? Convertir en mendigos a los peruanos más necesitados ¿es parte de su “lucha frontal contra la pobreza”?

Se presenta como la candidata del cristiano cardenal que nos ha tocado en suerte. ¿Es cristiano que haya mirado hacia otro lado cuando una mujer, agente policial, fue descuartizada por los sicarios de su padre agrupados en el grupo Colina?

¿Es cristiano que no haya abierto la boca cuando su madre fue secuestrada y torturada? ¿Es cristiano que por el contrario la reemplazara en sus funciones?

¿Es cristiano que hoy mismo justifique la bestialidad de las desapariciones y de las ejecuciones de miles de peruanos?

¿Es cristiano que haya ostentado el título cursi de primera dama en un país en el que 300 mil mujeres de bajos recursos eran esterilizadas contra su voluntad?

¿Cuándo debemos creerle?… ¿Cuando alcance la presidencia, indulte a los reos Fujimori y Montesinos, los instale en palacio, y nos diga que todo era una táctica para reivindicar los actos del “mejor presidente que ha tenido el Perú”?

No es necesario que volvamos a la paradoja del filósofo griego. Los personajes que se preparan para gobernar con Keiko Fujimori son los mismos que, al lado del hombre de la DIROES, administraron el Perú durante una década, se llevaron una buena tajada del pago de las privatizaciones, criminalizaron toda protesta y establecieron en todo el territorio la paz social que se vive en los cementerios.

Matarifes y facinerosos. Eso es lo que tuvimos por gobierno en los últimos 10 años del siglo y lo que hoy se nos quiere imponer por una duración sin término.

Matarifes y facinerosos. Han suprimido la memoria del genocidio. Han encarcelado el recuerdo. Han condenado a muerte a la historia.

Matarifes y facinerosos. Lo único que tenemos para enfrentarlos es nuestra creencia en la dignidad humana, nuestra seguridad de que la patria tiene un destino, nuestra decisión de conquistarlo.

Es la decencia la que nos inspira en las cartas que enviamos los profesionales, los escritores, los artistas, los politólogos, los filósofos, y por fin la gente común y corriente que desfila y canta en las calles contra el retorno de la barbarie.

Es la decencia. Por eso vamos a derrotar a la mentira, a los matarifes y a los facinerosos. Vamos a votar por el Perú. Vamos a votar por Ollanta.