Perú, la cultura de los cementerios

Cementerio Presbítero Matías Maestro, Lima, Perú - Foto Ketzele

Cementerio Presbítero Matías Maestro - Foto Ketzele

Las semanas previas a las Fiestas Patrias desbordaron  de noticias. La designación de los nuevos ministros, las especulaciones sobre el nuevo porvenir del país, la lucha por la Copa América al igual que la esperada extradición de un bestial criminal de guerra y el descubrimiento de otro en Canadá fueron algunas de ellas.

Sin embargo, pese a su trascendencia, ninguno de estos hechos alcanzó tanto rating,  horas de televisión y centenares de párrafos como los obtenidos por un joven argentino que llegó a Lima para expresar a gritos una queja destemplada contra su antiguo novio, un animador de televisión, quien lo había abandonado.

El público colmó las instalaciones de la Feria del Libro de Lima para escuchar, palpar, abrazar, vivar y vibrar, y por fin conseguir un autógrafo de Luis Corbacho. Su libro-  de sugestivo título, “Morir maquillado”- no tuvo la misma suerte. Poca gente lo compró.

-¡Para qué necesito leer el libro… si por fin he conocido al autor!- declaró a la prensa uno de sus “fans”.

En la rueda de preguntas, nadie estaba interesado en los posibles valores literarios del libro. Más bien querían ser informados sobre las connotaciones sexuales y los morbosos detalles de la relación entre Luis y su ex novio. Por dos días, el gran suceso cultural dejó de ser una feria de libros para convertirse en una suerte de reinado de la primavera.

Sin entrar a valorar la infortunada decisión de los organizadores de ese evento, creo que la “entronización” de Corbacho es expresión de una quiebra de valores en la cultura peruana, de una conspiración permanente de la mayoría de los medios de prensa y de una carencia de voluntad política para acabar las herencias de la dictadura de Fujimori.

La televisión y las hojas de la prensa amarilla han sido las anfitrionas y las damas de honor del engendro. Con meses de anticipación y una bien sintonizada víspera, el despechado fue convertido en autor, en estrella y por fin en victorioso competidor de los mayores nombres de la literatura latinoamericana presentes en la feria. Para él, incluso, se reservó la sala que lleva el nombre de nuestro José María Arguedas.

Aquello es buena prueba de que estos medios pueden poner de cabeza los valores de nuestra cultura y nuestra nacionalidad. Y no se trata de cualquier medio. Los programas televisivos aludidos son los de mayor sintonía. Por su parte, la llamada prensa chicha es la que “alimenta el espíritu” de 9 de cada 10 peruanos.

Por publicidad de estos medios y según algunas encuestas burlonas, gigantescos segmentos de nuestra población creen que César Vallejo es un gran jugador de fútbol, que Ricardo “Richy” Palma fue una estrella del rock, que San Martín es un santo argentino y que Macchu Picchu fue fundado hace cien años. Y, por supuesto, estarán listos a creer y a festejar cualquiera de estos días el primer milenio del pisco souer, supuestamente inventado por los incas en los tiempos de Jesucristo.

Son esos mismos peruanos los que sostienen acerca de sus hombres públicos: “No importa que robe. Lo importante es que trabaje.”  “Eludió los impuestos porque no era un caído del guabo”. “Hizo quemar vivos a los estudiantes de La Cantuta, pero está justificado porque ellos tenían ideas izquierdistas.”… Son los mismos que aceptaron y  la supresión de la libertad en nombre de la seguridad… y al final el Perú salió perdiendo tanto la seguridad como la libertad.

Esas multitudes olvidan pronto los actos de corrupción del mandón de turno cuando éste los convence – a través de los medios- de que cualquier país vecino nos quiere hacer la guerra. No es raro por eso que el chofer de taxi que me condujo a la feria sea lector de uno de esos periódicos. No es raro que me haya preguntado si no creo que debamos comprar barcos y aviones de guerra. No es raro que me haya rogado por fin: “Consígame una foto firmada del señor Corbacho.”

La historia es real. Asistí a la feria como participante. Había allí tres salas. En una se situó al autor de “Morir maquillado”. Su audiencia –contada en miles de personas- desbordaba la sala y la propia feria. En la otra sala, el catedrático Roberto Hernández, de la Academia de la Lengua de Venezuela, sólo era escuchado por siete personas.

En la tercera sala, presentaba yo mi novela más reciente. Algunos amigos me habían aconsejado que no fuera al evento a efecto de librarme de un posible desaire. Creo que hay que tomar al toro por las astas, y por eso acudí de todas formas. Gracias a mi cuenta de Facebook y al hecho de que tengo amigos muy queridos, llenamos la sala. Ahora, los estoy invitando a la presentación de mi otro libro-“El veneno de la libertad” en el Museo de Arte de Lima el 16 de agosto a las 7pm., y les rogaré en Facebook que pasen la voz de que este tipo de medios no nos hará rendirnos.

En la nueva historia peruana que se inicia, creo que es urgente e inmediato que se legisle una regulación de los medios de comunicación. La dictadura justificó sus métodos criminales con la paz que supuestamente traería. Es verdad que, ayudada por la prensa chicha, la dictadura trajo la paz. La paz y la cultura de los cementerios.

La prensa chicha fue creada y/o subvencionada para adormecer conciencias, para crear ciudadanos dóciles, zombies o perversos.  Ahora esa prensa es una amenaza- sin regulación ni control ni contrapeso.- contra el poder del Estado y contra la marcha de la propia historia. Es preciso tomar al toro por las astas.

Basta de pataleos: No hay tercera vuelta ni Alexis es Miguel Strogoff.

Miguel Strogoff - Adaptación de Classic Comics

Miguel Strogoff - Adaptación de Classic Comics

No tuve la suerte de ver el partido de fútbol entre los equipos peruano y chileno, y por eso toda la mañana del día siguiente me la he pasando buscando en los periódicos el desenlace del mismo. No he tenido éxito. Si los amigos lectores revisan los diarios del miércoles, descubrirán que ninguno de ellos da cuenta del partido sino de un personaje cuyas aventuras en Rusia se parecen a las de Miguel Strogoff.

¡Increíble!, pensé. ¡Por fin, los dueños de los periódicos están leyendo literatura!… Pero me equivocaba. Lo que aquellos estaban haciendo era tratar de sabotear la legítima victoria de Ollanta Humala y las proyecciones de su futura presidencia.

Y mucho más se equivoca en Madison, Wisconsin, mi amiga Maureen Dolan quien me pregunta por email cuántas vueltas tienen las elecciones peruanas, y si ya ha comenzado la tercera. Kent Buys, por su parte, desde Corvallis, Oregon, quiere saber si cada seis meses se elige en Lima una alcaldesa…

¡No, no y no! – les explico a mis amigos.- No se trata de eso. No hay tercera vuelta, ni más vueltas que darle. Lo que están presenciando ustedes son los últimos pataleos de una derecha cerril que no se da por vencida aunque ya lo fue.

En vez de una campaña electoral esa derecha ensayó una guerra del miedo. Se dijo durante la misma que el triunfo del candidato popular significaría el estatismo, la fiscalización de los ahorros de la familia, la nacionalización incluso de la pequeña casita de renta, la disminución de la renta jubilatoria y la fuga en masa de las inversiones extranjeras. A media voz alguien que suele hablar con la retórica de la gordura insinuó incluso la posibilidad de un golpe de estado… Pero Ollanta Humala es el presidente electo, y nada de eso ocurre ni va a ocurrir.

Ocurre- les digo a mis amigos- que en el Perú no se está operando tan sólo un cambio de presidente. En verdad, hemos votado para mucho más que eso. Lo hemos hecho para que se inicie una era diferente. Un tiempo en que la prosperidad no se halle únicamente en la retórica de los mandones sino en la canasta del mercado, el techo propio. La educación de los hijos, todo aquello que en palabras inmensas se llama inclusión social.

El sistema neoliberal ha sido impuesto aquí de una forma no muy liberal. La bestialidad de la guerra sucia y el miedo que es su arma principal no han variado mucho en estas últimas décadas. Impugnar el neoliberalismo y sus repugnantes “valores” ha significado el peligro de ser declarado terrorista o sea pasible de prisión y ejecución sin juicio. El mercado, y no Dios, es el bien supremo de los neoliberales. La rentabilidad de las empresas, y no la solidaridad humana, es su filosofía única.

Ese sistema se ve amenazado cuando ve que el pueblo ya perdió el miedo. No habiendo elecciones ahora, llena sus periódicos con una imprudencia bien intencionada y un viaje que no han costado dinero al Estado ni lo han comprometido en lo mínimo.

En vez de ocuparse de las andanzas de Miguel Strogoff, la prensa debería investigar la grave denuncia de que el gobierno saliente ha puesto freno a la economía- y ello puede significar recesión- a través de la disminución innecesaria del IGV y el recorte de la inversión pública. Eso sí es un crimen.

La llegada de Susana Villarán a la Alcaldía de Lima –otro triunfo de David contra Goliat- también hace patalear a la obtusa derecha peruana. En vez de pregonar una segunda, tercera o cuarta vuelta contra ella, habría que exaltar el carácter de esta dama que sabe usar de su autoridad a favor de la gente que camina y en contra de las bestias que atropellan, cometen accidentes y envenenan el ambiente.

Ni el Miguel Strogoff peruano ha recibido una podaroshna, ni la señora Villarán va a ser desautorizada por el pueblo que la eligió. Como en la novela de Verne, los tártaros que nos amenazan a voz en cuello con sus grandes titulares y que pretenden minimizar la llagada de un viento libre al poder, deberían recordar que ya pasó su hora, y de que es tiempo de que de una vez se vayan o emprendan veinte mil leguas de viaje submarino.

El tango del indulto

“¡Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor!…¡Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador!”

Pocas veces el clásico tango de Discepolo tuvo tanta vigencia en Argentina como cuando doscientos asesinos, torturadores y secuestradores de niños recibieron el indulto y salieron a recibir el caliente sol de Buenos Aires.

Entre el 17 de octubre de 1989 y el 30 de diciembre de 1990, el entonces presidente de ese país Carlos Menem emitió una serie de diez decretos para perdonar a los culpables del más sangriento terrorismo de Estado que ese país ha conocido.

Entre ellos se encontraban los jefes de estado que habían ordenado el genocidio, los torturadores que disfrutaban alargando los suplicios contra disidentes y rebeldes, los que arrojaban presos al mar desde los helicópteros,  los que arrancaban recién nacidos del cordón umbilical y dejaban a las gestantes desangrándose, y por fin los que, luego de estas cobardes “hazañas”, habían vendido los niños al mejor postor. En resumen, los culpables de 30 mil muertes durante la espantable guerra sucia.

Para contrapesar, se liberó también a algunas de sus víctimas. El presidente Menem –quien también había sido un preso político, una víctima de quienes perdonaba, declaró que había ordenado los indultos  “para reconciliar al país y terminar de cerrar definitivamente las viejas heridas, como se hizo en otras partes del mundo.” No sabemos a qué partes del mundo se refería pues hasta entonces el único antecedente de un hecho similar era el de los juicios de Nuremberg tras de los cuales los criminales nazis fueron colgados.

Según un fiscal que había participado en el juicio contra las juntas militares, se trató de algo gratuito que hizo Menem para congraciarse no sólo con los reos, sino con ciertos sectores de poder que apoyaron a los golpistas, aplaudieron sus crímenes e hicieron grandes negocios a costa de la desgracia argentina.

El cálculo político de Carlos Menem no pudo ser más desdichado para él mismo. Poco tiempo después de dejar la Casa Rosada, sus indultos fueron declarados inconstitucionales y después derogados. Se investigaron sus cuentas en los bancos suizos. Se le descubrió una ilegal venta de armas al Ecuador pese a que Argentina era garante de los acuerdos entre ese país y el Perú. La Siemens, una de las empresas extranjeras favoritas durante su régimen confesó haberle pagado sobornos para obtener un contrato multimillonario.

El dos veces ungido presidente de Argentina se hundió en el descrédito y el ostracismo. Fue postergado y ninguneado. Tuvo que abandonar las reuniones sociales porque los antiguos amigos le huían como si oliera mal. Su reciente esposa, la bella modelo Cecilia Borocco, fue fotografiada luciéndose toppless en una playa de Miami junto a un amante italiano.

Tangos aparte, en la jurisprudencia quedó ratificado el principio de que los crímenes contra la humanidad son aberraciones no susceptibles de indulto.

Así lo declaró la Cámara Criminal Federal argentina sobre la base de la obligación estatal de garantizar la dignidad humana toda vez que estos crímenes no sólo hieren a las víctimas y a sus familiares. Son un ataque generalizado y sistemático contra la democracia, la civilización  y la propia historia. Tal lo refrenda la Convención Americana sobre Derechos Humanos que todos los países de la región reconocen como parte de su ordenamiento jurídico, en un rango superior a las disposiciones legales internas.

“Que fuimos crueles, nadie lo dude… pero no fuimos sádicos.” La autoría de estas palabras corresponde al ex dictador Jorge Rafael Videla, y se parece muchísimo a otras que hemos escuchado en el Perú durante la reciente campaña electoral como “nosotros matamos menos” enunciada por un dirigente fujimorista.

Bajo pretexto de una guerra interna, en Argentina como en el Perú, las dictaduras  institucionalizaron la tortura más salvaje contra hombres, mujeres y niños detenidos bajo simple sospecha o secuestrados para escarmiento de sus familiares.  Lo peor de todo es que, de tanto ocurrir,  el crimen fue banalizado por los periódicos más baratos e incluso justificados por las clases altas a las que benefició económicamente. Aquellas ya han iniciado su acercamiento al nuevo régimen.

Una dictadura criminal despoja al país de su memoria y a la gente de la conciencia de sus derechos. El mismo pueblo que aceptó como normal la ejecución sin ley y sin juicio de los supuestos terroristas no tardará en pedir a gritos la tortura y la muerte contra los opositores, los sospechosos e incluso contra los pecadores envueltos en costumbres contra la moral y las buenas costumbres.

Se ha dicho que el indulto de Fujimori será dispuesto en breve por cualquiera de los presidentes, el saliente y el nuevo. En base a la reconciliación de los peruanos, borrón y cuenta nueva, cierra ese libro y comienza otro. Pero no lo creemos porque para pasar la  página, hay que haberla leído antes.

Todavía el Perú no ha iniciado una necesaria etapa de la memoria como ha ocurrido en Alemania, España y en países más próximos. No es la hora de pensar en el indulto, ese vestigio de la monarquía autoritaria, que daría impunidad a los criminales. En Argentina todavía resuena el bandoneón, los malevos envejecen en la cárcel y Menem se da de cornadas contra una puerta cerrada.