Carta para Ariana y Romina

Otra vez las balanzas de la ley

Otra vez las balanzas de la ley

Cuando la sociedad peruana todavía no se había puesto los pantalones, tú ya los tenías bien puestos, querida Ariana, y nos enseñaste lo que se debe hacer en algunos casos: le diste una patada en el trasero al individuo que estaba atacando a tu madre.

Nos has enseñado, pequeñita, que frente al crimen lo primero que hay que vencer es la cobardía.

Las víctimas se inhiben de reaccionar. Los testigos prefieren no declarar. Quienes están cerca de un atraco miran hacia otro lado. Quienes divisan al sospechoso de un crimen suelen decir- frente a los investigadores- que padecen de miopía o astigmatismo. Quienes piensan que hay soluciones, prefieren callar. ¿Cómo debemos llamar a todas estas curiosas reacciones? ¿Hay otra palabra además de cobardía?

Las víctimas y los testigos dirán que temen una venganza y añadirán que ni la policía ni el poder judicial les ofrecen suficientes garantías, pero eso no es todo. Si la sociedad tiembla todo el tiempo, vamos a terminar por aceptar esta situación como normal y permanente.

Mientras la sociedad peruana termina de lavarse el pelo y de secárselo, ayúdame ahora, Ariana, a buscar otra palabra en vez de cobardía, que defina la actitud de los jueves frente a casos como el de otra niñita a quien debes de haber visto en la televisión, y se llama Romina Cornejo.

Ya han pasado 12 meses desde que “Papita”,  “Gordo Pedro” y “Hen” interceptaron a su padre en la Vía Expresa , y en el intento de robarle 6 mil dólares, balearon a la niña. Se cuenta con todas las pruebas del delito y- sin embargo- todavía los criminales no han sido sentenciados.

¿A quién temen los jueces? ¿A la OCMA o a los “marcas”? No lo sabemos, pero su lentitud da buenas razones a los vecinos y a los testigos de algún acto bestial  para decir que no saben, no vieron, no oyeron o no estaban allí cuando estuvieron

Por tu parte, querida Romina, nos estás ofreciendo cada día una lección de bravura frente a la adversidad. Te sentimos como hijita, sobrina, nieta, hermanita. Eres para todos nuestra bebita, y nos haces sentir muy felices cuando sabemos que has logrado activar la función de alguna parte de tu cuerpo que inmovilizaron las bestias.

De todas formas, día tras día, tu rostro y tu caso dan cuenta al mundo de que el Perú no es un país seguro, y que si queremos revertir esta situación es preciso actuar de inmediato y dar la batalla en todos los campos.

-¿En qué escuela se enseña a ser perversos?- me ha preguntado un sobrino que las mira en la televisión, queridas Ariana y Romina.

Le contesto que no hay escuelas formales, pero que la “prensa chicha” es más que una escuela, una academia preuniversitaria que está a la orden de aquellos que se inician en el camino del crimen y ofrece sus lecciones por solo cincuenta céntimos a quienes deseen especializarse.

Las hojas amarillas de la prensa chicha no suelen dar noticias de actualidad sobre el Perú y el mundo. Da lo mismo leer un ejemplar de hoy que uno del mes pasado. Sin embargo, sus fotografías morbosas, su persecución de amantes, sus textos malolientes son una negación de todos los valores y constituyen la exaltación de un sentido “criollo”, e inmundo de la vida.

La prensa chicha es la crónica social de los criminales. Si los diarios de antaño se referían al supermarlonbrandeado Marianito Chumpitaz y a la niquísima Nonita del Campo a la Ciudad , estos papeles de hoy nos regalan todos los días fotos de “Papita”,  “Gordo Pedro”,  “Hen” y otras bestias con un número sobre el estómago.

Debe de ser por eso que cuando la televisión y los fotógrafos persiguen a un delincuente que acaba de ser apresado, éste, las más de las veces, mira hacia la cámara y lanza una sonrisa hacia sus amigos y admiradores.

A veces levanta la mano y saluda, y se pregunta si resultará más buenmozo que el novio desesperado de un animador televisivo o superará los ratings de la vedette que fue sorprendida en alguna escapada sentimental.

Como bien se sabe, este tipo de prensa desde el tiempo en que apareció, hace más de treinta años, ha estado recibiendo el apoyo publicitario del Estado o de sus administradores cuando querían denigrar a un adversario, justificar un crimen político o levantar una cortina de humo para ocultar algún acto delictivo del gobernante de turno.

Cuando el grupo “Colina” asesinaba estudiantes y campesinos, y los rociaba de kerosene, esta prensa justificó esas muertes por ser supuestamente de terroristas. Esta prensa avaló los “juicios” sumarios de los jueces sin rostro, las torturas y los genocidios, e imprimió sobre el corazón y la mente de sus lectores las consignas de que “no importa de que robe si hace obra”, el todo vale de una sociedad de una sociedad sin valores.

¿Hay alguna forma de regular el uso de los medios? ¿O no debemos ni siquiera mencionar este problema para que no nos acusen de estatistas?

¿Hay alguna forma de pedir que se aumente el mísero jornal de los maestros en vez de que se anuncien futuros gastos militares?

Queridas Ariana y Romina: Gracias por ser nuestras paisanas. Ayúdennos, por favor, a ser valientes.

Constitución 93 o Estatuto del golpe

Batalla de Arica por Juan Lepiani

Batalla de Arica por Juan Lepiani

Entre 1881 y 1884, con 13 mil soldados marchando por Lima y apuntando contra los civiles, el ocupante chileno dictó una serie de decretos para gobernar el país vencido. Iban aquellos desde la imposición de millonarios cupos mensuales a la población hasta la elaboración de un reglamento penal – cárcel, tortura y muerte- contra quienes osaran infringir el nuevo orden, o como lo llamarían en nuestros tiempos, contra los “antisistema”.

Era el estatuto del invasor. En toda la historia peruana, lo único que se le parece es la llamada Constitución del 93 o, con más propiedad, el Estatuto del Golpe.

Es normal que quien rompe el orden constitucional de una república, estatuya en su reemplazo una carta de preceptos para normar la vida pública y hacer más eficaz la sujeción de los ciudadanos. De esa forma, se establece una lógica jurídica que justifica y hace congruentes los actos de los que gobiernan.

Instalado en el palacio de gobierno, el almirante chileno Patricio Lynch – a quien llamaban “el último virrey peruano”- dictó una serie de providencias que iban desde el conjunto de penas hasta el propio ordenamiento económico que evitara el desastre de la hacienda peruana. Esto era indispensable toda vez de la hacienda peruana vivía el ocupante y, por su parte, había que proteger la moneda nacional con que se pagaba a los miles de soldados ocupantes.

¿En qué se parece el estatuto del invasor al del golpe?

1) En primer lugar, la llamada Constitución del 93 también fue firmada por un extranjero.

2) Además, al igual que en 1881, en lo político, el Estatuto del 93 confería legalidad al propio golpista. Sin embargo, por su endeblez jurídica, ese instrumento, a veces dejaba de servir y, por ello, era necesario modificarlo o sencillamente “interpretarlo”. Así se hizo para legalizar las sucesivas reelecciones del dictador en los llamados procesos de “interpretación auténtica”.

3) En cuanto a sus metas, los mandatos chilenos apuntaban a crear una suerte de protectorado independiente en recursos, pero sujeto a Santiago. Es decir, tenían fin último –una alianza binacional en condición de dependencia- que iba más allá de la simple supervivencia del régimen del criminal de guerra, Patricio Lynch.

De igual forma, el Estatuto del golpe –además de dar consistencia legal a Fujimori-tenía por fin la completa reestructuración del Estado para convertirlo en el esclavo feliz de una dependencia frente al capital y a las grandes corporaciones extranjeras. Lo llaman “neoliberalismo”.

En base a ese fin último, se despojó al Estado de la mayor parte de sus funciones empresariales. Se le permitió solamente gerenciar aquellos sectores que los inversionistas extranjeros consideraban improductivos. Es decir, se le adjudicó una actividad residual.

De ello deriva la ola de las privatizaciones en sectores y empresas que ofrecían gran rentabilidad al Perú y que fueron rematadas en procesos muy difíciles de reconocer como legales. La lucha contra la corrupción tendría que investigar esa rifa o quiniela. De otra forma, lo harán los historiadores mañana para encontrar allí el origen de algunas súbitas fortunas de nuestro tiempo.

A partir de la privatización, los millares de peruanos desplazados de las antiguas empresas estatales pocas veces pudieron “rehacer sus vidas”. Conducen ahora taxis pintados de negro y amarillo que superan varias veces el número de los vehículos particulares. Como el barquero mítico, son esclavos del timón. Si deciden descansar el domingo, tienen que saber que ese día no van a llevar dinero al hogar.

Los menos afortunados- al igual que los asiáticos menesterosos- conducen una suerte de rickshaw, cochecito tirado por un hombre, el bicitaxi o mototaxi en las barriadas de Lima, Trujillo o Arequipa y en las calles principales de las otras ciudades peruanas. Algunos turistas se preguntan si ese es el aporte asiático del dictador de entonces.

En este sistema tiene lógica la supresión de la estabilidad laboral. Con ella, se pudo abaratar las empresas, eliminar a los trabajadores disidentes y vender el paquete de la suerte a los “inversionistas” extranjeros.

También tiene sentido en el sistema “neoliberal” suprimir la bicameralidad del congreso, y establecer una sola sala en la que es más fácil dictar leyes entre gallos y medianoche, manejar con un celular desde Palacio a los “padres de la patria” e incluso comprar la lealtad de estos y convertirlos en tránsfugas.

Hasta en eso se parecen los dos estatutos. Aunque habían proclamado el restablecimiento de la administración de justicia, a partir del 9 de febrero de 1881, todos los delitos y faltas quedaron sujetos a los tribunales militares chilenos cuya máxima cabeza era un almirante. Al igual, un almirante comandó el Palacio de Justicia en el Perú de Fujimori.

Cerrado “El Peruano”, se usó de su imprenta para editar “La Actualidad”, para justificar la legalidad chilena. El 21 de enero de 1881, ese diario editorializaba que el Perú no era capaz de fundar un gobierno fuerte “con la pauta constitucional vigente” Por eso, armaron su estatuto.

Hoy es tiempo de derogar el estatuto espurio que desde 1993 nos rige.

En el año 2011, todavía hay quienes lanzan chillidos porque alguien denuncie el esperpento. En el futuro, nuestros hijos y nuestros nietos se asombrarán de que no lo hiciéramos más a tiempo.