La Católica, el cuchillo en la boca

Tribunal de la Inquisición - Francisco José de Goya y Lucientes

Tribunal de la Inquisición - Francisco José de Goya y Lucientes

Los diarios no han dado la noticia según la cual la reina Isabel de Inglaterra ha ordenado que el Colegio Anglo Peruano de Lima cambie su reglamento. De ser obedecida, tanto la dirección como el cuerpo de profesores será nombrado por la embajada inglesa. La cuenta corriente del colegio también será asumida por dicha representación diplomática.

Esta medida se extiende a todas las academias de inglés del Perú, las cuales también  deberán transferir su patrimonio a la embajada.

De no ser cumplido el decreto, estas instituciones educativas perderían la calificación de inglesas que actualmente detentan.

En vista de haberse presentado algunas controversias, el arzobispo de Canterbury, primado de la Iglesia de Inglaterra, se ha permitido nombrar un visitador apostólico que impondrá con ánimo benevolente las órdenes de la monarquía británica.

La noticia no se ha dado en los diarios peruanos porque no es exacta, pero si es copia exacta de de algo que está ocurriendo en el Perú.

La pretensión del cardenal Cipriani y las disposiciones vaticanas referentes a la Universidad Católica consisten en: nombrar al rector y a las autoridades universitarias, depurar el currículum de los estudios que se imparten allí y, por fin, apoderarse de la economía de uno de los primeros centros de estudios superiores del país.

El pretexto es sencillo. De un lado, una donación entregada al claustro cuando éste ya existía. Del otro, las denominaciones de “pontificia” y de “católica” que lleva esa universidad y que, al parecer, según el Vaticano, nadie podría usar sin antes pasar por caja.

Se trata de una aberración jurídica. Según ella, la constitución y las leyes del Perú no tienen imperio en una universidad que esta situada nada menos que en Lima. A partir de ahora, se deben obedecer las normas impartidas en la lejana Ciudad del Vaticano y traducidas en la plaza de armas por su representante local.

Se daría el caso de un país independiente, el Perú, recibiendo mandatos imperativos desde un estado casi artificial que naciera en 1929 por benevolencia de Mussolini.

En realidad, el dictado de Benedicto no pasa de ser una insolente violación de las leyes de una república libre. Se trata de una invasión contra el ordenamiento jurídico del Perú. En ese sentido, la víctima no es la universidad; es el Estado. Supongo que Torre Tagle tomará cartas en el asunto. Supongo que él “visitador apostólico” no es un comisario regio como los que mandaban las metrópolis a sus colonias.

En pleno siglo XXI, la Iglesia Católica ha vuelto varios siglos hacia el pasado. Ya desde hace mucho tiempo la separación entre el estado y la religión es considerada como un principio inseparable de la democracia. El culto es asumido como una respetable actitud individual, y no tiene relación alguna con la comunidad organizada. En la sociedad moderna, todas las iglesias tienen un lugar siempre y cuando ninguna de ellas se asuma con potestad para imponerse sobre las otras. Esa actitud prepotente se llama fundamentalismo.

Hablando de fundamentalismo vaticano, en Estados Unidos, está fresco el recuerdo de cuando los obispos de este país, azuzados por el cardenal Ratzinger, hoy el Papa, proclamaron que votar por el candidato demócrata y católico (pero divorciado) John Kerry era un pecado. De esa forma, estimularon la reelección de Bush y la continuación de sus guerras infernales.

No hace poco, el Vaticano se negó a aceptar como embajadora norteamericana a Caroline Kennedy a pesar de ser católica y casada con católico. Su oposición a la misma se fundó el hecho de que la diplomática es partidaria de la investigación de las células madre. Se trata de una exploración científica que ya está obteniendo dramáticos resultados en el tratamiento de la diabetes y que podría conducirnos a la curación del infarto cerebral, la enfermedad de Parkinson y la esclerosis múltiple.

El fundamentalismo es criminal y estupidizador. En siglos pasados, condujo la mano maldita de los inquisidores que descuartizaban a sus víctimas para hacerlas proclamar algún dogma de fe. Ahora, trata de cerrar el paso a la ciencia.

En nuestros días, además, el fundamentalismo pone el cuchillo en la boca o la botella de ácido en la mano derecha a los jóvenes que se lanzan a morir por su fe no sin antes haber causado una hecatombe.

El fundamentalismo protestante impide que en algunas universidades religiosas de Estados Unidos se estudie la teoría de la evolución de la misma forma que él fundamentalismo católico prepara ya el currículum que le espera a la futura PUCP y selecciona a los estúpidos más adecuados para gobernarla.

Camarada Violeta

Violeta por Diego Rivera

Violeta por Diego Rivera

No es verdad que el Muro de Berlín haya caído y con él se haya acabado el bloque socialista. Lo cierto es que lo echaron abajo miles de trabajadores de la Alemania capitalista empujados por el hambre y ansiosos de entrar de una vez por todas en el paraíso proletario.

En la película Good bye, Lenin un joven berlinés inventa esa historia y otras similares con el afán de evitarle un gran dolor a su madre, una dama comunista postrada en el hospital debido a un accidente que la hiciera perder la conciencia semanas antes de los históricos sucesos de Berlín.

Lo recuerdo porque hace pocos meses visité a Violeta Carnero, la vieja luchadora social peruana que acompañara a su esposo, el poeta Gustavo Valcárcel, durante toda una vida en la demanda por la nacionalización del petróleo y de las minas, en el reclamo por tierra para los campesinos, en la exigencia por justas condiciones laborales y en la proclama por libertad sin restricciones para todos. Todas esas luchas se confundieron siempre con el sueño incesante, desmesurado y poético de un futuro mundo socialista en el que “ni pobres ni ricos habrá, y la tierra será un paraíso de toda la humanidad”.

Ninguna de esas luchas fue gratuita. A los Valcárcel, dedicar sus afanes a las causas más generosas les costó una vida de negación de oportunidades y de expulsión de puestos de trabajo al igual que seis temporadas en la cárcel, seis años de exilio, más de veinte de persecución y una sombra de pobreza que rodeó al poeta y que no cesa de perseguir a su amada superviviente. La camarada Violeta vivía en una torre de San Borja desde que, luego de cincuenta años a su lado, falleciera Gustavo en 1992.

No la había visto desde antes de la disolución de la Unión Soviética. Esperaba, por lo tanto, un piadoso silencio sobre esos sucesos, pero no fue así. El pequeño departamento de Violeta estaba colmado por afiches con los rostros de Marx, Engels, Lenin, Fidel y el Che Guevara, un poema de Javier Heraud y decenas de pines con la hoz y el martillo y los rostros jubilosos de los cosmonautas soviéticos que llegaran al espacio antes que los norteamericanos.

Violeta estaba radiante. Condenó las guerras que iniciara Bush y la ignorancia prepotente de ese presidente, y me dijo que todo ello era muestra de que el capitalismo estaba agonizando.

-Ya nadie podrá negar la perversidad intrínseca de este sistema que necesita del genocidio para sobrevivir.

Quise recordarle que la Unión Soviética había dejado de existir y que Cuba era una isla acorralada por la mayor potencia militar de todos los tiempos.

-¿Acorralada? Si ha sobrevivido acorralada durante cincuenta años, eso significa que ha comenzado a vencer.-me respondió y añadió:

-Espera un momento, hijito. Voy a poner un poco de música- me pidió y fue a prender una anticuada casetera porque los modernos MP3 todavía no habían llegado a su casa.

Mientras los acordes de la “Internacional” desbordaban la pequeña torre, recordé sin decirle que el Che Guevara había muerto, que Luis de la Puente Uceda había caído y que muchos jóvenes habían entregado su vida o renunciado a su libertad soñando con la letra de esa canción o entonando la que ahora me devolvía el otro pequeño casete:

Una mattina mi son svegliato

O bella ciao, bella ciao, bella ciao ciao ciao

Una mattina mi son svegliato

Eo ho trovato l’invasor

O partigiano porta mi via

O bella ciao, bella ciao, bella ciao ciao ciao

O partigiano porta mi via

Che mi sento di morir

Ya no escuchaba a Violeta, y a lo mejor tampoco me hallaba en este nuevo milenio en el que los poetas y escritores para ser considerados hombres serios y merecer un sitio en las revistas y en las librerías deben abjurar de sus sueños y de su pasado, llamar dictador a Fidel Castro y condenar como extemporáneas las bravas nacionalizaciones de Evo Morales. Las pilas de la casetera se agotaban y los parlantes roncaban, pero yo seguía escuchando:

Y si yo caigo, en la guerrilla.

O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.

Y si yo caigo, en la guerrilla,

coge en tus manos mi fusil.


Cava una fosa en la montaña.

O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.

Cava una fosa en la montaña

bajo la sombra de una flor.

Sobre la pared, colgaba una reproducción del retrato que le hiciera en México Diego Rivera. Al lado del aparato de música, la autógrafa de un poema que le escribiera Gustavo repetía desde un papel amarillento: “Sobre la almohada, a mi lado / tibio yace tu último sueño/ ahora en cambio la ciudad acoge / tu vehemencia.

Gustavo falleció durante los días del derrumbe del campo socialista que para él debieron ser particularmente crueles y, sin embargo, como lo ha contado otro buen poeta, Juan Cristóbal, declararía en su testamento que agonizaba con el corazón poblado de flores y de socialismo.

Esas frases y la propia música me recordaron que la derrota del bloque no involucraba necesariamente la del socialismo que, en vez de una opción política, ha sido para mí siempre una dimensión ética y una manera poética de vivir y de morir.

Cuando terminó “O bella ciao”, fallaron las pilas o acaso la casetera se puso en huelga, y recién entonces volví al Tercer Milenio y a la postmodernidad. Violeta me sonreía como si en vez de regresar a estos años, hubiéramos llegado de pronto a los del futuro del triunfo inevitable. Dirigí mi vista a la ventana y la luz del crepúsculo se había tornado en una fascinante aurora roja. Me despedí apresurado.

Varios meses después, Rosina Valcárcel, me dijo en un email que su madre acababa de salir de un hospital y que estaba derrotando a alguna reaccionaria dolencia humana. Recordé un poema de Gustavo: “A las enfermedades no hay que darles tregua, hay que enfrentarlas como a los tiranos, de frente”. Y a cada rato pienso que a lo mejor todo esto que dicen que es verdad, es pura mentira. El planeta se sigue ladeando hacia la izquierda. Tiene razón el corazón. Tiene razón la vieja bolchevique, la camarada Violeta.

Armando montonero

Armando Villanueva del Campo y Eduardo González Viaña

Armando Villanueva del Campo y Eduardo González Viaña

Cerca ya de los 96 años de edad, el rostro y el hablar cansado de Armando Villanueva reflejan las prisiones que conoció desde cuando todavía no cumplía 20 años así como las décadas de la persecución, del martirio, de la pobreza, de la clandestinidad y del destierro que hubo de sufrir por amor a la justicia social.

En su libro recién editado “Arrogante montonero”, nos recuerda que como él, decenas de miles de peruanos padecieron algunas pruebas temibles, o todas. Otros, los que vivieron en la normalidad de la vida urbana tuvieron siempre sobre ellos el estigma de ser considerados apro-comunistas y la posibilidad de recibir algún día la visita maldita de los soplones.

Tenía yo ocho años de edad cuando me enteré de que en mi casa vivía un aprista. Era un abogado respetable y acaso el más importante de la provincia. Una mañana en que yo regresaba de la escuela, desde la esquina cercana, divisé un sigiloso Ford negro estacionado frente a mi casa. De él bajaron cuatro sujetos e ingresaron empujando la puerta.

Vi cómo sacaban a mi padre, y no entendí nada. Pero lo entendí todo, con el corazón, cuando el hombre generoso que estaba frente a mí me lanzó una mirada tierna y levantó el brazo izquierdo.

-¡Hijo querido! ¡Viva el Apra!- me dijo con amor mientras se lo llevaban.

Desde ese momento de mi vida, he aprendido a respetar y a venerar a los luchadores sociales sea cual fuere la ideología o el partido que abracen. Un luchador social, como los cristianos del martirio, es alguien que elige una vida de renunciamientos por amor a los demás y sin esperar más recompensa individual que el orgullo de soñar y de apostar por la utópica sociedad en que todos seremos iguales y felices.

Mucha gente conoce a Armando sólo con los ojos del estereotipo. Se le llama “el zapatón” y se le dibuja como un búfalo colosal. Lo visité la semana pasada. Ninguna intolerancia advertí cuando comenzamos a cotejar algunos nombres e incluso los de aquellos que en un momento fueron sus adversarios.

-¿Qué piensas, Armando, sobre el guerrillero Luis de la Puente Uceda?…-le pregunté.  –Lucho fue un valiente. Un santo de verdad- me respondió.

El estrépito de los malls, la frivolidad de la televisión, la depravación de la prensa amarilla domestican, idiotizan y entrenan en el olvido a las nuevas generaciones. Son los medios del capitalismo caníbal para convertir en apolíticos, hedonistas y cobardes a nuestros jóvenes. Con el libro de Armando, ellos se enterarán de que tuvieron hermanos, padres, tíos y abuelos subversivos, y se sentirán orgullosos de saber que el sacrificio de aquellos no fue vano.

Y sabrán que gracias a su sacrificio tenemos la jornada laboral de las ocho horas, la semana de cinco días, las vacaciones, la seguridad en el empleo, la libre afiliación al sindicato, la educación estatal gratuita, y otros caminos hacia la felicidad comunitaria.

El capitalismo no ha obsequiado esas reivindicaciones; ha sido necesario arrancárselas. Las ganó el movimiento popular constituido por gente de todas las denominaciones revolucionarias.

El aprismo no es la única, pero es la comunidad que más ha sufrido en el Perú en la lucha por las conquistas sociales. Además, es una comunidad trágica. La mayoría de los fundadores y el propio Haya de la Torre murieron antes de ver un solo día de triunfo. De igual forma, en nuestros días, los apristas de base son acusados por las culpas de un gobierno en el que la mayoría de ellos no participó.

La supervivencia de Armando y de este libro fiel a la línea primigenia nos hace ver que el partido tuvo en sus filas visionarios, profetas y mártires; en suma,  más revolucionarios que políticos. La diferencia entre unos y otros estriba en que los revolucionarios entregan su vida y su libertad por una idea o por una causa. Los políticos entregan la causa para lograr el poder y la fortuna.

En el caso del aprismo, fueron los políticos y los “lobbistas” quienes generalmente ocuparon el poder.  Hay ejemplos de lo contrario, pero son pocos.

“Arrogante montonero” nos hace recordar los ideales primeros de la causa popular. Por ellos, los luchadores sociales padecieron en el Panóptico, El Frontón, el Sexto. Nos hace recordar que ese tipo infame de carcelerías se repite en nuestro tiempo y dura ya muchos años en castigo de alguna fe admirable que se formó también en el aprismo como es el caso de Víctor Polay hundido en un calabozo, casi enterrado vivo, mientras algunos corruptos gozan prisiones de lujo.

Fue para que pudiéramos ser felices que estos hombres fueron a la cárcel, y sus hijos no los conocieron sino cuando salían. Fue para eso que la camarada Natalia esperó largos años a su enamorado César Lévano y la camarada Violeta Valcárcel cocinaba para todos sus hijos con una sola pastilla de sopas Maggi. Fue para eso que Alicita Orrego, de ocho años de edad, no reconoció a su barbado y disfrazado padre Antenor, perseguido, pero amó sus dulces ojos azules. Fue por todo eso que muchos niños vimos a nuestros padres salir de casa con los brazos levantados. Y es en razón de todo eso que nos sentimos orgullosos y queremos continuar siendo arrogantes montoneros.