Star Trek y los republicanos

Star Trek: Serie original - Por Cory Doctorow

Star Trek: Serie original - Por Cory Doctorow

Cuando veo a los republicanos en la TV, siempre creo estar presenciando una serie de Star Trek, con astronautas que dentro de una nave que insisten en dirigirse hacia la nada.

Quien ha visto uno de esos debates televisados ya los ha visto todos.

Uno por uno, los aspirantes a representar a su partido y derrotar a Barack Obama dicen exactamente lo mismo.

Aparte de la obsesión de éstos por mostrar su Biblia y  hacer gala de unos supuestos valores cristianos en público, el catecismo de la extrema derecha se puede resumir así: 1) Es esencial poseer un poder militar aniquilante, 2) El Estado debe reducirse hasta casi desaparecer. 3) Seguridad social, salud, educación y todos los gastos sociales deben ser borrados.4) Deben preservarse los valores tradicionales de la familia. 5)La posesión de armas es un derecho indiscutible.

6) ¿Y los inmigrantes? ¡Hay que hacerlos volver a sus países de origen! ¿Y los que se quedan? Hay que castigarlos, quitarles el empleo, expulsar de las escuelas a sus descendientes, desconocer la nacionalidad de sus hijos si nacen aquí. ¿Y los que se atreven a cruzar la frontera?… En ello, compiten por ser más perversos… Según el más posible candidato, Cain, hay que electrizar el muro y achicharrarlos.

De acuerdo a como van las cosas, este hombre y este partido pueden ser los próximos ocupantes de la Casa Blanca.

Repito: todo el tiempo que los veo me hacen recordar “Star Trek”. Veo al “Enterprise” en la pantalla, avanzando a través de los cielos ignotos, y se me ocurre pensar que la nave y su tripulación son el mejor símbolo del país en que vivo y de lo que constituye su más terco designio: su marcha hacia la conquista de la última frontera. Sin embargo, al mismo tiempo, es patente que esta embarcación tiene una fuga.

Ahora, los “americanos” deben acostumbrarse a la idea de que no podrán cuidar su raya divisoria para siempre y de que, bajo cualquier alambrada o muro de contención, siempre habrá un túnel que deje pasar a un nuevo inmigrante puesto que la “globalización” iniciada por ellos también supone el libre intercambio de las fuerzas de trabajo al igual que el ingreso de millones de personas provenientes de los países que han quedado excluidos del Nuevo Orden Mundial.

En el sangriento Lejano Oeste se decía: “El único indio bueno es el indio muerto.”… Ahora, los precandidatos parecen decir algo similar de los inmigrantes.

El “New York Times” acaba de señalar que los republicanos están equivocados: “Los indocumentados tienen trabajos, tienen niños, pagan impuestos, usan los servicios del gobierno, y frecuentemente viven con miedo”. Por su parte, el obispo católico de Arizona, Gerald Kicanas ha denunciado que los trabajadores migrantes son sujetos de explotación por parte de empleadores sin escrúpulos, y los que tratan de encontrar trabajo son víctimas de abusos por contrabandistas de personas”.

Sin embargo, los precandidatos esgrimen pasajes de la Biblia que supuestamente llaman a la  represión contra la inmigración ilegal. Basta con darle la vuelta a una cita cualquiera para decir exactamente lo contrario. Uno de sus ideólogos lee un pasaje de Levítico: “Cuando un extraño se hospede con vosotros en vuestra tierra, no le haréis mal.” Lo que, según él sostiene, no implica que “los extranjeros puedan pasar por alto las leyes civiles para entrar en (el país), o que debamos pasar por alto cuando lo hagan”.

En cuanto a su nivel de inteligencia y de conocimientos, los precandidatos no desmerecen a sus mentores, por ejemplo a Bush quien decía que «si no tenemos éxito, corremos el riesgo de fracasar.», ni mucho menos a su cuasi filósofa Sarah Palin, según la cual “Nuestros aliados son los de Corea del Norte. Corea del Norte es la que está al sur, ¿no?”

Sin el valiente capitán Kirk, ni Spock, el mítico comandante de las orejas punteagudas, la nave republicana sigue su rumbo… hacia la nada.

USA 2012: Un padrino y una tigresa

El elefante republicano

El elefante republicano

Hace unos años cuando era catedrático en Berkeley solía llamar desde mi casa a algún taxi de la compañía “Brahma”. Sus choferes eran hindúes y llevaban barba y turbante.

Dejaba mi carro en casa y me instalaba en uno de esos taxis. Hundido en el sillón de atrás mientras pasábamos los puentes de San Francisco, tan sólo veía el turbante del conductor, la neblina de la ciudad y las aguas calmas del océano pacífico. Me sentía a bordo de una alfombra mágica.

Un día, sin embargo, llegó a buscarme un chofer pelirrojo y pecoso a bordo del taxi “Brahma”. Era de Nueva York, y por supuesto no usaba turbante. Al confiarle mi desilusión, me respondió que la compañía estaba obligada a dar trabajo a por lo menos un hombre de la etnia minoritaria en este caso era la blanca.

-“Equal Opportunity” (Iguales oportunidades)- me respondió haciendo referencia a la ley que obliga a las empresas a emplear cuotas de los sectores raciales o sexuales minoritarios.

La historia viene al caso porque las políticas de preferencia a las mujeres, a la gente de color y a los homosexuales pertenecen generalmente a los sectores considerados progresistas en este país.

Lo curioso es que la Equal Opportunity parece estar alcanzando hoy a los republicanos, sus tradicionales enemigos. Un precandidato de raza negra, Herman Cain y una mujer, Michele Bachman, tigresa del “Tea Party”, son hasta ahora quienes más posibilidades tienen para representar a su partido en la lucha por la presidencia de los Estados Unidos.

Herman Cain, un multimillonario que debe su fortuna a la industria de las pizzas Godfather (Padrino), se ha hecho famoso por un plan económico llamado 9-9-9 que, en última instancia, traslada la carga impositiva a los ciudadanos de medianos o bajos ingresos mientras que libera de impuestos a los que perciben ingresos millonarios.

Cain y Bachman compiten en perversidad contra los inmigrantes ilegales. El candidato afroamericano dijo alguna vez que se debe electrificar el muro de la frontera. En vez de quemar vivos a los inmigrantes, la señora Bachman prefiere construir una sofisticada muralla que también sería subterránea y que podría terminar sepultando a los invasores. Hay que recordar que tanto Cain como Bachman y todos los precandidatos republicanos se consideran fervientes cristianos.

Como de costumbre, los republicanos suelen darnos excelentes motivos para sonreír. La señora Bachman ha hablado de Libia, pero no sabe que está en África, tal vez en Europa o en América del Sur. En otra ocasión, acudió a un homenaje del desaparecido cantante Elvis Presley, pero olvidó que se conmemoraba su fallecimiento y gritó sonriente: ¡Feliz cumpleaños!. Por fin, confundió la localidad natal del actor John Wayne con la de un asesino en serie llamado John Wayne Gacy.

Bachman ha revelado que fue Dios quien le aconsejó buscar la presidencia de los Estados Unidos. Además, el Creador hizo de correveidile para presentarle a un hombre y exhortarla a que se casara con él. Marido y mujer forman ahora una familia ejemplar y dirigen una clínica cristiana para curar homosexuales.

Con menos sentido del humor pero con más ferocidad, Herman Cain ha reiterado que los desempleados no tienen trabajo porque no quieren y los ha conminado a que no sigan culpando de ello a los ricos.

La Biblia en su equipaje no es la única coincidencia de todos los precandidatos republicanos. También lo es la idea, inicialmente difundida por el presidente Bush, de deshacer la seguridad social. Predican ellos que los trabajadores podrían obtener un mejor retorno de la inversión en valores que cotizan en bolsa.

Si la idea del Sr. Bush se hubiera convertido en ley, la mayoría de los ciudadanos habría jugado al casino con su futuro. Millones se habrían convertido en mendigos en 2008 cuando colapsó el mercado de valores. Sería otro de los cataclismos de aquel apocalíptico gobierno. Ahora, el posible futuro presidente republicano nos vuelve a amenazar con eso.

A propósito, ¿qué pasó con el taxista de Berkeley?… Eso fue en los años 90. Después de pedirme disculpas por no ser hindú ni llevar turbante, me preguntó de qué país era yo.

-Ah, peruano. Ustedes son los que han elegido presidente a un japonés.

–“Equal Opportunity”- le contesté.

Un fantasma recorre Estados Unidos

Los ocupadores de Salem - Foto Matiax

Los ocupadores de Salem - Foto Matiax

Un fantasma recorre Estados Unidos… y ahora todo el mundo. Es el fantasma de la protesta social.

Comenzó en Wall Street, el corazón del capitalismo. Se extendió a cien ciudades norteamericanas. Ahora está en todo el planeta.

Hay gente de todas las edades, razas, religiones, clases sociales, niveles de educación, empleados y desempleados, sindicalistas, estudiantes y profesores universitarios, obreros de “cuello azul” y funcionarios de un nivel más alto, gente que ya está fuera del trabajo o que tiene miedo de perderlo muy pronto si las cosas aquí no cambian.

Ellos saben bien quiénes son, y lo dicen: “Somos el 99 por ciento. Somos los que producimos los bienes y servicios.”

¿Qué quieren los indignados?

Quieren que el uno por ciento cese de seguir jugando con sus vidas. Quieren un cambio completo del sistema.

Para resumir: 1) saben que Wall Street causó la crisis; 2) saben que Wall Street es responsable del mayor desempleo desde los tiempos de la Gran Depresión; 3) saben que los super-ricos se están volviendo más ricos;4) saben que los super-ricos están pagando menos impuestos; 5) saben que los millones de dólares dispuestos por el gobierno para salvar la economía fueron directamente al bolsillo de los grandes empresarios; 6) saben que el gerente general de una corporación gana billones al año y, sin embargo, paga menos impuestos que su secretaria.

En lo político, el  futuro es sombrío. Los republicanos han ocupado el Congreso y acaban de rechazar el plan del presidente Obama para crear nuevos puestos de trabajo.

Los precandidatos republicanos-uno de los cuales puede llegar a ser presidente-son un grupo de fundamentalistas entre los cuales uno de ellos prohibiría en las escuelas la enseñanza de la evolución. El esposo de la única candidata femenina dirige un establecimiento supuestamente de salud para “curar homosexuales”.

La izquierda gringa se enredó en los pantalones

En el 2008, cuando el sistema financiero se derrumbó, muchos pensamos en Estados Unidos que el momento del gran cambio había llegado.

Las evidencias de que el capitalismo era una estafa y un fracaso se acumulaban, y los banqueros de Wall Street- sin poder ocultar la culpa- se tapaban la cara con las manos frente a los periodistas y a la policía.

Se suponía que las calles iban a llenarse con manifestantes contra el capitalismo. En ellas se juntarían los jóvenes mutilados que regresaban de la guerra en Irak, los maestros y los policías despedidos debido a la crisis, los millones de desocupados, los muchachos que no encontraban opción alguna en el mundo laboral y, por fin, las familias que de un día para otro se habían encontrado con sus cosas en la calle debido a la intervención de algún banco.

Se supuso que los culpables del delito-convictos y confesos-serían juzgados por robo, por estafa y por sus crímenes contra la humanidad.

Se suponía que, en los Estados Unidos, la gente elegiría gobiernos de izquierda y se pondría a pensar en una forma alternativa de vivir ajena al egoísmo y la perversión del sistema capitalista.

Algo comenzó a suceder. En los comicios, se impuso un carismático y progresista demócrata, Barack Obama, quien prometía, entre otras cosas, seguro de salud para todos, algo que era revolucionario en un país donde 50 millones de personas no lo tienen.

Tres años después, sin embargo, al contrario de todo lo que se esperaba, muchos ciudadanos se fueron hacia la derecha y votaron por el partido republicano. El Presidente Obama fue lapidado como “socialista” por su programa de salud.

Por otro lado, alentado por multimillonarios préstamos del gobierno, el viejo sistema financiero ha sido plenamente restaurado.

¿Qué le pasó a la izquierda al comenzar la crisis? ¿Por qué no supo señalar un camino para el cambio? Creo que las “políticas de identidad” asumidas por ella en las últimas décadas le restaron energía y coherencia. Según las mismas, las contradicciones fundamentales de la sociedad son las de etnia y género (sexo). La lucha de clases prácticamente ya no tiene que ver con la historia.

¿Es posible imaginar diferencias en la sociedad sin explotación y dominación? La “diferencia” que constituye la clase como una “identidad” es, por definición, una relación de desigualdad y poder, en una forma en que las “diferencias” sexuales o culturales no tienen por qué serlo.

En el caso presente, la izquierda norteamericana no supo señalar una alternativa. Perdió profecía y contundencia. Se enredó en los pantalones. Ahora, los “indignados” de Wall Street y del resto del mundo han reivindicado la lucha de clases cuando proclaman y reiteran: “!Somos el 99 por ciento!”

Hoy a las 7 de la mañana me he encontrado con una familia que pasó la noche acompañando a los indignados cerca del Capitolio de Salem. Compartimos un café y unos “donuts”, y los felicité por el cartelón que llevaban:

“Los banqueros nos quitaron la casa, pero ya no estamos solos. Nos acompaña el 99 por ciento.”

Un muerto más

Violencia en el Perú

Violencia en el Perú

-Un muerto más… y entramos en el primer mundo.-escribió ayer un joven peruano en su cuenta de Twitter.

De inmediato, otro le respondió:

-¡Estás loco!… Ya estamos en el primer mundo. ¿No lees las noticias? En todo el país, hay por lo menos cincuenta crímenes diarios.

-No me refiero a eso.-respondió el primero.-Me refiero muertes con clase… Como la del estadio nacional…

Supongo que los dos fanáticos de este tipo de “glorias” peruanas deben de estar haciendo memoria del sujeto que no tuvo problema en apuntar contra el corazón de una niña de siete años y dispararle.

Recordarán también a las bestias que han dejado paralizada a otra niña, la pequeña Romina.

Leerán las primeras páginas de los periódicos según las cuales 13 mil pandilleros rondan las calles de Lima, y harán una comparación despreciativa con otras capitales de América. Uno por uno, revisarán y olisquearán los cadáveres que llegan cada noche a la morgue de Lima, y se sentirán felices de haber llegado al primer mundo.

Ambos estarán en lo cierto porque éste es el paraíso neoliberal, la nueva sociedad, que comenzó a construir Fujimori y que su más reciente apologista, el Dr. García, ha calificado de ingreso en el primer mundo.

¿Cuales son las características visibles de esta nueva sociedad?… A la entrada, a la salida y en todos los barrios de las ciudades, centenares de supertiendas y millares de compradores a crédito. En la casa, la televisión, un medio cuyo propósito es amansar, domesticar y robotizar. En los estadios y en las calles, las caras pintarrajeadas, los microbuses salvajes, las drogas, las pandillas de criminales, la barbarie.

Nada se resuelve poniendo más policías en las calles ni endureciendo las penas ni multiplicando la población carcelaria. En el Perú, se hace evidente una severa crisis de posibilidades y expectativas en medio de una sociedad consumista. Aquel que no tiene crecientes capacidades de consumo queda excluido de la gloria, la estimación y el éxito. No tiene un sitio que ocupar en la nueva sociedad. Es un vergonzoso perdedor.

No se trata de un país en crisis económica o desempleo. Es un asunto de cultura, de valores y de principios que han sido arrasados para edificar un Perú más fácil de ser vendido a las empresas transnacionales.

No es raro que la primera medida tomada luego del autogolpe del 5 abril haya sido la derogatoria de la constitución. Sepultada aquella, se mete en el mismo nicho  a ese hermoso proyecto nacional que es la suma de aspiraciones colectivas contenida en el preámbulo.

La segunda medida fue la criminalización de la lucha social. Valiéndose del pretexto de la lucha antiterrorista, el gobierno de Fujimori utilizó todas las fuerzas públicas así como el poder judicial-previamente puesto a su servicio-para reprimir a los movimientos sociales, perseguir a sus dirigentes e incluso desaparecerlos.

No es justificable que un individuo empuñe las armas contra el estado cuando existen instituciones y caminos legales para hacer escuchar su protesta o su propuesta de cambio. Sin embargo, no lo es tampoco que el estado responda con la matanza de individuos y comunidades ajenos al conflicto.

Y así fue como se procedió. La ejecución sumaria ha poblado de sepulcros anónimos nuestros campos. La crueldad de prisiones que más parecen calabozos perpetuos o tumbas para enterrar a hombres vivos ha sido aplicada todo el tiempo a través de procesos judiciales anómalos.

La dictadura y la construcción del estado neoliberal suponen también la banalidad, el “bullismo”, la despolitización y el despojo de la dimensión ética en el alma de los jóvenes.

Eso es lo que estamos viendo ahora. La barbarie es el verdadero rostro del capitalismo neoliberal.

Si no desmontamos los aparatos impuestos por la dictadura-el acta que nos guía, la represión perversa de la lucha social, los llamados al egoísmo y al hedonismo contenidos en sus panfletos- nada vamos a lograr así pongamos un ejército ocupando Lima.

Un joven comentará mañana en su cuenta de Twitter que un 20 por ciento de los peruanos son obesos, y que eso nos acerca al primer mundo. Es posible que un robusto ex mandatario se sienta muy feliz con ese pronóstico.

El primer norteamericano

A Negrita que duerme en el cielo de los gatos negros.

Gato negro - Foto Chosovi

Gato negro - Foto Chosovi

El primer norteamericano que conocí en Oregon vivía sobre uno  de los árboles de mi jardín. Como estábamos en un caliente verano, no  me extrañó que durmiera a pierna suelta sobre una rama indolente  durante casi toda la tarde, pero despertaba de noche y el esplendor de  sus ojos fulguraba como fulguran las estrellas que caen sobre la hierba en  esa estación del año.

Aunque su forma de caminar semejaba la de un policía  secreto, no trabajaba, y los delirios de su bohemia ultrajaban los oídos de  una vecina moralista, pero a mí no me despierta una banda de músicos,  ni me interesan las costumbres nocturnas de mis prójimos, de manera  que siempre nos llevamos bien, y por la mañana cuando yo salía al  trabajo nos hacíamos un parco saludo con los ojos que no pasó de allí  porque ambos somos sobrios de palabras.

No sé quién me dijo que esa presencia intrusa en mi jardín  atentaba contra mis derechos de propiedad, pero aquello no me  convenció porque él había estado allí desde antes que yo, y es bien sabido que la posesión genera propiedad en la mayor parte de las  legislaciones del mundo. Además, nunca me sentí invadido, ni al  comienzo, ni cuando el gringuito, que ya me había agarrado confianza  saltaba al techo y por fin a la puerta de mi casa en donde se estiraba y  bostezaba todo el tiempo hasta que logró causarme cierta envidia.

De la envidia pasé a la humana consideración de que mi  vecino bohemio necesitaba quién lo alimentara sin hacérselo notar  demasiado para no herir sus sentimientos, y un fin de semana fui a una  tienda de “pets” para comprar comida de gatos y un plato especial que  disimulé junto al felpudo de la entrada, y nuestra relación se convirtió en el intercambio matinal y vespertino de un plato de comida por un ronquido  agradecido y alguna que otra mirada entre afectuosa y displicente, junto a  la puerta de mi casa..

¿Con qué nombre llamarlo después? Se me ocurrió que podía  bautizarlo con el  de Carlos porque recordé unos versos de Vallejo que  repito de memoria: “¿Quién no se llama Carlos? ¿Quién no tiene un  vestido azul? ¿Quién al gato no le dice gato, gato?”

Cuando llegó el invierno, extrañamente duro para estos  predios, pensé que Carlos no podía continuar alternando la rama con el  techo, y le ofrecí el calor de mi casa que, en un primer momento, declinó  sin decir una palabra, pero mi conciencia no me permitía dormir tranquilo  de esa forma, y una noche le puse el plato de comida dentro de la casa,  y cerré la puerta de súbito, con lo que Carlos se convirtió en el amigo que  dormía junto a la chimenea o que hacía acrobacias en el filo de las  ventanas más altas de mi casa. A veces incluso, llegaba tarde de la calle y tocaba la puerta para que lo dejara entrar, probar sus alimentos y gozar  del calor nocturno de una casa humana.

En ese momento, ¿me había convertido yo en el dueño de un  gato? ¿o más bien el gato se había convertido en mi propietario? Lo  segundo es más convincente  porque estas criaturas conservan todo el  tiempo su atavismo de fieras independientes, y en vez de aceptar una  caricia sobre su lomo son ellas las que se restriegan en nuestros  pantalones o aceptan con indiferencia algunas palmaditas sobre la  cabeza.

Al llegar la primavera, Carlos volvió a vivir en la calle, aunque  religiosamente aparecía a reclamar sus alimentos en mi puerta a las  cinco y media de la mañana, hora en que salgo al gimnasio, y después  aproximadamente a las seis de la tarde cuando suelo regresar de la  universidad. Para entonces, mi gato (o más bien, “el” gato) había  aprendido a sobornarme con una nueva gracia. No sé cómo se enteraba  de que mi carro estaba llegando, y corría desde una cuadra antes a la  velocidad de un galgo para subirse luego sobre el capó e interrogarme con  la mirada acerca de si había comprado la nueva marca de comida de  gatos que anuncia la televisión. Otra forma de hacerme ver que  correspondía mis cuidados era dejarme de vez en cuando como obsequio  un pajarito muerto a la puerta en la suposición de que tal vez soy un gato  grande, y aquellos son también mis alimentos.

Esas y otras gracias me compraron el corazón durante dos  años. Pero además, Carlos y yo nos parecíamos en ese afecto que  conserva distancias y asegura independencias, de manera que en las  ocasiones en que yo salía de viajes, no tuve que preocuparme por buscar  quién cuidara del gato, y siempre lo volvía ver contento y curioso tratando  de saber qué es lo que había traído en mis maletas.

El tercer año desapareció durante todo el verano y parte del  otoño sin dejar una nota explicatorio, y una vez más en mi vida aprendí  que sin amparo y sin amor, se conoce cómo es de veras el silencio. Pero  una noche de mediados de octubre, Carlos tocó mi puerta y, sin hacer el  menor comentario, ordenó con los ojos que le sirviera su plato junto a la  chimenea. El cuarto verano desapareció otra vez, y otra vez se volvió  visible cerca del invierno.

El asunto es que para la fiesta del Thanksgiving, el tercer  jueves de noviembre, unos vecinos vinieron a mi casa para invitarme a la  suya, y en cuanto vieron a Carlos, no pudieron contenerse: “Pero si es  Garfield, nuestro gato! Suele aparecer en el verano a la puerta de nuestra  casa, y siempre se va con nosotros a veranear en la Florida”

No quiero entretenerlos más con esta historia que no es una  historia sino una carta de las que suelo enviar en el “Correo de Salem”.  Hace unas semanas regresé a casa luego de unas vacaciones que me  llevaron al Egipto, Holanda, Miami y el Perú, pero desde entonces hasta  ahora no he vuelto a ver a Carlos, y no sé si lo veré más en esta vida  porque un vecino me habla de un atropello automovilístico, y otro me dice  que tal vez se ha ido a vivir en Canadá.

Los pájaros migratorios ya navegan sobre los cielos de Oregon  inventando el otoño, y muy pronto las ballenas comenzarán a cantar y  deslizarse a poca distancia de nuestras costas, pero Carlos no aparece  ni en el mar ni en el cielo, y yo no termino de preguntarme qué misterioso  designio nos hace camaradas, compinches, cómplices, amigos y acaso  parientes de las criaturas que nos miran desde los árboles.