Quememos los libros de Vallejo

César Vallejo

César Vallejo

La semana pasada mientras –con decenas de académicos del mundo- celebraba en Londres los 120 años del nacimiento de César Vallejo, me encontré con un artículo aparecido en la prensa peruana destinado a demoler por fin a nuestro gran poeta.

Un señor- de nombre, Diego La Torre- condenaba a Vallejo por haber escrito una, según él , « letanía derrotista que tanto daño le hizo al país. »

Para el escribiente de « Correo », Vallejo « influyó de manera negativa en el subconsciente de los peruanos. » Sería necesario acallarlo, y decirles a nuestros hijos que « han nacido un día en que Dios estaba contento y que el Perú es un país maravilloso. »

La Torre no es el primero. Hace un lustro, en « El Comercio » , un tal Fernando Berkemeyer culpó al poeta y a su relato « Paco Yunque » de haber incitado la rebelión campesina de Combayo contra los detentadores de Yanacocha, la primera mina de oro de América, la segunda del mundo.

Según el sesudo articulista, influidos por ese texto provocador, los comuneros que defendían su medio ambiente, su dignidad y su vida, en realidad se alzaron « para atropellar los derechos de los grandes. »

« Los débiles de ayer tienen hoy poder »- se lamentaba Berkemeyer. Para él, ese conflicto no se debía al envenenamiento de los cultivos y del ganado, ni al asesinato de un comunero a manos de los gorilas de la seguridad de Yanacocha sino a la idea del socialismo y a la presencia en los púlpitos de sacerdotes aue recuerdan la pobreza de Cristo y su mensaje de justicia social. Flotaba en el escrito el mensaje de prohibir la lectura de Paco Yunque y de toda la perniciosa obra vallejiana.

La Torre y Berkemeyer solo han leído « Paco Yunque » porque es breve y porque se lo exigieron en el colegio. De lo contrario, la novela « El tungsteno » habría pasado bajo sus pestañas. En ella, Vallejo retrata una mina hasta hoy existente, Quiruvilca, donde fue testigo presencial de cómo salían ciegos, tuberculosos o mutilados los trabajadores y de cómo la tierra se convertía en un negro hoyo del infierno.

De haber sido mejores lectores, La Torre y Berkemeyer habrían exigido que se quemen esos textos o que se declare terroristas, antiperuanos y enemigos de la inversión extranjera a los maestros que dan clases con Vallejo o a los curas que lo mencionan en sus sermones como se hizo antaño… y como se pretende que se haga ahora.

En diversas publicaciones y blogs se ha dicho que La Torre y Berkemeyer son idiotas. No lo creo así.

Ambos son la expresión inocente, casi naif, de algo que está presente en casi todos los grandes medios de expresión del Perú. Los antiguos enemigos de la candidatura del actual presidente suponen que él es ahora uno de los suyos, y tratan de persuadirlo todos los días para que emprenda acciones antidemocráticas, pero según ellos necesarias para mantener un orden injusto y fatal o un anacronismo perverso.

El masacrador de Accobamba declaró hace muchos años ante una co,isión del Congreso que personalmente había matado niños en esa aldea, pero que lo había hecho con buena intención, para evitar que de adultos se convirtieran en comunistas.

De la misma forma, los antes nombrados « columnistas » y los periódicos que profesan un integrismo de derecha azuzan a las autoridades para que se revisen los textos escolares y para que de allí se eliminen lecturas como las que mencionamos o lo han hecho ellos : Montaigne, Voltaire, Marx, la teoría de la evolución de Darwin, los cuentos de Ribeyro, los poemas de Alejandro Romualdo y para que borren de la historia los retratos de Túpac Amaru o del general Velasco Alvarado.

Para el integrismo derechista, los peruanos del futuro, en vez de ser hombres completos deberán ser sujetos del mercado, esto es seres previsibles, robotizados, incapaces de soñar utopías y felices, tan felices como La Torre y Berkemeyer.

De nuestras escuelas y universidades, según ellos, debe salir el nuevo hombre hábil solamente para aceptar todo lo se le diga, pero incapaz de escribir un poema como Vallejo o Eguren, o de soñar con la salvación como Túpac Amaru.

En resumen, quememos los libros de César Vallejo. En su lugar, tendremos niños del futuro acaso muy parecidos a La Torre y Berkemeyer. Tendremos maravillosos chimpancés que manejan celulares.

Macartismo y educación

Nueve de los diez de Hollywood

Nueve de los diez de Hollywood

Un día, durante la dictadura del general Odría, un grupo de soplones se presentó en el colegio donde trabajaba Andrés Zevallos de la Puente, y exigieron que el director despidiera al artista así como a un grupo de sus colegas a quienes se acusaba no sé si de apristas o de comunistas.

Quien es hoy uno de los más grandes pintores de nuestra América andina abandonó sus pinceles, aprendió a manejar y se convirtió en camionero. Su milagrosa reciedumbre le permitió sobrevivir y mantener a los suyos durante varios años.

José María Arguedas, bajo Benavides, no tuvo la misma suerte. Por razón de sus ideas, fue recluido en la prisión del Sexto. Como lo cuenta su novela, el personaje que lo representa fue recibido en el tercer piso de la prisión por centenares de hombres que cantaba la marsellesa aprista.

Al igual que estos dos peruanos inmortales, miles de ciudadanos fueron echados de sus puestos de trabajo, perseguidos, difamados, encarcelados, torturados o asesinados por la única razón de no pensar de la manera oficial ni aceptar la tiranía.

Es toda una metodología de la infamia y el miedo. Se la llama macartismo. El nombre proviene de algunos tristes años de la historia norteamericana (1950-55) cuando el senador Joseph McCarthy convirtió la casa legislativa de una suerte de inquisición. Delaciones, denuncias, procesos con trampa y listas negras contra personas acusadas de ser comunistas significaron la destrucción de las familias, la cárcel, la deportación y la infamia contra personalidades del cine, la literatura, la vida universitaria y los sindicatos. Uno de sus procesados más célebres fue Charles Chaplin.

Desde entonces, la palabra “macartismo” se aplica por extensión a las actitudes que adoptan algunos gobiernos para aplastar los derechos civiles y sembrar el miedo en nombre de una supuesta seguridad nacional.

El año pasado, negamos nuestro voto a la opción Fujimori puesto que ella representaba la intolerancia y la brutalidad. Es más, su campaña estuvo teñida de macartismo contra el candidato Ollanta Humala a quien la señora KF y casi toda la prensa nacional acusaban de extremista cuando no de terrorista. Por su parte, legiones de “caritativas” señoras enviaban por el Internet solicitudes de enviarles canastas de comida para derrotar “a Humala, a los cholos y al comunismo.”.

El macartismo fue derrotado a pesar de su Plan Sábana y de la multimillonaria bolsa de las mineras. Sin embargo, ahora a través de estos medios, la derecha  quiere envolver al gobierno democrático en la campaña que ellos habrían impulsado de llegar a Palacio.

Como lo dice el filósofo de la Católica Gonzalo Gamio, quienes asumen que los individuos tienen derechos universales, quienes creen que la reconstrucción de la memoria constituye base de la democracia y quienes propugnan el cuidado del medio ambiente, corren peligro.

“Entonces uno es tildado de “marxista”, etiqueta que se identifica luego con la de “comunista” y finalmente con la de “terrorista”.

Hoy, esos periódicos demandan al gobierno que expulse de las aulas a los maestros que estuvieron presos por la acusación de terrorismo. Si cumplieron sus penas, esto no tiene el menor sentido a menos que se les quiera condenar a morir de hambre. De otro lado, las condenas aplicadas por los jueces sin rostro del fujimorismo no son demasiado creíbles y empañan la imagen del Perú en otros lados del mundo.

El macartismo pretende que nos callemos frente a lo que no nos incumbe toda vez que no somos sus víctimas. Le respondemos con las palabras de Bertolt Brecht:

“Primero vinieron a por los judíos y no dije nada porque no era judío. Después vinieron a por los comunistas y no dije nada porque no era comunista. Más tarde vinieron a por los sindicalistas y no dije nada porque no era sindicalista. Luego vinieron a por los católicos y no dije nada porque era protestante. A continuación vinieron a por mi, reaccioné y grité, pero ya era demasiado tarde: ya no quedaba nadie que hiciese algo por mí”.

USA, el voto latino

Latino en los EEUU - Foto Matías Trejo

Latino en los EEUU - Foto Matías Trejo

Uno de los más recientes números de “Time” apareció con una portada en español que proclamaba “Yo decido”.

Se refería al creciente poder electoral de los latinos y a su capacidad para dirimir quién va a ser el próximo presidente de los Estados Unidos. De acuerdo con la lógica, no van a votar por los republicanos. Pero, ¿tendrá la lógica algo que ver con las elecciones?

Los republicanos están haciendo todo lo posible para recibir el rechazo de la comunidad inmigrante. Veamos algunos de sus proyectos:

Uno de los dos precandidatos más posibles, Mitt Romney, ha prometido que vetará el “ Acta del Sueño”. Ese dispositivo legal abre la posibilidad de legalización los estudiantes indocumentados que hayan llegado a USA antes de cumplir 16 años y que terminen por lo menos dos años de universidad o se inscriban en las Fuerzas Armadas.

Todos los aspirantes de ese partido coinciden en la necesidad de terminar la construcción del muro a lo largo de la frontera con México. Herman Cain, quien ya esta fuera de carrera, quería que la gran pared fuera electrificada con el fin de achicharrar a los intrusos.

Rick Santorum, por su parte, da su apoyo a la ley migratoria de Arizona a pesar de que la misma es, desde todo punto de vista, racista, y castiga, incluso, el aspecto físico o el acento lingüístico de una persona.

Ron Paul denuncia que por culpa de los inmigrantes, los hospitales y las escuelas se están yendo a la quiebra.

Obviamente, todos ellos están de acuerdo en que Estados Unidos debe continuar las guerras en que está metido e iniciar otras para hacer frente a ciertas apocalípticas fuerzas del mal.

Pero, ¿significa esto que el voto latino ya está decidido?… No lo podemos asegurar.

En 1994, el presidente George Bush se lanzó a la carrera para conseguir el segundo mandato. Todo el mundo sabía entonces que la guerra contra Irak había sido iniciada sin motivo real alguno y que ni el propio presidente creía que hubiera “armas de destrucción masiva” en ese país. Nadie se comía tampoco el embuste de que Sadam Hussein estuviera ligado al bestial genocida Osama Bin Laden.

Sin embargo, hasta ese momento, más de mil 100 jóvenes norteamericanos habían regresado a la patria en ataúdes. Por otra parte, la economía estaba haciendo agua.

Aunque parezca increíble, la campaña electoral fue centrada por los republicanos en temas que les son extrañamente obsesivos como el matrimonio homosexual y el aborto. Y de esa manera obtuvieron el apoyo inesperado de quien menos se podía suponer, el de la Iglesia Católica.

A pesar de que el Papa había condenado la guerra en Irak, varias decenas de obispos suscribieron una carta-publicada en todos los diarios-en la que se advertía que el católico dispuesto a votar por el demócrata John Kerry, y no por el presidente Bush, debería confesarse porque estaba cooperando con el diablo.

El manifiesto fue coordinado en el Vaticano con el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Papa Benedicto. El motivo en que se basaba era, por supuesto, la férrea oposición republicana a los temas de su extraña obsesión.  Hoy, la agenda republicana es la misma.

Si se tiene en cuenta que la mayoría de los latinos son católicos, las elecciones en este país ¿serán otra vez decididas por el Papa? ¿Votara el Papa en estas elecciones?

Los alemanes católicos de Mount Angel, un pueblo de Oregón, suelen tener de doce a quince hijos porque obedecen las consignas del Papa que condenan el control de la natalidad. En América Latina, se practica un catolicismo más relajado. Pecamos, y después nos confesamos.

Mirar a Vallejo hoy mismo

Vallejo en los infiernos

Vallejo en los infiernos

“Volver a mirar a César Vallejo en el siglo XXI” se llama la conferencia –y el homenaje internacional- que rinde a nuestro gran poeta el 16 y el 17 de marzo la University College de Londres. De acuerdo con los “rankings”, esta casa de estudios se encuentra entre las siete más importantes del mundo. Nada menos que 21 ganadores del Premio Nóbel salieron de sus aulas.

Es fácil comprender por ello la envergadura del acto así como la dimensión que ya tiene el autor de “Trilce” en el planeta. El problema es qué hacer para “volver a mirarlo” en este siglo. Justamente, yo he tenido la suerte de ser invitado para decirlo. Se me ha dado el honor de presidir la sesión plenaria con una disertación sobre mi novela “Vallejo en los infiernos”.

Ese es un honor inmenso y una responsabilidad mucho mayor. Los debo al hecho de haber escrito la primera novela biográfica sobre Vallejo, y de haber mostrado en ella que, en vez del metafísico llorón que algunos dibujan, el escritor fue un rebelde, y su obra podría haber sido escrita en nuestros días, y la gente supondría que se trata de un hecho que está sucediendo en algún lugar del Perú de hoy.

Tengo varias razones para decirlo:

La primera: Como lo denuncio en mi novela, César Vallejo fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas. Los críticos y comentaristas de su obra suelen dedicar sólo unas líneas breves –y a veces mezquinas- a este hecho, que es fundamental en la gesta de  “Trilce” y en la comprensión de ese libro y del propio país que le da origen.

Nuestro poeta fue testigo y denunciante de un acto criminal ocurrido en Santiago de Chuco, su pueblo, (1920) cuando azuzados por los poderosos, los gendarmes acantonados allí se levantaron en armas, intentaron eliminar a las autoridades locales y asesinaron a un intelectual amigo del poeta. Con piedras y con sus propias fuerzas, los vecinos impidieron que aquello se convirtiera en un genocidio.

La acción judicial fue iniciada contra los gendarmes y sus instigadores. Sin embargo, movida por fuerzas misteriosas, la Corte Superior de Trujillo la convirtió en una investigación judicial contra los denunciantes y las propias víctimas. El juez ad hoc enviado al lugar de los hechos festinó trámites, fabricó pruebas, inventó personas, dibujó firmas de personas ausentes y, bajo tortura, obtuvo la confesión de un supuesto autor material de los crímenes quien decía haber sido armado por Vallejo.

Cuando el abogado del poeta, pidió que el supuesto sicario fuera llevado ante la Corte de Trujillo, la “justicia” lo envió atado al lomo de una mula bajo custodia armada. A la mitad del camino, sus captores lo bajaron del animal y lo mataron a balazos aduciendo que había intentado huir.

Por casualidad, el juez ad hoc era también abogado de poderosas empresas donde habían estallado sublevaciones sociales, Casagrande, que en vez de salarios ofrecía coca y raciones de comida a sus trabajadores, y Quiruvilca, la mina donde miles de indios eran empujados a trabajar 20 horas al día hasta la extenuación, la tuberculosis y la muerte.

En la Universidad de Trujillo, nacía entonces una generación de jóvenes intelectuales atraídos por el socialismo, por el anarquismo o por la sola idea cristiana de liberar a los oprimidos. Las grandes empresas y sus agentes querían escarmentarlos, inventarles algún sambenito y eliminarlos físicamente si fuera posible. Vallejo fue la víctima escogida, el incendiario, el terrorista de la época.

La segunda razón es que lo que fue real en 1920 se repite hasta la saciedad en nuestro tiempo. Quiruvilca, -denunciada por Vallejo en su obra “Tungsteno” y evocada  en mi libro “Vallejo en los infiernos”- se parece entrañablemente a la región de mayor conflicto social del Perú de hoy, las minas. En Cajamarca, una región “vallejiana”, se encuentra la más grande explotación del oro en el mundo. Sin embargo, el setenta por ciento de la población padece extrema pobreza. Las denuncias de contaminación son frecuentes. Por fin, los sacerdotes que encabezan la protesta son amenazados de muerte y perseguidos por una banda de forajidos en estrecha relación con el cuerpo de seguridad de la mina.

La tercera razón para aducir la realidad de mi novela es algo que no se suele contar: Vallejo, uno de los grandes poetas de la lengua castellana en el siglo XX, no pudo regresar jamás a su país. Si lo hubiera hecho, habría sido conducido de inmediato a los infiernos de alguna cárcel tremebunda. Ello se debe a que el proceso penal instaurado contra él nunca se extinguió, y sus enemigos anduvieron todo el tiempo buscando la extradición.

Algunos comentarios supuestamente académicos obvian este hecho, y aluden a una risible “pasión metafísica” su imposible retorno.

Lo he dicho otras veces, y ahora lo repito. Vallejo y su vida no son reales una vez. Lo son una y otra vez. Espero que no por mucho tiempo.