Los santos, Obama y los inmigrantes

Jesús Malverde "El Bandido Generoso"

Jesús Malverde "El Bandido Generoso"

El año pasado, conocí a un santo mexicano cuyo nombre es San Jesús Malverde. Después de asaltar y robar en los caminos y luego de haber sido colgado por las autoridades, Malverde subió al cielo, y de allí baja continuamente armado de una pistola para ayudar a quienes lo necesitan. Es un protector de los inmigrantes ilegales en Estados Unidos, y se le reconoce porque su bigote, sus cejas y su sombrero lo hacen una mezcla de Pedro Infante y Jorge Negrete.

También abogan por los ilegales, Teresita Urrea que murió en 1906, pero suele aparecerse y asustar a los guardias fronterizos, y el Niño Fidencio, a quien parece interesarle mucho la política porque debeló un golpe de estado y curó de hemorroides a un presidente de México. No lejos de ellos, se desliza la Santa Muerte. Quienes desean un servicio suyo dejan en la mesa de noche una vela prendida, un vaso de vino tinto seco, si es posible un Cabernet Sauvignon, y una carta que leerán con agrado sus ojos soñolientos.

No los he conocido como Dante debido a haber transitado por la otra vida, sino porque entrevisté a decenas de inmigrantes ilegales quienes me relataron las formas en que habían logrado entrar en Estados Unidos. La mayoría measeguró haber recibido el apoyo de algún amigo del cielo para cumplir su jornada.

Es cierto que el cruce reserva terribles pruebas a quienes lo intentan y hay que contar con un ángel para sobrepasarlos. En promedio, uno de los viajeros murió cada día durante todo el año pasado por causas entre las que se mencionan la violencia del río Bravo, el asalto por parte de bandidos carniceros, las tormentas de viento que extravían al caminante y las arenas infernales del desierto de Arizona donde no es posible hallar agua en varios centenares de kilómetros y el sol quema e incinera hasta los sueños.

Regresarse a casa representa, sin embargo, para ellos la falta de puestos de trabajo, el hacinamiento miserable, la perversidad de la pobreza, la escasez de amor. No es raro que, en estas condiciones, vacíos de cualquier apoyo en esta tierra, los inmigrantes reclamen el amparo del cielo, y hasta diseñen santos con quienes pueden hablar de igual a igual porque se les parecen en todo.

En esas latitudes, encontré a Sarita Colonia, mi paisana y vieja amiga. Había escrito una novela acerca de ella, pero no imaginaba cuando lo hice que su fama y sus milagros traspasarían tantas fronteras y ofrecerían alguna vez tanta ilusión y tanta confianza.

Ahora, esos santos van a tener un trabajo terrible: las leyes racistas están dando sus frutos.

El Pew Hispanic Center, un grupo privado de Washington que registra los movimientos migratorios, informa que se ha detenido el flujo migratorio y que miles de campesinos mexicanos están volviendo a casa. Las leyes racistas de Alabama y Arizona están dando frutos.

Eso era previsible. No lo era, sin embargo, la actitud del Presidente Obama. A pesar de haberse comprometido a realizar una reforma migratoria integral, todo lo que ha hecho es militarizar la frontera con una “Operación Guardián” en la que miles de superarmadas y tecnificados agentes enfrentan al inmigrante o lo empujan hacia la candente sentencia de muerte en el desierto.

A estas horas, los santos informales van a dividirse el trabajo. Algunos de ellos se encargarán de dar ayuda a las familias que regresan. Los otros tratarán de ayudar al político que al llegar a la presidencia gracias al voto latino no supo cumplir con su palabra. Esos santos harán el trabajo más difícil.

Dios y el demonio en Accomarca

 

Accomarca - Foto Xinhua Reuters

Accomarca - Foto Xinhua Reuters

El primer hombre que conoció sexualmente a Camila no fue un hombre. Fue una bestia. Y después, una pandilla de bestias.

La cargaron cuando salía de casa hacia la escuela. Media docena de criminales pasaron por encima de la niña.

Después la rrastraron hacia la casa que habían destinada para las mujeres del pueblo.

Camila cumplía 10 años ese día. Se encontró en el encierro con otras compañeritas que habían sufrido la misma suerte. Algunas ya estaban muertas. Los invasores arrastraban a las mujeres para violarlas y, cuando aquéllas se resistían demasiado, las acuchillaban.

En la casa dispuesta para los hombres, metieron al alcalde del pueblo y a los concejales. Los habían tenido interrogando toda la mañana.

Cuando se dieron cuenta de que no iban a poder conseguir dinero de ellos, estallaron en furia. Los torturaron. Se los llevaron arrastrando y los empujaron hasta la casa dispuesta para los hombres.

El alcalde cayó al suelo. Ya no gritaba. Solamente exhalaba el ronquido de quien espera la muerte. De pie, a su lado, allí  encerrado,  se encontraba al octogenario Rafael Navarro.

En verdad, los soldados buscaban a su nieto, un joven también llamado Rafael Navarro, pero al no encontrarlo se llevaron al abuelo.

¿Por que buscaban al muchacho? Porque acababa de terminar ingeniería en la Universidad de Huancayo y de inmediato había ido a celebrarlo con su abuelo. Para quienes habían tomado Accomarca, el nuevo ingeniero era una presa excelente. Capturar a un universitario les serviría para calificarlo de “terrorista”.

La maestra Cecilia Cumpa fue ametrallada por un soldado bisoño. El teniente se encolerizó porque no iba a poder acusarla de pertenecer al SUTEP. Acribillarla les había impedido sembrarla de “pruebas” y mostrarla después a la prensa como subversiva. De esa manera, era fácil que los periódicos y la opinión pública aceptaran e incluso aplaudieran las atrocidades.

A Hilario Méndez, el violinista, lo capturaron un poco más tarde.

El músico estaba afinando un instrumento a puerta cerrada.

Cuando un sargento nacido en Jauja escuchó los acordes musicales creyó haber enloquecido. Estaba acostumbrado a entrar en los pueblos y a sólo escuchar gritos de dolor o peticiones de clemencia, y ahora el viento le traía huaylas de su tierra lejana.

Escuchó los delirios del violín, y pensó que un diablo lo estaba espiando. “Jauja, que dulzura, rinconcito de mi valle que yo quiero…”

De todas formas, el violín no ayudó mucho a Hilario. El sargento bajó al pueblo y volvió con otro soldado que no tenía tanto temor a las casas embrujadas. Abrieron la puerta de un empellón, y se llevaron al artista.

Hilario seguía rasgando el instrumento hasta que lo sacaron para interrogarlo. Mientras lo maltrataban, repetía entre dientes: “El Señor es mi pastor, nada me faltará…” Un balazo apagó el violín y el salmo 23, y acaso la historia continuó en el cielo.

Los soldados regaron con gasolina la periferia de las dos casas. El teniente había ordenado incendiarlas y que no quedara nadie con vida. Para estar seguro, el mismo comenzó a arrojar granadas de guerra al interior de las viviendas.

Sucedió en Accomarca el 14 agosto 1985. El teniente Telmo Hurtado continuó con su carrera en el Ejército gracias a la amnistía general que decretó el gobierno de Alberto Fujimori. Cuando la prensa recordó su pasado, ya era mayor. Ahora está frente a los jueces, y dice que su jefe, el después general José Williams Zapata, le dio la orden, y que éste la recibió del Estado Mayor de Huamanga.

Fueron 69 las víctimas entre hombres mujeres y niños. Los periódicos hablaron y hablan de 69 campesinos, de 69 indígenas o de 69 presuntos terroristas… y esto no significa nada. Para la anestesiada opinión pública, esas calificaciones permiten que la masacre sea tan sólo un exceso olvidable.

Los 69 eran también seres humanos e imágenes de Dios. Creo que es misión del escritor convertir las cifras y las abstracciones en rostros, ojos, tristezas y personas. Imaginar cómo eran los 69 sirve para la que la gente conozca a los muertos, los recuerde, los evoque, los vea, los escuche y los sueñe, y piense en las pequeñas Camilas, y escuche el violín de Hilario que entona ”El Señor es mi pastor. Nada me faltará.”

El amor en una liga de anarquistas

“Los hombres matan mucho más obedeciendo que rebelándose”- decía un letrero colocado en la pared tras del escritorio principal.

Por leerlo y releerlo, el joven César Vallejo no había reparado que la Liga de Artesanos de Trujillo había cambiado de bibliotecario. La persona que ahora se sentaba en ese escritorio era una joven muy guapa.

La Liga de Artesanos de Trujillo era una institución fundada en 1885 por los primeros anarquistas que llegaron al Perú. De allí habían salido los trabajadores a formar sindicatos en todo el valle del río Chicama y allí se habían gestado las grandes insurrecciones laborales de 1910.

En los años 20, los muchachos de la llamada Bohemia de Trujillo frecuentaban la, para entonces, actualísima biblioteca de la liga. De contrabando habían llegado allí obras que estaban prohibidas en el resto del país.

Prouhdon y Fourier se encontraban al lado de Owen, Reclus y Bakunin, y sus textos fueron leídos con avidez por Vallejo y sus amigos. Allí, conocieron a los narradores rusos y franceses del siglo XIX. En uno de los jardines, el joven Antenor Orrego leía casi recitando la obra sublevante de Manuel González Prada. Allí, todos ellos conocieron las utopías del cambio social que pronto iban a cambiar la historia del mundo.

Luego de descubrir el rostro de la nueva bibliotecaria, César Vallejo no pudo contenerse. Cerró el libro que leía y fue a devolverlo. Era un buen pretexto para conocer a la muchacha. Sobre el escritorio, un letrero decía su nombre. Se llamaba María Rosa Sandoval. No podía él adivinar que ella sería su primera enamorada,- y su maestra de francés- y que temprana muerte le inspiraría esa querella con Dios en la que le reprocha: “Tú no tienes Marías que se van”…

En otra de las estancias austeras y silenciosas de la Liga, Haya de la Torre leía la historia de los anarquistas a quienes llamaría “santos laicos”. En ese mismo lugar, el músico Carlos Valderrama se sintió agitado por el ritmo interior que lo obligaba a producir una sinfonía. Por fin, Macedonio de la Torre dijo alguna vez que  el verdor de las plantas en el jardín del segundo patio, le inspiró a su pintura una tendencia a hundirse en el alma de las cosas.

Se trataba de un grupo de jóvenes que apenas pasaba de los 20 años de edad pero que ya soñaban con renovar la estética, darle nuevos contenidos a la vida, construir la justicia social y unir a los pueblos de América Latina en una sola patria libre.

En nuestros días, la Liga de Artesanos sigue en el mismo sitio, la cuarta cuadra de la calle Colón, antes de llegar a Pizarro.

Pero, ¿qué ocurrió luego de ese encuentro?… Me lo contaron, y yo lo he repetido en “Vallejo en los infiernos”:

Una semana más tarde, César fue a recoger a María, y ella lo esperó en la puerta. Después empezaron a caminar sin rumbo fijo.

A César le bastó callar para no tener que hablar de sí mismo y saber más acerca de ella. Así supo que María Rosa escribía un diario íntimo.

-Hay que dejar escrito lo vivido para que sea eterno- aseveró la muchacha. –Y sin embargo, no es posible. Te confieso que no sé escribir.

-¡Y dices que te llamas María Rosa. No te llamas así. Te llamas María Bashkirtseff.

-¿María Bashkirtseff?

-Fue una rusa…-comenzó Vallejo.

-… que publicó un diario íntimo cuando tenía 20 años de edad- completó María.- Claro que me acuerdo. Murió a los 22 el año pasado…

Hablaron de  Darío, de la revolución soviética, de Beethoven, de Chopin y de Mendelssohn.

La noche estaba sobre ellos. Mientras argumentaba, César caminaba a largos pasos y se había alejado algunos metros de la muchacha. Reparó en eso y volvió hacia ella buscándola con los brazos como lo hacen los ciegos. Tal vez entonces ambos sintieron la música de las esferas.

Él le tendió la mano y ella se la tomó. María Rosa era tan pálida como el cielo y parecía estar ardiendo. Ahora ya no la veía César, pero podía adivinarla por el olor minucioso de las hojas del naranjo. La veía y dejaba de verla. Ambos comenzaron a arder sin llamas como la luna que ardía sobre las altas pirámides truncadas de Chan Chan. Acaso ella le rodeó el cuello con el brazo. Tal vez fue él quien lo hizo. Nunca lo sabrían. Nunca… No sabían que ya estaban en la historia.

Al tercer día, la palabra queda

Ecce homo! - Antonio Ciseri (1821–1891)

Ecce homo! - Antonio Ciseri (1821–1891)

Se recuerda en estos días un acto de barbarie.

Un pacífico maestro de Galilea fue condenado a recibir azotes hasta que le desollaran el cuerpo. Después, se introdujo su cabeza dentro de una corona de espinas que deberían arrancarle la piel de la frente y las sienes, y ensangrentarle todo el rostro.

Luego de ello, medio ciego por la sangre y el dolor, debió caminar dos kilómetros por la ciudad y subir a un monte mientras sostenía una pesada cruz y soportaba los escupitajos y los insultos de la turba.

Según las evidencias actuales, se le clavó por las muñecas de sus manos en el madero de la tortura. Los clavos de un centímetro de diámetro en su cabeza y de 13 a 18 centímetros de largo, fueron puestos entre el radio y los metacarpianos. Así se aseguraban de que el cuerpo no se desgarrase. Los pies también fueron fijados de esa manera. No querían que se les muriera muy pronto.

Por fin, se levantó la cruz sobre el monte y se dejó que el hombre padeciera de una cruel agonía mientras los soldados se repartían sus modestas ropas y una multitud ansiosa esperaba su muerte.

Ese hombre es mi maestro y el fundador de la fe que profeso.

Como profeta, el Nazareno proclamó un sistema contra el dinero, el poder y la explotación. En una de sus parábolas, aseguró que más fácil pasaría un camello por el ojo de una aguja a que un rico entrará en el reino de Dios. “Ustedes saben que los jefes de las naciones se portan como dueños de ellas y que los poderosos las oprimen.”… “Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dinero.”

En vez de preferir la amistad de los poderosos, el Nazareno habla especialmente a los sencillos pescadores que le sirven de apóstoles. Es el maestro de los leprosos, los enfermos, las viudas, los pecadores, los despreciados, los más pobres.

Sus enseñanzas ayudan a la gente a entender la mentira del poder y el robo inherente a la propiedad y a la riqueza. No predica la creencia en el dios del miedo y de la condenación sino en una sociedad terrestre en la que el amor vence permanentemente a la injusticia.

El hombre a quien torturaron ese viernes desafió con su vida entregada a la justicia a los señores del poder religioso, a los ladrones del poder económico y a los detentadores del poder político a quienes llamaba “zorros”. No hubo un momento de su vida pública en que no estuviera en peligro. Pagó el precio que se suele pagar por ser fiel a un compromiso.

Cualquier página del Nuevo Testamento nos muestra el pensamiento completo del mártir. Sin embargo, si algunos leen ese texto tan sólo como oraciones vacías de sentido, les bastaría con recordar al hombre enfurecido que entra en el templo armado de un látigo, que echa de allí a los negociantes, que denuncia a los sumos sacerdotes y que revela que aquello se ha convertido en una cueva de bandidos.

Su ingreso en el templo hizo entender a los impíos que la ejecución era la sola manera de librarse de esa pesadilla que es la verdad.

Lo saben quienes en nuestro tiempo mataron a Gandhi, a Martín Lutero King y al obispo Oscar Romero. Y sobre todo, lo supieron primero quienes pagaron para que se cometieran esos crímenes porque creían que de esa manera iban a liberarse de la denuncia de los profetas.

Por eso, el Nazareno resucitó al tercer día. Sobre todo, resucitó en la pesadilla sin fin de los injustos. Como ahora no pueden matarlo de nuevo, tratan de hacerlo suyo y proclaman a todo grito que son cristianos. En los países llamados cristianos se han impuesto el monopolio y el despojo a punta de fusil. El odio y el racismo han construido muros en las fronteras y rocas en los corazones contra los inmigrantes “ilegales”. Las empresas de viajes nos venden “tours” a las playas y algunos frívolos nos desean “felices fiestas”. Sin embargo, como lo dijo el cardenal Romero: “La palabra queda, y ese es el mejor consuelo de quienes predicamos. Podrán matarnos, pero la palabra queda. Y la palabra es Cristo.”