La educación y el canibalismo

El precio de la educación

El precio de la educación

Acabo de hacer una estadística de mis actividades empresariales durante las dos últimas décadas. Según mis cálculos, he concedido 40 mil 500 créditos en ese período a unos 6 mil clientes que los solicitaron en las empresas donde he trabajado en Berkeley y Oregón, en los Estados Unidos.

No soy un banquero ni presto servicios en alguna entidad crediticia. Tampoco vendo casas, zapatos, software, acciones en la bolsa ni hamburguesas. Los créditos a los que aludo los he concedido en mi condición de catedrático en las universidades arriba mencionadas.

“Crédito” es la palabra con la que ahora se debe llamar a los que antes eran notas o grados. Diseñado en Norteamérica y metido por la puerta falsa de la imitación en nuestros centros académicos, ese vocablo equipara en el maestro la noble función de transmitir la sabiduría con los meneos y regateos de un traficante de bienes y servicios. En el otro lado, el estudiante deja de ser un desinteresado buscador de la verdad para convertirse en un desconfiado “cliente” y en un ávido y roñoso acumulador de créditos.

Se trata, por supuesto, de un típico producto lingüístico norteamericano. La ingenuidad “americana” y el afán por ser exactos y por cuantificar en dólares cualquier acontecimiento de la vida humana han producido confusiones tan aberrantes como ésta y brutales reducciones del mundo físico como aquella proclama de que “time is money”. Por desgracia, el vocablo ya se metió en todo el mundo.

Pero hay más. La era de la globalización y la supuesta victoria del mercado sobre la filosofía están significando un diluvio de palabras tomadas de ese dominio y aplicadas a campos -concretamente, el de la educación- que ni remotamente les corresponden.

En décadas pasadas, expresiones como “aperturar” en vez de abrir y “al interior” por no decir “dentro” o “en el interior” eran solamente muestras de cursilería honesta. En nuestro tiempo, las palabras traídas del mercado no son una sólo una tontería sino el anuncio tétrico de un futuro regido por la economía en el que la existencia del hombre, controlada y aritmetizada, se halle al servicio de un nuevo totalitarismo.

Al lado de los “créditos” se encuentran ya en el léxico de nuestra educación vocablos como empresa, cliente, marketing, reingeniería y productividad. Aparte de pronunciarlas para ganar estatus o prestigio, los nuevos teóricos de la educación deberían mostrar al público el real contenido de ese “producto-palabra” que tan empeñados están en vender.

Una universidad o un hospital no son “empresas” como sí lo es, por ejemplo, la industria del calzado. Una fábrica de zapatos es creada para buscar un normal beneficio económico y no, precisamente, para beneficiar a las plantas de los pies de los seres humanos.

Por supuesto, los aplicados discípulos de Adam Smith pueden probar que la búsqueda individual del beneficio supondrá indirectamente un mayor bienestar colectivo y, por lo tanto, la nueva fábrica de zapatos será recibida con un suspiro de alivio por las plantas de los pies. Sin embargo, la primera meta de un hospital o de una universidad no es esa, y no debería serlo.

Aunque los teólogos de la libre empresa y los charlatanes de la “excelencia” lo hagan, no hay que confundir el momento económico presente en toda actividad humana con una empresarialización universal.

Pensar en el estudiante como un “cliente” implica asumir que el cliente siempre tiene la razón, y si mi alumno me dice que Caracas, Lima, Quito, Río de Janeiro y Buenos Aires son ciudades de México, tendría yo que responderle: “Digamos que tiene usted razón, pero mejor pasemos a otro punto.”

Hasta hace poco un estudiante era evaluado en base a lo que demostraba saber de una determinada disciplina y en base a la inteligencia y capacidad crítica con la que demostraba saber interpretar y reelaborar dichas nociones.

Ahora, en cambio, más que esas destrezas, importa la cuantificación de los créditos que directamente se refieren a la cantidad de dólares que el alumno supuestamente “invirtió” en nuestras universidades.

Los créditos fueron el primer paso de un camino que conduciría a que el mercado se apoderara de la educación. LA universidad estatal comenzó a ser desprestigiada y abandonada a su suerte, mientras que la privada es hoy más cara y excluyente. Eso ocurrió en todo el mundo. En el Perú, el nuevo sentido de la educación quedó consagrado por el Acta que sustituye a la Constitución del Estado.

Lo que hay detrás de todas estas nuevas palabras no es un contenido más sublime ni más eficaz sino el decidido intento de capturar la educación y transformarla en instrumento de un capitalismo cada vez más salvaje y carnicero.

La educación neoliberal está provista de un despiadado mecanismo selectivo -la universidad- que privará de ingreso a los menos pudientes y dejará en el basurero cualquier tipo de solidaridad con los más pobres y desafortunados. Una aritmetización de la existencia. Un desatado canibalismo. Una nueva forma de vivir en el planeta Tierra.

El túnel de los inmigrantes

Me lo contó este fin de semana el jardinero mexicano que vino a mi casa para cortar un árbol:

Mi mujer- dice- salió de Sahuayo al lado de otras doce familias que habían vendido todos sus enseres para cruzar el borde. Usted no puede imaginarse lo pobres que eran. Estaban tan flacos que no fue difícil acomodarlos a todos en la parte trasera de una camioneta sobre la que habían puesto carga para que no los fastidiaran en los retenes. Cuando llegaron a Tecate, cerca de Tijuana, los hicieron caminar, y Eva me contó que por ratos iban todos tomados de las manos por temor de que los vientos los llevaran de regreso…

Después de tres horas de camino, llegaron hasta una granja de cerdos cercada por una valla sobre la cual había un tosco letrero que prohibía el paso. ¿Para qué nos traen a este chiquero? ¿Qué nos van a hacer aquí? , se preguntaban los viajeros, pero no podían pedir explicaciones. Allí esperaron todo el día hasta que por la noche llegó otro grupo de gente quizás de alguna zona más próspera de México porque iban mejor trajeados y se notaba a la legua que comían bien.

Recién entonces apareció el coyote, un tipo aparentemente de los que se suele llamar “duros”, pero de muy buenos modales. “Casi puedo decirles bienvenidos a los Estados Unidos porque saliendo de esta casa van a estar ustedes en la tierra de los gabachos”, comenzó el hombre, y como la gente no diera señas de haberle comprendido dio varias patadas al suelo. “¿Se han dado cuenta de que es hueco?… Aquí debajo corre un túnel que los va a llevar directamente hasta territorio americano. Señora, usted que está cerca de la ventana, ábrala y vea el cielo. Miren el cielo. Esas son las estrellas de los gringos”

Unos instantes después, el coyote les estaba mostrando el orificio de entrada del túnel, y a Eva le pareció increíble que ese punto negro la pudiera conducir al paraíso..“Ahora le toca a usted, señora. Recuerde que tiene que avanzar gateando como hacen los niños… ¿Me ha escuchado?… Le digo que usted ya debe entrar en el túnel…”

Avanzó un metro, un metro y medio, dos…La estrechez del agujero le impedía hacerlo más rápido, pero en su cabeza ya no existía el tiempo, sino una obsesión. Allá, al otro lado, en alguna casa de San Diego, Leandro estaría contando los minutos para reunirse con ella después de cinco años de separación y lejanía.

Estos pensamientos la hicieron más veloz, y en unos minutos más que no alcanzó a precisar cuántos eran, se encontró detrás del corpulento y bamboleante señor de Sinaloa que también avanzaba gateando hacia los sueños de América.

-Señor, señor. –insistió, pero no obtuvo respuesta, y un rato después se dio cuenta que nunca lo escucharía porque aquella gigantesca panza bloqueaba el camino de la libertad e impedía el paso de cualquier sonido.

Un rato después ya casi no podía respirar, pero de cuando en cuando seguía escuchando los ronquidos que emitía el gordo desfalleciente, y más tarde, tal vez comenzó a ver visiones porque todo lo que percibía adelante eran unas estrellas que salían del cuerpo del señor de Sinaloa como las estrellas con las que los gringos celebraban el 4 de julio.

No lo dudó más. Con las pocas fuerzas que le quedaban, corrió hacia atrás, y sin obstáculos en su camino, pronto se vio emergiendo por la boca donde había entrado, junto a dos señoras semiasfixiadas y un coyote que no sabía qué explicaciones dar.

-Adoro a Leandro y me muero por llegar a Estados Unidos, pero ya no puedo más. No aguanto el detrás de ese gordo.

-Un momentito, por favor, culto público. Un momentito- dijo el coyote, y se metió en el túnel del cual emergió un rato más tarde halando por el fundillo al señor de Sinaloa. Y la solución le llegó rápidamente.

-Así, amigo sinaloense. Así – le dijo al robusto cliente que había provocado la crisis. Usted debe de hacer como yo, ponerse de espaldas y avanzar. Y comenzó ayudarlo a introducirse en el túnel en la posición que le indicaba.

-Muy bien, muy bien, con la cabeza para acá para que recuerde su pasado, para que jamás olvide su tierra. Con su detrás por delante porque trae buena suerte.

Compañera Manuelita

Manuela Sáenz Aizpuru

Manuela Sáenz Aizpuru

Dio cara al enemigo en decenas de batallas. Condujo la guerra en el más vasto territorio del mundo durante el siglo XIX. Conquistó la libertad de millones de hombres y quiso formar para todos ellos una sola patria soberana y justa.

Sin embargo, en el momento más grave de su vida, sorprendido en su dormitorio y con cinco fusiles apuntándolo, no hubo un solo hombre que lo defendiera. Sólo hubo una mujer.

Se llamaba Manuela Sáenz (1797- 1856). Fue “la libertadora del libertador”. Una noche de septiembre de 1827 en Bogotá, cuando los traidores abrieron la puerta de la recámara de Bolívar para matarlo, ella empuñó dos pistolas y los encañonó mientras daba tiempo a que el héroe saltara por la ventana y se pusiera a salvo.

Había nacido en Quito y era hija de una pareja de españoles, Simón Sáenz y Joaquina Aisparú, pertenecientes a la aristocracia colonial. Como las mujeres de la época, su formación y su destino fueron decididos cuando todavía era una niña. Sus padres la enviaron a un convento cuando apenas tenía 11 años de edad. De allí tan sólo saldría para casarse con el médico inglés James Thorne, 20 años mayor que ella, a quien apenas conocería en el momento de la boda puesto que el suyo era un matrimonio arreglado.

Sesgada y machista, la poca información que se da sobre su vida haría suponer que todo el mérito de Manuelita residiría en haber sido la amante del libertador. Nada más falso e injusto.

Varios años antes de conocer a Bolívar, cuando vivía con su esposo en Lima, Manuela Sáenz conspiraba ya contra el poder colonial y, al riesgo de su libertad y de su vida, participaba en reuniones secretas a favor de la independencia. Quería cambiar la vida, transformar la sociedad y edificar una nación diferente. Era lo que algunos cobardes de hoy llamarían una “subversiva”.

En mérito de sus servicios a la causa revolucionaria, el gobierno del general José de San Martín le confirió la Orden del Sol en el más alto grado. Tiempo después, en plena campaña de Bolívar, la veremos montar a caballo y empuñar las armas. Lo dice Sucre:

“Se ha destacado por su valentía; incorporándose desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores, organizando y proporcionando avituallamiento de las tropas, atendiendo a los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos y rescatando a los heridos».

Se conoció con Bolívar en Quito cuando aquél hacía su entrada triunfal el 16 de junio de 1822. Ella tenía 24 años y él 39. A partir de ese momento, abandonó su marido y se fue con el héroe. La vida de ambos estaría unida para siempre en el combate y la victoria, en la grandeza y la desdicha.

A doscientos años de su gesta, Simón Bolívar posee una vigencia que no tiene a ninguno de los grandes conductores de la historia. Su nombre todavía enardece pueblos y convoca revoluciones mientras, por otro lado, atemoriza a la carca posmoderna de los reaccionarios de hoy.

No hay en nuestro tiempo partidarios o enemigos de George Washington. No hay quien salga en París a gritar vivas o mueras contra Napoleón Bonaparte. Y sin embargo, en el Perú del señor García, una joven poeta fue encarcelada por escribir un soneto a Bolívar y por haber acudido a una reunión bolivariana en Quito.

La misma suerte que el prócer le corresponde a Manuela Sáenz. A pesar de haber conducido consejos de estado y manejado la correspondencia con los generales, quienes más la quieren creen que tan sólo fue la amante. Según ellos, una mujer no podría ser más que eso. Por su parte, los libros de texto no la mencionan porque tal vez los próceres deben tener largas patillas y ser hombres.

Ella y él fueron y son considerados peligrosos porque –como diría González Prada pretendieron hacer una nación en lo que solamente es un “territorio habitado”.

Perseguido por la ingratitud y la pobreza, el líder murió mirando un mar en el que suponía tan sólo haber arado. Manuelita pasó las últimas décadas en el puerto de Paita. Allí se quedó una tarde mirando el cielo y acaso esperando la estrella que debía llevársela.

Su nombre convoca y encarna este domingo a las madres y a las luchadoras sociales. A ella y a cada una de ellas, con Neruda, les decimos: “Adiós, adiós, adiós, insepulta bravía/Rosa roja, rosal hasta en la muerte errante…En tumba, mar o tierra, batallón o ventana/ devuélvenos el rayo de tu infiel hermosura”.

El inmortal de Accomarca

Rafael Navarro no encontró la muerte en la casa de Accomarca donde encerraron y quemaron a los hombres. Tal vez nunca la encontró.

Las fuerzas militares entraron en Accomarca cuando estaba a punto de amanecer. Comandos especiales se posesionaron de las casas del alcalde, de la maestra, del pastor evangelista y, por fin, la de Rafael Navarro. Apresaron en el camino a decenas de accomarquinos. Metieron a los hombres en una casa. A las mujeres, en otra. A Rafael lo encararon:

-¡Así que tú eres el estudiante universitario! ¿Quién te paga los estudios? ¿Los comunistas? ¿Cuba? ¿Y de dónde acá un indio se quiere convertir en ingeniero?

Lo golpearon y ya estaba casi muerto cuando lo dejaron en la casa con el resto de los hombres. Allí estaba su abuelo, quien también se llamaba Rafael Navarro.

A las tres de la tarde, un soldado que no conocía al herido abrió la puerta y gritó:

-Ese Rafael Navarro que salga.

Durante todo el día, habían ido sacando los vecinos para interrogarlos. Ninguno volvía. Al final, se escuchaban los balazos con que los remataban.

-Ese Rafael Navarro… ¿quien es?

-Yo soy.- respondió Rafael el viejo. Sabía que no era a él a quien llamaban, pero siguió al soldado hacia una muerte segura para salvar a su nieto quien seguía inconsciente.

A la hora del incendio, Rafael el muchacho despertó.

Una de las granadas abrió un forado en la pared, y eso permitió que varios vecinos escaparan. Uno de ellos se llevó arrastrando por los brazos a Rafael.

Un mes más tarde, cuando se dio a conocer la historia de Accomarca, el Congreso del Perú decidió intervenir. Mientras tomaban las decisiones y hacían los preparativos del viaje, pasaron dos semanas. Durante ese tiempo, según cuenta ahora el oficial Telmo Hurtado, sus superiores ordenaron borrar todos los rastros de la matanza. Había que ir a cualquier lado donde había quedado un sobreviviente para hacerlo desaparecer. También de eso, se salvó Rafael Navarro.

Por supuesto, el joven nunca pudo graduarse de ingeniero. Varios años después de la masacre, estaba trabajando como ayudante en un restaurante de Huancayo cuando dos hombres armados entraron en la cocina y le preguntaron:

-¿Es usted Rafael Navarro?… Acompáñenos.

¿Qué pasó después?

Quizás todo esto es una ficción, una historia literaria. No existieron muchachos como Rafael con ganas de ser ingenieros o médicos. No existieron los ancianos valientes como el abuelo. No existieron niñas como Camilita que todavía jugaban a las muñecas cuando las destrozaron. No existieron mujeres jóvenes como la maestra o como las viejas que vendían leche por las tardes. No existieron, no eran seres humanos como usted y como yo…

Y también bebés. Y niños pequeños. Como aquellos cuya ejecución justificó Telmo Hurtado cuando dijo ““uno no puede confiar de una mujer, un anciano o un niño… los comienzan a adoctrinar desde los dos años, tres años,”. Y ahora dice que todo fue una operación militar planificada por los más altos mandos.

Hasta hace poco todo continuaba siendo una ficción. Telmo Hurtado estuvo años en una cárcel de Miami. Lo apresaron de casualidad por un delito de inmigración. Sin embargo, de manera extraña, la extradición tardó mucho tiempo como si no lo quisieran en el Perú.

“Univisión” reveló la historia y la opinión norteamericana se escandalizó. Dos meses después del reportaje, el preso fue extraditado al Perú.

Ahora, el juicio sufre retrasos extraños. La verdad completa no se sabrá sino cuando se dicte la condena. Mientras tanto, Rafael será inmortal, y también la niña Camilita… y todos los 69 serán también una ficción que usted y yo hemos inventado.