Marco Antonio a la hora de despertar

Feria Internacional del Libro, Lima, Perú.
Del 19 de julio al 1 de agosto de 2012.

Evento: Presentación del libro “El coronel Aniceto Hoyos y otros cuentos” de Marco Antonio Corcuera.
Participan: Eduardo González Viaña, Jesús Cabel Moscoso, Jorge Raffo Carvajal & Paúl Corcuera García.

Día: Jueves 26 de julio
Hora: 5:30- 6:45
Lugar: Auditorio César Vallejo
Parque de Los Próceres, Jesús María


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Se presenta en la Feria Internacional del Libro de Lima este jueves 26, a las 5.30pm. un libro de cuentos de Marco Antonio Corcuera. Bajo este texto, encontrarán ustedes una invitación a ese evento. Aunque Marco ya no puede acompañarnos, sería muy bueno que nos encontremos allá. Reproduzco algo que escribí sobre él:

Anoche he soñado que caminaba por Trujillo con los ojos cerrados. De esa manera, atravesé la Plaza de Armas y me dirigí al estudio de Marco Antonio Corcuera. Estaba el poeta frente a una pila de expedientes y al lado de una estrepitosa máquina de escribir marca Remington. Al verme llegar, se levantó y me agradeció por liberarlo por un momento de su trabajo jurídico.

-Cuando seas abogado, te va a pasar lo mismo.- me dijo y añadió:- Pasarás de un momento a otro de un poema o un cuento a un severo expediente.

En el sueño, tenía yo 17 años ya acababa de comenzar mis estudios universitarios. Pariente cercano de mi padre y abogado como él, mi tío Marco Antonio personificaba para mí la tremenda experiencia de compartir una vocación poética con una profesión útil. ¿Existía alguna compatibilidad entre el ejercicio de la una y de la otra? Se lo pregunté muchas veces, y sólo obtuve una sonrisa por respuesta.

En mi sueño de anoche, el poeta sacó del rodillo de la Remington un poema que acababa de escribir. Me preguntó qué me parecía ese texto.

Su pregunta me asombró porque –menor que él en casi treinta años- no me consideraba indicado para juzgar el escrito. Se lo dije.

Marco me respondió que la poesía es el eco del universo en nuestros corazones.

-En consecuencia- añadió- no es preciso que tengas una edad determinada para comprenderla. Basta con que tengas el corazón bien puesto.

-Le pregunté entonces si consideraba que la poesía era útil.

-Por supuesto.-respondió, pero allí se quedó su respuesta.- Es útil-insistió- pero no sé exactamente para qué.

Le conté que yo no pensaba escribir poesía, sino relatos… cuentos y novelas.

-También tus relatos serán poesía. Y tus lectores serán igualmente poetas. Hay dos tipos de poesía: la del que escribe para fascinar y la de la gente que la lee dispuesta a recibir ese encantamiento.

En esta parte de mi sueño, todo se acelera. Marco tiene diez, veinte, treinta y hasta cuarenta años más. Yo vivo en Estados Unidos, y cada vez que vengo al Perú, vuelo a Trujillo para leer con él el mismo libro de poesía. Un día lo encuentro en una silla de ruedas y alguien me dice que está muy enfermo.

Me acerco a él entonces y abro el libro que solíamos leer juntos. El enfermo despierta y su mano derecha oprime la mía. Sus ojos están levantados hacia el cielo mientras leo para él un soneto a María y a su nombre prodigioso.

Entonces yo sonrío y comienzo a entender para que sirve la poesía. Allí despierto.

Esta mañana, el periódico dice que Marco Antonio se ha quedado dormido para siempre, y eso no lo creo posible.

En vez de quedarse dormido, el poeta ha despertado del sueño que es la vida a la inmensa y permanente vigilia que nos espera en los cielos. Levanto los ojos y entiendo para qué sirve la poesía y veo cómo marcha hacia la luz Marco Antonio y cómo se lo lleva el viento, corazón tendido contra la corriente.

¡Despierta allá arriba, poeta, y vive allá arriba de poesía y muéstranos el camino hasta que nosotros también estemos despiertos!

 

Castilla, el sistema y el antisistema

Cuando el joven teniente Ramón Castilla se acercaba al cuartel general de los patriotas en Huaura, el amigo que lo acompañaba en el otro caballo le pidió detenerse.

-Hasta aquí nada más llegamos, Ramón. Lo que vas a hacer es absurdo. Vas a incorporarte al ejército de San Martín. Vas a convertirte en un traidor a la patria. Te pido que reflexiones.

El teniente Castilla no contestó.

-Eres un teniente del ejército realista. Llevas casi 10 años peleando en la causa del rey. Tus compañeros te respetamos porque eres un héroe. Si continúas con nosotros, España que cubrirá de honores. Si te vas con los insurgentes, nadie podrá salvarte de un destino funesto.

Castilla continuó silencioso.

-Si crees que las pocas victorias de San Martín le garantizan el éxito final, te equivocas. El ejército del rey está intacto en la sierra. En el momento preciso, acabará con los traidores. Los hará polvo. Recuerda lo que le ocurrió ese indio, Tupac Amaru, despedazado por antipatriota. Recuerda que las cárceles están repletas de esos terroristas antipatriotas. A la corta o a la larga, el sistema volverá a imponerse.

No le habló del “antisistema” porque esa palabra todavía no se había inventado, pero seguro que le habló del sistema. Por entonces, el “sistema” consistía en someter el país y sus habitantes a la voluntad omnímoda de Fernando VII. El “antisistema” consistiría en levantarse contra el sátrapa Borbón y unirse con todos los pueblos del continente en la búsqueda de la independencia.

Casi dos siglos después, satanizarían el “antisistema” y endiosarían al “sistema” algunos gobernantes, Fujimori y García entre ellos, dispuestos a sacrificarlo todo-la soberanía del país, el bienestar popular, los derechos humanos, la pureza de los ríos y de los aires-en el altar del capitalismo caníbal y de la supuestamente divina inversión extranjera.

Nacido en 1797 en Tarapacá, Castilla se enroló cuando apenas contaba 15 años en el ejército realista. De esa forma, participo activamente en las campañas militares contra los patriotas chilenos.

A  los veinte años, como oficial de escolta del Brigadier español Casimiro Marcó del Pont, cayó prisionero con él tras la Batalla de Chacabuco el 12 de febrero de 1817.

Prisionero luego de los patriotas en Buenos Aires, podría haberse quedado allí a gozar de una especie de destierro. Sin embargo, escapó de la prisión junto a otro preso realista. Se supone que pasó unos meses entre la capital argentina y Montevideo. Pero no se sentía tranquilo. Su deber era continuar en la lucha. De Montevideo pasó a Río de Janeiro y, allí, frente a un mapa de la Amazonía, planeó el cruce a pie del bosque más enmarañado del mundo. Si no hubiera más que contarse de él, esa sola hazaña bastaría para justificar su vida.

Después de meses de caminatas, atravesó las selvas del Mato Grosso hasta alcanzar Santa Cruz de la Sierra en la actual Bolivia.

El sendero lo llevaría por territorios salvajes y regiones inexploradas por el hombre de flora y fauna desconcertantes, pero nada lo detuvo. Tenía que continuar su camino para llegar hasta el Perú donde como buen militar tendría que reintegrarse al ejército realista.

¿En que momento de su largo camino, Ramón Castilla tomó la decisión de asumir la causa de la independencia de América como suya? … Alguien dice que tal vez esto ocurrió cuando navegaba en una solitaria canoa sobre el Amazonas. Allí se produce el fenómeno de la “podoroca”, una marejada que avanza con un rugido de intensidad crujiente a unos 30 kilómetros por hora y forma una pared de agua de varios metros de altura. Esa experiencia de vida y de muerte sobre el poderoso río fue tal vez para él como lo había sido para San Pablo el camino de Damasco.

Otros señalan que en las logias masónicas de Buenos Aires y Montevideo, los “hermanos” le enseñaron que un hombre libre y de buenas costumbres debe empeñar su vida en la conquista de la libertad y la justicia.

Lo que sabemos es que cuando llega al Perú, el joven soldado realista que había sido preso en 1817 tiene tres años más y muchos más de experiencia. Se encaminará hasta los cuarteles realistas, pero allí mismo sentirá que aquello no es suyo. La tierra, su tierra, América lo ha convencido de que no es un español.

Luego del breve diálogo cerca de Huaura, Castilla se despidió de su amigo y, a galope lento, se encaminó hacia el cuartel del general San Martín. El tiempo se repite, y hay un momento en la vida en que hay que desechar los conceptos interesados de “sistema y antisistema” y definirse con sinceridad. No tenemos rostro en ese momento; solamente historia.

Castilla, la palabra cumplida

Al Mariscal Ramón Castilla - TonoSino - Buenos Aires

Al Mariscal Ramón Castilla – TonoSino – Buenos Aires

-Deje las cosas como están, señor presidente.- alguien le dijo. Y añadió:

-El Perú vive una época de gran bonanza. Si usted insiste en hacer el cambio social al que se ha comprometido,  las grandes potencias lo mirarán con sospecha. Los  ricos propietarios se convertirán en sus enemigos y los periódicos tratarán de demolerlo.

Cualquiera podría pensar que este consejo fue dado hace poco, pero no fue así. Esas palabras fueron pronunciadas en julio de 1854 y estaban dirigidas a Ramón Castilla, presidente provisorio del Perú.

El más ilustre de los gobernantes peruanos acababa de decretar en Ayacucho la abolición definitiva del tributo indígena. Levantado en armas, se aprestaba ahora a marchar sobre Lima para acabar con el corrupto régimen de Rufino Echenique. En su camino, iba decidido a dar el gran paso de la historia peruana, la abolición definitiva de la esclavitud.

En verdad, como acaso decía el consejero de Castilla, ante el avance de las ideas abolicionistas, los latifundistas del país habían formado un frente dispuesto a impedir a cualquier costo esa reforma social. Si en el Perú de nuestros días resulta peligroso decir que el agua es más importante que el oro, en el siglo diecinueve, pronunciarse contra la esclavitud tenía un sentido similar. Esa decisión podía costarle a Castilla el poder, la libertad e incluso la vida.

Un manifiesto publicado en 1833 y firmado a nombre de los hacendados por José María de Pando señala las razones por las cuales la esclavitud debía sobrevivir.

En primer lugar, se la justifica con la Biblia. En ella, se narra que José fue vendido como esclavo por sus hermanos. O sea que eso es normal.

En segundo lugar, los apóstoles de Jesús no hablaron de liberar a los esclavos sino de tratarlos con caridad; toda vez que el valor primordial de la sociedad es el respeto por la propiedad privada.

El hecho de que la democracia norteamericana no hubiera abolido la esclavitud le da pie al escribiente para señalar que: “desde el sublime e inspirado Moisés hasta los ilustres autores de la Acta de la Independencia de los Estados Unidos respetan este axioma universal.”

Sin embargo, al final del manifiesto, los supuestamente cristianos y beatos propietarios  abandonan las citas bíblicas y sostienen que “la necesidad de pagar en adelante a trabajadores en vez de contar con mano de obra gratuita afectará a la economía nacional y hará que nuestros productos de exportación sean menos competitivos.”

“La agricultura de Lima”,  según ellos,  “camina a pasos agigantados a su completa ruina, con grave menoscabo de los ingresos públicos, y de la existencia de infinidad de infelices particulares”

¿Recordaban estos “infelices” millonarios a los miles de hombres obligados por ellos a trabajar hasta la muerte sin pago alguno? ¿Se imaginaban en la situación del hombre que es vendido en un mercado mientras su mujer y sus hijos son ofrecidos de la misma forma y tratados como tratan los infames a los animales de carga?

La historia se repite con los mismos argumentos. En nuestro tiempo, la defensa de la llamada inversión extranjera  empuja a disparar contra inocentes y suscita la posibilidad de convertir Cajamarca en un hoyo infernal. Todo se justifica con frases como: “Lo que está en juego es el desarrollo del país.”

Quizás el Mariscal Castilla  miró con displicencia al tipo que le daba el consejo cobarde.. En todo caso, no lo escuchó el consejo. En vez de mirarlo, se caló los binoculares y dio la orden de marcha.

Lo esperaban dos batallas victoriosas y, en Huancayo, la firma del decreto supremo por el cual “los varones y las mujeres tenidas hasta ahora en el Perú por esclavos o por siervos libertos, sean que su condición provenga de haber sido enajenados como tales o de haber nacido de vientres esclavos, sea que de cualquier modo se hallen sujetos a servidumbre perpetua o temporal; todos, sin distinción de edad, son desde hoy para siempre enteramente libres.”

Hay un momento en la vida en que se escoge entre la  adulación interesada de los poderosos, o el juicio implacable de la historia. El rival de Castilla, Echenique, solventó su prestigio entre los ricos a quienes hizo más ricos y corruptos. Nadie lo mencionaría hoy de no ser porque un excelente escritor lleva su apellido.

Castilla redimió a los indios, liberó a los esclavos, instituyó la libertad de prensa, acabó con la pena de muerte y con la cárcel por motivos políticos, y, no se rindió jamás.  Un presidente no tiene rostro. Sólo tiene historia. Como buen soldado de caballería, Ramón Castilla,  murió con las riendas en la mano. Entró a la historia a galope tendido.

Racismo y muerte en el Perú

¡Oro!

¡Oro!

Según Clemente Palma, sólo los blancos merecen sobrevivir en el Perú porque son nerviosos, bellos e inteligentes. Por el contrario, “la indígena es una raza embrutecida por la decrepitud.  Es por su innata condición, inferior, y por los vicios de embriaguez y lujuria, un factor inútil. Los elementos inútiles deben desaparecer y desaparecen”

“Hay un medio para ayudar a la acción evolutiva de las razas: el medio empleado en Estados Unidos. Ese medio es la exterminación a cañonazos de esa raza inútil, de ese desecho de raza”.

Aunque escrita en 1897, esta tesis académica siempre ha tenido adeptos peruanos sobre todo entre individuos que no comparten los supuestamente excelsos rasgos blancos. El mismo Clemente Palma -descrito por su contemporáneo Alberto Hidalgo- era “ zambo, casi negro, paradas las orejas como las de un murciélago, los belfos gruesos, carnosos y volteados, la cara enjuta, los ojos, unos ojos de renacuajo y los bigotes crespos llevados a la Káiser…”

Como en el caso de Palma, el racismo en el Perú es una pasión ilusoria. No es practicado por blancos puros, que aquí no existen, sino por quienes aspiran a serlo, cholos, zambos, blancoides e indioides, todos los cuales se blanquean choleando. Su “blanco” preferido es el indio, el provinciano, ahora el “antiminero” supuestamente “opuesto a la modernidad y el progreso.”

El taxista que me trajo el aeropuerto –por ejemplo- se creyó obligado a informarme que “ya estamos a punto de ser un país del primer mundo… Solamente nos faltan unos centímetros, señor”.

Aunque sus rasgos eran aindiados, de inmediato se quejó de los indios:

-Lima está llena de “malls”. Esto ya podría ser el primer mundo. Pero ¿sabe quienes lo impiden?… Los indios, señor. Los provincianos. Los antimineros. Se oponen a que nos instalen la mina de oro más rica del mundo. Dicen que el agua va a ser contaminada y que sus hijos van a morir envenenados. ¡Y eso que nos importa señor! ¡Hay que pagar por el progreso, señor! ¡Usted que fuera!

En el camino, el chofer me ofreció algunos diarios de la semana pasada. A pesar de tener fechas distintas, todos hablaban de lo mismo y satanizaban con diversos apelativos a las autoridades de Cajamarca. Me pareció estar releyendo alguna de las campañas que el año pasado se lanzaban contra el entonces candidato Ollanta Humala.

Por fin, al llegar a casa, leí los resultados de una encuesta de opinión que muestra los efectos de esa campaña en Lima. A pesar del número de muertos ya ocasionado entre los campesinos de Cajamarca, un elevado porcentaje de gente demanda aplastar a la población que se opone al proyecto minero Conga.

Obviamente, los encuestados son personas como mi taxista. No han leído jamás un libro, y lo que saben sobre la actualidad lo han aprendido en las portadas que leen de relancina en los kioscos de periódicos. Los deportes, las fotos de traseros y las consignas bestiales contra la gente del campo les bastan para alimentar su espíritu.

Y eso es lo peligroso. Hemos vivido hace poco el espanto sin fin de una guerra étnica. A la violencia surgida en el campo se opuso una guerra de tierra arrasada, pueblos borrados del mapa, familias sospechosas por tan sólo el lugar de su nacimiento o sus centímetros de sangre indígena, cuarteles convertidos en cementerios y grupos impunes encargados de las muertes selectivas. Como el genocidio comenzó contra los indígenas de los Andes, los supuestos blancos de la capital no le dieron mucha importancia.

Decenas de miles de personas fueron empujadas a las prisiones luego de procesos que no duraban más de una hora y cuyos resultados no son demasiado creíbles. En competencia por ser el más perverso, el gobierno de Alan García suprimió de forma abusiva, los beneficios carcelarios de ese tipo de presos.

Embistiendo contra el Perú andino, la guerra étnica de Fujimori no sólo mató personas. Mató también el amor y el respeto por la vida. En las palabras de su capellán, convirtió los derechos humanos en una “cojudez”. Exterminó del espíritu juvenil las ideas de sacrificio y de filantropía. Hizo que los dueños de los bancos y de la prensa salieran del closet para mendigar las dádivas de Montesinos. Al resto del Perú lo convirtió en testigo pasivo de una sangrienta infamia.

No queremos oír otra vez las monsergas del hortelano panzón ni presenciar las atrocidades  del caco japonés. Al presidente Humala lo hemos elegido porque nos prometió el cambio, y no la repetición, y… todavía esperamos… Cambiar la historia será para él la única forma de pasar a la historia.

El gran Teodoro

Teodoro Rivero Ayllón

Teodoro Rivero Ayllón

Todavía en los años 60, cuando ningún avión comercial volaba a la Isla de Pascua, Teodoro Rivero-Ayllón se hizo a la mar en Valparaíso y navegó hasta ese lugar, en los confines del mundo. El barco de regreso salía 3 meses después, pero algún encanto irresistible hizo que lo perdiera. El siguiente llegaba al otro año, pero tampoco lo tomó. Al final, se quedó dos años estudiando el idioma de los nativos y tratando de encontrar raíces comunes entre aquél y las lenguas de la América aborigen.

Ese era y es el amigo a quien recuerdo en este correo. De ese viaje le nació un libro y luego de inmediato otro, ante su encuentro con Machu Picchu. Erraría después por toda América en pos de textos inéditos de algunos poetas modernistas, y ocuparía por fin durante un año la misma silla y mesa en la Biblioteca del Congreso de Washington leyendo sin parar antes de redactar por fin en la universidad de Trujillo la que sería su tesis doctoral que versa sobre el Grupo Norte y sus conexiones con el Modernismo. Todo el tiempo, recuerdo a Teodoro tratando de aprender algo.

En las riberas del Amazonas, llegó a dominar una docena de las lenguas que comunican a los cazadores de aquel bosque impenetrable. Como Vicerrector en Chiclayo, anduvo por las pirámides misteriosas explorando al lado de Walter Alva, el genial descubridor de Sipán.

En Irán, en la China y en la India, como profesor universitario, no dejó ni un minuto de seguir siendo un estudiante enamorado de la forma cómo la palabra humana se entrelaza en el código misterioso del idioma. Quizás el tiempo dura más para él y eso le permite tanta hazaña, pero también juega a su favor el haber sido formado por la cátedra humanista, tradicional en América Latina, y no por aquella otra, importada de los Estados Unidos, que hace de la educación un producto mercantil adquirible por créditos y convierte al graduado en una persona que ya terminó de comprar sabiduría. Pero no me ocupo de eso, sino de Teodoro.

En estos días le están celebrando en Trujillo, Perú, no sé si treinta, cuarenta o cincuenta años de hacer literatura, aunque yo le calculaba un poco más de cien. Además, nuestra Alma Mater, la Universidad Nacional de Trujillo le confiere el Doctorado Honoris Causa. .Y ese es el pretexto para confesar algo que muchas veces le he dicho a Teodoro, pero que él, con su modestia habitual, no quiere repetir. Las virtudes que algunos (amigos) celebran en mi prosa tienen su origen en la generosidad desbordante de este querido cómplice mío.

Cuando yo era un chico de 16 años, colmado de pelo, de ilusiones y de malos versos, fue él, quien se tomó el trabajo de leer lo que yo escribía, de aplaudir algunos fáciles logros de mi pluma y de llevarme la mano para que corrigiera lo que debía corregirse. O sea, casi todo.”La tarea del buen escritor no consiste tan sólo en llenar papeles, sino en tener la valentía de borrar y hacer desaparecer textos enteros cuando aquellos están de más.” Eso es lo que me dijo Teodoro, y creo que por eso me he pasado más tiempo borrando que escribiendo.

Lo que queda de ello es lo que más me gusta y lo que espero que les guste a los demás como a mí me gusta. El año en que yo entraba a la universidad, Teodoro, tal vez diez o quince años mayor que yo, me había convocado junto a otros muchachos para formar un grupo literario que llamamos “Trilce”. La verdad es que nunca he conocido un grupo de gente tan ilusa ni tan generosa.

En el ambiente del Trujillo de entonces, éramos un grupo de locos que se alentaban los unos a los otros para asumir lo que el filósofo Antenor Orrego llamaba un mandato de la tierra y del destino. La vida ha hecho que nos encontremos sin darnos cita en los lugares más remotos de este planeta. La esposa de Juan Morillo Ganoza descubrió que la dama que preparaba la comida cantando en la ventana de enfrente de su casa en Pekín era la esposa de Teodoro. Por mi parte, me choqué con él en el Teherán desbordado de la revolución contra el Shah, y supongo que también ha de ser de casualidad cuando nos encontremos allá arriba, después de después. Los días de Acción de Gracias, aquí en Estados Unidos, se me hacen muy breves para recordar tanta bondad como la que recibo todos los días, y ahora que ha llegado la tarde, no termino de dar las gracias por la gracia de tener amigos