¡Mamita, los chilenos!

Tomé un taxi en Miraflores y le pedí a su conductor que me llevara al centro de Lima. Todavía no habíamos entrado en la Vía Expresa cuando el chofer me preguntó:

-¿No cree usted, señor, que deberíamos comprar barcos?

-¿Barcos?

-Sí. Barcos. Barcos de guerra.

Como no estamos en la época de comprar regalos de Navidad, pensé que me había topado con un conductor fumón, y le avise que prefería bajar en la otra esquina.

-No me malinterprete. Me refería a que debemos comprar barcos para prepararnos frente a la guerra con Chile.

Ante mi asombro, el caballero comenzó a dar una serie de razones que lo inducían a pensar que ese conflicto bélico era inminente. Todas eran sacadas de los tabloides que lee habitualmente o cuya portada ojea en los quioscos de periódicos.

Los taxistas en el Perú suelen expresar la opinión pública con casi la misma exactitud que las empresas encuestadoras. Por otro lado, ellos son una muestra de un profundo problema social. La desocupación ha obligado a millares de ciudadanos a comprar un sticker y pegarlo sobre el parabrisas de su carro o del que les alquilan.

Trabajan todo un día para ganar 60 dólares que están distribuidos en 20 para el propietario del vehículo, 20 para la gasolina y 20 para llevar a casa. No tienen vacaciones. Si quieren tener un domingo libre, tendrían que ayunar. Mi taxista de ese momento era ingeniero y estaba desocupado desde la época de Fujimori.

-¿No le parece que debemos comprar barcos?- insistió el hombre que iba al timón.

-Talvez se pueda comprar juguetes cuando usted tenga un puesto de trabajo o cuando en el país se resuelvan los conflictos sociales con la decisión de las mayorías y no con las balas.

-A propósito de eso, señor. ¿No cree usted que los chilenos les están pagando a los cajamarquinos para que impidan la explotación del oro?

Un canillita se acercó al taxi para ofrecer sus tabloides, pero el chofer no compró ninguno porque-según me explicó-tenía una colección de la semana pasada. Le dije yo que suponía que aquellos cambiaban de noticia cada día.

El hombre sonrió y continúa hablando de la guerra con Chile. Me explicó que las noticias eran siempre las mismas y que versaban siempre sobre las armas compradas por el vecino, sobre un diabólico presidente regional o sobre la necesidad de emplear la fuerza contra las poblaciones que se resistieran “señor, a que seamos los primeros productores de oro del planeta”

-¡Que son cinco muertos en Celendín, señor! ¡Lo importante es que entremos al primer mundo!-añadió.- ¡Imagínese: hay gente que quiere que se castigue a nuestras fuerzas del orden!

Por fin, no pudo resistirse y me dijo la verdad, su verdad:

-Además, señor, lo que más me importa en estos periódicos son los traseros que aparecen en la primera página.

Recordé los tiempos de Fujimori. Evoqué la época en que las fuerzas cívicas del país se unieron en torno del doctor Javier Pérez de Cuéllar para acabar con la dictadura a través de las elecciones. Me acordé que de pronto el gobierno advirtió al país de un supuesto peligro ecuatoriano. Recordé que diversos políticos-entre ellos el propio candidato opositor-viajaron a otros países para predicar la causa peruana. Por supuesto, la oposición electoral fracasó.

Me había distraído y el taxista había pasado ya de los barcos a los aviones de combate.

Nuestro carro daba vueltas en torno de un gigantesco mall. Para tranquilizar al chofer, le dije:

-No se preocupe. Hay una forma de esquivar al enemigo. Si estalla la guerra, podemos ir a comprar en cualquiera de esas tiendas, y nadie nos atacará porque todas esas tiendas son chilenas.

Le rogué que me dejara en Ripley.

Accomarca, 27 años antes

¡Abran la puerta!

Delia no recordó jamás cuál fue la hora en que el perro comenzó a ladrar. Lo que nunca se le borraría fue el balazo interminable que lo silenció. Parecía como si el proyectil hubiera entrado primero y salido luego del cuerpo del animal y se hubiera ido silbando hacia el final del universo.

Siempre se acordaría de que despertó y encontró a Cirila, de pie frente a su lecho, mientras le hacía una señal con el dedo cerrándole los labios. Era la niña que la ayudaba a cuidar a Santiaguito. Ahora, traía al pequeño en los brazos. Con voz queda, le indicó que había que escapar. Tenían que irse por el techo cuanto antes. Ya no había tiempo.

Recordando Accomarca - Foto napa.com.pe

Recordando Accomarca – Foto napa.com.pe

Escuchó que golpeaban con fuerza en su puerta. Cuando Sara Delia estuvo de pie, la pequeña Cirila había subido hasta la claraboya de la casa. Lo había logrado encaramándose sobre la cama camarote. Puso primero al niño sobre el techo y luego subió ella, y se metió en la noche.

-¡Abran, abran de una vez!

Avanzó hacia la puerta para abrirla, pero no fue necesario. Dos hombres de uniforme la echaron abajo y entraron en la casa. Pasaron delante de ella y buscaron en todos los rincones. Por suerte, no se les ocurrió mirar hacia la claraboya.

No le explicaron el motivo de su ingreso.

-¿Es usted la maestra de escuela?… Si, por supuesto. Usted es maestra de la escuela.

El hombre que había preguntado y respondido le ordenó que saliera y que avanzara delante de ellos.

Todavía no había amanecido del todo. Sara Delia tropezó con el cuerpo muerto de su perro. Quiso agacharse para palparlo. Llegó a tocarle la cabeza ensangrentada. Lo recordaba y lo quería como el permanente compañero del pequeño Santiago.

Cuando estuvo de pie, el fusil volvió a hablar con ella:

-Sigue adelante. Sigue adelante o te mato.

 

Los vecinos yacían sobre las veredas

Al mediodía, los niños llegaron hasta la cima del monte que da al sur de Accobamba. Caminaban tomados de la mano. A los 13 años, Cirila no sabía exactamente qué es lo que estaba ocurriendo en su aldea, pero sólo estaba segura de que debía escapar y, sobre todo, cuidar la vida de Santiaguito.

Más allá, algunos vecinos yacían sobre las veredas. Se notaba que los soldados habían querido cerciorarse de su muerte y habían procedido a rematarlos. Varios niños de la edad de Santiago y un perro pequeño habían sido destripados. Quizás la mascota había querido defenderlos.

En la plaza central de Accomarca, había varias mujeres muertas. Tenían las ropas destrozadas. Tal vez habían intentado defenderse del ataque de los soldados,  y por eso las habían acuchillado.

 

Los niños huyen a caballo

Por al tarde, Cirila logró llegar con el niño a la aldea donde vivían sus abuelos.

-¡Toma el caballo!… Te llevarás al niño. Veo que has traído algunas provisiones. Van a servirles. Les va a tomar unos días, pero tú conoces el camino.

Mientras su abuelo preparaba el caballo, Cirila se acercó a Santiago y le dijo:

-Vas a olvidar todo lo que pasó aquí. Vas a olvidarlo para toda tu vida, Santiago. ¿De acuerdo?

-¿Por qué voy a olvidarlo?

-Por tu bien. En toda tu vida, nunca más recordarás lo que paso aquí. Esta parte de tu vida es solamente un sueño malo. De los sueños malos, tú te olvidas. ¿No es cierto?

Y todo fue un sueño. Esta semana se han cumplido 27 años de ese sueño maldito. Fueron 69 los asesinados. Para la anestesiada opinión pública, 69 es solamente un número. Tal vez es bueno por eso reconstruir los rostros de estos dos niños hechos a la imagen y semejanza, de tu hijo, de tu hermanito menor, del mismo Dios. Probablemente, estos niños escaparon. Quizás, no.

El lucero de Amaya llega al Perú

Queridos amigos del Correo de Salem en Lima:

Les ruego acompañarme a la presentación de mi novela EL LUCERO DE AMAYA este viernes 24 a las 7pm. en el ICPNA de Miraflores (Avda Angamos 160).
Jorge Díaz Herrera y Gladys Segovia comentarán EL LUCERO DE AMAYA.
Estoy en Lima y me gustaría verlos. Va adjunta una tarjeta de invitación y una nota que les contará de qué trata mi nuevo libro. Afectuosamente,
Eduardo

Latin American Writers Institute

Agosto 2012-08-18

 

El lucero de Amaya llega al Perú

 

Invitación - El Lucero de Amaya - Pinche en la imagen para ampliarla

Invitación – El Lucero de Amaya – Pinche en la imagen para ampliarla

“El lucero de Amaya” es la tercera de una saga de novelas cuyos personajes son niños o adolescentes y cuyo autor es Eduardo González Viaña. Ha sido editada por SM ediciones, y va a ser presentada en el ICPNA de Miraflores (Avda Angamos 160) este viernes 24. La entrada es libre.

Las otras dos novelas son: “Maestro Mateo” y “¡Quién no se llama Carlos!” Aunque promocionadas en el Plan Lector, pertenecen a todos los públicos como es el caso de “El principito” de Antoine Saint Exupery. Además de contener una historia apasionante, cada una de ellas aborda temas tan importantes como la inmigración, las diferencias culturales, la lucha por la justicia, la filosofía del amor y, en resumen, la condición humana.

En “El lucero de Amaya”, un meteorito está a punto de caer sobre la tierra. La región donde se estrelle desaparecerá del mapa y todos los continentes quedarán sumidos en una densa humareda durante dos siglos. Será el fin de la civilización.

En Nueva York, Amaya, la pequeña hija de un inmigrante peruano, es una de las primeras personas en saberlo. Ya había aprendido a leer y, apenas el periódico llegaba, se devoraba las noticias antes de que sus padres lo hicieran. Ante la pasividad de los suyos, solamente la niña comparte con el perro Mateo sus inquietudes y su deseo de salvar el planeta.

Un abuelo escritor, un hada neoyorquina, el perro Mateo, la estatua de Washington y todas las aves que habitan en el Central Park la ayudarán a encontrar un secreto para desviar el meteorito. Le enseñarán sobre todo que “Todos los seres de la naturaleza somos lo mismo. Tan sólo somos formas del amor.”

González Viaña acaba de publicar además “El último vuelo de Superman” en la editorial San Marcos. Es un texto que reúne una colección de los ya famosos “Correos de Salem”, artículos que publica en periódicos del Perú, España y los Estados Unidos. Según Antonio Melis esos escritos son tan fieramente comprometidos como algunas páginas de González Prada.

Como se sabe, el autor de la novela que va a ser presentada en el ICPNA este viernes es escritor, periodista y catedrático universitario en los Estados Unidos.

 

 


Volver al Sur

Sarita Colonia

Sarita Colonia

“En Perú” me dice el chofer de taxi que he tomado, y yo adivino que ha pasado mucho tiempo fuera de la patria. El nombre correcto de la nuestra es “el Perú”, pero los peruanos que viven afuera se copian de los extranjeros. Se lo pregunto, y me responde afirmativamente que vivían en Miami y que ha regresado la santa tierra.

Con él, ya voy contando doce en esta semana. La mayoría de ellos viene de España. ¿Qué pasa? ¿Es éste un milagro de Sarita Colonia?

Lo mismo está pasando en otros países del continente. La crisis económica por la que atraviesa el mundo desarrollado impactó primero sobre los más pobres, los inmigrantes ilegales, nuestros paisanos de ésta y de las otras naciones de América Latina. Ahora regresan.

Hacen ellos de nuevo el mismo camino, pero al revés. El viaje hacia el norte fue la gran prueba de su vida. En promedio, uno de esos viajeros murió cada día durante todo el año pasado por causas entre las que se mencionan con la violencia del Río Bravo, el asalto de bandidos carniceros, las tormentas de viento que extravían al caminante y las arenas infernales del desierto de Arizona donde no es posible hallar agua en varios centenares de kilómetros y el sol quema e incinera hasta los sueños.

Volver al sur representa, sin embargo, para ellos la falta de puestos de trabajo, el hacinamiento miserable, la perversidad de la pobreza, la escasez de amor. No es raro que en esas condiciones, vacíos de cualquier apoyo en la tierra que pisan, los inmigrantes reclamen el amparo del cielo y hasta diseñen santos con quienes pueden hablar de igual a igual porque se les parecen en todo.

Creo que les he hablado de algunos de estos íconos. El primero es San Jesús Malverde, un bandolero celestial.  También abogan por los ilegales, Teresita Urrea que murió en 1906, pero suele aparecerse y asustar a los guardias fronterizos, y el niño Fidencio, a quien parece interesarle mucho la política porque debeló un golpe de estado y curó de hemorroides a un presidente de México.

No lejos de ellos, se desliza la Santa Muerte. La representan con un esqueleto sobre el cual los discípulos han colocado una regia vestimenta. Si usted desea un servicio suyo, se le aconseja que deje en la mesa de noche hoy antes de dormir una vela prendida y un vaso de vino tinto seco, si es posible un Cabernet Sauvignon, y una carta en la cual usted le cuente sus problemas.

Durante la última década, debido al hecho de vivir en los Estados Unidos, he sido testigo del asombroso fenómeno migratorio y de la injusticia brutal que se ejerce contra hombres, mujeres y niños que llegan a ese país en busca de vivir una nueva oportunidad. El derecho a la búsqueda de la felicidad, consagrado en la constitución norteamericana, los ampara, pero el racismo y la ferocidad hacen de ellos una víctima fácil.

No regresan al Sur porque estén confiados en que la situación económica haya variado sustancialmente en sus países. A través del Internet, leen las noticias o devoran las cartas que les envían los suyos. Saben por ejemplo que las asombrosas cifras económicas mostradas como un milagro frente al mundo evidencian un progreso para las grandes empresas, pero no necesariamente para el ciudadano común y corriente. Saben también que en un país como el nuestro, el Perú, se hallan la minas de oro más ricas del mundo, pero que un buen porcentaje de los peruanos que viven cerca de las mismas padece altos índices de desnutrición. Saben también que la seguridad social y la jubilación fueron reducidas a su mínima expresión por los gobiernos neoliberales.

Vuelven al sur sin embargo porque si en los países industrializados existen sistemas de seguridad social, en el Perú existe otro sistema que no ha sido superado, y que es el amor y la solidaridad de la familia.

En las fronteras que antaño cruzaron, los protegió Sarita Colonia. Muchos me han mostrado durante estos años su imagen de colores ingenuos y me han dicho los hizo invisibles frente a los guardias de la frontera. Ojalá que ella los proteja ahora en un país que promete la “ inclusión” y parece olvidar la frase “justicia social”. Creo en Sarita porque creo en la santidad de los pobres, y creo en la esperanza que ella ofrece para los que comen ilusiones en los caminos del mundo.