La negación de la humanidad

“Antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces.”, Mateo 26:34.

Esta profecía de Jesús tiene que ver con algo que puede ser muy peligroso y definitorio en la actual historia peruana.

El gobierno ha mandado al Congreso la llamada ley del Negacionismo, una disposición que debe servirle para castigar con penas de cárcel a quienes nieguen o reivindiquen el carácter terrorista de los grupos que se alzaron en armas en décadas pasadas.

En supuesta defensa de la democracia, el precepto omite- y de esa manera justifica- el terrorismo de Estado,  una forma de gobernar brutal, masiva, totalitaria y sangrienta que no es precisamente democrática. Con su flagrante silencio, la “Ley del Negacionismo” reivindica o hace pasar por excesos justificables y comprensibles -y acaso repetibles-el estado de sitio y la paz de cementerios que se producen cuando una dictadura da carta blanca a las fuerzas armadas para que éstas ocupen el país… es decir para que suplanten un terrorismo con otro.

Olvidemos por un instante las cifras de la guerra sucia. En vez de los decenas de miles de peruanos que fueron sus víctimas, pensemos en los ojos asustados, la ropa en harapos, los pies calzados o desnudos de los niños que huyen con o sin sus padres desde una aldea en llamas y que han sido testigos de la violación de sus madres y hermanas, el degollamiento de sus padres, la prisión de sus hermanos y una persecución sin fin cuyas razones no comprenden.

La guerra sucia es una guerra de exterminio… y quienes la han sufrido en el Perú eran señalados por razones étnicas,  y tenían tanta culpa o participación en el conflicto como la que tenían los desdichados judíos del Holocausto.

El año pasado en elecciones, el pueblo peruano rechazó la opción del crimen como sistema encarnada en la candidatura Fujimori, desechó cualquier justificación del genocidio y repudió la imagen de un presidente que camina pisoteando cadáveres. La mayoría de los peruanos no votó necesariamente por la izquierda o por la derecha. Votó por la paz.

Sin embargo, algunos  indicios parecen indicar que el silencio del precepto no es un simple exabrupto sino una tendencia en el gobierno. Por ejemplo, es notable el desdén con que se trata las conclusiones de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación así como se hace evidente una posición contraria contra las víctimas en los casos concernientes a los derechos humanos.

Como lo señala el recientemente cesado procurador transnacional Luis Alberto Salgado, hay aproximadamente 23 sentencias emanadas de la Corte de San José declarando responsabilidad internacional del Estado peruano, y éste es el mayor número individualmente correspondiente a un Estado.

¿Por qué el estado peruano debía asumir como suyos crímenes que fueron cometidos por el régimen de Alberto Fujimori? Y si no fueron crímenes, ¿por qué se mantiene en la cárcel a ese supuesto defensor de la democracia? ¿Que motivo lleva a este gobierno a poner en cuestión-como lo hacen algunos dictadores- instituciones internacionales del derecho cuya existencia es un triunfo de la humanidad civilizada?

Y más allá de eso, para usar un verbo recién impuesto por el gobierno, ¿qué pasará si esta ley del negacionismo “va”?… Si eso ocurre, quedará en manos del Ejecutivo decidir qué texto o palabra supuestamente justifica o reivindica el terrorismo de los alzados en armas. No sólo será penado lo que se escriba o proclame de hoy en adelante, sino también lo que se lea o recite del pasado.

Por ejemplo, el “Canto Coral a Tupac Amaru” de Alejandro Romualdo podría ser prohibido así como despedidos los maestros que sugirieran la lectura de ese poeta. La misma suerte correrían, entre otros, “El mundo es ancho y ajeno” de Ciro Alegría, “Hombres y rejas” de Juan Seoane”, “El  sexto” de José María Arguedas” “El tungsteno” de César Vallejo. Y por supuesto si la ley “va” irían a la hoguera, o sus autores a la cárcel, todos los libros que se haya escrito o se escriban sobre la guerra sucia sin tomar al dictado la versión de sus perpetradores. Ya sé que estoy omitiendo muchos libros, pero de mencionarlos se acordarán los  futuros fiscales si el negacionismo “va”.

No votamos por el terrorismo de estado encarnado en la señora Fujimori. Votamos por una opción democrática y civilizada de vivir. Sin embargo, antes de que el gallo cante,  la democracia y la propia humanidad ya han sido negadas más de tres veces.

Las manos de Rosa

Para Walter Navarro, médico de quemados

Ayer al mediodía, cerca al Hospital del Niño de Lima, en una clínica de San Borja y en no recuerdo qué calle de Miraflores, se me ocurrió preguntar a varias personas:

-¿Sabe usted cómo llegar a la calle Rosa Guerzoni?

Movimiento Shriner

Movimiento Shriner

Nadie me pudo dar una respuesta, por supuesto. Por supuesto, porque esa calle no existe, pero debería existir, y me apenó porque nadie me dijo que conocía el nombre, pero no la calle. Todas las áreas de la vida y la cultura y la vida de un país tienen héroes, pero no se suele recordar el nombre de las heroínas, y yo quiero evocar el nombre y las manos de una heroína de la medicina peruana, Rosa Guerzoni.

De paso en el Perú, un amigo me habló de ella y de su historia, pero ninguna otra persona tenía sino muy vagas referencias de esta contemporánea suya que, de vivir en estos días, estaría cumpliendo sesenta años.

Me lo contó un testigo y protagonista de la historia, Ricardo Noriega Salaverry, con quien me une una fraternal amistad. En los años 80, Ricardo inició y dirigió el Movimiento Shriner del Perú, una filial de la organización filantrópica más grande del mundo, cuya finalidad es la de rescatar a las personas, especialmente a niños, que han sufrido quemaduras, o que presentan defectos físicos. De más está decir que los servicios de los Shriners son enteramente gratuitos.

Durante años, el movimiento ha estado enviando cientos de pacientes en estado de emergencia desde el Perú hasta los hospitales de los Estados Unidos donde tiene su centro la organización, pero un día, a Noriega Salaverry se le ocurrió que también se podía enviar galenos nacionales a especializarse allí y se comunicó con el doctor Augusto Bazán Altuna, entonces Jefe del Servicio de Quemados del Hospital del Niño.

-Gracias por la invitación -respondió el Dr. Bazán- pero yo soy ya muy viejo. Le recomiendo más bien a quien fue mi mejor alumna en San Fernando, Rosa Guerzoni Chambergo.

Allí comienza la historia de Rosa. Especializada en el Galveston Hospital de Dallas, Texas, volvió inmediatamente a su patria, e inició una actividad infatigable y sin fin. En los hospitales, en las postas de los pueblos más apartados, una emergencia de incendio la convocaba de inmediato, y su arribo era aguardado como la llegada de un ángel cuyas manos harían el prodigio de salvar la vida, restaurar la salud y devolver la alegría a centenares de niños en peligro de muerte.

En el Perú, como en muchos países del área, este tipo de emergencias se presentan con más frecuencia en los hogares más pobres y menesterosos. Cuando ambos padres salen a trabajar, los niños de pocos años intentan manipular una cocina a gas o querosene, y un accidente cualquiera alcanza el techo o las paredes de material inflamable; entonces, la desgracia y la muerte entran a la casa.

Si hubiera querido hacerse rica, Rosa podía haber hecho un ligero cambio de rumbo. En los nosocomios del Estado, los facultativos “ganan” sueldos sumamente modestos. Para compensar su presupuesto, se ven obligados a dar servicio de consultorio privado en las horas posteriores a su trabajo hospitalario. Sin embargo, los que atienden a quemados no tienen esa posibilidad porque los pacientes son en su mayoría personas que no podrían pagar una consulta toda vez que su pobreza linda en la indigencia.

Con la pericia de sus manos que devolvían pieles y rostros, la doctora –nacida el 7 de julio de 1952- podría haberse pasado al campo de la cirugía plástica en el que la consulta privada da rendimientos económicos ostensiblemente mayores. Pero Rosita nunca pensó en eso, y siempre creyó que sus manos pertenecían a los pobres. Además, al tiempo que la realizaba, escribe a los periódicos y hace campaña por una ley de Donación de Organos que todavía no existía en su patria.

Y aquí viene la historia y la paradoja. El 19 de enero de 1997, justamente cuando se da esa ley, Rosita, que está atendiendo a sus pacientes en Pucallpa, apenas tiene tiempo para tomar sus alimentos en una improvisada tienda de campaña. Allí un niño manipula el bidón de gas y se produce un accidente. Rosa, una enfermera y el niño vuelan por los aires.

Un conjunto de médicos, dirigidos por David Herdon, médico jefe del Hospital Shriner de Dallas vuelan hacia el Perú en su auxilio, pero los procedimientos y técnicas médicas más sofisticados del mundo no pueden frente a la desgracia. La doctora dura nueve días, y tiempo después Noriega Salaverry me contará que, vestido con la escafandra de un astronauta para no contaminar, logra escuchar de ella las últimas palabras:

-Dr. Noriega. Solamente haga que me salven las manos. Todavía hay muchos niños a los que tengo que curar.

Es una historia bella y triste, pero no tiene desenlace. Me muero de ganas de saber que pasará cuando yo regrese al Perú de aquí a un año o dos. ¿Qué me responderán cuando pregunte: Dónde queda la calle, el parque o el hospital “Rosa Guerzoni”?