Pantaleón y sus plañideras

“Perdón por lo que no llegué a hacer y por lo que no pude evitar”- dice Alberto Fujimori en un mensaje que ha sido profusamente difundido por la televisión. La frase aparece sobre un autorretrato que lo muestra delante de un paisaje de la Sierra del Perú.

La sangre derramada

La sangre derramada

Se trata de una obvia alusión a las matanzas que tuvieron lugar en esa región durante el tiempo de la guerra sucia. Para acabar con un terrorismo, el gobierno de entonces impuso otro. La Sierra central fue solamente su epicentro. En Lima y el resto del país, hubo torturas, detenciones y desaparecidos. En el cuartel de Ayacucho, todavía no han terminado de exhumar a las víctimas enterradas allí. Decenas de miles de peruanos pagaron con su vida el hecho de no estar ni en el bando de la rebelión contra el estado ni en el bando del terrorismo estatal.

Quisiéramos creer que se trata de una autocrítica. Sin embargo, como siempre, el dictador hace trampa. “… Por lo que no pude evitar” se refiere claramente a los crímenes de lesa humanidad. La frase transforma a Fujimori en un hombre honesto que no pudo evitar los excesos de los ejecutores. Una vez más, el reo echa toda la culpa a las fuerzas armadas.

Fujimori se parece a Pantaleón, el tragicómico personaje de Mario Vargas Llosa. En la novela, al capitán Pantoja-un honesto y sobrio padre de familia- le dan la orden de formar un servicio de prostitutas (visitadoras) para atender las necesidades sexuales de las tropas acantonadas en la Amazonía. Aunque ello va contra toda sus convicciones morales y puede causar la destrucción de su familia, el oficial cumple las órdenes encomendadas.

Sin embargo, cuando la prensa del país descubre el servicio del burdel ambulante y lo condena como incompatible con la moral del ejército, los superiores de Pantoja-quienes le dieron la orden- señalan a éste como el único responsable y lo someten a un tribunal militar.

Es un mensaje, Fujimori quiere aparentar que fueron otros, y no él, los verdaderos responsables. El solamente habría sido un candoroso japonesito que no tuvo arte ni parte en las matanzas de los colinas y de otros criminales que él amnistió. Las decenas de maletas que se fueron con él durante su vergonzosa fuga no las llenó él, fue otro que lo hizo. Los 15 millones con los que quiso acallar a su cómplice Montesinos no salieron de su bolsillo. Supuestamente estaban en el servicio de inteligencia, y fueron sus ministros quienes dispusieron de ese dinero.

Influido por las normas éticas de su institución y de su propia conciencia, el capitán Pantaleón Pantoja guardará silencio antes que echar lodo sobre el Ejército. Fujimori dirá que “no lo pudo evitar”.

La guerra sucia que lideró Fujimori sigue al pie de la letra los dictados de un manual que se ha aplicado en diversos países del mundo. Ella implica como lo señalan los mismos: generación de miedo, terror, pánico, desorganización, duda en la población civil, comisión de actos de extrema crueldad, comisión de masacres, genocidios, delitos de lesa humanidad, difusión de mentiras, desapariciones, torturas, violaciones, detenciones arbitrarias, ejecuciones extrajudiciales, presos políticos, desplazamiento de población, espionaje, persecución; aniquilamiento de líderes sociales, asesinato de periodistas y defensores de derechos humanos, entre otros.

De todo esto hubo en el Perú. Fujimori fue la cabeza de un terrorismo de estado que no debemos olvidar ni negar. En su país de origen, los culpables de un delito se hacen el harakiri para preservar la honra de sus descendientes. En el Perú, Fujimori usa un ventilador para esparcir lodo y vergüenza sobre quienes estuvieron próximos a él.

De otro lado, sus descendientes le han tomado fotos antes de la ducha y del desayuno para mostrarlas y suscitar lástima. Aparte de ello, utilizan tácticas que un día son de ruego y otros días de amenaza. La más reciente de sus tácticas de campaña es este esperpéntico autorretrato.

No entiendo cómo se anuncian persecuciones contra los convictos de terrorismo, incluso contra quienes ya cumplieron su pena, y sin embargo, se acepta que los apologistas del terrorista Fujimori formen un partido y ensalcen sus métodos sanguinarios. Indultarlo será aceptar que el terrorismo estatal y sus miles de muertos fueron solamente un exceso… y que Fujimori trató de evitarlo.

Los publicistas del reo se han transformado en plañideras ambulantes, pero su mensaje a veces los traiciona como en este caso: “por lo que no pude evitar”. Indultar a Fujimori significa aceptar el lodo que ahora quiere echar sobre las fuerzas armadas. Será una decisión para que la revise la historia.

De la Puente y Don Quijote

Don Quijote

Don Quijote

Las primeras veces que leí “Don Quijote” tenía yo 13, 15, 17, 19 y 24 años, y nunca pude entender esa derrota porque estaba convencido de que los héroes eran eternos e invencibles.

Hace algunos años, una tarde en Barcelona, anduve por la colina de Montjuic y recordé que allá, en la playa que la circunda, se batieron Don Quijote de la Mancha y el Caballero de la Blanca Luna. El libro de Cervantes nos informa que allí fue vencido aquel hombre bueno que encarnaba los principios más nobles, justos y libres de la entreverada condición humana.

Las primeras veces que leí “Don Quijote” tenía yo 13, 15, 17, 19 y 24 años, y nunca pude entender esa derrota porque estaba convencido de que los héroes eran eternos e invencibles.

Muchos años después de su última batalla acontecida en octubre de 1965, Luis Felipe de la Puente Uceda no tiene partida de defunción ni se-pultura conocida. Tampoco existe un parte militar que dé cuenta oficial del hecho de armas. Y, por fin, no quedó uno solo entre sus compañeros –herido o prisionero- que pudiera narrar la verdadera historia de Mesa Pelada.

En vista de todo ello, sólo tienen dos caminos quienes reflexionen hoy sobre el tema. El primero es olvidar que hubo una última batalla, y asumir el raciocinio mítico según el cual los héroes no mueren jamás.

En virtud de la leyenda, que los campesinos ya han estado narrando, Lucho se transformará, con el correr de los tiempos, en un cerro con alma o en una estrella que brillará para su pueblo aun en los tiempos más oscuros.

La otra forma de ver este asunto es inferir que la batalla del gue-rrero De la Puente no ha terminado todavía. Ello significa que, ahora, como ayer o peor aún, sigue vigente en el Perú una sociedad basada en la discriminación, con una economía cuya primera dimensión es el hambre.

Un poco antes de lanzarse a la lucha armada, el líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria convocó en la Plaza San Martín a un mitin en el que habría de explicar las razones de su decisión, al tiempo que llama-ba a fundirse en una gran unidad popular a todos los hombres y partidos que aspiraran al cambio socialista en el Perú.

Me acuerdo que el presidente de entonces, Fernando Belaúnde Terry, había prometido, antes de las elecciones, resolver en noventa días el problema de La Brea y Pariñas (la explotación ilegítima de nuestro petróleo por una empresa transnacional). Novecientos días más tarde, al inquilino de Palacio de Gobierno le incomodaba que le hicieran recordar esa promesa.

Era el tiempo también en que nos despertábamos en la madrugada y escuchábamos, en forma clandestina, las transmisiones de Radio Habana. También eso era prohibido. Estaban fuera de la ley la esperanza y la utopía.

Lucho de la Puente no logró formar la unidad de la izquierda a la que había aspirado. Hay que entender la reticencia de los revolucionarios limeños que escucharon en la Plaza San Martín a este extraño provinciano que no o-frecía alcaldías ni diputaciones sino puestos en el frente de combate.

A Lucho, las malas lenguas “izquierdistas” lo acusaban de haberse casado religiosamente y de comulgar los domingos. Y creo que las malas lenguas decían la verdad. Pero ni una cosa ni la otra le impidieron constituir la más coherente insurrección contra el orden establecido que se había dado hasta entonces.

Como los románticos héroes del APRA del 32, De la Puente y el MIR no se levantaron contra un régimen sino contra un sistema. Eso es lo singular de su alzamiento al igual que su vigencia hasta ahora. Lo siguieron espontáneos grupos de estudiantes y campesinos, artesanos y profesionales, cristianos y agnósticos, antiguos apristas y marxistas nuevos. Tal vez faltaron en la ciudad la organización y el apoyo. Tal vez sobraron la valentía y el amor.

Vuelvo a pensar en la derro-ta de Don Quijote, y me doy cuenta de que me equivocaba. Los héroes pueden morir y ser escarnecidos y derrotados muchas veces. Lo que nunca muere son los principios que hacen hombre al hombre y dignifican la condición humana. “Por La Libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida”, dijo el ilustre vencido en Montjuic.

Y De la Puente lo hizo por las aspiraciones de libertad y de justicia que un día por fin han de hacerse completa verdad. Y yo creo que así será por que la batalla de Lucho no ha terminado. Además él no ha muerto, su bandera está entera y nuestro corazón no se ha rendido.