José Ramos, ser maestro en el Perú

José Ramos Bosmediano - Foto de Sute XVI

José Ramos Bosmediano – Foto de Sute XVI

Si quiere estudiar, una niña de Pakistán debe arriesgarse a caminar hacia la escuela seguida por miradas de odio y puede recibir un balazo en el cuello.

Para poder enseñar, un maestro del Perú se condena a un sueldo mínimo para toda la vida.

En Estados Unidos, el sueldo de un miembro del Legislativo equivale a cuatro veces el de un maestro. En el Perú, un congresista recibe por lo menos el salario de 35 profesores. ¿Será tan inmensa la cultura de los “padres de la patria” como su equivalencia en salarios de maestros?

Los maestros del Perú son señalados por las autoridades y por una prensa casi monocorde como los culpables de que la educación alcance solamente niveles mediocres. Se les responsabiliza por el bajo rendimiento de los escolares, y se olvida a los niños que llegan a clase en ayunas, o a los que se acostaron son hambre la noche anterior.

Las últimas administraciones se han preciado de un crecimiento económico sin precedentes, -un boom peruano- en los años de la aplicación más rígida del neoliberalismo, pero la pobreza no desciende de la misma forma, y la inversión en el sector educativo es sumamente inferior al que la Unesco recomienda.

He recordado todos estos indicadores en Navidad porque ese día falleció el maestro José Ramos Bosmediano.

Nos conocimos en la Universidad de Trujillo. Pepe estudiaba Educación en las especialidades de Filosofía y Ciencias Sociales. Me acuerdo de que escribía sin cesar sobre los pensadores griegos. Más tarde se interesó en la dialéctica. Desde entonces, no importa cuáles fueran los avatares de su vida y de sus luchas, sus textos siguieron fluyendo sin interrupción.

En 1972, concurrió a la organización del sindicato unitario de trabajadores de la educación peruana (Sutep). Esa organización reclamó desde un comienzo un sueldo básico para todos los maestros, su estabilidad laboral, el derecho a la organización sindical y a la huelga y, sobre todo, la función de proponer políticas para cambiar el caduco sistema educativo.

Secretario general del Sutep por dos periodos, Ramos impulsó las luchas de esa organización hacia la alianza con los sectores explotados del país y hacia un combate resuelto contra cualquier dictadura.

Como todos los dirigentes e integrantes del Sutep, fue echado de su trabajo o perseguido por sus ideas todas las veces en que se satanizó al Sutep, o sea todo el tiempo. Sin embargo, nada de eso lo arredró. Con su esposa que también es maestra criaron tres hijos, que ahora son profesionales.

José Ramos proclamó siempre su condición de miembro del Partido Comunista, y eso en el Perú significa a ser calificado de antisocial o señalado como un permanente sospechoso.

Aunque nunca he pertenecido a las filas de ese sector, admiro la valentía de estos luchadores sociales. Dos de los peruanos más ilustres del siglo XX pertenecieron al mismo partido de José Ramos Bosmediano, y fueron César Vallejo y José Carlos Mariátegui.

Hace pocas semanas lo llamé por teléfono. Le aconseje que reuniera sus ensayos y que publicara un libro. Me respondió que una vez que pasaran sus “pequeños problemas”, se dedicaría a ello.

Los sectores más poderosos y egoístas acusan a los comunistas de ser anticristianos. Creo que tanto ellos como cualquiera de los luchadores sociales, con o sin partido, han llegado a esa tarea por amor a las promesas del humilde maestro de Galilea.

Mi amigo Pepe ha fallecido la mañana del 24 diciembre. Hasta en su muerte ha apostado por esta fiesta del renacimiento que pertenece a todas las religiones y a todos, a esta milagrosa porfía de la condición humana. La lucha continúa.

¿Felices fiestas o Feliz Navidad?

Belén andino - Foto de LovePerú

Belén andino – Foto de LovePerú

“Happy Holidays” (felices fiestas a secas, y no feliz Navidad) decía la primera tarjeta que recibí en diciembre, y creí que me la enviaba Walmart, Sears o tal vez Toys R Us. Por fin, pensé, esas tiendas se han quitado los disfraces pascuales y no disimulan que su verdadero dios es el dólar, y su único profeta, un viejito rojo y gordiflón.

Me equivocaba. Me la enviaba Rigoberto Masa, catedrático en una universidad cercana. RM va a la misa en español con su familia todos los domingos y pasa la bolsita de la colecta, pero esconde la mención cristiana de la navidad porque en los ambientes académicos está prohibida, y teme que sus amigos gringos (quienes lo llaman Rigg) lo consideren un latino conservador, ignorante, retrógrado, machista y primitivo.

Los norteamericanos “políticamente correctos” impusieron esa prohibición hace unos años, y ahora todo el mundo la acata. Ordenan ellos que se diga solamente “felices fiestas” porque, según afirman, la alusión al nacimiento de Cristo resulta insultante para quienes no comparten la religión predicada por el Rabí de Galilea. Aunque la proscripción pascual es obedecida por la mayoría en los medios universitarios, yo sencillamente no la acepto, y quiero desear a mis lectores una feliz Navidad y un maravilloso Hannukah, las dos celebraciones cristiana y judía que coinciden en diciembre.

Debo agradecer, además, a “Rigg” y a sus rígidos censores la oportunidad de ratificar en público mi filiación cristiana. Ella le da forma y sentido a mi vida, y le pone su sello a todo lo que hago, pienso, escribo y sueño. El signo de la cruz, incluso, me orientó desde temprano hacia el socialismo, una forma ética de vivir y una idea que los malvados declararon anticristiana y que, sin embargo, es la mejor manera de lograr que se haga verdad en la tierra la justicia prometida por el Hijo del carpintero. Ser cristiano, por fin, me hace miembro de una comunidad eterna e indeciblemente feliz.

¿Soy un cristiano a rajatabla? Sí y no. Dudo de la organización eclesiástica y desconfío de algunas autoridades de la iglesia. En la historia universal, me repugnan las Cruzadas, las conversiones forzadas, la diabólica Santa Inquisición y el apoyo a los ricos y a los poderosos dispensado por la iglesia y, sin embargo, no renuncio a mi cristianismo, esa fuerza carismática que a cada momento se despierta, condena y reforma las instituciones humanas.

A pesar de todo lo anterior, puede decirse que el mundo fundado en los principios judeocristianos es una civilización de la libertad. El Dios que habla a través de Moisés y de Jesús nos hace distinguir lo bueno de lo malo, pero nos da la libertad de elegir. Suena paradójico que una cultura de amor y libertad haya creado un mundo sin justicia y sin libertad, pero crearlo es la tarea que nos está encomendada. Esta sensación de mundo incompleto y de hombre no terminado es lo que más me convence de mi religión. Tenemos que fundar un mundo de justicia y aquél será un mundo más vivible, y nosotros, habremos terminado de crearnos. La libertad, como dijo Manuel Azaña, no hace felices a los hombres, pero los hace más hombres. He oído decir que Dios trabajó seis días, y al séptimo descansó. Eso significa que nosotros debemos ocuparnos de lo que nos ha dejado inconcluso.

Hannukkah celebra a un grupo de rebeldes judíos, capitaneados por Judas Macabeo, que hace 23 siglos se levantó contra la dominación siria, rescató su antiguo templo y reconquistó su libertad religiosa. En la Roma de los césares, los perseguidos cristianos festejaban la presencia eterna de Hijo del Hombre, trazando el signo del pescado sobre la arena y bendiciéndose recíprocamente antes de ser entregados a las fieras. Ser valiente es una condición para ser cristiano, querido Rigg. No te dejes censurar.¡Anda, anímate y dinos algo más que “felices fiestas!”

Los peligros de La Haya

Escudo nacional del Perú - Grabado

Escudo nacional del Perú – Grabado

Para ganar un juicio se necesita tener una buena causa y un excelente abogado. En sus alegatos ante el tribunal de La Haya, el Perú cuenta con ambos requisitos.

Los puntos que se defienden son correctos, casi obvios. En cuanto a sus defensores, la nuestra es una de las mejores diplomacias de América Latina.

Hay, sin embargo, un peligro. La prensa amarilla y algunos políticos están haciendo de las suyas. En vez de ilustrar al país sobre los argumentos del alegato, los titulares de la prensa están colmados de un sombrío clima de guerra.

Según las primeras planas sensacionalistas, que son las leídas por el pueblo en los periódicos colgados en el kiosco, sea cual fuere el fallo, los tanques estarán cruzando las fronteras y los aviones, bombardeando las ciudades. El pánico vende.

Algunas amas de casa se preguntan si ya es hora de almacenar alimentos para el caso de una escasez producida por la invasión.

Todavía faltan algunos meses para que se emita el fallo. No obstante ello, este clima ya está llegando al paroxismo.

Hay un concepto sociológico que puede servirnos para entender las sinrazones que motivan y alimentan climas como éste. Se trata del llamado pánico moral. Se le define como una condición, episodio, persona o grupo de personas que son consideradas como una amenaza contra los valores e intereses sociales y acaso la propia supervivencia de la nación.

Quienes manejan los controles del pánico, conducen al pueblo a una mentalidad del desastre.

En tanto que el pánico aumenta hay un sentido de urgencia para hacer algo ahora o de otra forma la sociedad ha de sufrir graves consecuencias más tarde. Este sentimiento se expresa en el endurecimiento de os aparatos de control social del estado y en un clima de sospecha en el que todos debemos probar que no somos terroristas ni antipatriotas.

La tensión se advierte en expresiones del más iletrado chauvinismo. Ya hace meses, por ejemplo, de que un escritor declarara que no le gustaba mucho la comida peruana porque producía gases. Ello estuvo a punto de desatar un linchamiento por supuestamente ser un antipatriota.

En verdad, la preocupación primera debe ser la de liberarnos de los tiempos en que la dictadura destruyó nuestras instituciones sociales. Ello porque, aparte de que la razón esté de su parte, en todo juicio se requiere que el demandante sea creíble. ¿Lo es el Perú?… ¡Claro que s!

El Perú es una democracia bien establecida, y su último dictador está entre rejas. Se olvida sin embargo que, además de tirano y de ladrón, el hombre del penal Barbadillo es un terrorista de estado que ordenó y justificó un genocidio. No se le trata con la vara con que debe ser medido. Al líder de Sendero Luminoso se le ha prohibido la visita de un sacerdote. Sin embargo, a Fujimori se le ha aceptado a trámite su petición de indulto y se le hace vivir en una cárcel de cinco estrellas.

De otro lado, técnicamente, esta democracia no tiene una constitución. Se vive todavía bajo el acta de gobierno que se dio el golpista.

Por fin, el subsecretario general de las Naciones Unidas, Heraldo Muñoz, ha recomendado al gobierno peruano el fortalecimiento del diálogo interno. En vez de condenar el conflicto social y criminalizar la protesta, aconseja “visualizar el conflicto no como algo negativo, sino como una oportunidad para resolver situaciones concretas mediante el diálogo y la negociación.”

En vez de la catástrofe, se debe estimular al recuerdo de la grandeza peruana. Ella se debe expresar ahora en la voluntad de fundar una democracia estable. Sólo así, el país ganará todos los días el veredicto de la historia.