Era negro pero también era rojo

Mandela rojo

Mandela rojo

Quienes más honores le tributan han pintado a Nelson Mandela con los colores más diferentes. De negro, de rosado y hasta de blanco. Se han olvidado de que también era rojo. Era rojo no tan solo por su propia declaración sino porque era socialista, culto, luchador, rebelde…y porque era un verdadero cristiano … como suelen ser los rojos.

Quienes más honores le tributan ahora- después de muerto- son aquellos que aplaudieron su captura, que durmieron en paz durante su carcelería y que cerraron los ojos cuando los racistas de Sudáfrica paseaban con las cabezas de los rebeldes partidarios del héroe.

Entre quienes ahora le llevan flores blancas destaca la insospechable organización “Amnistía Internacional”. La palabra “amnistía” siempre se ha parecido mucho a la palabra “amnesia”. Ahora se le parece más porque “AI” olvida que todo el tiempo durante el cautiverio rehusó concederle el estatus de preso político.

No lo hicieron, según ellos, porque el gobierno de los genocidas blancos de Sudáfrica lo había declarado “terrorista”.

Un hombre de paz era golpeado y agonizaba en los calabozos mientras el gobierno torturaba a sus familiares para hacerlo sufrir aun más, y sin embargo Amnistía le negaba protección tan solo porque los verdaderos terrroristas lo declaraban “terrorista”.

En Londres, la señora Thatcher no disimulaba su odio contra el militante antirracista. En Estados Unidos, se le mantuvo hasta hace poco en una lista de terroristas internacionales. En Europa, pocas voces se escucharon en defensa del justo. En la América Latina lo defendieron los internacionalistas, los socialistas, los rojos, y eso lo hizo sospechosos frente a las fieras encaramadas en los gobiernos.

Lo pintan como un “negrito bueno”, como un tío Tom, y olvidan que Mandela, además de negro fue un rojo hasta la médula. Como tal, fue líder del brazo armado del Congreso Nacional Africano e inició la lucha armada contra los malvados racistas. Y olvidan también que 350 mil cubanos socialistas se internaron en Angola para luchar contra el colonialismo. Ellos vencieron al ejército enviado por Sudáfrica y determinaron la liberación del héroe.

Mandela fue un socialista, y por eso, inauguró un pacífico gobierno popular, reconcilió a los antagonistas y perdonó a quienes lo habían condenado a prisión perpetua.

Mandela fue un socialista y por eso a llegar al gobierno transformó con amor una sociedad que deshumanizaba a los negros y convertía en malditos abusivos a los blancos. Por eso mismo, para expresar la doctrina socialista y cristiana del amor al prójimo, usó la palabra africana “Ubuntu” que significa “Yo solamente puedo ser yo mismo a través de ti y contigo”

Dentro de esa misma doctrina, humanizó las cárceles, las convirtió en centros educativos y eliminó el trato cruel y las condenas eternas. Lamentablemente, el ejemplo de Sudáfrica no ha sido asumido por otros países.

Mientras Mandela agonizaba, en Lima, el féretro de la madre de Víctor Polay tuvo que ser introducido a la cárcel para que el prisionero le diera su último saludo. Recién entonces nos enteramos de las infames condiciones de ese encierro, casi sempiterno calabozo y privado casi por completo hasta de las visitas familiares. Fue espantoso entender que las cárceles no habían cambiado desde la dictadura

“Ubuntu” -la doctrina de Mandela- se expresa en las palabras de su amigo, el arzobispo sudafricano Desmond Tutu: “Hemos superado lo bestial del pasado y ahora damos vuelta a la página, pero no para olvidarla, sino para construir una sociedad superior en la que el hombre recuerde que es verdadera imagen de Dios”

“Ubuntu” nos hace recordarles a los homenajeadores que Mandela no fue solamente negro y nunca fue rosado. Fue rojo y socialista, o sea de verdad cristiano.

Para cruzar la frontera

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En septiembre de 1993, cuando entré a Western Oregon, la universidad donde trabajo, fui invitado a una cena en homenaje de los nuevos profesores y funcionarios de esa casa de estudios.

Al hallar mi nombre en una mesa para ocho personas, descubrí que me habían puesto al lado de un caballero que tenía nombre y apellido en español. León Castellanos nos pasó una tarjetita con ese nombre y nos dijo que acababan de contratarlo como director de una oficina para asesorar a los estudiantes de los grupos minoritarios, preferentemente latinos.

Nos dio entender que su dominio del castellano era una de las más poderosas razones por las cuales había ganado el puesto. Y añadió que él hablaba ese idioma, “pero el verdadero, el de España.” Nos los decía casi rugiendo. Movía los brazos como quien da zarpazos.

Supongo que las otras razones eran su recio nombre al igual que su apariencia física, como se supone aquí que somos los “latinos”. Era bajito y muy moreno. Tenía una pancita brava y amenazante y una melena bien peinada, y ostentaba unos elocuentes bigotes de mariachi.

Por fin, nos reveló que dominaba el spanglish, “pero el oficial, el académico, el más puro”. Nuestra admiración crecía a cada instante a pesar de que León nos hablaba de sus habilidades sin emplear otro idioma que el inglés.

Al terminar la cena, quedamos en vernos otra vez en el campus y tomarnos un café “bien conversadito.”

Han pasado de eso 20 años y, nunca nos tomamos ese café. Cada vez que yo me le acercaba, el asesor de asuntos latinos parecía escapar de mí como de un cazador en un safari. La verdad es que el León me había agarrado miedo porque él no hablaba ni una palabra de castellano, y su nombre hispano había salido de una selva, pero de Filipinas.

Creo que ha sido por eso que he tomado conciencia de que los hispanos estamos de moda en los Estados Unidos. El año pasado, por este mismo mes, los comentaristas políticos de todos los medios señalaron que el triunfo electoral del presidente Obama se debía sobre todo al voto de los ciudadanos de este origen.

Estamos de moda, pero creo que no nos conocen bien. Tal como ocurre con el “latino” de mi cuento. Se dice que 30 millones de personas comparten en este país este ancestro cultural, pero ¿cuántos leen en español o, solamente, cuántos leen?… Se dice que los hispanos serán la mayoría en el año 2050, pero ¿cuántos de ellos hablarán español?

Esa es la primera razón por la que nos hemos decidido a publicar una antología de veinticinco iberoamericanos que escriben narración en Estados Unidos. Se llama “Cruce de fronteras”

Vivir en los Estados Unidos no equivale ahora a renunciar a la lengua sino a enriquecerla con el sabor y las variantes que aportan los hispanoparlantes de uno y otro lado de nuestra América concentrados aquí.

Los temas envueltos en las historias de los hispanos viajeros también sufren cambios importantes en el exilio. A veces, se continúa abordando los recuerdos de la patria lejana que para algunos son inagotables; aunque para otros, no. En el otro extremo, los hay quienes prefieren fundar sus ficciones y alegorías en geografías, temas, dramas y personajes que pertenecen a los Estados Unidos.

La emigración de los latinoamericanos –de todos, no sólo de los escritores- ha alcanzado cifras gigantescas que, incluso, aterran a los nativos y los hacen presagiar un cambio cataclísmico del espíritu del país… sin recordar, por cierto, que el proceso de formación del mismo se ha basado siempre en los movimientos migratorios.

Por eso estamos escribiendo a través del nuevo sello editorial Axiara. Al igual estamos distribuyendo en Amazon y e incluso nos expresamos en libros virtuales y se nos puede leer en una tableta o en un smart phone. Vamos a presentar “Cruce de fronteras” en el Instituto Cervantes de Nueva York el próximo sábado 7 de diciembre a mediodía. La Academia Norteamericana de la Lengua Española organiza el evento. No se lo cuenten a León, o sí, háganselo saber… para que se acerque y aprenda a rugir en castellano.

Mi mejor amiga cumple 127 años

La secuoya de WOU

La secuoya de WOU

Veinte años atrás, conocí a quien iba a ser una de mis mejores amigas en Western Oregon University, la universidad donde trabajo.

Era una sequoia. Fue plantada en 1887 por la promoción de ese año, y es una baby-sequoia si pensamos que esta especie puede llegar con facilidad a los 2 mil o 3 mil años.

Su edad y su altura me desconcertaron. Estaba a punto de alcanzar los cien metros, vale decir que era como una calle caminando hacia el cielo. Se me ocurrió que tan sólo hechos misteriosos me iban a ocurrir cuando pasara frente a ella, y así fue.

El primero de noviembre de 1997, había comprado yo un teléfono celular. Reacio a lo moderno, por fin me había decidido. Sin embargo, a nadie se le había ocurrido llamarme en las dos semanas transcurridas desde que los había sacado de la tienda.

El mismo día 13 en que iba a celebrar mi onomástico, pasé bajo la inmensa sequoia, pero no sentí la alegría centenaria que solía bajar de ella. Tal vez el otoño la había oscurecido y silenciado.

En ese momento, comenzó a sonar el timbre del celular. Me llamaban desde el Perú para anunciarme la segunda noticia más triste de mi vida. Mi madre había fallecido. Había ido a acompañar a mi padre quien nos dejó cuando yo tenía 19 años.

Al principio, quise pensar que se trataba de un árbol nefasto. Después, se me ocurrió que siempre se encarga dar las malas noticias a los parientes viejos y a los más amados, y eso ha sido la sequoia para mí durante estas dos décadas.

Alrededor de mi amiga, crecen jóvenes y robustos arces. Durante el otoño, cambian de color de un día para otro. Parecen estar observándonos y copiando nuestras vidas. Pasan del azul al amarillo, y de allí al plateado, al dorado y al púrpura. Reflejan cada día los diferentes matices de la aventura humana.

La sequoia no cambia. En plena mitad del campus, es una expresión de sabiduría y eternidad. Su presencia silenciosa nos revela que la modestia es la mejor expresión de una radiante vida interna.

Sus ramas nos enseñan, a profesores y alumnos, que nosotros debemos ser los que cambiemos si queremos ver un cambio en el mundo.

Tempestades, exasperantes inviernos y algunos calores infernales han rodeado al gran árbol que siempre permanece inmutable. Su enseñanza, en este caso nos dice que el odio, el abuso y la perversidad terminan por desaparecer de la historia. Acaban por devenir irrelevantes mientras que la sabiduría del silencio del ser viven para siempre.

Veinte veces he visto a los obreros que emplean gigantescas grúas para vestir de luces al sequoia de Western Oregon University, el más alto árbol de Navidad en las universidades de los Estados Unidos. La celebración repetida cada año del nacimiento me inspira una eterna confianza en la racionalidad de los milagros y en la esperanza de la especie humana.

A veces, como en mi universidad, un árbol encarna el alma de una gran comunidad humana. Un joven agonizante en las playas de Normandía le confió a un compañero de armas que estaba viendo y que vería la sequoia en el momento en que daba su vida por la libertad del mundo.

A mi me ocurre algo diferente aunque parecido. Sueño muchas veces que paso bajo el gran árbol, y que suena otra vez el timbre de mi celular. Es mi madre quien me llama para decirme que le entusiasman estos inventos modernos y estos árboles viejos porque nos permiten comunicarnos y vernos, y saber que somos más eternos en lo que pensamos.

El derecho de los hombres y el de las bestias

¿El Congreso de la República ha decidido hacer perpetua la fiesta de las brujas, el Halloween?

No, no se trata de eso, sino de algo peor. La elección y posterior derrumbe de la señora Marta Chávez en la Comisión de Derechos Humanos es prueba desdichada de que el cardenal Cipriani no está tan equivocado cuando proclama que los derechos humanos en el Perú son una cojudez.

Aunque la ignorancia y la barbarie intenten menospreciarlos, los derechos humanos no son de izquierda ni de derecha ni han sido inventados ayer. Son una manera de vivir en libertad y sin miedo, con dignidad y con futuro, que el mundo civilizado reconoce a todos los ciudadanos.

Los derechos humanos no han sido inventados por la Comisión de la Verdad del Perú. Pertenecen a todos los países, tienen una historia milenaria y se han inspirado en las lecciones de amor y de justicia del cristianismo y de las diversas religiones.

La doctrina de los derechos humanos se extiende más allá del Derecho y conforma una base ética y moral que debe fundamentar la regulación del orden geopolítico contemporáneo. Una nación que no los reconoce, o que los soslaya, o que dice que no son “ vinculantes” se convierte en una nación paria, una nación desprestigiada a la que no se tomará muy en cuenta en los tribunales internacionales.

En el Perú, los derechos humanos provienen de su propia historia, desde las coloniales “Leyes de Indias” que intentaron aplacar la explotación indígena, pero al mismo tiempo son obligaciones que corresponden a su adhesión a los tratados internacionales.

La desgraciada guerra interna que vivió el país fue muestra de una brutalidad sin límites. Si el terrorismo de los grupos alzados en armas es condenable, también lo es que el Estado asuma el genocidio, la tortura, las desapariciones y la negación de la justicia como su única manera de ganar esa guerra. Eso se llama también terrorismo.

Está probado que aparte de eliminar a los subversivos, las fuerzas armadas-bajo las órdenes y estrategia del gobierno fujimorista-practicaron una guerra sucia caracterizada por la más perversa violencia. Miles de personas y comunidades indígenas que no tenían nada que ver con los sublevados fueron aplastadas. Desde el punto de vista ético, las acciones del estado son tan inaceptables como propiciar la muerte intencional de inocentes para amedrentar a los culpables reales o probables.

La señora Chávez como una buena fracción de la población peruana exculpa de esos crímenes al terrorista Fujimori, o se los justifica. Decir que Fujimori es defendible porque destruyó el terrorismo significa olvidar que el mismo era un terrorista. Significa también justificar a Hitler quien proclamaba la destrucción de los supuestos terroristas judíos.

El hecho de que exista un partido que asume esas premisas-las del terrorismo de estado- es otra de las contradicciones de la democracia peruana. Si se acepta al fujimorismo, ¿por qué no se acepta que los vencidos terroristas entren en la contienda política.

El preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos considera que “el desconocimiento y el menosprecio de aquellos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad; y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias.”
Así habló la humanidad. Así proclamó su fe en el amor y la justicia. Quien ahora haga circo en el Congreso o se desentienda de preservar esos derechos tan sólo proclamará ante el mundo su desprecio de la condición humana y su adhesión al derecho de las bestias.

Amenaza infernal contra los inmigrantes

Detención de inmigrantes indocumentados

Detención de inmigrantes indocumentados

Durante octubre, la facción republicana de la Cámara de Representantes paralizó el estado norteamericano durante dos semanas.

Si aquello hubiera durado un día más, la economía del mundo habría sufrido un cataclismo. La crisis había vuelto a los niveles en que se inició y no habría habido manera de frenarla.

Una nueva medida aprobada por el Comité Judicial de la Cámara de Representantes- que dominan los extremistas republicanos del Tea Party- podría convertir la vida en un infierno para los millones de inmigrantes indocumentados que viven en ese país.

Se trata de la llamada Acta SAFE. Si pasa del Comité al pleno de la Cámara y es aprobada-lo cual puede ocurrir en estos días-transformará al indocumentado en un criminal. Ya no se tratará de una simple violación de la ley, sino de un crimen cuyo castigo será meses o años en una prisión norteamericana.

La medida significa una seria amenaza contra los derechos de toda la comunidad inmigrante y una cuantiosa exacción a los contribuyentes de este país con cuyos impuestos se debe pagar a las empresas privadas que alquilan inmensos hoteles infernales para servir de prisiones.

SAFE autoriza reforzar la ley de inmigración y permitir la detención indefinida al mismo tiempo que criminalizar el simple acto de asociarse con alguien que es indocumentado. De esa forma, también serían considerados como criminales los médicos que ofrecen servicios gratuitos a los inmigrantes, los maestros que les enseñan inglés, las parroquias que los ayudan o los sacerdotes que les ofrecen la comunión y algunas esperanzas.

Al autorizar a la policía local para efectuar detenciones en masa, no tan sólo serán perseguidos o apresados quienes no tienen documentos sino también aquellos cuyo perfil racial los hace sospechosos.

El estado de Arizona tiene una ley similar. Ahora se trata de arizonificar todo el país.

Mientras duró la paralización del estado, los republicanos habían secuestrado el presupuesto y alegaban que lo hacían para impedir la puesta en acción de la ley que ofrece servicios de salud para todos.

Resulta increíble que en el país más poderoso del planeta, millones de habitantes no tengan acceso a esos servicios y que la mayor parte de ellos se muera por no tener dinero para atenderse.

Sin embargo, los republicanos califican cualquier seguro de salud procedente del estado como una medida socialista. Cuando se les informa que medidas similares o mayores existe en España, Inglaterra, Francia, en toda la Europa, señalan que esos países también han sido contaminados por el socialismo. A lo mejor, lo creen.

Sí; creo que lo creen porque-cada vez que hablan- sus líderes muestran una clamorosa ignorancia. Para Sara Palin, por ejemplo, “Corea del Norte en la que está al sur, y ellos son nuestros aliados, ¿no?”. Para él “latino” Marco Rubio, futuro candidato a la presidencia, “Estamos en el año 2012. Por lo tanto, el universo tiene 2012 años de existencia.”

Lo mejor es pensar que lo hacen por ignorancia. Hay, sin embargo, un inmenso negocio cocinándose detrás del Acta SAFE. Las empresas privadas carcelarias como el grupo GEO se están expandiendo por el país, son un Guantánamo dentro del mapa, proveen condiciones brutales de vida y son las preferidas para encarcelar inmigrantes. Si el acta es aprobada, ganarán billones.

Las encuestas muestran que una gran mayoría de los ciudadanos están a favor de una reforma migratoria que permita un mejor camino hacia la ciudadanía. Los republicanos del Tea Party- con su racismo y su desdén por la salud del prójimo -se esmeran en mostrar que al final del camino, la diferencia entre s capitalismo y socialismo es solamente la que separa al egoísmo de la solidaridad en la comunidad humana.

La batalla de Felipe

Luis de la Puente Uceda

Luis de la Puente Uceda

Un poco antes de lanzarse a la lucha armada, Luis Felipe de la Puente Uceda, líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, convocó en la plaza San Martín de Lima a un mitin en el que llamaba a fundirse en una gran unidad popular a todos los hombres y partidos que aspiraran al cambio socialista en el Perú.

Era febrero de 1964 y fue escuchado por unas 50 mil personas. Todo era asombroso en esa reunión. Lo era, en primer lugar, la multitudinaria concurrencia que acogía a un líder llegado de Trujillo y sin una presencia partidaria en la capital del país. Se podían reconocer allí los cartelones de sectores apristas que añoraban la mística y la historia gloriosa de ese partido, y que sentían que De la Puente, expulsado de aquél, las encarnaba.

Causaba asombro la claridad del orador. Hablaba de hacer la revolución desde un tabladillo situado a unas seis cuadras de la Casa de Gobierno.

Era presidente Fernando Belaúnde Terry. En las elecciones, el arquitecto había prometido resolver en 90 días el problema de La Brea y Pariñas (la explotación ilegítima de nuestro petróleo por una empresa transnacional). Novecientos días más tarde, al inquilino de Palacio de Gobierno le incomodaba que le hicieran recordar esa promesa.

En París, Gilbert Bécaud compuso una canción llamada “Nathalie” que narraba los amores de un turista francés en Moscú con una muchacha soviética. La traducción en castellano fue prohibida en el Perú. Por su parte, los cines no podían proyectar “Morir en Madrid” ni “El acorazado Potemkin”.

Los jóvenes se despertaban en la madrugada para escuchar, en forma clandestina, las transmisiones de radio Habana.

Usar barbas era sospechoso. También lo era hablar en francés. En esa época, Charles De Gaulle lideraba una tendencia destinada a superar la antinomia bipolar de la guerra fría. Cuando llegó de visita al Perú, el presidente se sintió obligado a declarar en público que estimaba a Francia, pero que mantenía un vínculo indesligable con los Estados Unidos.

Además de que el Perú recibía un alquiler exiguo por sus pozos petroleros, la situación en el campo no había variado desde las épocas feudales. Patrones de horca y cuchillo se hacían pasear en andas por sus indios. En esas condiciones, el pueblo y sobre todo los jóvenes estaban decepcionados de sus partidos, y aspiraban a un cambio revolucionario como el que se acababa de producir en Cuba.
El hombre del mitin de 1964 no logró formar la unidad de izquierdas a la que había aspirado. Hay que entender la reticencia con que las cúpulas limeñas, la izquierda citadina, escucharon en la plaza San Martín a ese extraño provinciano que no ofrecía alcaldías y diputaciones sino puestos en el frente de combate.

Lo más asombroso de todo es que De la Puente cumplió con su palabra. Volvió a La Libertad y entregó a los campesinos las extensas tierras que poseía por herencia. De la Puente y el MIR se levantaron en armas no contra un gobierno sino contra un sistema, contra una sociedad basada en la discriminación con una economía cuya primera dimensión era el hambre.

Los siguieron espontáneos grupos de estudiantes y campesinos, artesanos y profesionales, cristianos y agnósticos, antiguos apristas y marxistas nuevos. Tal vez faltaron en la ciudad la organización y el apoyo. Tal vez sobraron la valentía y el amor.

A casi medio siglo de su última batalla ocurrida el 23 octubre de 1965, ni Luis Felipe ni sus compañeros tienen partida de defunción ni sepultura conocida. Tampoco existe un parte militar que dé cuenta del hecho de armas. En vista de ello sólo tienen dos caminos que reflexionen hoy sobre el tema. El primero es olvidar que hubo una última batalla y asumir el raciocinio mítico según el cual los héroes no mueren jamás.

La otra forma de ver este asunto es inferir que esa batalla no ha terminado todavía.

Matar a César. Matar al Che

Ernesto Che Guevara

Ernesto Che Guevara

Si un cacaceno escribiera que Alice Munro ha ganado la medallita del Premio Nobel debido a su amistad con el rey de Suecia, algún periódico acogería su escrito porque todos tienen derecho a hacer el ridículo.

El error de la famosa escritora consistiría en responderle. La gente miraría con interés al cacaceno por lo menos una semana aunque Munro es universal y su improvisado detractor no hubiera escrito libros sino en el dialecto de su barrio.

En octubre se ha hecho algo similar con uno de los peruanos más distinguidos de la historia actual, César Lévano,  y con un personaje de dimensiones históricas, el Che Guevara.

Nada de esto es nuevo. Con los dos se ha ensayado muchas veces el asesinato moral, pero todo el tiempo sus detractores terminan con el rabo entre las piernas.

El año pasado, a Lévano, el doctor— no consigo recordar su nombre—, rector de la Universidad de San Marcos, lo despidió de su puesto en el centro cultural de esa casa de estudios alegando la edad del escritor, periodista y luchador social que algún día tendrá un monumento. ¿Quería el doctor— como se llama— aparecer entonces a su diestra?

La repulsa que ese hecho causó fue tan grande y los homenajes que se rindieron a César fueron tantos que la gente terminó por olvidar el nombre del autor del desaguisado. Eso es terrible porque, en estos casos, la más secreta motivación del ofensor es aparecer junto al ofendido en la memoria colectiva.

La chaveta de otro prójimo le acaba de augurar una muerte próxima. Dice que muy pronto César podra conversar en el otro mundo con José Carlos Mariátegui. Eso es obvio porque Todos vamos a morir. Sin embargo, la pregunta que nos hacemos es qué va a pasar cuando también le toque irse al agorero. ¿Allá, en el otro mundo, lo reconocerá como nieto su abuelo presunto?

Frente a un Mozart, hubo siempre un Salieri y al lado de Vallejo, un Clemente Palma, envidiosos de su fama y afanosos de compartir la inmortalidad con ellos.

Al héroe Ernesto Che Guevara se le considera un modelo de la condición humana, y en ello coinciden incluso quienes no comparten sus ideas. Sin embargo, este mes, al conmemorarse el aniversario de su muerte, algunos detractores suyos emergieron desde las alcantarillas.

¿Qué dijeron? Sólo refritos: que Fidel Castro ordenó su muerte y que él mismo era un maldito. ¿Qué fuentes citaron?… Las de siempre: pero esta vez usaron las de un personaje novelesco, Félix Ismael Rodríguez, alias El Gato, un cubano que participó en la frustrada invasión de Bahía de Cochinos y en la muerte del guerrillero.

Y sin embargo, en estos mismos días de octubre, una revelación se trae por los suelos la credibilidad de ese supuesto testigo. No un periódico de izquierda sino, en la orilla opuesta, “El País” de España nos informa que el famoso Gato ultimó, después de torturarlo, al agente norteamericano antinarcóticos Enrique Quique Camarena.

Quienes tratan de asesinar moralmente al Che solían entrevistar también al hombre que estuvo encargado de rematarlo, Mario Terán. Esta vez tampoco podrán hacerlo. Anciano ya, este soldado boliviano había perdido la vista desde hace varios años. Por su pueblo, sin embargo, pasó la brigada de médicos cubanos “ Che Guevara”. Una acertada operación de aquellos le ha permitido a Terán ver de nuevo el cielo de su tierra y las luces de esa leyenda que alguna vez intentó matar.

Estos intentos de asesinato moral están siempre condenados al fracaso. Sus autores hacen gala de cinismo para hacernos sentir que no tenemos héroes. Sin embargo, el cinismo es miserable y la perversidad es banal. El amor, el heroísmo y la grandeza permanecen para siempre. NI a estos valores, ni a César ni al Che. Nadie podrá matarlos.

Melis, el amigo del Perú

Melis con Lucia Lorenzini, su esposa, y con Gonzalez Viaña en la Feria del Libro de Roma.

Melis con Lucia Lorenzini, su esposa, y con Gonzalez Viaña en la Feria del Libro de Roma.

Una tarde en que visitábamos los campos azules de la eterna Toscana, Antonio Melis me llevó a la Rotonda de Montesiepi para presenciar un milagro. Allí, bajo una breve capilla circular, se puede apreciar una espada hundida en la roca.

Nadie puede sacarla de allí. Se dice que Galgano, un caballero que volvía de las cruzadas, cansado de tanta guerra hizo el gesto simbólico de herir la roca, pero su espada se hundió y no volvió a salir de allí.

Tampoco salió Galgano. Abandonó la aventura guerrera y se quedó a vivir en ese monte. La leyenda asegura que entendía todos los secretos del universo y que curaba a la gente con tan sólo hablar con los cipreses.

Sobre Antonio, se me ocurrió que le había ocurrido algo semejante en los Andes del Perú. Tal vez se hizo amigo de una montaña y aquella lo llevó a peregrinar por un país cuyos secretos conoce hoy más que cualquiera.
Melis es un caso excepcional. Su obra, recogida en multitud de libros y revistas, muestra ante el mundo la imagen de un país, dueño de un destino y de un mensaje que se expresa sobre todo en tres de sus principales obsesiones: José Carlos Mariategui, José María Arguedas y César Vallejo.

Desde hace medio siglo, no se puede pensar en el Perú sin referirse a este italiano licenciado en la universidad de Padua y catedrático hasta este año en la de Siena.

Cuando Antonio visitó el Perú por primera vez en 1970, ya había publicado “J. C. Mariátegui, primo marxista d’America” en “Crítica marxista”, la revista teórica del Partido Comunista italiano.

“Leyendo Mariátegui”, su libro medular, compendia tres décadas de estudios sobre el autor de los “Siete ensayos” a quien sitúa entre los grandes pensadores marxistas del mundo cuando compara sus concepciones estéticas con las de Walter Benjamin, Anatoli Lunacharsky, el Che Guevara y Mao Tse Tung.

El sabio de Siena muestra al lector europeo la fascinación de ese pensamiento y reivindica el carácter antidogmático del marxismo del pensador peruano.

En julio de este año, Antonio Melis  estaba en el Perú trabajando en el prólogo al libro de poesía de Arguedas de la misma forma en que su obsesión lo ha llevado todo el tiempo al examen de César Vallejo. Se podría decir que “Leyendo Mariátegui” debe ser el anticipo de un “Viviendo Vallejo”.

Ante la globalización, el proyecto mundial que pretende ordenar y nivelar las naciones, Melis opone nuestra América en la que los creadores e intérpretes culturales prolongan la pasión de una cultura sumergida pero rebelde.

El domingo 13 de  octubre en que aparece este artículo, los hispanoamericanistas de Córcega y Cerdeña le estarán rindiendo un homenaje sorpresa. “ Tomo a un amigo sincero” es el libro que ellos lanzan ese día y que editan los profesores Domenico Antonio Cusato y Cecilia Galzio. Entre otros nombres importantes, destacan los de la joven investigadora de  Catania, Sabrina Constanzo, así como los de Ricardo Badini, Hernán Loyola y  Laura Luche.

Cecilia Galzio dice de Melis que “«la amplitud de su producción científica no es sólo el  resultado de un profundo interés cultural. Su dedicación es fruto  sobre todo de un intenso amor hacia todo lo que es América Latina: hombres, paisaje, literatura, tradiciones, historia».

Por todo ello, el homenaje que se rinde hoy en el Sicilia salta de allí a otros mares del mundo. Un escritor nostálgico lo registra en Salem y lo reenvía al Perú, a España y a otros países donde también lo leerán. Gracias a Antonio y a la mágica espada de San Galgano, nuestra América es una utopía que nadie puede clausurar.

Risas en el parque

 Illegal Immigration- Por Michael D'Antuono

Illegal Immigration- Por Michael D’Antuono

Sentado sobre una banca de un parque de Salem estaba intentando leer un poco cuando desde la puerta de una casa cercana vino hasta mí una incontenible explosión de risas femeninas. Pensé en alejarme de inmediato para no invadir la privacidad de quienes la causaban, pero mi curiosidad pudo más, y continué escuchando durante tal vez quince minutos una risa que solamente era interrumpida por breves comentarios en castellano. Se trataba como después comprobé de dos damas mexicanas, madre e hija; ésta última acaso tenía 20 años, la madre le doblaba la edad.

¿De qué se reían? Era difícil saberlo porque sus frases entrecortadas no me permitían adivinar lo que les producía tanta hilaridad. Muy pronto, mi curiosidad tuvo su castigo porque la risa de las dos mujeres se me fue acercando y acercando hasta comenzar a contagiarme como una cosquilla inaguantable que no pude resistir, y arranqué a reír también.
Pasaron 10, 15 minutos, acaso media hora, y yo que lloraba de risa me había tirado desde la banca a la grama y me revolcaba en ella sin dejar de reír. Quería pensar en sucesos tristes, pero no me venía ninguno al recuerdo y cuando por fin pude evocarlos me causaban más risa. Intenté taparme los oídos, pero las malvadas mujeres ensayaban risas cada vez más agudas o usaban unas voces que me causaban más risa.

Tal vez luego de una hora, callaron. Se hizo silencio en el parque, pero acaso por inercia yo seguía riendo. Los pájaros, las hojas, los dibujos que trazaban en el aire, mi propia sombra, todo me causaba risa.

Entonces, sólo entonces, se me ocurrió lo que debía de haber hecho desde el principio: me puse de pie y, con lágrimas en los ojos, avancé hacia ellas para preguntarles de qué nos estábamos riendo tanto.

No sé cómo lo logré. La verdad es que hasta ahora me asombro de toda la fuerza que tuve para levantarme y caminar hasta el patio de la casa donde Carmen Silva y Patricia León reían hasta más no poder. No logro recordar, pero imagino la cara que ponen cuando un hombre con lágrimas y risa incontenibles se acerca a preguntarles; “¿Por favor, díganme de qué nos estamos riendo?”

-Nos estamos riendo- me explica Carmen- por el hecho de que Patricita se ha quedado sin trabajo.
Obviamente, no puedo, no consigo entender.

-El jefe descubrió que sus papeles del Seguro Social son “chuecos”, están falsificados, y hace un par de horas la ha mandado de regreso a la casa.
En vista de que no entiendo todavía, Patricia aclara:

-Mi madre y yo somos ilegales. Ella no puede trabajar porque padece de un problema de salud, y a mí me acaban de echar del trabajo. Además, el dueño de los departamentos nos ha llamado para decirnos que tenemos una semana de plazo para pagar o irnos.

Le entendí menos aun, pero tuve que fingir que me parecía muy graciosa cada una de sus desdichas. Entonces, Carmen me aclaró las cosas:

-Nos reímos- me dijo- porque el llorar sin reír hace mal.- Y me contó que frente a todo lo que les estaba ocurriendo como inmigrantes ilegales en Estados Unidos –estaban solas, sin dinero y sin trabajo- optaban por reírse para sentirse bien.

-Nos reímos de todo lo malo, y nos reímos hasta llorar. Patricia a veces quiere regresarse a Guadalajara, pero yo le digo que si hemos llegado hasta aquí debe ser por algo, y se lo digo riendo porque como le acabo de decir el llorar sin reír hace mucho mal.

El presidente salado

Manuel Prado junto a la reina Juliana

Manuel Prado junto a la reina Juliana

Al comenzar su gobierno (1939- 1945) Manuel Prado tuvo que vérselas con un terremoto que devastó Lima y Callao. Poco después, la Biblioteca Nacional sufrió un dantesco incendio.  En esta época y durante su segundo gobierno, las visitas del mandatario siempre fueron acompañadas por otras calamidades en ciudades importantes del país.

En 1960, la diplomacia holandesa en Lima hizo todo lo que estaba a su alcance para disuadirlo de visitar a la reina Juliana, pero no lo logró. Los agoreros culparon entonces al estadista peruano de una apendicitis que aquejó a Su Majestad inmediatamente después de cenar con nuestro presidente.

Por todo esto, Prado fue conocido en nuestro país y en el exterior como un presidente “salado”.

El uso de este calificativo para denotar a una persona que trae mala suerte proviene de la época de la Colonia y del bestial trabajo de la Inquisición. La primera de sus víctimas en ser entregada a la hoguera fue el comerciante francés Mateo Salado. Su delito fue habérsele encontrado una biblia entre sus pertenencias. En el español de otros países, salado significa solamente persona muy graciosa.

Este recuerdo viene a cuento de los epítetos que le lanzaron en el estadio al actual presidente Ollanta Humala y de los que se hizo eco el terrorista preso Alberto Fujimori.

Terrible epíteto es éste, y ojalá que no haga carne. Ninguna campaña de imagen podría rescatar en ese caso la ya declinante popularidad del presidente.

Por cierto que es  injusto imputar al mandatario de los malos resultados del partido de fútbol. Eso no tiene sentido ni lógica alguna.

Sin embargo, hay que reconocer que los responsables de imagen presidencial se la buscaron. No entiendo cómo se les puede haber ocurrido disfrazar al mandatario de referí provinciano. Lo vistieron con chimpunes, una chompa rojiblanca y una gorra del mismo color. Así se visten las barras bravas, pero de ninguna manera puede exhibirse de esa manera el hombre que personifica a la nación.

Es más, los publicistas de palacio se copiaron la imagen del genocida General  Videla cuando, menguante su estrella, se presentó en la Casa Rosada para adjudicarse  la victoria del equipo argentino en el campeonato mundial. Además, es lamentable confundir a la patria  y su destino con los chimpunes y los goles del estadio. Eso es ignorancia y camino de la barbarie.

En el Perú de las semanas recientes, los hinchas rodearon el hotel donde estaba el equipo uruguayo y durante toda la noche lanzaron insultos para evitar que los jugadores descansaran.

Eso fue durante la víspera. Al día siguiente, además  del presidente, el propio jefe de la iglesia católica peruana denostó contra el árbitro quien, por su parte, se quejó ante los organismos internacionales del hecho de que lo habían dejado sin defensa frente a la barbarie de los espectadores. ¿Se imaginan ustedes la imagen que dibujó el Perú en el resto del mundo?

La popularidad de Manuel Prado tuvo que hacer frente a dos golpes duros: primero, el epíteto de salado. Segundo, la acusación de que su padre huyó del país al comienzo de la guerra con Chile.

Sin embargo, Prado supo sobreponerse. Sus virtudes civiles de cumplimiento de la palabra, flexibilidad y de apertura al diálogo con el adversario lo salvaron.

Al inaugurar su segundo gobierno, dio plena amnistía a los presos políticos. Además, como lo había ofrecido, cumplió con su palabra y derogó de inmediato la infame Ley de Seguridad Interior que se parece en mucho al Acta que Fujimori impuso en vez de la Constitución, y que el actual mandatario no ha tocado.

Hay que reconocer que –pese a todo- Prado pasó a la historia como un presidente más eficaz que mediocre y anodino.

Cuando Prado anunció que iba a visitar la universidad e Trujillo, los estudiantes la tomamos para impedirlo. Aunque declarábamos nuestra oposición al oligarca, había en nuestra decisión algo más que motivos políticos. Muchos de los compañeros que gritaban slogans contra el presidente levantaban la mano derecha con dos dedos en alto como cuando queremos hacerle la contra a la “jetta” de un salado.