Romero, el santo subversivo

El asesinato de Óscar Romero - Foto Agencia EFE

El asesinato de Óscar Romero – Foto Agencia EFE

Informaciones procedentes del Vaticano nos hacen saber que el nuevo Papa ha “ desbloqueado” la canonización del arzobispo de El Salvador, monseñor Oscar Romero. Ahora, ese proceso sigue adelante bajo la dirección de Francisco y después de treinta años de retrasos.

La palabra de la información dice exactamente “desbloqueado”. Cuesta creer que la Iglesia Católica haya mantenido “bloqueado” el reconocimiento de la santidad de uno de sus mártires más valerosos.

Sería doloroso reconocer que hubo en el retraso razones extrajudiciales. Eso nos haría pensar en San Martín de Porres cuyo origen étnico bloqueó el proceso durante varios siglos.

Después de todo, Oscar Arnulfo Romero es, para todos, un santo. Católicos, evangelistas de todas las denominaciones y también marxistas y hasta agnósticos lo llaman y lo sienten así. No es poca cosa que un hombre sin uniforme ni más armas que la palabra de Dios se haya enfrentado a un ejército de asesinos en nombre de los pobres de El Salvador.

El objeto de esta nota es pensar en los católicos de América Latina. Ya era hora de que Roma se interesara por nosotros que hacemos más de la mitad de los católicos del planeta.

El Papa Francisco, excelente futbolista y regular bailarín de tangos, sabe en verdad cómo somos. Sabe que somos tan irreverentes como audaces y tan devotos como relajados. Adivina que amamos entrañablemente al Papa pero no le obedecemos, y reverenciamos sus enseñanzas, pero no las tomamos muy en serio, sobre todo las que atañen a disciplinar nuestras pasiones.

Lo he dicho antes y lo digo ahora. Ni siquiera los “no católicos” son por completo no católicos aquí. Los ateos se casan por la Iglesia y bautizan a sus hijos. Y, como señalaba García Márquez, la diferencia entre los extremos políticos de esta región radica en que los conservadores van a la misa de doce y los liberales anticlericales a la de las siete de la mañana para que nadie los vea.

Sabe Francisco que, además, esta región es territorio de contradicciones temibles. Los recursos de oro, plata y cobre más inmensos del planeta están aquí, pero también están presentes la pavorosa miseria y la masacre contra los pobres que protestan. Y también se encuentran aquí la insultante riqueza de algunos egoístas y las calaveras del hambre. Y además, el hacinamiento miserable, la perversidad de las falsas democracias y la escasez del amor.

Canonizar a Romero podría significar para la Iglesia convertirse en adalid de la lucha por el cambio social y congregar a la inmensa fuerza de los latinoamericanos en esa marcha hacia la comunidad de Dios.

Recordemos unas cuantas palabras del mártir: “La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: cese la represión.”

El criminal le disparó desde la pila de agua bendita. Desde allí caminó hacia la calle donde un jeep militar lo esperaba… Por su parte, el sacerdote levantaba en sus manos el Cuerpo de Dios cuando sonó el disparó. Después, cayó sosteniendo la hostia contra su corazón.

El papa argentino sabe que éstos son los santos que más admiramos. La noticia venida del Vaticano nos hace recordar y cerrar los ojos. Esa es la forma cómo escondemos nuestra cólera y no dejamos que se enteren de que estamos llorando.

Progresivamente, poco a poco

El vino

El vino

“¿Nacionalización del petróleo? Si, pero progresivamente. Poco a poco, compañeros.”

Estas palabras de Haya de la Torre en febrero de 1962 muestran que su discurso antaño izquierdista se había moderado notablemente para esa época.

La agenda nacionalista había sido reemplazada ahora por una tónica de prédica moral que fue permanente en la vida del líder. Por costa, montaña y selva, clamaba por una vida honesta ajena al licor, la droga, y las tentaciones corruptoras del dinero.

En vez de una campaña política, aquella parecía la gira de un predicador religioso cuya palabra fascinante originaba súbitas conversiones. El “Viejo” sentía que la presidencia estaba a un paso y que, por ende, era necesario preparar a los apristas para que evitaran la sensualidad del poder.

En Pacasmayo, mi pueblo, fueron dos los oradores: el candidato presidencial y un joven flaco y peludo, sin libreta electoral aún, pero secretario general del comando universitario aprista de Trujillo, aquel que ahora escribe estas líneas.

La fluidez algo irresponsable de mis palabras provocó los generosos comentarios del Viejo quien, ante la multitud, proclamó que este muchacho flacuchento habría de ser un día muy importante como orador y como hombre de pluma. Tal vez lo dijo por las plumas que en vez de barbas rodeaban por entonces mi cara.

Aprovechó el Viejo de esa anécdota para dirigirse a la juventud y a los compañeros del partido, y pedirles por enésima vez moderación en la bebida.

En la cena aprista que luego siguió, todos estaban pendientes de las palabras con que respondería el secretario general del distrito, un excelente médico que además era muy aficionado a las copas. Cuando aquél pidió la palabra, un compañero me codeó preocupado.

En efecto, el inicio de su discurso provocó una generalizada desconfianza: “El compañero jefe nos ha dicho que debemos dejar el alcohol. Tiene razón. Lo vamos a dejar, compañeros…

¿Hipocresía?… Telmo continuó: “Vamos a dejar el alcohol, compañeros. Pero, progresivamente, poco a poco.”

Nadie pudo contener la risa, ni siquiera el propio “Viejo” que tenía un gran sentido del humor y que solía reírse hasta de sí mismo.

A este hombre se le ha acusado de desviaciones ideológicas, pero jamás de ansioso lucrador. Sería imposible decir eso de quien llevaba siempre los bolsillos vacíos y casi desconocía el valor del dinero. Tampoco se ha dicho eso jamás de los viejos apristas quienes por su capacidad podrían haber caminado hacia un futuro prometedor, pero que todo lo perdieron, la libertad, la familia, la propiedad e incluso y la vida, al entregarse a la lucha revolucionaria por la felicidad de los demás.

Por ello, el mayor daño que el aprismo-facción García, Aurelio Pastor- ha hecho a esa historia son las demoledoras evidencias de corrupción en las que se debate ahora. Casi seis mil indultos y conmutaciones de condena a narcotraficantes así como una “módica” tarifa de 10 mil dólares por año de cárcel perdonado embarran y hacen vergonzante la propia mención del partido.

Incluso, tornan sospechosa de rentada la participación de ese grupo en el cargamontón extorsionador que se hace en esos días al presidente para obligarlo a indultar al terrorista Fujimori.

Más aún, esta tragedia nos hace ver como una heroica carga de la desesperanza la reciente fundación del Partido del Pueblo. Agrupados en él, Luis Alberto Salgado, Enrique Cox, Raúl Haya de la Torre y varios miles de compañeros quieren volver a la vieja y maravillosa historia de los militantes “puros y sinceros” que hicieron temblar a la vieja oligarquía peruana y a los cimientos castrenses de su poder.

¿Se puede esperar que se tornen honestos de repente los que convirtieron Palacio en una “paradita” de conmutaciones e indultos? Sí, pero progresivamente, poco a poco…

La alcaldesa del striptease

La maja desnuda - Goya

La maja desnuda – Goya

En 1963, la primera alcaldesa de Lima hizo lo que generalmente se espera de una mujer que llega a ese cargo.

En nuestros días, la alcaldesa ha hecho mucho más de lo que se espera que haga un hombre.

Anita Fernandini de Naranjo no fue electa. Llegó a la municipalidad por designación de una junta militar que ansiaba atraerse las simpatías de las mujeres y de las clases a las que doña Anita pertenecía pues era hija del poderoso minero Eulogio Fernandini de la Quintana y era considerada la mujer más adinerada del Perú.

Gobernaba el Perú entonces un triunvirato militar. El año anterior, los golpistas habían asaltado palacio unas semanas después de las elecciones y luego de vetar al candidato del Apra, Víctor Raúl Haya de la Torre.

En muchas iglesias de América Latina, se difundía por entonces un comunicado en el que algunos católicos “piadosos” culpaban de los males del mundo a las atrevidas ropas de baño, a los generosos escotes, al descocado Pérez Prado y al reciente apogeo de la minifalda.

La epidemia golpista llegó al Ecuador cuando el presidente Carlos Julio Arosemena se tomó unos tragos en palacio y despertó todavía con los humos en Ciudad de Panamá. Una junta militar lo había sustituido mientras dormía.

La señora Fernandini hizo exactamente lo que de ella se esperaba. Se preocupó por la limpieza de la ciudad. Expropió terrenos para una basílica que nunca se llegó construir. Condecoró a la Virgen del Carmen y le entregó las llaves de la ciudad. Por fin, hizo de conocimiento público una canción sagrada que había escrito durante las sesiones del municipio, y que se titulaba “Plegaria al Señor de los Milagros.”

Recia moralista, la alcaldesa decidió por fin lo que iba a ser su golpe de gracia. Condenó el desnudo. Aparte de que algunos limeños piadosos y observantes tuvieron que ponerse una pijama gruesa durante el caliente verano, la señora prohibió que los cines y las boites ofrecieran espectáculos de striptease.

Mi amigo, el artista gráfico, José Bracamonte Vera, me contó entonces que los enviados de la alcaldesa habían llegado a la Escuela Nacional de Bellas Artes para velar los cuadros donde aparecían mujeres desnudas y obligar a las modelos a que usarán un recatado calzón.

Era yo un jovenzuelo reportero que recién había obtenido la libreta electoral. Hacía calle en el diario “Expreso”.

Avisado por Pepe Bracamonte, me puse de acuerdo con un excelente reportero gráfico a quien llamaban “ Reflejos” y salimos hacia la municipalidad de Lima. Allí esperamos a que terminara la sesión y a que saliera la alcaldesa a quien yo debía entrevistar.

La primera dama de Lima aceptó conversar conmigo. No había advertido que detrás de ella había una bellísima muchacha cubierta con un lujoso abrigo de piel. Era una bailarina, y la había comprometido yo para cometer esa maldad.

Mientras la señora hablaba y gesticulaba, la bonita Elsa Moreno se quitó el abrigo y posó desnuda tras de la primera autoridad para el travieso lente de mi fotógrafo. Obviamente nos detuvieron. Obviamente le quitaron los rollos a “Reflejos” y se los velaron. Obviamente, él se quedó con el verdadero. Después de unas horas de detención, llegamos al periódico convertidos en héroes de la libertad de prensa. La primera página del día siguiente nos consagró.

¿Es ese el tipo de alcaldesas que requiere Lima? No lo creo. Una mujer muy valiente, Susana Villarán, ha logrado acabar con La Parada, un gigantesco mercado cuyos alrededores eran usados para la venta de repuestos robados. Ningún alcalde pudo hacerlo en más de 40 años. También ha logrado vencer la millonaria campaña contra su administración. Ahora, un juez de sospechosa ejecutoria intenta detenerla. Cualquier día de estos va a visitarlo un periodista con un fotógrafo.