Mr. Capriles: usted no es Simón Bolívar

Simón Bolívar

Simón Bolívar

Hace cinco años, Melissa Patiño, una colegiala de Lima, escribió un poemario sobre Simón Bolívar. Su admiración por el fundador de nuestra libertad le valió ser invitada a un encuentro bolivariano que se celebraba en Quito, Ecuador.

Cantando y conversando con otros chiquillos de su edad, Melissa regresaba al Perú en un ómnibus que debía llevarla hasta Lima. Sin embargo, en la frontera de Aguas Verdes el vehículo fue detenido por un grupo de individuos que se identificaron como miembros de alguna policía política. La chica fue prácticamente secuestrada.

La pasaron a otro vehículo. La esposaron. En esa condición, le tomaron decenas de fotografías y la ofrecieron a las cámaras de televisión. De allí, fue directamente internada en el penal de alta seguridad de Santa Mónica.

El gobierno de Alan García justificó esa barbaridad aduciendo que la niña había participado en una reunión de terroristas en Quito.

Se olvidó decir que la cita era abierta y pública, y en ella participaban grupos juveniles de Venezuela, Uruguay, Brasil, Argentina, Cuba, Ecuador y Perú. Ninguno de los participantes de los otros países fue molestado en absoluto por la policía.

Es más, el referido encuentro era un homenaje internacional a la imagen de Simón Bolívar y a su mensaje de unidad latinoamericana. El gobierno de García no disimulaba para ese entonces su profunda animadversión contra él libertador de cinco países a quien “sotto voce” se calificaba de terrorista del siglo XIX.

En Estados Unidos, me enteré de eso. Al lado de noticias sobre mujeres a quienes los talibanes prohibían ir al colegio, destacaba esta historia llegada del Perú. El filósofo Noam Chomsky y otras personalidades del mundo protestaban. El gobierno de Lima ofrecía al mundo una lastimosa imagen de nuestro país. Su beligerancia contra Bolívar le impedía ver el ridículo que estaba haciendo.

Por supuesto que me indignó, pero al mismo tiempo me alegró saber que Bolívar y sus sueños seguían vivos y sublevantes en pleno siglo XXI.

Esta semana llega al Perú, para recaudar apoyo contra la estabilidad democrática de su país, Henrique Capriles, candidato derrotado en las recientes elecciones de Venezuela.

Lo increíble es que, según las noticias, al lado de un “Comando Simón Bolívar Exterior”, le prestará masas y rollos el ex presidente Alan García quien, al parecer, de súbito se ha convertido en bolivariano.

Si usted está leyendo este artículo en el Internet le ruego que entre en las páginas de “el país.es” y compruebe que, tanto en este momento como ayer, antes de ayer, la semana pasada y la próxima, la primera plana del periódico español está dedicada a un ataque permanente contra el país de Simón Bolívar. Pasa lo mismo con otros grandes medios internacionales de comunicación.

Esta campaña es idéntica a la que se ensayó contra Irak. No había armas de destrucción masiva allí ni el gobierno tenía nada que ver con las malditas bestias del 11 septiembre, pero esas acusaciones fueron las justificaciones de una invasión y un genocidio.

Bolívar era un soñador inmoderado. Sólo podía despertar adhesiones u odios permanentes. Por eso es eterno, y dura hasta el siglo XXI el odio de los que secuestraron a Melissa Patiño.

En En 1823, Manuelita Sáenz escribió una carta a su esposo dándole las razones por las cuales se había ido con Bolívar. A cambio, le ofrecía casarse de nuevo con él en el cielo. “En la patria celestial, pasaremos una vida angélica y toda espiritual…  a la inglesa”, le prometía. Nada de eso podía ocurrirle con el libertador. Ni pasará lo mismo con sus detractores. Serán unos centímetros de odio en los libros de historia, y nada más.

Mister Capriles: mírese en ese espejo. Usted no es Simón Bolívar. Ni se le parece.

Los mellizos diferentes

Videla y Fujimori

Videla y Fujimori

Se parece en mucho, pero no en todo. A uno y a otro los llamaban “el chino”.

Ambos fueron terroristas. Ambos fueron genocidas. Ambos eran sumamente ignorantes.

Ambos desindustrializaron a sus países, e impusieron a sangre y fuego un orden neoliberal por encargo de otros.

Se parecen en casi todo, pero se diferencian en algo muy importante. Videla aceptó las penas impuestas sin pedir clemencia y tomó sobre él toda la culpa.

Al responsabilizarse en su condición de comandante en jefe, el argentino salvó para la historia el honor de las fuerzas armadas de su país en cuyas filas militara el bravo y honesto libertador José de San Martín.

Fujimori no cesa de pedir clemencia. Entre dos hombres pequeños, éste es insignificante.

Lo más grave: Fujimori ha intentado a través de toda su estrategia judicial inculpar a la fuerza armada de los delitos que él mismo planeó y ordenó desde palacio.

Si Fujimori recibe ahora el indulto, la historia le pasará los platos rotos a quien no corresponde. En la práctica, el reo está conminando a un presidente de origen militar para que lo salve del peso de su culpa y se la pase al ejército. El reo y sus hijos basan sus razones en la salud y la supervivencia. Sin embargo, su rollizo aliado tiene otras razones. Él está pensando en las próximas elecciones en las que llenará de improperios al actual presidente constitucional.

Terroristas y genocidas, Videla y Fujimori tienen decenas de miles de muertos en su haber. Al argentino se le ha probado y condenado por el robo de bebés, el fusilamiento de presos y otras bestialidades sin fin. No tan sólo la Argentina, todo el mundo tiene presente la imagen de los presos que son subidos a helicópteros, torturados allí y arrojados a las aguas del Río de la Plata. En los archivos televisivos, en el Youtube, cualquier persona de París, Londres o Nueva York puede ver y escuchar ahora mismo el testimonio de los jóvenes que, cuando bebés, fueron arrancados del vientre de la madre y vendidos. Argentina no es un país secreto.

Tampoco es secreto el Perú. En Roma, Ginebra, Madrid o en Washington, quien lo desee puede entrar en Youtube y escuchar a las mujeres que fueron esterilizadas contra su voluntad. Puede enterarse de cómo una guerra civil fue convertida en una guerra étnica y de qué manera decenas de pueblos fueron arrasados o de cómo los cadáveres de los torturados fueron enterrados en los cuarteles.

Videla y Fujimori no fueron el poder, sino su brazo armado. Traidores, cumplieron órdenes extranacionales. Su misión era instaurar una economía neoliberal en la que el estado fuera despojado de sus bienes y funciones. El encargo era que aquél fuera privatizado para beneficiar al gran capital transnacional, a las corporaciones foráneas y a sus socios locales.

Para llevar a cabo ese encargo, tenían que arrasar la institucionalidad e imponer el pánico. Este y la perversidad sólo los mejores medios “de persuasión” que conocen los gobiernos terroristas.

Videla y Fujimori se parecían en todo, pero no en todo. Ya se sabe hoy que el dictador japonés, debe a su alianza con Montesinos, el hecho de ser ahora uno de los hombres más ricos del mundo. Por supuesto, no era un “caído del palto”. Por eso, se entiende el cariño que le profesa ahora el autor de la teoría de que “la plata llega sola”.

Por su parte, el argentino era un genocida austero. No bebía. No era ojo vivo. Comulgaba con frecuencia. No se ha hablado de millonarias cuentas a su nombre en el exterior. Probablemente creía que la sangre derramada de otros lleva al cielo. Videla era algo así como un violador casto. En eso, estos mellizos no se parecen.

Carta a Javier Heraud

Javier Heraud

Javier Heraud

Hermano: de todos nuestros compañeros de generación, eres el que mejor se conserva.

Conservas los mismos ojos asombrados del chico que estaba recibiendo el primer premio de aprovechamiento en el colegio “Markham”.

Tienes la misma cara del muchacho de 18 años que viaja al norte para recibir el premio al mejor poeta joven del Perú.

Recuerdo que a través de los aires antiguos y dulces de Trujillo te abrías paso para leernos poemas del libro que ya a esa edad habías publicado.

Recuerdo que eras un muchacho grandote y de pies enormes, y que tenías pronunciadas ojeras de niño sabio.

En nosotros, las ojeras se instalaron por la edad y también por algunas experiencias tristes. El pelo se les puso blanco a algunos. A otros, se nos fue cayendo. En ti, nada de eso ocurrió porque sobre ti no pasaron los años.

No pasaron por que los años no pasan sobre el río, y tú eras y eres un río. Además de que tu poema lo proclama, te acribillaron cuando te ibas flotando sobre una canoa por el río Madre de Dios. Y por eso sigues siendo “el río que viaja en las orillas, puerta o corazón abierto; el río que viaja por los pastos, dolor o rosa cortada; el río que viaja dentro de los hombres, el río que canta al mediodía, el río eterno de la dicha.”

Eso ocurrió hace 50 años. Como lo ha contado tu padre, saliste de Puerto Maldonado inerme, sobre el tronco de un árbol, a la deriva, y pudiste haber sido detenido sin necesidad de disparos. Tu compañero había enarbolado un trapo blanco. No obstante, los policías y los civiles a quienes se había azuzado te disparaban desde las orillas, durante una hora y media.

Eso ocurrió el 15 mayo de 1963. El “valiente” capitán que comandaba a los sicarios gritaba: “Fuego, fuego, hay que rematarlos.” Ya estabas muerto cuando continuaban zumbando las balas dum dum. La autopsia encontró diecinueve forados en tu cuerpo.

¿Por qué tanto odio, Javier?

Eran los años en que todo el mundo estaba pendiente de la revolución cubana. En el Perú, teníamos que levantarnos a las cuatro o cinco de la mañana para escuchar secretamente “Radio Habana, Cuba”

Estaba prohibido captar esa emisora, ver la película “Morir en Madrid”, cantar “Natalie”, dejarse crecer la barba, viajar a los países socialistas. Los gobiernos temían que fuéramos contaminados por las ideas de libertad y de justicia.

Los dueños del país querían hacer creer que representaban las ideas cristianas. Sin embargo, día tras día, los monopolistas del campo, los contaminadores de las minas, los agiotistas de las finanzas y algunos insaciables e inflados presidentes han demostrado que no hay materialismo más perverso que el suyo.

Ser socialista como lo fuiste y lo eres, querido Javier, equivale ayer y ahora a aceptar la cruz de los mártires, y a seguir las ideas del dulce y humilde rabí de Galilea.

Lo que hicieron contigo se ha continuado haciendo. Exterminar a los hombres que piensan diferente es una abominación, pero es la única arma que conoce la derecha. El odio se amortigua para todos, menos para ellos. Ahora, llaman “antisistema” a lo que pensamos quienes nos oponemos al neoliberalismo. Mañana, terminarán de elaborar las leyes que clausuren la libertad de expresión. La derecha no ha terminado de mostrar su perversidad, y ahora lo va a hacer.

Ser poeta es ser dueño de una voz que denuncia la bestialidad de los tiempos y clama por la solidaridad y la justicia. Sólo la unidad de los justos hará que perduremos como tú, querido Javier Heraud, que sigues escribiendo para el futuro, para los niños y niñas que a los 18 años escriban poesía, para los compañeros que vengan mañana.

Mi madre vive en una estrella

Estrellas en el firmamento

Estrellas en el firmamento

Cuento las estrellas con los ojos cerrados

Esta tarde me han llamado del Perú, y lo que me han dicho significa que el mundo se ha terminado. Resulta curioso, por eso, escribir esta carta que no tendrá letras de imprenta ni papel periódico, tampoco remitente ni menos destinatario, porque ustedes y yo, amigos lectores, ya no estaremos mañana sobre el mundo, o tal vez nos habremos quedado dormidos para despertar de aquí a diez mil años.

Aun en el caso de que ustedes no estén muertos ni el mundo se haya terminado, habrá ahora de todas formas un adiós en mi vida, y será el más grande. “Mamá está muy malita, parece que se le cansó la vida, y el médico piensa que ya no hay esperanzas…” –me comunica mi hermana María del Pilar, y agrega que el sacerdote ha llegado y se ha ido, y se olvida de contarme que un ángel se ha quedado cuidando de doña Mercedes, y quizás la está peinando ahora mientras la torna joven y ligerita para que pueda acompañarlo más tarde por esos andares del cielo.

Y por eso mi adiós es tan grande y numeroso. Adiós tendré que decir a oriente y a occidente, y adiós al norte y al sur, porque ella era mi norte y sur, y también mi oriente y occidente. Adiós le digo a mi sombra porque ella me la obsequió. Y mi adiós comprende al caballo alado que dibujó para mí, a los barcos y a los aviones de papel, a la Luna silenciosa, al Sol paternal, al mar transparente y a los cerros soñados de mi tierra, porque a todos ellos los inventó para mí, y adiós por fin a las piedras, a las gaviotas, al pan, a las nubes y al vino, porque todo vino se va con ella. Adiós al adiós, y adiós.

Aquí entre nosotros, de todas formas, creo que dos de sus invenciones van a sobrevivir en esta hora de los adioses. La primera es la palabra escrita, y voy a explicarles por qué. Cuando yo tenía cinco años de edad, una maestra, aburrida de lidiar con un niño sumamente distraído, le dijo a mi madre: “Doña Mercedes: creo que Eduardito no llegará a leer ni escribir. En todo caso, no me parece que pase de la letra “d”. Pero no se preocupe; ya ve cómo el general Odría ha llegado incluso a ser presidente del país”.

Mamá sonrió, agradeció y me sacó del jardín de la infancia, pero ese mismo día en la casa, todas las cosas tenían pegado un cartelito con su nombre, y así supe que la mesa se escribe como se escribe, que la silla tiene cuatro patas pero no camina, y que el tordo vuela, y mi mamá es hija de mi abuela, que la casa se sostiene sobre dos sílabas y la bicicleta sobre dos ruedas, que los barcos navegan en un cielo morado y que el mundo es redondo, tan redondo como la vida, y así aprendí también el color de los colores y la duración de los años, las estrellas, los toros y los peces, y hoja por hoja, aprendí a conocer el árbol de la vida.

No sé si alguna vez doña Mercedes se subió a la Luna para ponerle un cartel escrito, pero a los dos meses Eduardito sabía leer, y ya había decidido pasarse toda la vida aprendiendo a escribir. Creo que fue una conspiración en la que todos tomaron parte; mamá se convirtió en mi diccionario parlante; mi padre me obsequió una pluma fuente y un corazón sin límites, y mi abuelo materno compartió conmigo, a mis ocho años, la lectura de Dante Alighieri y de Gustave Flaubert, en sus originales italiano y francés, porque suscribía la teoría de que los niños nacen con el conocimiento de todos los idiomas, y hay que leer con ellos para evitar que se les pierdan las palabras.

El otro regalo de mi madre fue mucho más sencillo, pero más poderoso: me tomó de la mano derecha y me enseñó a persignarme y a hablar de tú a tú con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y ese obsequio me ha tornado indestructible porque me hizo saber que no termino en mí mismo.

La palabra escrita me demuestra cada día que somos inmortales y me hace conocer los nombres numerosos del amor. El signo de la cruz me ha hecho hermano de todos los hombres y partidario de todas las ideas y ocupaciones generosas que he encontrado en la vida, y así podré ser simultáneamente cristiano y socialista, realista y mago, abogado y astrónomo, periodista y profesor, y por fin autor de libros y buscador empecinado de la palabra perdida.

Por obra y gracia de estos dos regalos de mi madre, todo volverá a amanecer mañana después de este fin del mundo, y si esta noche miro fijamente hacia los cielos del sur, y cierro los ojos, podré ver el punto de la galaxia en donde vuela ahora la estrella de mi madre con todo ese brillo que vence a la oscuridad sin fin y que llega a mí desde atrás de las lágrimas.

 

Las licencias de conducir y el chipotle

La flauta de Fray Bernardino

La flauta de Fray Bernardino

Hace algunos años, en una manifestación del primero de mayo, frente al Capitolio de Oregón, corté en cuatro pedazos mi licencia de conducir. A partir de ese momento, cesé de usarla porque no quería ser dueño de un derecho que se negaba a otros.

En consonancia con la fiebre racista anti-inmigrante, el gobernador de entonces había dispuesto que la renovación de las licencias se convirtiera en un medio para detectar a los inmigrantes precarios.
Ese carné es la única prueba de identidad que se usa en este país. Sin la posibilidad de usarlo, los indocumentados no pueden legalmente casarse, ni estudiar, ni conducir automóvil, ni recibir cartas en el correo, ni ir a la iglesia, ni procrear, ni nacer, ni morir.
He pasado varios años sin la licencia. Felizmente que nadie me la pidió.
El primero de mayo de este año, eso cambió. En la manifestación por los inmigrantes y por los trabajadores del mundo, se presentó el gobernador demócrata en el estrado, pidió el micrófono y declaró que desde ese momento se reintegraba el derecho de todos a usar la licencia.
Es un excelente primer paso. No es un milagro. Ha sido ganado por los hispanos de este país con su presencia abrumadora en los comicios que dieron el triunfo por segunda vez al señor Obama.
Ahora, podemos esperar una ley que solucione el problema de la inmigración. Incluso los republicanos se han tenido que tragar el sapo. Luego de que todos sus precandidatos se esmeraran en ser más perversos, ahora se han decidido a trabajar por el cambio.
Lo que unos y otros políticos están decidiendo ahora es sencillamente lo más racional y positivo para este país.
En un remoto país del África, la esclavitud fue abolida hace cinco años. En los Estados Unidos, durante la última década parecieran haberse dado los pasos para reinstaurarla.
Ojalá fuera una metáfora. Es la pura verdad. Millones de trabajadores indocumentados están siendo tratados con la misma saña con que se perseguía hasta el siglo XIX a los negros cimarrones. Desde la época del señor Bush, el asedio ha sido cada vez más expeditivo y cruel.
Entre las medidas puestas en práctica desde entonces, las empresas tienen que despedir a los trabajadores con documentos falsos o enfrentarán severas multas e incluso cargos criminales. Para información del lector, hasta hoy es posible que un ilegal use su número falso del Seguro Social. Esta entidad se limita a cobrarle impuestos a cambio de los cuales el trabajador no recibe ningún beneficio.
En virtud de las leyes anti-inmigrantes, el seguro debe cruzar información con los departamentos de Inmigración y de Seguridad, de donde parten las órdenes de multas, apertura de procesos criminales, cárcel y deportación.
Si se tiene en cuenta que más del 70 por ciento de los trabajadores del campo son latinos sin documentos, a este acto puramente irracional, destinado a contentar a los racistas, se va a añadir en el futuro una catástrofe en la producción de alimentos.
Ahora, las cosas comienzan a cambiar. Además de usar otra vez mi licencia, olvidaré mi vegetarianismo por una hora.
El gringuísimo “McDonald” está ofreciendo un “Pollo envuelto en tacos y burritos con chipotle”. El chipotle es un ajiseco mexicano delicioso del cual Fray Bernardino de Sahagún dijo en 1524 que era “un sabor del paraíso”. Quiere decir esto que, a pesar de las murallas, la suculenta cultura de los latinos se impone y hace que los perseguidores se chupen los dedos. Iré a celebrarlo.