La universidad y el general

Benny Hill (1924 – 1992)

Benny Hill (1924 – 1992)

“Que viva mi comandante Sánchez Cerro

el que nunca tuvo miedo…”

Así rezaba la inscripción que algún simpatizante del dictador había pintado sobre una pared colindante a la universidad de San Marcos. Al día siguiente, un estudiante agregó la frase:
“…porque nunca dio examen.”

La gente creía iletrado al entonces  jefe de estado por su estilo expeditivo de acabar con cualquier disidencia. Cinco mil fusilados en Trujillo acreditaban ese juicio.

No mancha el prestigio del general Daniel Mora ninguna acusación semejante. Sin embargo, en las últimas semanas ha lanzado tantos exabruptos contra la universidad peruana que todos los que hemos pasado por ella tenemos la sensación de que el jefe de la Comisión de Educación del Congreso no conoce por dentro universidad alguna. O tal vez, como dijo el burlón, “nunca dio examen”.

La ley universitaria que se cocina tiene un loable propósito, pero ofrece una “solución” tan brutal como la suma de todos sus problemas. Se propone claramente una intervención, una invasión del Estado en la academia.

La superintendencia nacional de educación universitaria que se gesta en el congreso estaría integrada en su mayoría por personas y organismos extraños al quehacer académico. Además, su estructura la erige en un alfil de fácil manejo por el gobierno de turno. Cualquier mandón podrá poner allí a su portátil para administrar nuestra toda nuestra educación superior.

El frankenstein que se está creando tendría potestades para nombrar, regular, coordinar, fiscalizar, autorizar o cerrar universidades, facultades, escuelas, postgrados, programas y diplomados.

Para justificar su creación, Mora ha llenado de improperios a los rectores y a los estudiantes y, por fin, no ha vacilado en calificar nuestros centros de estudios de “universidades chicha”

Nadie duda de que nuestras universidades estén en problemas. A ellas no les ha alcanzado, además, la euforia de riqueza que, en otros campos, vive el país. Más aún, la propia Asociación Nacional de Rectores ha presentado en su oportunidad un proyecto de ley universitaria.

Sin embargo, el general Mora grita con estridencia que su ley “será aprobada pese a quien le pese”. Y esto sí es peligroso porque huele a espíritu castrense: “las órdenes del superior se cumplen sin dudas ni murmuraciones.” El general pasa por alto que en la vida civil las decisiones se discuten antes de ser aprobadas. Nadie puede pasar a caballazo porque la patria no es un establo ni mucho menos un cuartel.

Lo que puede crear una ley totalitaria e intervencionista- como la que se plantea-  es una universidad controlada que ofrezca títulos a los jóvenes que “no hagan política” ni se opongan al gobierno de turno. El humanismo, la filosofía, la literatura, la rebeldía de la aventura científica, todo eso queda excluido en ese tipo de autoritarismos, y por fin, los jóvenes son concebidos como alegres pollos de la granja o simpáticos chimpancés con celulares.

La doctrina es claramente vertical, totalitaria y antidemocrática. Si esta propuesta llega a convertirse en ley, sus autores le estarán creando al gobierno un peligroso frente en el que los jóvenes podrán liderar inmensas marejadas de rebeldía o de lucha por recuperar la democracia. Tal ha ocurrido en Chile, en Brasil y en diversos lugares del mundo.
Ojalá que nunca lleguen al Perú las supuestas primaveras de otros lados del mundo. Sólo traen sangre y devastación. La democracia de la que hasta ahora gozamos permitirá que solucionemos nuestros problemas en paz con el debate y discrepancia que forman parte de la democracia. Por su lado, el general Mora tendrá la oportunidad de asistir a la universidad y de dar todos sus exámenes.

Las manos invisibles

Nubes y luz

Nubes y luz

Me escribió hace unas semanas mi amiga Miranda para preguntarme:

¿Podrás decirme nuevamente el día, la hora y el lugar donde se hará la presentación de los  poemas  del tío Oscar Imaña?

No sabía yo que por fin se fuera a publicar un libro del poeta, miembro entrañable del famoso Grupo Norte y amigo, casi hermano, de César Vallejo.

Miranda decía “nuevamente”, y yo no tenía recuerdo de haberle escrito. Sin embargo, al día siguiente, recibí una carta de César Corcuera en la que me participaba la aparición de “Las manos invisibles” y me invitaba a ser uno de sus presentadores.

Cuando yo era un universitario de 20 años de edad y visitaba a Marco Antonio Corcuera, me encontré varias veces con una vieja maleta de cuero de la cual sobresalía una ruma de papeles escritos en la máquina vacilante de algún abogado poeta.

-Son poemas de Óscar Imaña.- me dijo Marco Antonio y añadió que los tenía allí desde hacía 10 años. Quería dedicarles alguna vez un número entero de su revista “Cuadernos trimestrales de poesía”.

Mucho tiempo después, me prometió:- Este libro tendrá que aparecer de todos modos, y tú harás la presentación.

Han pasado muchos años desde aquello.

Imaña, Vallejo, Orrego y el propio Marco Antonio ya están ahora levantando columnas en el cielo como siempre hacen los buenos poetas y los hombres libres y de buenas costumbres. Por suerte, quedan sus hijos. Los de Marco, constituidos en una fundación que lleva su nombre, desempolvaron los archivos y decidieron publicar el libro. La Universidad Particular Antenor Orrego lo mandó a la imprenta. Va a ser presentado el 24 julio en la próxima feria del libro.

Óscar Imaña perteneció a una generación asombrosa. Nunca antes se había dado en el Perú una eclosión tan grande de poetas, filósofos, pensadores sociales, músicos y pintores como la que entonces se dio en Trujillo en 1920. Eran apenas veinteañeros, pero estaban destinados a cambiar la literatura, el arte, la filosofía y la propia sociedad peruana.

César Vallejo fue apresado en esos días. Ahora ya se sabe que se trataba de una maniobra judicial destinada a escarmentar a los jóvenes por sus ideas socialistas y anarquistas que amenazaban los fueros de la caduca e injusta historia de entonces.

Al lado de Vallejo, Imaña es uno de los poetas mayores que produjo ese grupo. Ambos eran muy similares. Tanto, que un día leyeron ante sus amigos el más reciente de sus textos. Ocurrió en la casa de Macedonio de la Torre. Se hallaban presentes Spelucín, Orrego, José Eulogio Garrido, Haya de la Torre. Ninguno de ellos pudo contener el asombro cuando descubrieron que ambos poemas estaban dedicados a desentrañar el misterio de Dios, y lo hacían en términos similares.

“¿Por qué te ocultas, Dios? Yo te interrogo/con la ansiedad de todo lo que llora… hasta cuándo será silenciosa la Muerte…. hasta cuándo tus manos la ocultarán, Señor…”- había escrito Imaña.

“ Dios mío, si tú hubieras sido hombre,/hoy supieras ser Dios”- decía César Vallejo. Ambos poemas fueron escritos a comienzos de 1918. Sus autores no se habían visto en por lo menos 6 meses. Muchas otras cosas extrañas podrían contarse de los jóvenes del grupo. La tiranía del espacio periodístico me lo impide.

Si Vallejo se quedaba en el Perú, lo habría matado la cárcel o Lima lo habría silenciado. A Óscar lo dejó sin un libro completo la dedicación a la magistratura. Muchos años después, cumpliendo la voluntad de Marco Antonio, sus hijos cumplieron el encargo. Proféticamente, en 1916, Oscar había escrito “si acaso en un rincón/de una vieja maleta carcomida/hallaras mis poemas…

Es la misma maleta de cuero que vi en el estudio de Corcuera. Todo estaba anunciado entonces. Lo estaba también el e-mail de Miranda. ¿Existirá Miranda?