El Congreso y los servicios higiénicos

Mi amigo urólogo

Mi amigo urólogo

Hace unos años en una tapa de Sevilla tuve un problema. Cuando intentaba ir a  los servicios higiénicos, me encontré con dos puertas pequeñas, pero no sabía cuál de ellas conducía al lugar donde yo pretendía ir.

En vez de los dibujitos de un hombre o de una mujer, o de las iniciales correspondientes, una de las puertas ostentaba una “S” y la otra, una “C”. Me pasé un cuarto de hora tratando de averiguar lo que esas letras significaban. Pensé que tal vez la letra “S” significaba solteros en tanto que la “C” quería decir casados. Pero no era así.

Por fin, desesperado volví a la mesa pero no tenía suficiente confianza con mis amigos para indagar lo que me interesaba. Varias veces repetí mi viaje a los servicios, pero los resultados fueron los mismos.

Al día siguiente, un generoso y anciano urólogo andaluz, don Matías Trejo De Dios, me explicó que yo no estaba sufriendo de problema alguno relacionado con su especialidad. Me hizo saber que la “S” significaba señoras y que la “C” quería decir caballeros.

Frente al Congreso del Perú, nos ocurren los mismos problemas. No sabemos quién es quién.

En los parlamentos del mundo civilizado, desde la época de la Revolución Francesa, puede distinguirse cuál es la izquierda o cuál es la derecha, quiénes son los liberales y quienes los conservadores, a quienes se llama republicanos y a quienes demócratas, quienes son los tories y quiénes son los whighs. Además, cada grupo conoce su propia identidad y sabe lo que debe defender. Por una suerte de contrato con los electores, saben estos lo que se puede esperar de sus representantes, y los representantes están obligados a cumplir con lo que prometieron.
Eso es imposible en el Congreso del Perú. En principio, no hay partidos políticos sino clubes que se forman con ocasión de las elecciones y en los cuales hay que pagar una buena cantidad de dólares a las cúpulas que venden las candidaturas.

Los membretes y las siglas nada significan. Tampoco tienen valor los nombres que se refieren a viejos partidos o tendencias internacionales. ¿Cómo se puede ser nacionalista de nombre y dar protección política y militar a las corporaciones que contaminan la tierra y las aguas de los peruanos de los andes? ¿Cómo se puede ser heredero de los mártires apristas que padecieron prisión y luego ordenar la ejecución de los prisioneros políticos vencidos?

Aparte de nobles excepciones, ¿cómo se puede saber quién es de izquierda y quién de derecha en el parlamento peruano si todos se entreveran en una infame repartíja?

En los congresos de cualquier país, se es de derecha cuando se defienden el orden, las jerarquías, la propiedad sin límites y cuando por fin se predica el conformismo y el egoísmo, el sálvese quien pueda.

En el otro lado, se es de izquierda cuando se pelea por la justicia, la libertad, la igualdad y se hace valores permanentes del inconformismo y el altruismo verdaderamente cristiano. Entre esas antípodas, es necesario elegir. Nadie puede decir que no es de izquierda ni de derecha sino de adelante, de atrás, de abajo o de arriba.

¿Sistema de partidos en el Congreso? ¿Se puede llamar sistema de partidos a lo que en cualquier otro lugar es un cártel?

Pronto van a aprobar una ley del negacionismo que traerá por los suelos las libertades fundamentales. Está en carpeta también la anulación del voto preferencial, hecho que permitirá a las cúpulas vender a mejor precio sus candidaturas.

Las grandes movilizaciones que se han producido en estos días en Lima y en otras ciudades del Perú no tienen representantes en el Congreso, y los inquilinos de esa casa se han quedado sin representar a nadie.

Con honrosas excepciones, repito, la maraña del Congreso del Perú no involucra sino indigencia mental de nuevos ricos, semi analfabetos y gañanes. Cansados de no saber cuál es la “S” y cuál es la “C” en ese parlamento mínimo, las masas lo están rodeando.

Hablar con la Santa Muerte

La Santa Muerte

Hay una historia que he escrito varias veces. La volveré a escribir porque todavía no sé su desenlace.

Trata sobre una anciana que fue a buscarme en mi oficina de la Universidad de Berkeley hará veinte años.

Era guatemalteca. Quería que yo, como catedrático hispano, la ayudara a conseguir algo que lamentablemente no existe.

Según ella, había leído en un viejo ejemplar de “Selecciones” que en esa universidad se había inventado una micro-bomba atómica para curar el cáncer. Quería que se la prestaran.

Doña Asunción había conducido hasta ahí a su hijo Leoncio, un hombre de unos 55 años aquejado de un cáncer al cerebro. Habían cruzado ilegalmente dos fronteras. Primero, la de México. Después, habían avanzado en autobús por todo ese inmenso territorio. Por fin, habían entrado caminando a California.

Recuerdo esa historia porque el periódico trae malas noticias. La mayoría republicana de la Casa de Representantes se empecina en no apoyar el proyecto de inmigración que le llegó del Senado y que fue producto de un acuerdo bipartidario en esa instancia legislativa.

Según las encuestas, una buena parte de los norteamericanos ya ha desechado los viejos mitos antiinmigrantes. Son conscientes ahora de que los foráneos no llega para quitarle el trabajo a nadie. Por el contrario, se encargan de los puestos que no pueden ser cubiertos. Saben, además, que los hispanos-legales o ilegales-pagar cumplidamente sus impuestos. A los trabajadores sin documentación, el empleador les descuenta una cantidad que va al Tesoro de los Estados Unidos.

Han comprobado, además que los profesionales que llegan poseen los más altos niveles académicos y, de inmediato, destacan y llegan a ser los primeros en sus centros de trabajo. Por último, pueden advertir que un estado tan latino como Florida por ejemplo es uno de los más prósperos del país.

Si de cálculo político se trata, bien se sabe que los latinos dieron el triunfo en las últimas elecciones al presidente Obama. Además de su creciente número, los ciudadanos de este origen suelen alcanzar altos porcentajes de votación, en tanto que los gringos tienen porcentajes mayores de abstención. Concretamente, el partido que ahora no apoye la ley de inmigración va hacia una derrota segura en las próximas elecciones.

Recordaré la historia del comienzo:

“La anciana tendría unos ochenta años, y su hijo algo más de cincuenta. Estaban en los caminos fronterizos por decisión de ella que no quería rendirse. Todo el mundo le decía que su hijo estaba desahuciado por el cáncer, pero ella no lo creía. Estaba segura de que iba a encontrar a un médico norteamericano que lo curara.

Martín, su nieto, los acompañaba. Se les había unido para no dejar que murieran solos.

Brillaba la luna llena. La anciana y su hijo la miraban extasiados y no querían dormirse. Entonces, el muchacho los entretuvo con algunos juegos de magia. Después, con la boca cerrada, sin pronunciar palabra alguna, remedó una canción de cuna. Por fin, luego de dejarlos dormidos, se apostó sobre una roca a modo de vigía.

En realidad, la abuela estaba despierta. Con los ojos cerrados, refunfuñó:

– Ojala que estuviera aquí la Santa Muerte para hablar con ella. De igual a igual. De mujer a mujer.”

La Santa Muerte es un icono de la religión popular. Los mexicanos han personificado a la muerte y le rinden culto. Sus devotos más cercanos son ahora los latinos de cualquier país que cruzan la frontera para buscar un empleo y ejercer su derecho a la felicidad.

“Hablar con la Santa Muerte” es el libro que me ha editado la Universidad Alas Peruanas y que presentaremos en la feria del libro el próximo 3 agosto. Por eso, recuerdo a doña Asunción viviendo su esperanza en su charla con la muerte. Debemos sentirnos orgullosos de tener madres como ella. Si no entienden esto y si su racismo visceral les impide entendernos y querernos, fatalmente los republicanos van camino a la extinción.

7 de julio, la revolución de Trujillo

Junta de Gobierno de 1930.

Junta de Gobierno de 1930.

La noche del 24 de diciembre de 1931, algunas señoras sacaban el pavo del horno en Trujillo.

De pronto comenzaron a escucharse estallidos de metralla. En la silenciosa ciudad de entonces, habló y resonó la muerte, y todos la escucharon durante 30 minutos que se hicieron eternos.

Qué había ocurrido? … En el local del APRA, situado enfrente de la catedral, centenares de familias se habían congregado para gozar de una cena pascual. Sin embargo, el correteo de los niños y los villancicos fueron de súbito interrumpidos por el seco tableteo de las ametralladoras.

El gobierno del comandante Luis M. Sánchez Cerro había decidido amedrentar a los ciudadanos que creyeran en la necesidad de un cambio radical en la injusta sociedad peruana. La central nacional de los trabajadores había sido cerrada. Víctor Raúl Haya de la Torre fue encarcelado. Otros luchadores sociales sufrían persecución o eran víctimas de secuestros y asesinatos.

Aquella noche en Trujillo, el ejército irrumpió por la cocina en el local aprista. Ametrallaron a las mujeres que preparaban la cena pascual. Igual suerte corrieron sus compañeros y sus hijos pequeños. Hubo decenas de muertos y heridos.

En otros lugares del país, durante ese mes y los siguientes, se sucedieron sangrientos atropellos como el de aquella desdichada Navidad.

Ello explica en parte lo que ocurrió en la ciudad norteña el 7 de julio de 1932. El pueblo se levantó allí contra la dictadura. Manuel “Búfalo” Barreto, un obrero de la caña de azúcar, capitaneó la rebelión. Armados de machetes, los campesinos de Laredo tomaron el cuartel y se apoderaron de los cañones. Por desgracia, el “Búfalo” cayó atravesado por una bala al entrar a la cabeza de los suyos. En el mando, le sucedió Alfredo Tello Salaverría, una valiente maestro de escuela de apenas 23 años. Luego se alzó la bandera roja sobre la prefectura y el pueblo se movilizó para defender la ciudad y gozar de la libertad recién ganada. Otras localidades se plegaron a la revolución.

Pero no era solamente la cólera de los justos aquello que los empujaba a la contienda. Desde el comienzo del siglo XX, los sueños de la utopía social se habían propagado por el Perú y habían llegado hasta quienes más requerían de una esperanza. Semiesclavizados, los trabajadores de las grandes haciendas recibían su pago en especies alimenticias y en coca. Además soportaban castigos corporales que podían llegar hasta la mutilación y la muerte.

La prédica anarquista del maestro Manuel González Prada y la acción unificadora de los anarquistas habían llegado hasta ellos. Se debe comprender por eso que allí prendieran antes que en cualquier otro lugar las lecciones del APRA, un movimiento destinado a propagar la idea de la unidad latinoamericana y de lograr en el país la nacionalización de tierras e industrias y la liquidación del feudalismo agrario.

La semana de la utopía, la historia se detuvo y Trujillo vivió en medio de sueños. En las calles, desapareció el trato de “usted” y todos se llamaban “compañeros”. Los universitarios apostaban a que la suya iba a ser una revolución tan trascendente como la de México o la de Rusia.

El ejército atacó la ciudad por aire, mar y tierra. Todos se aprestaron a vivir los escasos días de la libertad entre las barricadas de una ciudad rebelde. Una sola mujer, “La laredina”, contuvo a un ala del ejército. Los trujillanos ganaron una batalla tremenda en La Floresta.

A la hora de su triunfo, las fuerzas del gobierno fusilaron a unas cinco mil personas, y se inició una persecución feroz que duraría décadas. Y sin embargo, en la cárcel, en la pobreza o en el exilio, los sobrevinientes guardaron como un tesoro su esperanza.

A 81 años de aquello, es bueno recordarlo porque resulta imposible reconocer como heredero de los mártires al voluminoso líder de la facción garciísta que ordenó genocidios e hizo suyo el derechismo brutal de Sánchez Cerro. Es fácil entender también la razón por la cual millares de apristas, con Luis Alberto Salgado a la cabeza, han formado un Partido del Pueblo. Y se comprende también por qué los norteños –sea cuales fueran nuestras ideas, tenemos la mala fama de machos y de tercos.