Mi tía Hulda

Para Antonio Melis y Lucia Lorenzini

Llama del Perú

Llama del Perú

El talento del gran cirujano de Trujillo, Daniel Canchucaja, responde del éxito de la operación que me fuera practicada hace algunos días. También yo tengo que ver en el asunto por la fe sin reservas que deposito en los sabios de mi tierra. Fácil habría sido recurrir a un centro clínico norteamericano porque soy catedrático allá y gozo de un seguro excelente. Pero aposté por el Perú, y gané.

Hubo sin embargo alguien que tuvo también participación decisiva en superar los infames días postoperatorios. Fue mi tía Hulda.

Ella está cumpliendo 95 años ahora y desde hace varios vive en el mundo de la ceguera.

¿Con quien habló mi tía?…Ni con el alcalde ni con el presidente de la región… Lo hizo con alguien mucho más poderoso. Y les voy a decir de quién se trata. Sin embargo, tengo antes que contarles algunos rasgos de la vida y carácter de nuestra personaje.

Hulda no fue a la universidad porque no eran los usos de su tiempo, pero sus fervorosas lecturas y su correspondencia con personalidades extranjeras  hacían de ella una mujer ilustrada.
Aunque su padre, don Guillermo Viaña, era un hombre de poder y poseedor de una vasta biblioteca, al igual que la gente de su tiempo, era de un supremo patriarcalismo, y su figura, vestida siempre de inmaculado banco era completo disuasivo para los jóvenes que se atrevieran a pretender a sus dos últimas hijas solteras.

Hacia 1953, comenzó a llegar desde Trujillo  a Chepén el poeta Euclides Santa María quien desesperaba por Hulda. Mi abuelo no lo aceptó. En vista de ello, mi tía viajaba a Pacasmayo donde residía Mercedes, mi madre, y allí en la sala de nuestra casa recibía las visitas del desconsolado vate.

Don Euclides, a quien yo miraba con mucha atención, no tenía la imagen que les suponía a los poetas.  Usaba sombrero, tirantes y zapatos de piel de cocodrilo, y por fin, era algo gordito, lo que me sugería más bien la silueta de un cantante lírico italiano.

Con mi tía al piano, el poeta dejaba escapar ayes y arias que Huldita había recibido por correo como la última novedad europea.

Parece que en esa época hubo una epidemia de mal de amores. Al mismo tiempo que ellos, en Londres sufría de lo mismo la princesa Margarita de Inglaterra enamorada del plebeyo divorciado Peter Townsend. Ni su inflexible hermana Isabel ni el Parlamento aceptaban una posible boda entre ellos.

Como la princesa había nacido el mismo día 21 de agosto que mi tía, mi madre comentaba: ¡Por eso, esa muchacha es tan loca como mi hermana!

Luego de dos años apasionados en que no hubo guerras mundiales ni disputas en el Parlamento, el planeta se detuvo unos minutos cuando las radios dieron la noticia de que la joven Windsor había renunciado a su amor en octubre del 55.Unas semanas más tarde, Huldita dejó de visitarnos. Euclides, como buen poeta, se hizo invisible, y los suspiros de los enamorados se fueron al aire para siempre. A mí se me quedó la imagen de que los poetas usan tirantes, son algo desentonados, pero cantan con la vista dirigida hacia un amor imposible.

El pasado domingo, mis familiares se aprestaban a festejar el 95 cumpleaños de mi tía, pero la preocupación por mi salud hizo que esos planes se derritieran. ¿Con quién habló entonces mi tía? Los ciegos tienen siempre los ojos puestos en el cielo. Y hacia allí miró la tía Hulda.

Pero no le rogó al Altísimo, ni le ofreció penitencia alguna. Más bien, le llamó la atención. Le echó en cara algunas tristezas familiares y llorando le increpó: ¿Qué tienes tú contra ese muchacho? Está bien que se operara, pero después ¿por qué razón le estás enviando todas esas molestias?… Eduardo es un escritor y un muchacho lleno de amor por su gente. ¡No, Señor! ¡Tú me lo curas de inmediato!

Esa es la razón por la que el brillante Daniel me dio de alta hace unas horas, y he venido aquí para escribir esto, y cuando busco ideas en lo alto, me parece que estuviera lloviendo.

Francisco y la comunidad del amor

S. Francisco y el hermano lobo

San Francisco y el hermano lobo

Hubo una vez un hombre que hablaba con los animales y los trataba de hermanos. El hermano lobo era uno de sus más próximos amigos.

De la misma forma, trataba al sol y a la luna,  al agua y a la tierra, a la vida y a la muerte, y con estos hermanos festejaba el amor entre los seres humanos y la existencia de Dios.
Se cumplen cien días de que el sacerdote argentino Jorge Mario Bergoglio adoptara el nombre de ese iluminado poeta, Francisco, y todos esperamos que el nuevo pontífice honre ese apelativo y dé primacía a los valores que inspiraron la vida del humilde hermano de Asís.
El teólogo Leonardo Boff nos recuerda que Francisco representaba lo opuesto a la tendencia de la iglesia de su tiempo. El poder temporal de la lujuria y la riqueza extremas gobernaban en ella. Por su parte, el joven renunció a las riquezas de su familia y optó por vivir, según el Evangelio, despojado de toda comodidad innecesaria y caminando al lado de los más necesitados. En  términos de hoy, optó por los pobres.
Inocencio III, el papa de su época, buscaba la primacía entre los otros soberanos de Europa. Basado en el evangelio de Mateo en el que Cristo confiere las llaves de su reino a Pedro, afirmaba su derecho a intervenir en política para refrenar a los príncipes. La indisolubilidad del matrimonio y la obligatoria confesión –establecidas durante su pontificado- sirvieron como medios para el dominio del mundo de entonces.
Por su parte, Francisco –despojado de los bienes corporales- erraba por el mundo predicando un evangelio de amor y simplicidad. Afirmaba de sí mismo que solamente era un loco, loco de amor por Cristo y por los pobres. Tanto él como sus seguidores en toda Italia hicieron verdad su frase: “Yo quiero poco, y lo poco que quiero, no lo quiero demasiado.”
Por sostener principio semejantes, los hermanos cátaros del sur de Francia sufrieron una bárbara cruzada ordenada por el Papa Inocencio y por el rey de Francia. Su estilo de vida ascético contrataba con la corrupción y el lujo de la iglesia.  Además, parcelaron el agro y establecieron comunidades en las que todo era de todos pues entendían que esa forma socialista era una única manera de vivir el cristianismo.
Cuando llegaban a un pueblo, los hombres del papa y el rey escogían cien personas, dejaban ciegas a 99 y a uno le quitaban un solo ojo para que los guiara… hacia la muerte. Cuando un sacerdote se quejó de ese trato y preguntó que pasaba si alguno de los asesinados era inocente, Simón de Monfort, el cabecilla de los cruzados, le respondió que Dios sabría reonocer en el cielo a los inocentes.
En ese tiempo increíble, Francisco predicó amor y una fraternidad cósmica- hoy podría llamarse ecología- que hacía a los hombres hermanarse con los animales y con las fuerzas de la naturaleza. En nuestros días, su amor la hermana tierra, “que es toda bendición”, y por la hermana agua, “que es útil, casta y humilde.” podría ser considerado subversivo y quizás antisistema.
En nuestros días, el Che Guevara dijo que el verdadero revolucionario es guiado por un gran sentimiento de amor. Por su parte, el héroe Martin Luther King, señaló que “nuestra lucha debe servir para superar las necesidades corporales y al mismo tiempo para ir más allá y establecer la comunidad del amor.”
Nelson Mandela pensó lo mismo durante las décadas que sufrió prisión por sus ideas. El día en que llegaron los aliados a los campos de concentración, acurrucados y apilados en los camiones, los esqueléticos prisioneros –judíos, comunistas, resistentes- entonaban el “Cántico” de Francisco. En sus primeros cien días, el papa Francisco ya ha dado algunas muestras de ser hermano del hermano de Asís.