La batalla de Felipe

Luis de la Puente Uceda

Luis de la Puente Uceda

Un poco antes de lanzarse a la lucha armada, Luis Felipe de la Puente Uceda, líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, convocó en la plaza San Martín de Lima a un mitin en el que llamaba a fundirse en una gran unidad popular a todos los hombres y partidos que aspiraran al cambio socialista en el Perú.

Era febrero de 1964 y fue escuchado por unas 50 mil personas. Todo era asombroso en esa reunión. Lo era, en primer lugar, la multitudinaria concurrencia que acogía a un líder llegado de Trujillo y sin una presencia partidaria en la capital del país. Se podían reconocer allí los cartelones de sectores apristas que añoraban la mística y la historia gloriosa de ese partido, y que sentían que De la Puente, expulsado de aquél, las encarnaba.

Causaba asombro la claridad del orador. Hablaba de hacer la revolución desde un tabladillo situado a unas seis cuadras de la Casa de Gobierno.

Era presidente Fernando Belaúnde Terry. En las elecciones, el arquitecto había prometido resolver en 90 días el problema de La Brea y Pariñas (la explotación ilegítima de nuestro petróleo por una empresa transnacional). Novecientos días más tarde, al inquilino de Palacio de Gobierno le incomodaba que le hicieran recordar esa promesa.

En París, Gilbert Bécaud compuso una canción llamada “Nathalie” que narraba los amores de un turista francés en Moscú con una muchacha soviética. La traducción en castellano fue prohibida en el Perú. Por su parte, los cines no podían proyectar “Morir en Madrid” ni “El acorazado Potemkin”.

Los jóvenes se despertaban en la madrugada para escuchar, en forma clandestina, las transmisiones de radio Habana.

Usar barbas era sospechoso. También lo era hablar en francés. En esa época, Charles De Gaulle lideraba una tendencia destinada a superar la antinomia bipolar de la guerra fría. Cuando llegó de visita al Perú, el presidente se sintió obligado a declarar en público que estimaba a Francia, pero que mantenía un vínculo indesligable con los Estados Unidos.

Además de que el Perú recibía un alquiler exiguo por sus pozos petroleros, la situación en el campo no había variado desde las épocas feudales. Patrones de horca y cuchillo se hacían pasear en andas por sus indios. En esas condiciones, el pueblo y sobre todo los jóvenes estaban decepcionados de sus partidos, y aspiraban a un cambio revolucionario como el que se acababa de producir en Cuba.
El hombre del mitin de 1964 no logró formar la unidad de izquierdas a la que había aspirado. Hay que entender la reticencia con que las cúpulas limeñas, la izquierda citadina, escucharon en la plaza San Martín a ese extraño provinciano que no ofrecía alcaldías y diputaciones sino puestos en el frente de combate.

Lo más asombroso de todo es que De la Puente cumplió con su palabra. Volvió a La Libertad y entregó a los campesinos las extensas tierras que poseía por herencia. De la Puente y el MIR se levantaron en armas no contra un gobierno sino contra un sistema, contra una sociedad basada en la discriminación con una economía cuya primera dimensión era el hambre.

Los siguieron espontáneos grupos de estudiantes y campesinos, artesanos y profesionales, cristianos y agnósticos, antiguos apristas y marxistas nuevos. Tal vez faltaron en la ciudad la organización y el apoyo. Tal vez sobraron la valentía y el amor.

A casi medio siglo de su última batalla ocurrida el 23 octubre de 1965, ni Luis Felipe ni sus compañeros tienen partida de defunción ni sepultura conocida. Tampoco existe un parte militar que dé cuenta del hecho de armas. En vista de ello sólo tienen dos caminos que reflexionen hoy sobre el tema. El primero es olvidar que hubo una última batalla y asumir el raciocinio mítico según el cual los héroes no mueren jamás.

La otra forma de ver este asunto es inferir que esa batalla no ha terminado todavía.

Matar a César. Matar al Che

Ernesto Che Guevara

Ernesto Che Guevara

Si un cacaceno escribiera que Alice Munro ha ganado la medallita del Premio Nobel debido a su amistad con el rey de Suecia, algún periódico acogería su escrito porque todos tienen derecho a hacer el ridículo.

El error de la famosa escritora consistiría en responderle. La gente miraría con interés al cacaceno por lo menos una semana aunque Munro es universal y su improvisado detractor no hubiera escrito libros sino en el dialecto de su barrio.

En octubre se ha hecho algo similar con uno de los peruanos más distinguidos de la historia actual, César Lévano,  y con un personaje de dimensiones históricas, el Che Guevara.

Nada de esto es nuevo. Con los dos se ha ensayado muchas veces el asesinato moral, pero todo el tiempo sus detractores terminan con el rabo entre las piernas.

El año pasado, a Lévano, el doctor— no consigo recordar su nombre—, rector de la Universidad de San Marcos, lo despidió de su puesto en el centro cultural de esa casa de estudios alegando la edad del escritor, periodista y luchador social que algún día tendrá un monumento. ¿Quería el doctor— como se llama— aparecer entonces a su diestra?

La repulsa que ese hecho causó fue tan grande y los homenajes que se rindieron a César fueron tantos que la gente terminó por olvidar el nombre del autor del desaguisado. Eso es terrible porque, en estos casos, la más secreta motivación del ofensor es aparecer junto al ofendido en la memoria colectiva.

La chaveta de otro prójimo le acaba de augurar una muerte próxima. Dice que muy pronto César podra conversar en el otro mundo con José Carlos Mariátegui. Eso es obvio porque Todos vamos a morir. Sin embargo, la pregunta que nos hacemos es qué va a pasar cuando también le toque irse al agorero. ¿Allá, en el otro mundo, lo reconocerá como nieto su abuelo presunto?

Frente a un Mozart, hubo siempre un Salieri y al lado de Vallejo, un Clemente Palma, envidiosos de su fama y afanosos de compartir la inmortalidad con ellos.

Al héroe Ernesto Che Guevara se le considera un modelo de la condición humana, y en ello coinciden incluso quienes no comparten sus ideas. Sin embargo, este mes, al conmemorarse el aniversario de su muerte, algunos detractores suyos emergieron desde las alcantarillas.

¿Qué dijeron? Sólo refritos: que Fidel Castro ordenó su muerte y que él mismo era un maldito. ¿Qué fuentes citaron?… Las de siempre: pero esta vez usaron las de un personaje novelesco, Félix Ismael Rodríguez, alias El Gato, un cubano que participó en la frustrada invasión de Bahía de Cochinos y en la muerte del guerrillero.

Y sin embargo, en estos mismos días de octubre, una revelación se trae por los suelos la credibilidad de ese supuesto testigo. No un periódico de izquierda sino, en la orilla opuesta, “El País” de España nos informa que el famoso Gato ultimó, después de torturarlo, al agente norteamericano antinarcóticos Enrique Quique Camarena.

Quienes tratan de asesinar moralmente al Che solían entrevistar también al hombre que estuvo encargado de rematarlo, Mario Terán. Esta vez tampoco podrán hacerlo. Anciano ya, este soldado boliviano había perdido la vista desde hace varios años. Por su pueblo, sin embargo, pasó la brigada de médicos cubanos “ Che Guevara”. Una acertada operación de aquellos le ha permitido a Terán ver de nuevo el cielo de su tierra y las luces de esa leyenda que alguna vez intentó matar.

Estos intentos de asesinato moral están siempre condenados al fracaso. Sus autores hacen gala de cinismo para hacernos sentir que no tenemos héroes. Sin embargo, el cinismo es miserable y la perversidad es banal. El amor, el heroísmo y la grandeza permanecen para siempre. NI a estos valores, ni a César ni al Che. Nadie podrá matarlos.

Melis, el amigo del Perú

Melis con Lucia Lorenzini, su esposa, y con Gonzalez Viaña en la Feria del Libro de Roma.

Melis con Lucia Lorenzini, su esposa, y con Gonzalez Viaña en la Feria del Libro de Roma.

Una tarde en que visitábamos los campos azules de la eterna Toscana, Antonio Melis me llevó a la Rotonda de Montesiepi para presenciar un milagro. Allí, bajo una breve capilla circular, se puede apreciar una espada hundida en la roca.

Nadie puede sacarla de allí. Se dice que Galgano, un caballero que volvía de las cruzadas, cansado de tanta guerra hizo el gesto simbólico de herir la roca, pero su espada se hundió y no volvió a salir de allí.

Tampoco salió Galgano. Abandonó la aventura guerrera y se quedó a vivir en ese monte. La leyenda asegura que entendía todos los secretos del universo y que curaba a la gente con tan sólo hablar con los cipreses.

Sobre Antonio, se me ocurrió que le había ocurrido algo semejante en los Andes del Perú. Tal vez se hizo amigo de una montaña y aquella lo llevó a peregrinar por un país cuyos secretos conoce hoy más que cualquiera.
Melis es un caso excepcional. Su obra, recogida en multitud de libros y revistas, muestra ante el mundo la imagen de un país, dueño de un destino y de un mensaje que se expresa sobre todo en tres de sus principales obsesiones: José Carlos Mariategui, José María Arguedas y César Vallejo.

Desde hace medio siglo, no se puede pensar en el Perú sin referirse a este italiano licenciado en la universidad de Padua y catedrático hasta este año en la de Siena.

Cuando Antonio visitó el Perú por primera vez en 1970, ya había publicado “J. C. Mariátegui, primo marxista d’America” en “Crítica marxista”, la revista teórica del Partido Comunista italiano.

“Leyendo Mariátegui”, su libro medular, compendia tres décadas de estudios sobre el autor de los “Siete ensayos” a quien sitúa entre los grandes pensadores marxistas del mundo cuando compara sus concepciones estéticas con las de Walter Benjamin, Anatoli Lunacharsky, el Che Guevara y Mao Tse Tung.

El sabio de Siena muestra al lector europeo la fascinación de ese pensamiento y reivindica el carácter antidogmático del marxismo del pensador peruano.

En julio de este año, Antonio Melis  estaba en el Perú trabajando en el prólogo al libro de poesía de Arguedas de la misma forma en que su obsesión lo ha llevado todo el tiempo al examen de César Vallejo. Se podría decir que “Leyendo Mariátegui” debe ser el anticipo de un “Viviendo Vallejo”.

Ante la globalización, el proyecto mundial que pretende ordenar y nivelar las naciones, Melis opone nuestra América en la que los creadores e intérpretes culturales prolongan la pasión de una cultura sumergida pero rebelde.

El domingo 13 de  octubre en que aparece este artículo, los hispanoamericanistas de Córcega y Cerdeña le estarán rindiendo un homenaje sorpresa. “ Tomo a un amigo sincero” es el libro que ellos lanzan ese día y que editan los profesores Domenico Antonio Cusato y Cecilia Galzio. Entre otros nombres importantes, destacan los de la joven investigadora de  Catania, Sabrina Constanzo, así como los de Ricardo Badini, Hernán Loyola y  Laura Luche.

Cecilia Galzio dice de Melis que “«la amplitud de su producción científica no es sólo el  resultado de un profundo interés cultural. Su dedicación es fruto  sobre todo de un intenso amor hacia todo lo que es América Latina: hombres, paisaje, literatura, tradiciones, historia».

Por todo ello, el homenaje que se rinde hoy en el Sicilia salta de allí a otros mares del mundo. Un escritor nostálgico lo registra en Salem y lo reenvía al Perú, a España y a otros países donde también lo leerán. Gracias a Antonio y a la mágica espada de San Galgano, nuestra América es una utopía que nadie puede clausurar.

Risas en el parque

 Illegal Immigration- Por Michael D'Antuono

Illegal Immigration- Por Michael D’Antuono

Sentado sobre una banca de un parque de Salem estaba intentando leer un poco cuando desde la puerta de una casa cercana vino hasta mí una incontenible explosión de risas femeninas. Pensé en alejarme de inmediato para no invadir la privacidad de quienes la causaban, pero mi curiosidad pudo más, y continué escuchando durante tal vez quince minutos una risa que solamente era interrumpida por breves comentarios en castellano. Se trataba como después comprobé de dos damas mexicanas, madre e hija; ésta última acaso tenía 20 años, la madre le doblaba la edad.

¿De qué se reían? Era difícil saberlo porque sus frases entrecortadas no me permitían adivinar lo que les producía tanta hilaridad. Muy pronto, mi curiosidad tuvo su castigo porque la risa de las dos mujeres se me fue acercando y acercando hasta comenzar a contagiarme como una cosquilla inaguantable que no pude resistir, y arranqué a reír también.
Pasaron 10, 15 minutos, acaso media hora, y yo que lloraba de risa me había tirado desde la banca a la grama y me revolcaba en ella sin dejar de reír. Quería pensar en sucesos tristes, pero no me venía ninguno al recuerdo y cuando por fin pude evocarlos me causaban más risa. Intenté taparme los oídos, pero las malvadas mujeres ensayaban risas cada vez más agudas o usaban unas voces que me causaban más risa.

Tal vez luego de una hora, callaron. Se hizo silencio en el parque, pero acaso por inercia yo seguía riendo. Los pájaros, las hojas, los dibujos que trazaban en el aire, mi propia sombra, todo me causaba risa.

Entonces, sólo entonces, se me ocurrió lo que debía de haber hecho desde el principio: me puse de pie y, con lágrimas en los ojos, avancé hacia ellas para preguntarles de qué nos estábamos riendo tanto.

No sé cómo lo logré. La verdad es que hasta ahora me asombro de toda la fuerza que tuve para levantarme y caminar hasta el patio de la casa donde Carmen Silva y Patricia León reían hasta más no poder. No logro recordar, pero imagino la cara que ponen cuando un hombre con lágrimas y risa incontenibles se acerca a preguntarles; “¿Por favor, díganme de qué nos estamos riendo?”

-Nos estamos riendo- me explica Carmen- por el hecho de que Patricita se ha quedado sin trabajo.
Obviamente, no puedo, no consigo entender.

-El jefe descubrió que sus papeles del Seguro Social son “chuecos”, están falsificados, y hace un par de horas la ha mandado de regreso a la casa.
En vista de que no entiendo todavía, Patricia aclara:

-Mi madre y yo somos ilegales. Ella no puede trabajar porque padece de un problema de salud, y a mí me acaban de echar del trabajo. Además, el dueño de los departamentos nos ha llamado para decirnos que tenemos una semana de plazo para pagar o irnos.

Le entendí menos aun, pero tuve que fingir que me parecía muy graciosa cada una de sus desdichas. Entonces, Carmen me aclaró las cosas:

-Nos reímos- me dijo- porque el llorar sin reír hace mal.- Y me contó que frente a todo lo que les estaba ocurriendo como inmigrantes ilegales en Estados Unidos –estaban solas, sin dinero y sin trabajo- optaban por reírse para sentirse bien.

-Nos reímos de todo lo malo, y nos reímos hasta llorar. Patricia a veces quiere regresarse a Guadalajara, pero yo le digo que si hemos llegado hasta aquí debe ser por algo, y se lo digo riendo porque como le acabo de decir el llorar sin reír hace mucho mal.