Era negro pero también era rojo

Mandela rojo

Mandela rojo

Quienes más honores le tributan han pintado a Nelson Mandela con los colores más diferentes. De negro, de rosado y hasta de blanco. Se han olvidado de que también era rojo. Era rojo no tan solo por su propia declaración sino porque era socialista, culto, luchador, rebelde…y porque era un verdadero cristiano … como suelen ser los rojos.

Quienes más honores le tributan ahora- después de muerto- son aquellos que aplaudieron su captura, que durmieron en paz durante su carcelería y que cerraron los ojos cuando los racistas de Sudáfrica paseaban con las cabezas de los rebeldes partidarios del héroe.

Entre quienes ahora le llevan flores blancas destaca la insospechable organización “Amnistía Internacional”. La palabra “amnistía” siempre se ha parecido mucho a la palabra “amnesia”. Ahora se le parece más porque “AI” olvida que todo el tiempo durante el cautiverio rehusó concederle el estatus de preso político.

No lo hicieron, según ellos, porque el gobierno de los genocidas blancos de Sudáfrica lo había declarado “terrorista”.

Un hombre de paz era golpeado y agonizaba en los calabozos mientras el gobierno torturaba a sus familiares para hacerlo sufrir aun más, y sin embargo Amnistía le negaba protección tan solo porque los verdaderos terrroristas lo declaraban “terrorista”.

En Londres, la señora Thatcher no disimulaba su odio contra el militante antirracista. En Estados Unidos, se le mantuvo hasta hace poco en una lista de terroristas internacionales. En Europa, pocas voces se escucharon en defensa del justo. En la América Latina lo defendieron los internacionalistas, los socialistas, los rojos, y eso lo hizo sospechosos frente a las fieras encaramadas en los gobiernos.

Lo pintan como un “negrito bueno”, como un tío Tom, y olvidan que Mandela, además de negro fue un rojo hasta la médula. Como tal, fue líder del brazo armado del Congreso Nacional Africano e inició la lucha armada contra los malvados racistas. Y olvidan también que 350 mil cubanos socialistas se internaron en Angola para luchar contra el colonialismo. Ellos vencieron al ejército enviado por Sudáfrica y determinaron la liberación del héroe.

Mandela fue un socialista, y por eso, inauguró un pacífico gobierno popular, reconcilió a los antagonistas y perdonó a quienes lo habían condenado a prisión perpetua.

Mandela fue un socialista y por eso a llegar al gobierno transformó con amor una sociedad que deshumanizaba a los negros y convertía en malditos abusivos a los blancos. Por eso mismo, para expresar la doctrina socialista y cristiana del amor al prójimo, usó la palabra africana “Ubuntu” que significa “Yo solamente puedo ser yo mismo a través de ti y contigo”

Dentro de esa misma doctrina, humanizó las cárceles, las convirtió en centros educativos y eliminó el trato cruel y las condenas eternas. Lamentablemente, el ejemplo de Sudáfrica no ha sido asumido por otros países.

Mientras Mandela agonizaba, en Lima, el féretro de la madre de Víctor Polay tuvo que ser introducido a la cárcel para que el prisionero le diera su último saludo. Recién entonces nos enteramos de las infames condiciones de ese encierro, casi sempiterno calabozo y privado casi por completo hasta de las visitas familiares. Fue espantoso entender que las cárceles no habían cambiado desde la dictadura

“Ubuntu” -la doctrina de Mandela- se expresa en las palabras de su amigo, el arzobispo sudafricano Desmond Tutu: “Hemos superado lo bestial del pasado y ahora damos vuelta a la página, pero no para olvidarla, sino para construir una sociedad superior en la que el hombre recuerde que es verdadera imagen de Dios”

“Ubuntu” nos hace recordarles a los homenajeadores que Mandela no fue solamente negro y nunca fue rosado. Fue rojo y socialista, o sea de verdad cristiano.

Para cruzar la frontera

Cruce de fronteras - Haga click en el libro para leer más en Amazon.com

Cruce de fronteras – Haga click en el libro para leer más en Amazon.com

En septiembre de 1993, cuando entré a Western Oregon, la universidad donde trabajo, fui invitado a una cena en homenaje de los nuevos profesores y funcionarios de esa casa de estudios.

Al hallar mi nombre en una mesa para ocho personas, descubrí que me habían puesto al lado de un caballero que tenía nombre y apellido en español. León Castellanos nos pasó una tarjetita con ese nombre y nos dijo que acababan de contratarlo como director de una oficina para asesorar a los estudiantes de los grupos minoritarios, preferentemente latinos.

Nos dio entender que su dominio del castellano era una de las más poderosas razones por las cuales había ganado el puesto. Y añadió que él hablaba ese idioma, “pero el verdadero, el de España.” Nos los decía casi rugiendo. Movía los brazos como quien da zarpazos.

Supongo que las otras razones eran su recio nombre al igual que su apariencia física, como se supone aquí que somos los “latinos”. Era bajito y muy moreno. Tenía una pancita brava y amenazante y una melena bien peinada, y ostentaba unos elocuentes bigotes de mariachi.

Por fin, nos reveló que dominaba el spanglish, “pero el oficial, el académico, el más puro”. Nuestra admiración crecía a cada instante a pesar de que León nos hablaba de sus habilidades sin emplear otro idioma que el inglés.

Al terminar la cena, quedamos en vernos otra vez en el campus y tomarnos un café “bien conversadito.”

Han pasado de eso 20 años y, nunca nos tomamos ese café. Cada vez que yo me le acercaba, el asesor de asuntos latinos parecía escapar de mí como de un cazador en un safari. La verdad es que el León me había agarrado miedo porque él no hablaba ni una palabra de castellano, y su nombre hispano había salido de una selva, pero de Filipinas.

Creo que ha sido por eso que he tomado conciencia de que los hispanos estamos de moda en los Estados Unidos. El año pasado, por este mismo mes, los comentaristas políticos de todos los medios señalaron que el triunfo electoral del presidente Obama se debía sobre todo al voto de los ciudadanos de este origen.

Estamos de moda, pero creo que no nos conocen bien. Tal como ocurre con el “latino” de mi cuento. Se dice que 30 millones de personas comparten en este país este ancestro cultural, pero ¿cuántos leen en español o, solamente, cuántos leen?… Se dice que los hispanos serán la mayoría en el año 2050, pero ¿cuántos de ellos hablarán español?

Esa es la primera razón por la que nos hemos decidido a publicar una antología de veinticinco iberoamericanos que escriben narración en Estados Unidos. Se llama “Cruce de fronteras”

Vivir en los Estados Unidos no equivale ahora a renunciar a la lengua sino a enriquecerla con el sabor y las variantes que aportan los hispanoparlantes de uno y otro lado de nuestra América concentrados aquí.

Los temas envueltos en las historias de los hispanos viajeros también sufren cambios importantes en el exilio. A veces, se continúa abordando los recuerdos de la patria lejana que para algunos son inagotables; aunque para otros, no. En el otro extremo, los hay quienes prefieren fundar sus ficciones y alegorías en geografías, temas, dramas y personajes que pertenecen a los Estados Unidos.

La emigración de los latinoamericanos –de todos, no sólo de los escritores- ha alcanzado cifras gigantescas que, incluso, aterran a los nativos y los hacen presagiar un cambio cataclísmico del espíritu del país… sin recordar, por cierto, que el proceso de formación del mismo se ha basado siempre en los movimientos migratorios.

Por eso estamos escribiendo a través del nuevo sello editorial Axiara. Al igual estamos distribuyendo en Amazon y e incluso nos expresamos en libros virtuales y se nos puede leer en una tableta o en un smart phone. Vamos a presentar “Cruce de fronteras” en el Instituto Cervantes de Nueva York el próximo sábado 7 de diciembre a mediodía. La Academia Norteamericana de la Lengua Española organiza el evento. No se lo cuenten a León, o sí, háganselo saber… para que se acerque y aprenda a rugir en castellano.