García Márquez, después de después

Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez

Muchos tiempos después del nuestro, cuando acaso el río Magdalena corra de norte a sur y la arena cubra los monumentos levantados en su memoria, la gente va a pensar que Gabriel García Márquez fue un profeta o el personaje de una leyenda, o ambas cosas a la vez.

Se dirá que la fecha de su fallecimiento, un Jueves Santo, fue escogida por la imaginación colectiva porque esa es la semana en que-de acuerdo con los mitos-mueren los redentores o los creadores de nuevos lenguajes.

Se acordarán de que ese también fue el día en que supuestamente falleció César Vallejo.

Perduran los libros, y por ellos, la gente el futuro revivirá asombrada la alegría, la generosidad, la desesperación, la inocencia,  la perversidad, la violencia, la pasión y el heroísmo que son y fueron parte inquebrantable de la vida de los latinoamericanos.

Advertirán que los malvados y los héroes de uno y otro lado del continente eran los mismos y que sus vidas coincidían. Mientras que el norte del continente, los libertadores se convertían en montañas, en el sur nuestro, uno era descuartizado, los otros terminaban en la pobreza o en la cárcel, y todos eran calificados de terroristas, bandidos y enemigos de la patria

Gabriel García Márquez será, muchos años después del nuestro, el profeta que nos hizo conocernos mejor entre nosotros y saber que habíamos sido engendrados por padres y madres semejantes y por el mismo viento de la fatalidad que siempre ha dado vueltas en torno de nuestra tierra.

Los grandes amores latinoamericanos durarán todo el tiempo como esa fantástica pareja de amantes que el escritor situó en un barco para que subieran y bajaran los rumbos del Magdalena por los siglos de los siglos.

Los lectores del futuro se darán cuenta de que los tiranos y los déspotas de uno y otro lado del continente eran idénticos en la rapacidad, el servilismo y el ridículo como en aquella escena en que el dictador pregunta: -¿Qué hora es? Y su subordinado responde:-La que usted ordene, mi general… y que todo, todo aquello era verdad como aquella escena en que la gente se despertó sin mar porque el gobierno lo había vendido… o sin río en otro tiempo porque se quería vender el oro.

“Cien años de soledad” continuará denunciando que la masacre de las bananeras no fue un sueño ni tan sólo una creación literaria.

Aquella ocurrió en Ciénaga, provincia de Magdalena, el 6 de diciembre de 1928, cuando un gran número de trabajadores del banano que estaban en huelga fueron acribillados por el Ejército Nacional. Lo que más resonó de la narración literaria de García Márquez fue la cifra de 3.408 muertos que uno de sus personajes arroja como balance final de la matanza.

Pero también ocurrió en México, en la Plaza de las Tres Culturas. Y también en el valle de Chicama, en el Perú. Y también en Chile, en Santa María de Iquique. Y otra vez en el Perú, al ser derrotado el pueblo de Trujillo por el ejército del dictador en 1932. Y muchas veces más en el Perú cuando el dictador aprovechó de una guerra interna para desencadenar un genocidio étnico.

Y todo el tiempo, el hecho real se transformó en un idiota debate histórico destinado a preguntarse cuántos eran los muertos. Aquello obvió la verdad de que en nuestras tierras la matanza es la manera en que los poderosos hacen sus negocios.

En su voz, todo aquello se transformó en una epopeya. Sus coetáneos aprendimos a ser latinoamericanos y a vivir orgullosos de nuestro profeta y de una tierra que ha parido a hombres como Sandino, Bolívar, Tupac Amaru, Bernardo O’Higgins, San Martín, Luis Carlos Prestes, el Che Guevara y Salvador Allende, entre muchos otros.

García Márquez debe estar ahora navegando el Magdalena. Sobre sus aguas, la  muerte canta noche y día su canción sin fin.

Dios no ha muerto

Durante los días del holocausto, dos rabinos se conocieron en el campo de concentración de Dachau, uno era polaco y el otro, francés. Anciano ya, este último vivía en California cuando yo llegué como profesor de Berkeley en 1990, y fue él quien me contó esta historia:
En París, la resistencia había sostenido una balacera con los nazis ocupantes. El encuentro produjo la muerte de todos los milicianos y también la de un alto mando de la Gestapo.
Desde Francia, salió la orden. En cada uno de los campos de concentración, había que vengar al nazi muerto. La represalia no iba a traer consecuencia positiva alguna para los alemanes toda vez que si se trataba de una lección, los judíos internados no iban a poder asumirla. Estaban en el campo, y no iban a salir de allí sino convertidos en cenizas.
Se situó a los prisioneros en líneas circulares. Parecía una función de circo.
De pronto, un grupo de guardias comenzó a buscar entre los asistentes. Ubicaron a un joven de contextura atlética. Lo llevaron hasta un tabladillo que habían levantado en el centro del campo.
El joven obedeció todas las órdenes que se le daban. Bajó la cabeza, y le rodearon el cuello con una cuerda. Sin decir palabra, el prisionero cerró los ojos y quizás se encomendó a Dios.
Isaac, el rabino francés, me dijo que también cerró los ojos esperando que todo terminara en unos minutos, pero no fue así. La perversidad de los nazis había convertido a la horca en un juguete. De alguna forma, habían logrado que la cuerda no se terminara de cerrar y que, de esa manera, torturara por más tiempo a su víctima.
Diez, veinte minutos, casi media hora transcurrieron, y el joven se estremecía sin morir. Su cuerpo saltaba independiente. Sus miembros se agitaban o se movían sin concierto. Parecía morir, y recuperar la vida para sufrir aún más.
Isaac no pudo soportarlo. Se acercó al rabino polaco, y le dijo:
-¿Dónde está Dios?… ¿Dios ha muerto?
Su interlocutor se quedó un instante sin responder. Luego, levantó la mano derecha y señaló al hombre atormentado.
-Allí está.-dijo.- Allí está Dios.
Este domingo se inicia la Semana Santa. Habrá ceremonias formales y el cardenal se abrazará con el presidente y con los miembros de los otros poderes del estado. Tal vez Cipriani recuerde a sus vecinos del cuartel de Ayacucho, sus cómplices, quienes hicieron de aquel un inmenso cementerio. Tal vez piense que sólo eran escenificaciones del Viernes Santo.
En las mazmorras de un cuartel, prohibida la visita de alguien que no sea su familiar de segundo grado, Víctor Polay recibirá la noticia de que han anulado la sentencia judicial que les permitía a él y a otros presos pasar a una cárcel más humana.
¿Termina la perversidad al finalizar la dictadura? En Alemania, se desarrolló durante décadas un proceso de desnazificación. En países con tan distinto signo ideológico como Chile, Guatemala y Argentina, los antiguos torturadores — algunos octogenarios— van a la cárcel. En el Perú, el terrorista de estado Fujimori recibe un trato diferente, y cada vez se endurece más el tratamiento contra los presos de la guerra, algunos de los cuales se han pasado la mayor parte del tiempo en régimen de calabozo. ¿Es necesaria tanta crueldad?
No, Dios no ha muerto. Como decía Vallejo, ya va a venir el día, ponte el alma. Se lo recordará a Víctor Polay la amada sombra de su madre que lo visita todos los días

Perú, el racismo ilusorio

El 26 febrero de 2012, George Zimmerman vio que el adolescente Trayvon Martin comía caramelos sentado en una banca del parque de Sanford, Florida.

Según afirmó después, eso le pareció altamente sospechoso. Por ello, bajó de su potente SUV, tomó la pistola y apuntó al jovencito. Tan buena era su puntería que acertó al primer intento, pero siguió disparando hasta cerciorarse de que el sospechoso estaba muerto.

Ante la policía primero, luego frente al juez y, por fin, ante todos quienes lo vieron en la televisión George justificó su crimen aduciendo que lo había cometido en legítima defensa. Se olvidó de decir que el estaba armado y que Trayvon sólo habría podido responder a sus balazos arrojándole alguna de las golosinas que le había dado su padre.

Agregó George que el adolescente era negro y que los negros son generalmente delincuentes.

Cualquiera podría creer que George es un flaquito pecoso, pero no es así. Aunque él se vea, se crea y se sienta blanco, no lo es. Hijo de peruana y de gringo, es una mole de 140 kilos, y los rasgos de su rostro son de diseño afroamericano pero de color claro, lo que en el Perú se suele llamar un “negro lavado”.

George Zimmerman es un blanco ilusorio, algo que la mayoría de los racistas peruanos suelen ser.

En cuanto a actitud política, la mayoría de ellos suelen defender los “bienes ilusorios”. Por ejemplo, vociferaban contra la reforma agraria aunque no fueran propietarios sino de una pequeña maceta o les parecía totalitaria la nacionalización de la banca propuesta por Alan García, y sin embargo apenas eran dueños de una escuálida libreta de ahorros.

La querida patria que visito es un país muy pobre. Aunque en años recientes hayan proliferado los “malls”, siempre se podrá uno encontrar con hombres y mujeres harapientos buscando entre las bolsas de basura algo que pueda ser revendido en las tiendas del suelo que pertenecen a los más pobres.

Los taxistas conducen carros alquilados y trabajan  entre 12 y 14 horas diarias. La mayor parte de los vehículos que ruedan por Lima son taxis.

¿Y la jubilación? Ese lujo ha sido reducido drásticamente en un país donde las conquistas sociales fueron abolidas por una dictadura neoliberal que pretendía atraer de esa forma a los inversionistas.

Y sin embargo, unos y otros se siguen “choleando” y situando su punto de vista desde el pedestal de una raza ilusoria o de una clase inventada.

Los limeños cholean a los provincianos y los costeños a los serranos, pero allí no acaban las caracterizaciones sociales; también existen decentes, achorados, indios, huachafos, pitucos, bacanes, gente del pelo y gente de medio pelo.

Por fin las cúpulas de los partidos políticos, asentadas en Lima, se sienten gozosas de ser llamadas la “clase política”, término que acuñó hace un tiempo el redactor frívolo de una revista social europea para poder incluir en sus páginas a los políticos junto a los príncipes y a las vedettes.

Y, por supuesto, los “parvenus”, ascendidos a clase política han olvidado ya la investigación que solicitó la Comisión de la Verdad, toda vez que la

mayor parte de los 90 mil muertos y de muchos presos injustamente son serranos, provincianos y misios.

Un amigo sociólogo me explica esta situación como un fruto de la herencia española, y me ofende que diga esa simplonería. Los españoles se fueron ya hace dos siglos, y es tiempo de que asumamos nuestra propia culpa. Ya es tiempo de que denunciemos como demencia colectiva esta raza ilusoria y esa clase inventada… La alternativa es que un día de estos nos miremos en el espejo y nos veamos tan “pelirrojos” cómo George Zimmerman se ve.