Si Ana Frank estuviera viva

Ana Frank

Ana Frank

Si Ana Frank estuviera viva, habría cumplido 85 años el pasado jueves. Lamentablemente, murió cuando todavía no había cumplido los 15.

Cuando apenas tenía 13 años, tuvo que esconderse junto con sus familiares en las dependencias de un edificio comercial en Amsterdam. Además de los Frank, otras familias judías se refugiaron allí durante dos años para salvarse de ser capturadas por los nazis.

El padre de Ana, Otto, había recibido una citación para presentarse junto con los suyos ante la policía. Ello significaba entregarse para ser enviados después a un campo de concentración.

Al esconderse, no podían llevar consigo muchas pertenencias. Ana tenía un diario que le había sido obsequiado el día de su cumpleaños. En él, escribió a una amiga imaginaria los pormenores de su vida en el refugio.

El “querido diario o, más bien, querida Kitty” recibía cada día las confidencias de la niña sometida a las estrecheces del albergue y al imaginable terror de lo que sucedería si fueran descubiertos. El amor por la familia, las discusiones con otros niños e incluso el naciente cariño por, Peter, un jovencito de su edad, también escondido allí, formaban parte de las confidencias de la adolescente.

Así pasaron dos años y un mes. Un vecino los delató. El 4 agosto de 1944 los ocho ocupantes del escondite fueron apresados por la Gestapo. Los sometieron a “científicos” interrogatorios policiales y, por fin, fueron enviados a los campos de concentración. La perversidad refinada de los carceleros separó a los padres de los hijos con el fin de que ni siquiera pudieran estar juntos en la hora final.

Felizmente, el diario escrito por Ana Frank no se perdió. Los amigos de la familia lo encontraron y, al final de la guerra, se lo entregaron a Otto, el único superviviente de la familia. Desde 1947 en que fue publicado, ha dado la vuelta al mundo en todos los idiomas y es uno de los testimonios más cercanos de lo que fue el holocausto. El escritor soviético Ilya Ehremburg dijo ese texto que es “una voz que habla por la de seis millones; la voz no de un sabio o un poeta, sino la de una muchacha corriente”.

En Auschwitz, donde por suerte le tocó estar con su hermana Margot, Ana ya no podía escribir. Un vaso de agua y un bol con alimentos malogrados eran su régimen diario. No pudo siquiera llegar a una cámara de gas porque el hambre y el tifus acabaron con ella antes. Me imagino que durante todo ese tiempo se preguntó cuáles podrían ser las razones de la bestialidad y el odio con que se les perseguía.

El holocausto, el apartheid, los campos de concentración de Pinochet, Somalia, Uganda, Sarajevo, todo esto demuestra que ese odio persevera e incluso se ha convertido en doctrina. La lección de un posible nuevo orden internacional es que los pueblos arcaicos y las utopías por la felicidad colectiva deben ser exterminados.

En el Perú, hace cinco años se quiso echar de sus tierras ancestrales a varios millones de peruanos de la Amazonia. El presidente de entonces, García, se atrevió a decir que los expulsados de la selva eran ciudadanos de segunda clase.

En el departamento de Cajamarca, a la joven Liseth Vásquez, la policía la golpeó salvajemente en la plazuela Bolognesi en 2012, luego de patear las ollas de su madre que era vendedora ambulante de alimentos. Ahora, el poder judicial pide para Lizeth 10 años de prisión.

Como hubo resistencia pacífica, la empresa transnacional quiere dar una lección a quienes se oponen al megaproyecto Conga. Y sin embargo, en el 85 aniversario de Ana Frank, tenemos otra lección… el diario supervivió y las utopías- de quienes creemos que algún día seremos libres y felices- están más vivas hoy que nunca.

Europa y la catástrofe moral

Quinientos millones de ciudadanos y 28 países fueron llamados a las urnas: nunca en la historia hubo elecciones políticas que involucraran a tanta gente ni a tantos países.
Nunca las hubo que fueran tan inútiles, redundantes y superfluas. No hubo ninguna que se pareciera tanto a una farsa.

Ninguno de los líderes tradicionales pudo ofrecer algo siquiera de lo que podrían desear sus desmoralizados votantes. Nadie pudo decirles que la interminable crisis se estuviera terminando. Entre las dos corrientes oficiales de partidos, desde la supuesta “izquierda” hasta la derecha dentro del sistema, “socialistas” y “populares” compitieron en los mítines en exhibir impúdicos su abrumadora pobreza argumental.

Me refiero a las recientes elecciones del Parlamento de la Unión Europea cuyo proceso he vivido durante abril y mayo mientras viajaba por varios de los países que esa federación comprende.

En vista de que las situaciones son similares, tomo uno de esos países, España, como muestra de lo que he visto. Seis de cada diez jóvenes españoles no tienen trabajo y muchos lo andan buscando desde hace una década. La mayoría cuida de la abuela, consigue algunos cachuelos o vive de la pensión de sus padres jubilados.

¿Se les podría pedir a ellos que vayan a votar? ¿O tal vez sugerir eso mismo a los padres que comparten con ellos además de la pensión, las estrecheces de un piso en una de esas colmadas ratoneras que son los edificios de las grandes ciudades españolas?

No, por supuesto. No se le puede pedir que participen en la vida política de la comunidad a quienes están excluidos de participar en la vida económica de la misma. Las sociedades esclavistas ni siquiera se lo sugerían a sus desdichados fámulos.

Por otro lado, parados o no, los ciudadanos saben que los servicios sociales de salud han comenzado a escasear. Es una exigencia del Neoliberalismo que los estados liberen sus presupuestos de esa carga social o comiencen a privatizarla.

Peor aún, los llamados a votar saben que no hay opciones diferentes. Tienen que votar por la misma desalmada forma de capitalismo, el neoliberalismo, con administradores diferentes, llámense éstos, “populares” o “socialistas”.

Saben encolerizados que no hay salida bajo este sistema pues es el mismo que causó la crisis y que, para supuestamente terminar con ella ha premiado a los balqueros culpables e impone a las mayorías unas medidas de austeridad cada vez más asfixiantes.

He visto conservadores y “socialistas” cada vez más alejados de sus electores. El “social demócrata” alemán Martín Schultz llegó a Madrid en su avión privado y declaró que sí había habido un Carlomagno y un Carlos V, pronto habría un Martin I de Europa.

Por su parte, los burócratas del Partido Socialista, muy bien acomodados dentro del sistema neoliberal y lejos ya de sus antecesores, han cambiado la grandeza moral del luchador social por las palmaditas del rey, la calificación cursi de “barones” o la acogida que les ofrecen las revistas de sociedad cuando los llaman “clase política”.

En Europa, triunfó la abstención. En España, los que ganaron fueron grupos de los indignados, los antiguos socialistas y la nueva izquierda. “Podemos” de Pablo Iglesias es, entre ellos, el más destacado.

Según el columnista Luis María Ansón, si el resultado de hoy se reprodujera el próximo año cuando se elija a los diputados españoles, podría dar origen a un gobierno de frente popular. Asustado, el “barón” socialista Felipe González, sugiere una coalición entre su partido y la derecha “popular”. Dice que le da terror el regreso de las utopías y las alternativas a lo Simón Bolívar que propone América Latina.

Se dice que en Europa se ha producido un sismo político. En los partidos socialistas, se estremece el monstruo de una catástrofe moral.