La paz y la muerte

Un día de junio de 1985, yo iba a morir.
 
Por lo menos, otras 90 personas volarían conmigo por los aires en una casa de Trujillo.
 
Fujimori y Hurtado

Fujimori y Hurtado

Estábamos en el jurado departamental de elecciones. Bajo la mesa en la que yo me encontraba, había sido colocado un explosivo. La razón de sus ejecutores era sencilla: de acuerdo con su punto de vista, las elecciones eran un juego fraudulento del Estado burgués.

 
Era yo entonces candidato al Senado de la República por la Izquierda Unida. En el departamento de La Libertad, los votos preferenciales me otorgaban una holgada mayoría sobre todos los otros candidatos al Senado de la misma agrupación. Mientras se contaban los votos, me sentía agradecido por la generosa preferencia de mis paisanos.
 
De pronto, mi pie derecho chocó contra un bulto bajo la mesa. Era un envoltorio sospechoso, una posible bomba. “Levántense, por favor”, dije, y sin pedirme explicaciones, todos lo hicieron. Al salir nosotros, la policía especializada ubicó y desactivó el artefacto explosivo.
 
De eso han pasado casi 30 años. Se iniciaba en el Perú una guerra demencial. Los miembros del grupo que puso aquella bomba se lanzaron al abismo de una violencia sin fin. Del otro lado, el Estado les respondió pocas veces con tino y prudencia. El gobierno de aquellos años tuvo la idea depravada de masacrar a centenares de presos rendidos en una cárcel peruana.
 
Se suele atribuir al diablo la paternidad de todo lo perverso. A veces pienso que él no es tan necesario y creo que los seres humanos suelen tener poderes casi sobrenaturales para ejercer el mal y ser infernales con sus víctimas. Ese fue el caso de ese gobierno y el de la dictadura interminable que le sucedió. Los peruanos de esas épocas hemos padecido el tormento de estar encerrados en un sánduche. Había terror de uno y otro lado. En el país, se operó una verdadera guerra étnica en la que quien tenía orígenes andinos era sospechoso. Podía ser ejecutado por Sendero o apresado, torturado y desaparecido por las Fuerzas Armadas.
 
Después de tantos años, tuve la esperanza de que el nuevo gobierno iniciaría un camino de paz. Voté por el señor Humala sin hacerme la ilusión de que una gran transformación estuviera a la vista. Lo hice, sobre todo, porque me espantaba su adversaria.
 
No obstante, nunca podré entender bajo qué lógica se prohíbe un movimiento en el que los subversivos se rinden y piden amnistía, y, en el otro lado, se acepta con naturalidad la existencia de un partido político “fujimorista”.
 
No hay planes en ese partido. Su único fin es el indulto de Alberto Fujimori quien durante 10 años capitaneó un régimen de terrorismo estatal construido a base de genocidios, manipulación electoral, corrupción a tiempo completo y cementerios clandestinos por uno y otro lado del Perú.
 
Fujimori fue el comandante supremo que ocultó, justificó y amnistió crímenes contra la humanidad, y ahora se defiende diciendo que los ignoraba, o achacándoselos a la institución militar que no podría haber actuado sino bajo sus órdenes. ¿Se permiten partidos hitleristas en Alemania?
 
Como si se aceptara que uno de los terrorismos es bueno, este señor recibe una cárcel de cinco estrellas. Y sin embargo, enfrente, el otro condenado por terrorismo, un hombre anciano y sobre todo, ya rendido, tiene que sufrir la súbita invasión de los guardias carceleros a su calabozo perpetuo para confiscar lo que escribe y lee. No sé cómo alguna revista pudo festejar esta innecesaria tortura.
 
Estuve a punto de morir un día de junio de 1985. Agradezco a Dios que eso no ocurrió porque, entre otros premios de la vida, tengo la ocasión de olvidar y perdonar lo que me pudo ocurrir, desear que no se desbarate el Estado de derecho y ansiar que nuestros gobernantes no pasen a la historia como continuadores de una guerra sin término sino como hacedores generosos de la paz y la reconciliación.

Un héroe norteamericano

Los chicos Dolan se despiden de su padre antes de partir a la Guerra ( Jim es el de la izquierda).

Los chicos Dolan se despiden de su padre antes de partir a la Guerra (Jim es el de la izquierda).

El pasado domingo me llamaron por teléfono desde Kansas City para anunciarme que mi amigo Jim Dolan estaba próximo a la muerte. Tal vez le quedaban 24 horas.

Por casualidad, Jim cumplía 90 ese mismo día. Cada año, hasta el pasado enero, Jim conducía 3 mil kilómetros para viajar desde Kansas hasta Salem, Oregón. Además, como soldado durante la segunda guerra mundial, había estado innumerables veces mucho más próximo que ahora de la muerte.

El lunes llamé al hospital para saber si ya había fallecido. Sin esperar respuesta, pasaron mi llamada a su habitación.

Me identifiqué ante la enfermera que lo cuidaba. Ella repitió mi nombre en voz alta, y el paciente ordenó que le pasara la llamada. Mi amigo estaba consciente. Había ordenado que le retiraran los sedantes para poder despedirse.

– Gracias, Eduardo. Bueno, ya era hora. Han venido muchas personas en estos días: mis hijos, mis nietos, sobrinos. Tengo una familia grande y amorosa. Lo curioso es que, sin ser vistos por ellos, había también algunos viejos sonrientes. Deben de ser mis hermanos, y mis compañeros, los que cayeron a mi lado en Iwo Jima y Okinawa. Me deben estar esperando allá arriba, y ya estoy listo.

En 1941, a pocas semanas de Pearl Harbor, los seis hermanos Dolan se presentaron voluntarios para ir a combatir contra las fuerzas de HItler. A dos de ellos no los aceptaron por razones de salud, pero Edward, Francis, Bob y Jim dijeron adiós a sus padres y cruzaron el océano.

Edward fue uno de los héroes del día D, como se conoce a la invasión aliada en Europa, a partir de la cual comenzó la guerra terrestre contra los nazis.

Diez mil compañeros suyos cayeron en la batalla de Normandía contra el muro del Atlántico, pero Edward resultó intacto e ingresó al París liberado. Luego de un día de gloria, al lado de su batallón siguió avanzando hacia Alemania. En la frontera, la bala de un francotirador le atravesó el corazón.

Jim, Francis y Bob hicieron la campaña del océano Pacífico. A Jim le tocó pelear en la infernal isla de Iwo Jima. Tiempo después, combatiría en Okinawa en una batalla que duraría 82 días. Para entender la magnitud de la violencia, hay que recordar que un cuarto de millón de hombres murieron en ella.

Gracias a los chicos Dolan y a millones de hombres y mujeres como ellos, en Normandía como en Stalingrado, en las diversas ciudades de Europa y en los campos, se derrotó a la bestia nazi. De no ser por su sacrificio, el nazismo seguiría aplastando Europa y tendría considerable influencia sobre el resto del mundo. No olvidemos que en el Perú, el  partido “Unión Revolucionaria” (gobernante en la época de Sánchez Cerro), profesaba esa ideología, y la clase dirigente era declaradamente admiradora de Franco, Mussolini y Hitler.

Después de la guerra, los hermanos Dolan continuaron sus estudios en la Universidad de Notre Dame. Descendientes de irlandeses, todos ellos eran profundamente católicos. Por lógica, el contenido revolucionario del Evangelio hizo de Bob un socialista norteamericano. Su pragmatismo lo llevó a formar “crédit unions” por todo el país, y fue uno los precursores del microcrédito. Instalado en el Noroeste, Bob pudo apoyar de esa manera al combativo sindicato de campesinos de César Chávez el líder hispano de los derechos civiles de Estados Unidos.

La creencia en el Evangelio hace que mi amigo Jim me haya dicho con tanta alegría que estaba listo para partir. Ha muerto esta mañana, y mientras escribo, recuerdo sus palabras por teléfono: “Todos los días la muerte nos muestra su cara, pero si hemos creído en la justicia y hemos sabido amar a nuestra gente, seremos nosotros quienes la esperemos y le digamos: bienvenida, hermana Muerte.”