Arturo Vera, la ubicación del paraíso

Puesta de sol

Puesta de sol

Gracias a mi amigo Arturo Vera Farfán, me enteré hace algunos años de la ubicación exacta del paraíso. Queda en Pacasmayo.

Si bajas del malecón a la playa y caminas hacia el sur como quien va al faro de la bahía, lo encontrarás.

Lo supe porque Arturo era mi psiquiatra y, cuando yo sufría de un estrés, me daba ejercicios para relajarme. En esa ocasión, me pidió que cerrara los ojos y que imaginara un lugar muy tranquilo y seguro, y yo me recordé en el puerto de mi infancia, acompañado por mi padre, y caminando hacia el faro frente al cual hace varios siglos se hundiera una de las naves del pirata Drake.

Ese recuerdo celeste me tranquilizó y me hizo pensar que todos podemos llegar al paraíso porque aquel no está allá arriba sino dentro, muy dentro de nosotros.

Arturo Vera Farfán había nacido en Guadalupe, en la misma provincia que yo. Estudió endocrinología en Madrid y fue entonces uno de los discípulos más distinguidos de Gregorio Marañón. Posteriormente hizo un doctorado de psiquiatría en Alemania. En los anales de la Universidad de Berlín, figuran sus sobresalientes estudios sobre enfermedades folclóricas como el mal del ojo y el susto.

Pudo haberse quedado luego a ejercer o dar cátedra en Europa, pero la tierra lo llamaba, y trabajó en Trujillo y luego en Lima. Por casualidad, tanto Arturo como el “Tuno”, mi brujo y personaje, me dieron alguna vez la misma explicación: “Puedes estar en cualquier sitio del mundo, pero al final el cerro de tu pueblo te llama.”

A pesar de su formidable formación académica, Arturo Vera no se perdía en los bosques de las neuronas. A sus amigos y pacientes les describía la mente como un bosque en el que se dibujaban caminos seguros y extensos páramos donde siempre se podía encontrar la paz. A cada cual le hablaba en su propia manera de entenderlo. A un paciente, que era nuestro paisano, le recomendó ir a visitar a un brujo muy conocido del Norte.

En mi caso, al cumplir 33 años de edad me sentí deprimido acaso porque hasta entonces no había logrado alcanzar mis metas personales. Cuando fui a verlo, Arturo me preguntó: “¿Qué prefieres? ¿Una medicina que te curará en diez días o un consejo que te durará toda la vida?”

Obviamente, escogí el consejo, y me lo dio. “Vete una academia, y aprende a nadar. De paso aprenderás, a respirar, a pensar y a vivir en paz.”. Es lo que hice, y lo que he seguido haciendo todo el resto de mi vida. Cada mañana cuando aquí en Oregón me levanto a las cinco para ir a nadar, recuerdo a mi amigo. Tal vez el ejercicio me liberó de cigarrillo y me salvó de inclinarme por la bohemia, que respeto pero que no considero una forma de vida obligatoria para el intelectual o el artista.

Creo que Arturo es el médico más contagioso que he conocido. Viviendo a su lado, Denise Gamero, su esposa, se contagió de sus ganas de aprender y volvió a la universidad cuando ya estaba en los últimos cuarentas y tenía cuatro hijos. Y por eso, de un momento a otro, el psiquiatra tuvo que ir a comprar el pan para el desayuno de sus cinco estudiantes. (En la foto, Arturo y Denise en la playa)

Me acaban de comunicar que Arturo ha fallecido de súbito mientras atendía a un paciente. Tal vez era sobre todo un filósofo, y para serlo es preciso morir porque sólo los muertos proporcionan la credibilidad de lo inalcanzable. De todas maneras, sus amigos y pacientes nos hemos quedado sin alguien que nos ayude a recordar nuestros destinos. O tal vez, todo lo que ocurre es que él ahora está descubriendo la ubicación exacta del paraíso.

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