USA: los candidatos latinos

Estoy seguro de que Luis Favre es el asesor de imagen de Ted Cruz, precandidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos.

Lo creo porque el “latino” Cruz, un político muy poco recordable en las encuestas, de un momento a otro, ha pasado a convertirse en la persona de quien casi todo el mundo ha hablado la semana pasada.

El señor Cruz lanzó una broma vejatoria contra el vicepresidente Joe Biden en el mismo momento en que éste estaba velando a su hijo Beau, quien murió de cáncer al cerebro a los 46 años de edad.

Ahora todos recuerdan a Ted Cruz… aunque sea como infame. Pienso que tiene que ser una estrategia de Luis Favre porque es el mismo que en el Perú está tratando de convertir a un desabrido PP Monster en una impúdica Jennifer López con tendencias bolcheviques.

La extrema derecha norteamericana tiene los ojos puestos en Cruz y en Marco Rubio para las elecciones próximas. En vista de que el voto hispano ha crecido notablemente, suponen que un “latinou” de pelo negro- aunque sea bizco- puede cortejar con éxito a este importante segmento de la población.

De Marco Rubio hemos hablado antes. El periódico español “El País” que también cree en las identidades raciales llegó a llamarlo el “Obama republicano” aunque lo más justo habría sido llamarlo “La nueva Sarah Palin”, la mujer que creía que “Corea del Norte es la que está en el sur, y es nuestra aliada, ¿no?”

Un par de años atrás, el senador Rubio dio una charla en un colegio secundario. Cuando un chico le preguntó por el origen del universo, respondió: “Oh, men! Yo no soy un científico, pero te lo voy a decir: El mundo fue creado en seis días. Al séptimo, su creador descansó.

-¿Y cuál es la antigüedad del universo?

-Eso es más fácil. ¿En qué año estamos? En el 2012. Entonces, el mundo tiene 2012 años.

Además de superlativo ignorante, Marco Rubio es un enemigo feroz de cualquier reforma que facilite el tránsito de los inmigrantes latinos a la legalidad

En lo social, se opone a aumentar el salario mínimo. Su plan tributario consiste en reducir los impuestos sobre los estadounidenses más ricos y las corporaciones grandes y elevar la tasa de impuestos sobre las familias trabajadoras. Además, ha votado para reducir radicalmente la educación pública y rebajar los fondos para las becas Pell, lo cual hará el acceso a la educación universitaria todavía más difícil.

Marco Rubio propone revocar la Ley de Salud, llamada también Obamacare,  y eliminar la seguridad médica para millones de latinos así como la cobertura de Medicaid para las familias de bajos ingresos.  El seguro social, por supuesto, debería ser, según él, eliminado o privatizado, que es lo mismo.

Aunque renuentes en un principio a las políticas postmodernistas de identidad, los ultraderechistas han terminado por entender que las mismas son una garantía para la continuidad del sistema frente al embate del cambio social. Esas políticas soslayan que todavía existe la crueldad del hambre y la feroz codicia del capitalismo. Hacer creer que la lucha de clases ha desaparecido como motor de la historia y que la etnia y el género la han sustituido les sirve para supuestamente enterrar todo recuerdo del socialismo.

Y por esa razón, los republicanos sacan de la tienda las pelucas negras, los bigotes, el castellano agringado y todas las máscaras de hispanos que encuentran. Creen que así los latinos votarán por un latino como ellos aun cuando su proyecto político sea reaccionario. Ahora todo  está en manos de la cara dura de los candidatos y la catadura de sus publicistas.

Una inmigrante en el paraíso

Lo he contado antes. Un sábado estaba sentado en una banca de un parque de Salem. Gozaba de un buen libro y de una calurosa primavera. De repente, sentí risas femeninas.
 
Venían de una banca cercana. Eran tan intensas que me interrumpieron la concentración. Eran tan contagiosas que también yo comencé a reír.
 
Traté de volver a la lectura, pero era imposible. Media hora más tarde, todavía riendo, logré levantarme de la banca y fui a ver a mis vecinas. Hablaban castellano y eran dos. Tal vez de 40 y de 22 años. Las supuse madre e hija, y lo eran. Llegué hasta ellas.
 
-Señora, por favor. ¿Podría decirme de que nos estamos riendo?
 
Me respondió Margarita:
 
-Reímos- me dijo- porque a Marianita, mi hija, la acaban de despedir de su trabajo.- Se puso la mano sobre la boca para no seguir riendo, y continuó:

-El manager dijo que sus papeles eran chuecos.

-¿Lo eran?

– Por supuesto. Mariana y yo somos ilegales.
 
No pudo contener la risa, y Mariana rió también.
 
-Lo más cómico es que esta mañana, el administrador del apartamento donde vivimos me ha telefoneado. Exige que nos vayamos porque somos muchos: Mariana, su compañero, su bebé y yo.
 
-¡Espere! Eso no es todo. Hace tres meses, le dimos 2 mil dólares a un tipo que nos iba a conseguir visas de verdad. El tipo se ha hecho humo…
Ya no pude aguantar. Miraba al cielo para que me dijera qué hacer en esas circunstancias. Margarita se dio cuenta.
 
-Se pregunta por qué nos reímos. ¿Verdad? … Hay una buena razón. Nos reímos porque el sufrir sin reír es muy malo. Hace daño para la salud.
 
En una entrevista, la periodista italiana Francesca Russo me pregunta hoy si mis personajes son inventados, y yo le digo que no es así. En la historia anterior, por ejemplo, Margarita es en realidad Carmen García, la inmigrante mexicana a quien conocí riendo en el parque.
 
Era ella una dama bastante guapa de Guadalajara que pronto se convertiría en mi primera amiga de Oregón. Respiraba una entusiasta filosofía de la vida. Su aspecto juvenil y el hecho de ser una “güera” le habían permitido pasar la frontera caminando por el puente como si fuera una chiquilla gringa. Lo había hecho muchas veces.
 
Por ella, conocí a otros maravillosos ilegales, y me di cuenta que estaba llamado a ser un escritor de la inmigración en los Estados Unidos. Tenía que darles voz a quienes no la hubieran tenido de otra forma.
 
Los motivos de su ingreso en este país me fueron narrados con encanto y me sugirieron la historia que plasmé en “Siete noches en California”, un texto con el cual ganaría el premio mundial de relato Juan Rulfo. Las reuniones religiosas de sus connacionales, tan importantes para la comunidad inmigrante, me dieron motivo para escribir “El programa de Dios”.
 
Carmen creó además un programa de televisión destinado a la población hispanoparlante de Oregón. Arrendó, después, una casa en Salem y la dedicó al cuidado de ancianos. Esa no era una actividad para una persona “ilegal”, pero eso la tenía sin cuidado. “Y si no soy yo, quien cuidará a los viejitos que solamente hablan español.”
 
Por fin, me llevé una sorpresa muy grande cuando escuché que a través de la radio hispana alguien daba consejos a los inmigrantes ilegales para evitar los abusos de la “migra”. Era Carmen. Cuando le hice recordar que ella también era una ilegal, se mató de risa.
 
Escribir esto suena como si estuviera delatándola, pero ya no es necesario. La “migra” ya no podrá detenerla. La semana pasada, Carmen sufrió un ataque cerebral y, en pocas horas, falleció. Se fue de noche, y ahora comprendo por qué. Como buena ilegal, lo hizo para entrar en el paraíso sin que la vieran.