Una inmigrante en el paraíso

Lo he contado antes. Un sábado estaba sentado en una banca de un parque de Salem. Gozaba de un buen libro y de una calurosa primavera. De repente, sentí risas femeninas.
 
Venían de una banca cercana. Eran tan intensas que me interrumpieron la concentración. Eran tan contagiosas que también yo comencé a reír.
 
Traté de volver a la lectura, pero era imposible. Media hora más tarde, todavía riendo, logré levantarme de la banca y fui a ver a mis vecinas. Hablaban castellano y eran dos. Tal vez de 40 y de 22 años. Las supuse madre e hija, y lo eran. Llegué hasta ellas.
 
-Señora, por favor. ¿Podría decirme de que nos estamos riendo?
 
Me respondió Margarita:
 
-Reímos- me dijo- porque a Marianita, mi hija, la acaban de despedir de su trabajo.- Se puso la mano sobre la boca para no seguir riendo, y continuó:

-El manager dijo que sus papeles eran chuecos.

-¿Lo eran?

– Por supuesto. Mariana y yo somos ilegales.
 
No pudo contener la risa, y Mariana rió también.
 
-Lo más cómico es que esta mañana, el administrador del apartamento donde vivimos me ha telefoneado. Exige que nos vayamos porque somos muchos: Mariana, su compañero, su bebé y yo.
 
-¡Espere! Eso no es todo. Hace tres meses, le dimos 2 mil dólares a un tipo que nos iba a conseguir visas de verdad. El tipo se ha hecho humo…
Ya no pude aguantar. Miraba al cielo para que me dijera qué hacer en esas circunstancias. Margarita se dio cuenta.
 
-Se pregunta por qué nos reímos. ¿Verdad? … Hay una buena razón. Nos reímos porque el sufrir sin reír es muy malo. Hace daño para la salud.
 
En una entrevista, la periodista italiana Francesca Russo me pregunta hoy si mis personajes son inventados, y yo le digo que no es así. En la historia anterior, por ejemplo, Margarita es en realidad Carmen García, la inmigrante mexicana a quien conocí riendo en el parque.
 
Era ella una dama bastante guapa de Guadalajara que pronto se convertiría en mi primera amiga de Oregón. Respiraba una entusiasta filosofía de la vida. Su aspecto juvenil y el hecho de ser una “güera” le habían permitido pasar la frontera caminando por el puente como si fuera una chiquilla gringa. Lo había hecho muchas veces.
 
Por ella, conocí a otros maravillosos ilegales, y me di cuenta que estaba llamado a ser un escritor de la inmigración en los Estados Unidos. Tenía que darles voz a quienes no la hubieran tenido de otra forma.
 
Los motivos de su ingreso en este país me fueron narrados con encanto y me sugirieron la historia que plasmé en “Siete noches en California”, un texto con el cual ganaría el premio mundial de relato Juan Rulfo. Las reuniones religiosas de sus connacionales, tan importantes para la comunidad inmigrante, me dieron motivo para escribir “El programa de Dios”.
 
Carmen creó además un programa de televisión destinado a la población hispanoparlante de Oregón. Arrendó, después, una casa en Salem y la dedicó al cuidado de ancianos. Esa no era una actividad para una persona “ilegal”, pero eso la tenía sin cuidado. “Y si no soy yo, quien cuidará a los viejitos que solamente hablan español.”
 
Por fin, me llevé una sorpresa muy grande cuando escuché que a través de la radio hispana alguien daba consejos a los inmigrantes ilegales para evitar los abusos de la “migra”. Era Carmen. Cuando le hice recordar que ella también era una ilegal, se mató de risa.
 
Escribir esto suena como si estuviera delatándola, pero ya no es necesario. La “migra” ya no podrá detenerla. La semana pasada, Carmen sufrió un ataque cerebral y, en pocas horas, falleció. Se fue de noche, y ahora comprendo por qué. Como buena ilegal, lo hizo para entrar en el paraíso sin que la vieran.

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