Raúl Wiemer, un hombre

No hay pensadores de derecha en el Perú. La derecha no existe intelectualmente. Ello es obvio porque el capitalismo salvaje sólo puede ser defendido con la bestialidad de la represión, con la pluma bajo salario o con el aullido bestia de la llamada “derecha bruta achorada.”.

Parafraseo a Orson Welles, según quien, durante la era del macartismo en Estados Unidos, solamente había izquierdas, y fueron ellas mismas- no Mac Carthy- las que se autodemolieron por falta de unidad. Es doloroso pensar que lo mismo puede pasar hoy en el Perú.

Raúl Wiemer es un modelo de lo que un pensador social debe hacer para vivir y morir aquí. En primer lugar, como él, hay que recordar que un hombre de fe no está aquí para “hacer política” sino para hacer la revolución.

Se “hace política” cuando se busca una curul o una chamba futura en cualquiera de los clubs de descerebrados que se reúnen en torno de un individuo y jamás de una idea porque no tienen ni idea de lo que eso significa. Se hace la revolución cuando se entrega la vida para combatir por un proyecto de felicidad colectivo. Vale decir, cuando se asume que el socialismo, en vez de ser un partido, es una ética, o sea una forma decente de vivir… y también de morir.

A quienes pensamos como socialistas, la sociedad nos impone actas de sujeción disimuladas o nos ofrece formas hipócritas de renegar. Si queremos ganar algunas líneas en los periódicos, por ejemplo, debemos censurar, uno por uno, a todos los gobiernos izquierdistas del continente, desconfiar de la eficiencia de las empresas del estado, Petroperú, en primer lugar,  brindar por el desarrollo de un “capitalismo moderno”, asumir el socialismo como una amable utopía del pasado y declarar que postulamos una izquierda “moderna”, o sea vacía, roma, cobarde.

Si Raúl Wiemer hubiera abdicado de sus ideas o las hubiera hecho más “potables” habría sido aceptado de inmediato como un pensador moderno. En otro caso, más próximo, el candidato que usufructuó sus servicios generosos y llegó a la presidencia le habría dado un  puesto en su lista de representantes o, luego del triunfo, una silla en su gabinete de ministros, y no lo hubiera maltratado como lo hizo para que sus nuevos amigos no supieran que tenía un amigo comunista y “pobretón.”

El propio destino lo puso en jaque, pero Raúl no cambió. Hace una década, se le anunció el cáncer perverso que terminaría por matarlo, pero aquello no lo desvió ni un momento de su perseverancia en las ideas del cambio social. Amaba entrañablemente a su tierra y a su gente, y ello le hacía sentir, aún en los momentos más dolorosos, que no hay paz sin justicia ni justicia sin amor.

Si no lo atemorizó la proximidad de la muerte, menos pudo hacerlo un gobierno que elige ministros de interior en la lista de los enjuiciados por crímenes de guerra o que pretendió acallar a todo el mundo con una draconiana “ley del Negacionismo”, redundancia macartista de ese otro mamarracho jurídico “contra la apología”, una creación fujimoresca que continúa vigente.  Me parece que es su último artículo aquel en que lo señala con dolor:

“¿Cómo construir una sociedad pacífica y en vías de reconciliarse, si el Estado, estimulado por los medios y la derecha más recalcitrante, sigue con la política de quitarles la voz a los perdedores y están proponiendo otras cosas…?”

A lo largo de los años, el capitalismo ha intentado hacer creer que su bandera es la del cristianismo. Ahora, sin embargo, con las palabras de los últimos papas, se hace evidente que no hay más perverso materialismo que el de los dueños del mundo. Y, como lo he dicho una vez, ser socialista, por el contrario, equivale hoy a levantar la cruz del martirio y las ideas del Maestro de Galilea.

Por todo eso, Raúl Wiemer fue un hombre de izquierda. Baste con decir que fue un hombre y que lo seguiremos leyendo. Quien ha encendido la luz, ha prendido también la llama, y no se apagará.

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