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Il gatto e la letteratura, la Medalla de Honor del Congreso y la nostalgia

En noviembre del 2009, se me hizo entrega de la Medalla de Honor del Congreso de la República, la más alta distinción que otorga ese poder del Estado. Viajé al Perú para recibirla. A la vuelta, mi maleta pesaba mucho menos, pero había crecido mucho la carga de mi nostalgia.

Debe de ser por ello que hoy publico algo de lo que entonces dije en el acto de la condecoración. Antes, había editado en mi blog la primera parte de mi discurso. La pueden encontrar aquí mismo con el título de “El gato y la literatura”

Con algunas fotos de gatos, les entrego ahora “Il gatto e la letteratura”, una versión italiana de mi mágica traduttrice y hermana Lucia Lorenzini. Gracias a ella, los más asombrosos textos de Jorge Luis Borges fueron vertidos al idioma italiano. Le debo a ella la versión en ese idioma de mi novela “La Ballata di Dante”.

Queda también en este cuaderno virtual la grabación de la ceremonia. Lo hago por petición de algunos amigos, pero no creo que podré visualizarla yo otra vez. Saber que mis compatriotas me reconocen y quieren por los modestos libros que he escrito, me hace sentir con unas ganas tremendas de regresar a la patria que me hace falta desde hace más de veinte años.

Esta tarde en que las aves migratorias viajan al sur en pos de tiempos más benignos, me pongo piedras en el bolsillos, de otra forma me iré con ellas a la patria.


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Il gatto e la letteratura

Un giorno, nel mio villaggio – avevo 15 anni -, andai a trovare una prozia di nome Mercedes che ne aveva appena compiuti 99.

Quando entrai in casa mi accorsi che stava recitando il rosario. Poiché non mi aveva visto, mi sedetti vicino a lei per non interrompere la sua preghiera e mi dedicai a leggere una rivista. C’era tuttavia qualcosa di strano in quella situazione: mia zia Mercedes recitava soltanto la prima parte dell’Ave Maria, e poi restava un attimo in attesa come se si trovasse in chiesa o come se qualcuno accanto a lei recitasse il “Santa Maria, Madre di Dio, prega per noi peccatori, adesso e nell’ora della nostra morte. Amen”.

Guardai da una parte e dall’altra e non riuscii a vedere il suo ipotizzabile compagno. La curiosità mi spinse ad alzarmi e ad avvicinarmi alla solitaria devota. Alla fine, scoprii che c’era qualcuno accanto a lei, ma non era un essere umano. Era il suo gatto. Ogni volta che mia zia terminava la prima parte dell’Ave Maria, il gatto la accompagnava con lunghe fusa, come fanno tutti i felini quando, per puro affetto, accendono il loro motore interno vicino a qualcuno che li ama.

Quando l’anziana e il gatto ebbero finito di pregare, misi la sedia accanto a lei e le chiesi di raccontarmi delle storie. Mia zia era un’eccellente narratrice orale e credo che le sue invenzioni siano state all’origine dei racconti che iniziai a scrivere a quell’età.

Tuttavia, in quel momento mi si presentò un altro problema. A 99 anni, mia zia stava molto bene di salute, ma soffriva di vuoti di memoria. Cominciava a raccontarmi un’appassionante storia dell’inizio del Novecento ma, proprio quando si stava avvicinando al finale, dimenticava il racconto che aveva iniziato e ne cominciava un altro.

Come rendendosi conto della mia sorpresa, mia zia mi disse:

- Capisco, figliolo. Ma voglio che anche tu capisca me. Quando arriva il momento di andarcene da questo mondo, noi vecchi ci sediamo su una sedia a dondolo, come faccio io, a dimenticare. Proprio come i giovani che vanno a scuola per ricordare certe discipline e certi concetti, noi vecchi ci sediamo tutte le sere per dimenticare.

Credo che quel giorno sia stato determinante nell’inizio della mia vocazione letteraria. Mi resi conto che la letteratura serve, al pari del gatto di mia zia Mercedes, ad evitare di trovarci completamente soli al mondo e a permetterci, anche nelle solitudini più grandi, di comunicare con il nostro Dio, con l’universo, con la nostra terra e con la gente che su di essa amiamo di più.

Come le cinquanta avemarie recitate dalla mia vecchia zia, la missione del creatore di finzioni consiste nel dire, esprimere, borbottare e perfino proclamare canzoni di ricordi e di nostalgie rivolte verso l’auspicata felicità collettiva degli uomini e verso le infinite estensioni della vita.

Compresi inoltre che, così come a scuola si insegna a ricordare, bisognava anche imparare a dimenticare e che questa poteva essere anche la missione della letteratura che avrei prodotto: far sì che la nostra gente dimentichi la durezza e la perversione di quella prolungata notte di insonnia, di violenza e di sangue che il più delle volte è stata la storia del Perù.

Far pace con i brutti ricordi non significa tuttavia decretare l’oblio del crimine e nemmeno accettare con rassegnazione l’abuso, meno che mai tollerare ll’impunità dei perversi e degli ingiusti. Pensai che, come il gatto che svegliava mia zia dopo un lungo rosario, la letteratura avrebbe dovuto scuotere dal letargo la nostra gente e mostrarle che la democrazia e la libertà non si regalano ma si conquistano. Gli scrittori hanno generalmente assunto come propria la funzione di rifare la storia. Nel Perù in cui ci è toccato di vivere, quella funzione è molto più impellente. Qui occorre impedire che la nostra storia si sfasci.

I miei libri non possono cancellare lo sfruttamento dei poveri, la corruzione dei potenti, la tortura e il genocidio utilizzati per reprimere la collera del povero e del giusto. La mia letteratura non cambierà il mondo, ma mi sprona a servire cause generose e valori senza i quali l’uomo cessa di essere uomo e la società diventa insopportabile.

Ed è  stata questa la missione che mi sono imposto all’età di quindici anni, quando scrissi il mio primo racconto e conobbi il gatto e le amnesie di mia zia Mercedes. Se volete sapere cosa accadde in seguito, ve lo dico. Un anno dopo, la morte andò a trovare l’anziana… e forse tutte e due restarono a conversare e a pregare, unite per sempre. (Traduzione di Lucia Lorenzini)

Vallejo y los telegramas de Antenor

Orrego: Prisión por amor a la justicia

Orrego: Prisión por amor a la justicia

En alta mar, Vallejo sacó de uno de sus bolsillos para leerlos de nuevo los urgentes telegramas de Antenor Orrego. Su generoso amigo lo había urgido a aceptar la invitación que él y Julio Gálvez Orrego le hacían para viajar a Francia.

TU VIAJE A PARIS RESUELTO STOP JULIO LOGRO CAMBIAR MI NOMBRE POR TUYO
STOP HAZ MALETAS HERMANO STOP ANTENOR

A ese telegrama, había respondido César con una tajante negativa. Pero Orrego insistió:

URGENTE CESAR STOP VIAJA CON JULIO STOP YA ME TOCARA STOP NOS VEMOS EN PARIS STOP NO OLVIDES JUICIO REABIERTO STOP ANTENOR

El último decía solamente:

EN PARIS ESPERATE DESTINO STOP PERU LA CARCEL STOP ANTENOR

Vallejo se había resistido a aceptar el sacrificio del filósofo, pero después de dos telegramas, el tercero apelaba a la razón más temible. El juicio había sido reabierto, y se le estaba notificando a presentarse ante el juzgado de Trujillo con apercibimiento de detención.

Cuando se dio cuenta de que la cárcel tenía otra vez la boca abierta para él, aceptó.
Salir del Perú era escapar de los infiernos. En alta mar, aspiró largamente como si quisiera alimentarse de libertad. Después, dobló otra vez los telegramas y los metió dentro de un único sobre. Dirigió la mirada al horizonte, y descubrió que el cielo se había tornado inmenso y emitía destellos de un azul obstinado.

Apenas se disipó la densa niebla, comenzaron a acercarse a las islas de Lobos de Afuera. Desde ellas, parecía salir unas voces fragantes que se confundían con los golpes y fragores del oleaje.

-Es un canto de sirenas _le explicó alguien a su lado. Vallejo lo miró de reojo. Sólo pudo notar que estaba vestido de blanco. El hombre agregó:
-Eso es lo que dicen los marinos.
El “Oroya” aceleró y se puso lejos del alcance de las sirenas que se desgañitaban llamando a los tripulantes.

El “Oroya” había salido del Callao hacia Francia el 17 de junio de 1923. El filósofo era dueño de un pasaje, pero había preferido transferírselo al poeta.

En vez de la frialdad de la crítica limeña o el infierno carcelario de Trujillo, César viajaba hacia su destino. Orrego nunca más pudo hacer el soñado viaje. En el Perú, habría de sufrir casi dos décadas de prisión por su amor a la justicia social. Sin saberlo, César Vallejo y Antenor Orrego habían intercambiado sus destinos, o acaso sus almas…


Les reitero que la Universidad Privada Antenor Orrego de Trujillo (UPAO) me ha invitado a dar una conferencia al inicio de su año académico el 26 de marzo. Todos ustedes están invitados a ella. En este texto, tomado de mi novela “Vallejo en los infiernos”, se recuerda un detalle muy importante del viaje del poeta a París.

El libro de Inés

Librería peruana

Librería Peruana

Hoy martes he amanecido viajando. No estaba en un avión ni en un sueño sino leyendo un libro adictivo que no me permitió cerrarlo sino hasta terminar el último párrafo.

Inés de Guijón cumple noventa años, y fue ella quien me repitió en mis años universitarios que para viajar muy lejos no hay mejor barco que un libro. Creo que la frase pertenecía a la poetisa estadounidense Emily Dickinson, pero repetida tantas veces por nuestra querida librera de Trujillo se inesizó y la recuerdo como suya.

Me acuerdo también que citaba a José María de Pereda según el cual el mejor de los libros es la vejez… y es una lástima que el hombre tenga que morirse cuando comienza a leerlo con provecho.

La segunda parte de lo dicho por el romántico español es cuestionable en el caso de Inés Guerra de Guijón quien, ya les he dicho, cumple noventa años de edad, setenta de los cuales ha estado de pie junto a los anaqueles de una librería cuyas puertas siempre estuvieron abiertas para todos… y sigue trabajando.

Sus noventa   no serán pretexto para que hoy, Inés, como lo ha hecho todo este tiempo, abra la tienda a las 9 de la mañana, después de haber ido a misa y la cierre a las 7 de la noche luego de haber conversado- más que vendido libros- con unas cincuenta o sesenta personas. Además de librera, ella ha sido fundadora y dirigente de la mayoría de las instituciones culturales de la ciudad.

En la esquina de Pizarro con la Plaza de Armas, la “Librería Peruana”, suya y nuestra, es el centro mismo de Trujillo. Al lado de ella se encuentra el “Bar Americano” en el cual César Vallejo invitó a sus amigos a celebrar la aprobación de su tesis y su graduación universitaria.

Fue frecuentada entonces por Vallejo, Orrego, Haya de la Torre, Spelucín, Francisco Xandóval, todo el “Grupo Norte” y fue allí donde, décadas más tarde, nos conocimos los muchachos del “Grupo Trilce”.

Es la más antigua casa de libros de la ciudad. Se encuentra allí desde antes de 1920, y Carlos Guijón Miranda llegó a Trujillo en los años 30 para administrarla. Al casarse con Inés en 1942, ambos unieron sus destinos … y sus libros. A dos cuadras, ella fundaría una sucursal que finalmente juntaría con la de su esposo a la muerte de éste en 1994.

¿Debo añadir algo que ya he contado varias veces?… ¡Lo haré! Cuando yo tenía 21 años y acababa de publicar “Los peces muertos”, mi primer libro, lo fui a dejar en la “Librería Peruana” antes de partir a Lima para presentarlo.  Allí, luego de leer comentarios extremadamente generosos sobre mi libro que habían sido publicados en “El Comercio” y “La Prensa”, pensé que el éxito literario coincidía también con el de ventas… ¡Me equivocaba!… y esa sería una lección que me duraría toda la vida.

Fui a la librería para preguntar cuántos ejemplares más se necesitaban, y me encontré con la sorpresa de que los anaqueles estaban todavía colmados de peces muertos.

-Parece que por ahora no necesitamos ejemplares, pero tengo una liquidación.- dijo doña Inés, y agregó:

-Se han vendido… se han vendido dos libros.

Ahora que han pasado los años creo que fue ella misma quien los compró y logró de esa forma que el joven escritor no se desmoralizara y continuara en esa locura de escribir que le ha de durar toda la vida.

No quiero terminar de redactar esta nota porque, siguiendo el consejo de Inés,  deseo continuar navegando en la escritura y porque, además, un libro, el que se escribe y el que se lee, son como un viaje, se comienza con intrepidez, se continúa con asombro y se termina con nostalgia.

La guerra de los alfajores

Alfajores

Alfajores - Foto lovelihood

¿De dónde vienen los alfajores? ¿Cuáles son los auténticos? Estas preguntas suenan a metafísicas, y casi lo son. En Los Ángeles han desencadenado una guerra de comunicados entre argentinos, nicaragüenses, peruanos, bolivianos y chilenos. Es una guerra de la nostalgia en la que cada cual siente que lo único original sobre la tierra es lo que probó de niño en la añorada patria lejana. Róger Navas-Balladares, nacido en Nicaragua, es el culpable del conflicto. En el 2003, fundó Split Bean Coffee, una compañía dedicada ofrecer las más distintas variedades de café. De un momento a otro, se le ocurrió preparar alfajores y ha tenido éxito. Periódicos como «Los Angeles Times», «San Jose Mercury News» y «The Philadelphia Inquirer», entre otros, han hablado de una «receta misteriosa que pronto a todos nos convertirá en adictos». Manjar blanco, piña, guayaba, frambuesas, fresas, chocolate y hasta mantequilla de maní son algunos de los sabores de este postre cuya receta, según Róger, le viene desde Trujillo y Chiclayo del Perú aderezados con sus orígenes hispánicos que lo hacen trazar orígenes en alguna lejana pastelería asturiana. El profesor Samuel Huntington no para de advertir que los hispanos se van a apoderar de USA, y a lo mejor tiene razón. La historia confirma que cuando los invasores preparan pasteles y escriben poesía es porque han decidido quedarse y conquistar. Róger fue mi alumno en la Universidad de Berkeley. En vez de una rápida profesión útil, buscó el saber. Al tiempo que hacía estudios de Antropología Cultural, exploró la Kabalah y las tradiciones del judaísmo, sin dejar de lado la comida kosher. Continuó con el flamenco e hizo un viaje a la India, de donde salieran en el siglo XII los monjes heterodoxos que lo difundieron. Egipto fue el puente y, por fin, España, la receptora de aquella danza religiosa. Por todas las regiones y, por supuesto, cocinas, anduvo mi alumno. Cuando en mi clase leíamos novela latinoamericana, me rogó que incluyéramos ese recetario portentoso que es «Como agua para chocolate». No me extraña que haya trocado la toga y el birrete en el mandil y la gorra del chef. Si este conflicto se convierte en guerra santa, algún suicida puede devorar alfajores y lanzar su carro contra algún consulado de Los Ángeles. Por eso, me atrevo a recordarles a todos que el alfajor proviene de la ocupación mora de Andalucía. La etimología lo hace emerger de «al-hasú», que en árabe significa «relleno». Todavía en Cuenca, España, lo llaman «alajú» y se elabora a base de almendra, miel e higos, todo ello envuelto en una oblea. Con el tiempo, cada región de América (la que habla en cristiano) adaptó el alfajor español y cocinó sus propias versiones. Todos en todas partes preparan los «originales». Solamente en la Argentina y el Perú, hay más de veinte variedades que culminan en el delirante «kingkong», un alfajor que se hace en Chiclayo y contiene en sabroso ecumenismo una diversidad de pisos y sabores. Estudiante de Teología en Lima, María Elena Miranda señala que el alfajor prueba la existencia del alma. Moviendo la nariz al estilo de Samantha, afirma que las dos galletas son nuestros cuerpos y que el sabor es el alma difundiéndose por el Universo. Por su parte, la publicista Mariola Saavedra dice que son la dieta cotidiana de Jaren. Desde Buenos Aires, a mi consulta, la psicóloga Andrea Yannuzzi afirma que éstas son las únicas guerras que provienen del amor a la querencia. ¡Cómo será, pues! En estos cándidos días, los latinos que vivimos en USA pensamos que hemos sido hechos de barro y del soplo generoso de Dios, pero también de nostalgia y pasta de alfajores.

La inmigración llega a mi salón de clase

police

Policía - Foto: conner395

Quiero llevarme al estudiante mexicano Alejandro Aurazo (el nombre no es el real). -dijo el hombre de la chapa.

Siempre cierro con seguro la puerta de mi salón de clase un minuto después de la hora para evitar alumnos inexactos que pretendan llegar tarde.  Sin embargo, ese día, a las 8.04 AM, alguien había golpeado con los nudillos la puerta e insistió tantas veces que abrí la ventanilla para saber quién llamaba. Eran dos hombres. Uno se identificó como empleado de la universidad. El otro me mostró la chapa de agente policial y agregó:

-Sospechamos que no tiene los papeles en regla. Tal vez es ilegal, y quiero llevarlo para que responda algunas preguntas.

-Mis alumnos no son legales ni ilegales. Son seres humanos.-le respondí, pero como sabía que no iba a comprenderme, le pregunté:

-¿Tiene usted la orden escrita de algún juez competente?

-¿Orden escrita? -El hombre sonrió. Me respondió que no la tenía, pero que valoraría muy alto mi colaboración. Mi colaboración consistiría en que delatara o entregara a un ser humano, y eso es algo que nunca he hecho en mi vida.

-Les ruego retirarse. -contesté y agregué: – Soy un catedrático universitario, y no un agente policial.

Cerré la ventanilla y volví al tema de nuestra clase. Mis alumnos habían escuchado el diálogo, pero no hicieron comentarios. Uno de los muchachos levantó la mano y me preguntó:

-¿Sería posible que nos quedáramos hablando una hora más? ¿O dos? El tema de Rulfo nos interesa mucho y podríamos dejar otras clases para escucharlo.

Acepté. Era evidente que los dos intrusos esperaban a la puerta y que mis alumnos querían cansarlos. Nunca me he sentido más orgulloso de ellos. Nos sumergimos en una clase de nunca acabar. Solamente terminamos la clase cuando estuvimos seguros de que no había moros en la costa.

Más tarde, Alejandro me llamó por teléfono para agradecerme. Me explicó que no tenía una visa, pero que estaba luchando por conseguirla y que aspiraba a tener un grado universitario.

-No me lo agradezcas, Alejandro. –le respondí. –Es normal lo que hice. No puedo dejar de ser consecuente en este momento de mi vida. Pero, eso sí, ¿tienes una novia gringuita? Cásate pronto con ella, y soluciona tu problema.

Dos semanas más tarde, Alejandro fue a mi oficina a buscarme para decirme que ya no iba a tener problemas con sus papeles.

-¿Te casaste? Deberías habernos invitado.

-No me he casado, profesor. Me he enrolado en la Guardia Nacional. Voy a entrenar y, dentro de seis meses, me enviarán a Afganistán.

-¿Afganistán? … Pero eso es la guerra. Hay muchas posibilidades de que regreses muerto. ¿No habría sido más fácil que te casaras?

-No, profesor.- respondió y luego pensándolo, agregó: -¡El matrimonio. Eso dura…!

Esa respuesta es lo único gracioso de esta historia. Ha pasado algún tiempo de eso, y Alejandro no regresó dentro de un ataúd. No. Sencillamente, ocho meses de estar preparándose militarmente, fue detenido y llevado a corte. No encontraron pruebas de que hubiera cometido un delito, pero fue relevado de la Guardia Nacional.

Pidió entonces a Inmigración una visa legal en un proceso que comenzó hace tres años y que nunca va a terminar. Mientras tanto, es nadie y vive en tierra de nadie. Puede ser que dentro de algunos años le nieguen la visa y lo echen del país. Puede que no.

Lo recordé porque acabo de leer una noticia en la CNN sobre el valioso impacto económico que significaría para este país legalizar la inmigración. Sus primeros resultados consistirían en levantar los salarios, incrementar el consumo, crear puestos de trabajo y generar un inmenso ingreso fiscal.  Por fin, generaría por lo menos 1.5 trillones de dólares al Producto Nacional Bruto en diez años.

Mientras tanto, habrá otros Alejandros. También, otros policías que toquen a la puerta, pero nunca serán suficientes.

El gato y la literatura

Gracias, queridos amigos del “Correo de Salem”. Como lo recuerdan, mil y tantos de ustedes colmaron ayer las instalaciones del antiguo Senado para presenciar la condecoración que me otorgaba el Congreso de la República. Decenas de emails me piden ahora una copia de lo que dije. Como no lo escribí, aquí va algo de lo que se grabó ese día. Gracias, siempre, Eduardo.


Chepén, Perú - Foto todochepen.com

Chepén, Perú - Foto todochepen.com

Un día en Chepén, mi pueblo, cuando yo tenía 15 años, visité a una tía abuela llamada Mercedes que acababa de cumplir 99.

Al entrar en su casa descubrí que ella estaba rezando el rosario. Como no me había visto, tomé asiento cerca de ella para no interrumpir su devoción, y me dediqué a leer una revista. Sin embargo, había algo de extraño en el asunto: mi tía Mercedes recitaba solamente la primera parte del Ave María, y se quedaba un rato esperando como si estuviera en la iglesia o como si alguien a su lado recitara el “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Miré hacia uno y otro lado, y no encontré a su probable acompañante. Mi curiosidad me hizo levantarme y me fui aproximando a la solitaria devota. Al final, descubrí que había alguien a su lado, pero no era un ser humano. Era su gato. Cada vez que mi tía terminaba la primera parte del Ave María, el gato la acompañaba con un largo ronroneo, como hacen siempre los felinos cuando de puro cariño prenden su motor interno junto a alguien que los ama.

Cuando la anciana y el gato terminaron de rezar, puse una silla al lado de ella y le pedí que me contara historias. Mi tía era una excelente narradora oral, y creo que sus ficciones fueron el origen de los relatos que en ese tiempo quinceañero comencé a escribir.

Sin embargo, en ese momento se me presentó otro problema. A sus 99, mi tía estaba muy bien de salud, pero padecía de algunos olvidos. Comenzaba a contarme alguna apasionante historia de comienzos del siglo XX, pero cuando ya a estaba a punto de llegar al desenlace se olvidaba de la que había iniciado y comenzaba otra.

Como se diera cuenta de mi sorpresa, mi tía me dijo:

-Entiendo, hijito. Pero también quiero que tú me entiendas. Cuando a los viejos ya nos toca irnos de este mundo, nos sentamos como yo en una mecedora a olvidar. Así como la gente joven va a la escuela para recordar algunas disciplinas y conceptos, los viejos nos sentamos todas las tardes a olvidar.

Creo que ese día fue definitivo en el inicio de mi vocación literaria. Me di cuenta de que la literatura sirve como el gato de mi tía Mercedes para evitar que estemos completamente solos en el mundo y para permitirnos que aun en las mayores soledades, podamos comunicarnos con nuestro Dios, el universo, nuestra tierra y la gente que más queremos en ella.

Como las cincuenta avemarías que mi vieja tía rezaba, la misión del creador de ficciones consiste en decir, expresar, mascullar y hasta proclamar canciones de recuerdos y de nostalgia dirigidas hacia la esperada felicidad colectiva de los hombres y hacia las infinitas extensiones de la vida.

Comprendí, además, que así como en la escuela se enseña a recordar, había también que aprender a olvidar y que esa también podía ser misión de la literatura que yo produjera: hacer que nuestra gente olvide la dureza y la perversidad de esa prolongada noche de insomnio, de violencia y de sangre que las más de las veces ha sido la historia del Perú.

Hacer la paz con los malos recuerdos no significa sin embargo decretar el olvido del crimen, ni menos aceptar con resignación el abuso, ni mucho menos consentir en la impunidad de los perversos y de los injustos. Como el gato que despertaba a mi tía luego de un largo rosario, pensé que la literatura debería sacar del letargo a nuestra gente y hacerle ver que la democracia y la libertad no se regalan sino que se conquistan. Los escritores usualmente han asumido como suya la función de rehacer la historia. En el Perú que nos ha tocado vivir, esa función es mucho más imperiosa. Aquí hay que impedir que nuestra historia se deshaga.

Mis libros no puede borrar la explotación de los pobres, la corrupción de los poderosos, ni la tortura y el genocidio con que se suele reprimir la cólera del pobre y del justo. Mi literatura no va a cambiar al mundo, pero me impulsa a servir causas generosas y valores sin los cuales el hombre deja de ser hombre y la sociedad se hace insoportable.

Y esa fue la misión que me impuse a la edad de quince años cuando escribí mi primer cuento y conocí al gato y los olvidos de mi tía Mercedes. Si quieren ustedes saber lo que ocurrió después, se lo cuento. Un año más tarde, la muerte fue a visitar a la anciana… y tal vez ambas se quedaron a conversar y a rezar, juntas para siempre.

USA: El país donde separan a las almas

Mi sueño - Foto Long Lam

Mi sueño - Foto Long Lam

Hace poco en Texas me mostraron fotos de un cementerio por en medio del cual pasa una cerca de aquellas que se usan para contener al ganado. De un lado, están sepultados los gringos, y del otro duermen los difuntos que en vida hablaron castellano, y a quienes la terminología racial de este país llama los “hispanos”.

No se me explicó quiénes llegan al cielo primero porque, obviamente, no hay fotos de ese acontecimiento, ni mucho menos estadísticas, aunque es de presumir que en los Estados Unidos, un país tan obsesionado por la “raza”, el Paraíso debe estar parcelado, reglamentado y posiblemente manejado por burócratas estrictos, respetables y políticamente correctos.

El hecho parece extraño, pero no lo es. Aunque la discriminación es un delito castigado con las más severas penas,  la segregación – o sea la separación de la población por grupos étnicos- existe abiertamente en muchas instituciones, e incluso es
alentada por legislaciones anacrónicas y por administradores obtusos.

Una sola religión, por ejemplo, mantiene en la misma ciudad varios templos distintos que están destinados, uno para los “blancos”, otro para los “afroamericanos”, uno diferente para los “asiáticos” y por fin, otro para los “hispanos”.La excusa que podría darse es la diferencia de idiomas, pero ella no sirve para separar a los “blancos” de los”afroamericanos” que hablan el mismo idioma, ni de los “hispanos” o “asiáticos” que dominan inglés.
En Salem, Oregon, conozco un culto religioso (no diré cuál), cuyo edificio se parece a un centro escolar. Los llamados “blancos” ocupan el salón más extenso que se abre a la entrada principal, pero no a sus vecinos. “Hispanos”, “afros” y “asiáticos” tampoco se comunican los unos con los otros, aunque recen al mismo Dios, y aparte de eso sus tampoco compartidos baños rechazan terminantemente el pis interracial.

Aparte de ello, la palabra étnico” tiene aquí un significado especial. Hay restaurantes y tiendas de objetos étnicos, pero se refieren a quienes han nacido o tienen un ancestro en el resto del planeta, menos aquí. “Etnico” es definido por el diccionario como relativo a un pueblo o a una raza humana. ¿Significa eso que los norteamericanos no pertenecen a ninguna?… Así lo supone la gente común y corriente de este país, pero no tan sólo ellos. Lo peor de todo es que las propias universidades tienen escuelas de “estudios étnicos” en las cuales no se estudia la etnia mayoritaria de este país.

“Diversidad” y “multiculturalismo”, las metas de las universidades implican el respeto por las culturas y los estilos de vida diferentes, lo que es santo y bueno, pero lo que no es bueno si santo es que ese supuesto respeto, en vez de serlo de verdad, implica casi siempre una suerte de paternalismo y protección por personas a quienes sin decírselo, se les considera inferiores.

La “Ley de Acción Afirmativa” permite que los llamados “alumnos de color” puedan entrar en las universidades con una nota promedio mucho menor que la que se les exige a los “blancos”. Se aduce que los “color students” son más pobres, pero en ese caso debería de pensarse en estímulos económicos para los buenos alumnos sin distinción de que ellos sean blancos, negros, azules o colorados, y ese no es el caso.

La “acción afirmativa” se funda en la insultante premisa de que ciertos grupos étnicos -los hispanos y los negros- son inherentemente inferiores a los otros. Basados en la raza, los reclutadores que van a las escuelas a buscar jóvenes “de color” les ofrecen que- debido a su grupo étnico o a su origen geográfico- su admisión en el campus dependerá de un standard más bajo como si su inteligencia fuera necesariamente menor o
padecieran de minusvalidez en el cerebro.
Si la diversidad y el multiculturalismo tan predicados fueran completamente sinceros, los norteamericanos tendrían una forma de resolver algunos de sus mayores problemas. Su educación, por ejemplo, fue declarada en crisis por el presidente Clinton y lo es todas las veces en que se comente algún crimen en las escuelas. Tal vez podrían estudiar los postulados tradicionales de la mayoría de los países de la otra América que, en vez de considerarla un negocio, confieren a la educación una concepción humanista y la perciben como un derecho de la persona humana.

En Estados Unidos, hay leyes draconianas contra discriminación, pero la segregación existe en la ley y en creencias inconfesas aunque muy arraigadas. Ojalá que la nueva administración contribuya a levantar las cercas que separan a las almas en el más allá. Si la ignorancia lo impide y la división persiste, el cementerio seguirá creciendo hasta abarcar también los corazones de quienes todavía estamos vivos.


Ciro Alegría mientras esperaba ser fusilado

Ciro Alegría

Ciro Alegría

La más importante novela indigenista de América – “El mundo es ancho y ajeno” (1941) fue escrita por un peruano, Ciro Alegría, quien unos años antes había sobrevivido a una matanza, había esquivado un pelotón de fusilamiento, había pasado varios años en la cárcel, había sido desterrado después y la mayor parte de su vida no pudo regresar a su patria debido a que una sucesión de dictaduras se lo impidió siempre.

La Nochebuena de 1931, Ciro Alegría, entonces un muchacho de 22 años, fue al local del Partido Aprista en su ciudad de origen, Trujillo, para colaborar en el reparto de alimentos para los niños pobres. Lo acompañaba su amigo, el pintor Mariano Alcántara que más o menos tenía su misma edad.

El APRA era un movimiento político y social que había insurgido hacía pocos años para realizar grandes cambios estructurales y proponer la unión de los países hispanoamericanos contra el imperialismo de los Estados Unidos. En lo agrario, Víctor Raúl Haya de la Torre, su líder, proponía la expropiación del latifundio, un vestigio feudal en el cual el hacendado era señor de las vidas y destinos de sus indios.

Unas horas después de la repartición de aguinaldos, Ciro y Mariano bebían con otros compañeros el tradicional chocolate caliente de esa noche. Al joven escritor le llamaron la atención los ojos de una bella compañerita y la invitó a salir a pasear por la colindante Plaza de Armas de Trujillo, la más grande del Perú. Eso le salvaría la vida.

Cuando faltaban unos minutos para la medianoche, un camión con soldados estacionó frente al local del partido. Los recién llegados portaban ametralladoras. Algunos se apostaron frente a la puerta. Un grupo de ellos penetró en el local haciendo disparos a diestra y siniestra. Hubo decenas de muertos. La mayoría de aquellos eran, por cierto, niños y amas de casa.

Por su parte, Mariano Alcántara, cansado de esperar a su amigo, se había echado a dormir bajo el escritorio de la oficina administrativa. Cuando entraron los soldados disparando, creyeron que una de sus ráfagas lo había liquidado. Fue él quien muchos años después, en nuestro Trujillo me contaría la historia.

En julio del año siguiente estallaría en esa misma ciudad una revolución que estaba destinada a ser el punto de partida de una formidable insurgencia social en el Perú. Es normal que el joven universitario Ciro Alegría participara en ella. Los rebeldes tomaron el cuartel de la ciudad y por una semana instalaron un gobierno popular. Sin embargo, las fuerzas armadas sitiaron Trujillo por aire, mar y tierra y, después de muchos desiguales combates, aplastaron la rebelión. Miles de trujillanos fueron fusilados sumariamente frente a los paredones de la antigua ciudad pre-hispánica de Chan Chan.

Ciro pudo ser uno de ellos, pero la muerte aún no lo tenía en sus listas. Luego de andar perseguido a saldo de mata, fue finalmente apresado. Un tribunales marcial decidieron su ejecución. En la cárcel, esperó durante meses que se cumpliera la fatídica sentencia.

Cuando lo conocí, varias décadas más tarde, Alegría me contó que allí, entre sueños y en medio de las cuatro paredes carcelarias, había visto a Rosendo Maqui y a los diversos personajes de su épica novela “El mundo es ancho y ajeno”. “Me moría de ganas de salir de allí para escribirla”.-me dijo.

En la obra, publicada nueve años más tarde, los indios de una comunidad andina tienen que afrontar la invasión de sus tierras por el latifundista a quien protegen las fuerzas armadas y las leyes de la república. Sólo la naturaleza que les confiere misticismo y una tremenda resistencia ancestral harán que la comunidad india persevere en su lucha. Ganadora de un premio internacional y publicada en 1941, esa novela significaría también el primer ingreso de la figura del indio en la literatura peruana. Antes de que ella se publicara, los indios no habían sido considerados dignos de entrar en las páginas todavía coloniales de los autores peruanos.

A Ciro le fue conmutada la pena de muerte por una prisión que padeció algunos años para luego exiliarse en Chile. En ese país serían editadas “La serpiente de oro” (1935) y “Los perros hambrientos” (1939). “El mundo es ancho y ajeno”, publicada en casi todas las lenguas, se convertiría después en una novela mundial.

Ni siquiera la fama conquistada por esos hechos pudo servirle para volver a su país. Sucesivas dictaduras se lo impidieron o hicieron del Perú un lugar muy peligroso para el novelista quien por fin se fue a los Estados Unidos y se dedicó allí a la cátedra universitaria.

Tras un largo exilio y después de varias décadas, regresó. Un ataque fulminante al corazón acabó con su vida en 1967. No lo habían hecho desaparecer la ametralladora de los irracionales, tampoco los azarosos años de la persecución y el martirio, ni la posibilidad de ser fusilado. Tampoco lo conseguiría la muerte porque en estos días sus lectores estamos celebrando el primer centenario de su nacimiento y la eternidad de los personajes que él reveló ni la novela que pensó mientras esperaba ser fusilado.




USA: La inmigración y las matemáticas

-¿Saben ustedes por qué se suicidó el libro de matemática?
La respuesta es: -Porque tenía demasiados problemas.

Tubular

Matemática - Foto fdecomite

Algo similar puede ocurrirle a la organización anti-inmigrante estadounidense “NumbersUSA” .

“Números”, su nombre en español, se ha hecho famosa por preconizar entre otras cosas que se despoje de la ciudadanía y, por ende, se eche del país a los recién nacidos en este territorio que no sean hijos de un ciudadano norteamericano.

A esa propuesta se llama el Acta del Derecho de Nacimiento, pero también existen las de Supresión de la Lotería de Visas, la del Fin de la Cadena, destinada a romper la unidad familiar, la CLEAR y la SAVE para incrementar la persecución policial y limpiar las calles de los sospechosos inmigrantes.

Con típico simplismo gringo, “Números” echa números y señala que todos los males de este país proceden de la inmigración.

La contaminación es la primera calamidad. El país se está contaminando con tanta gente de color. Pero además hay otras desgracias achacables a los nuevos norteamericanos como por ejemplo la bancarrota económica, la desaparición de los puestos de trabajo, la elevación de los impuestos, la magra seguridad social y tal vez incluso los desastres de la guerra en Medio Oriente. Poco les falta para decir que el genocida y demente Bin Laden a lo mejor se llama Panchito.

Para “Números”, todo se reduce a una aritmética de Perogrullo. Según su lógica, la inmigración hace crecer la población de los Estados Unidos, y por ello significa contaminación, desborde en las ciudades, crimen, desempleo y mayores impuestos para que los ciudadanos paguen por vivir con tanta gente arrimada.

Entre las personas y entidades que hacen suyo este raciocinio se hallan, por cierto, los bestiales “Minutemen”, individuos voluntarios que patrullan las fronteras para atrapar inmigrantes y torturarlos o para empujarlos hacia desiertos infernales donde la muerte es lo más seguro.

Lamentablemente, no tan sólo individuos uniformados de verde y con tatuajes son sus seguidores. En su web, NumbersUSA presume del apoyo de decenas de congresistas. Pero vayamos, número por número, desgranando las simplistas matemáticas de Numbers.

Su primera preocupación es, supuestamente, la contaminación, y lo cierto es que no hay una relación necesaria entre lo uno y lo otro. Citando números del Centro de Política de Inmigración y el Instituto de Recursos Mundiales, los Estados Unidos tiene un 23 por ciento menos población que el conjunto de naciones de la Europa Unida y, sin embargo, produce un 70 por ciento más gases de invernadero como el dióxido de carbono.

En resumidas cuentas, menos gente puede contaminar más, o al revés. No se trata de cuántos habitantes tiene un país sino de qué forma la sociedad produce y consume.

Población y desborde citadino tampoco tienen relación en común. El mal de las ciudades, su crecimiento desordenado y su tráfico incontenible dependen de un modelo de desarrollo insostenible y contaminador. Vale decir, de un planeamiento urbano que ha creado suburbios lejos del “downtown”, sin buses ni trenes de comunicación masiva, y más bien con garajes de donde emergen cada mañana dos o tres enormes coches innecesarios para una familia pequeña.

El otro número de “Números” es que los inmigrantes roban puestos de trabajo. Nada es más falso. Quienes llegan en condiciones de trabajadores manuales asumen generalmente puestos que los nativos no aceptan. Por su parte, los profesionales que arriban son altamente calificados, y su llegada complementa la fuerza de trabajo e incrementa la productividad y, por ende, los salarios de los nacionales.

La “cadena familiar de la inmigración” es también un dos por dos son cinco de “NumbersUSA”. Un latinoamericano convertido en ciudadano tarda más de siete años en lograr que uno de sus hijos solteros sea aceptado legalmente. Un residente permanente que procede de México tiene que esperar diecisiete años para eso.

Por fin, la más usual patraña es que los inmigrantes son una carga fiscal porque ganan poco, pagan poco y sus impuestos no cubren los beneficios sociales que reciben.

Esto es falso: los “ilegales” pagan todos los impuestos y no reciben compensación alguna. Los legales son quienes van a equilibrar el presupuesto de la Seguridad Social y, gracias a ellos, la explosión de los jubilados “baby boomers” tendrá una renta segura.

“Números” no ostenta una suástica ni una cruz en llamas pero disimula su racismo a través de unas matemáticas muy mal aprendidas.

-¿Conoces algún chiste de matemáticas?

-Más o menos… ¿Por…?

De verdad, Vallejo en los infiernos

“César Vallejo escuchó los pasos de su madre trajinando en la cocina y tarareando una canción. Su voz era sobrenatural. Iluminaba los espacios y hacía que se perdieran el peso y la densidad de los objetos.

Escuchándola, y sin darse cuenta, César dejó caer la taza de café y aquella no hizo ruido al chocar contra el suelo. Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la Luna comenzaba a temblar.”

-Ahora, no me diga usted que este libro es cien por ciento real- me reclama un periodista italiano con motivo de la edición de mi novela “Vallejo en los infiernos” en ese idioma.

Acaba de leer en voz alta el fragmento anterior, y, aunque lo considera bello, le fastidia que una taza de café no haga ruido al chocar con el suelo.

-No.  No es real.-respondo.

- Ah… ¿Admite usted que lo que escribe no es real?

-No es real una vez. Lo es dos, tres y muchas veces más.

Lo digo por varias razones.

La primera: Como lo denuncio en mi novela, César Vallejo fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas. Los críticos y comentaristas de su obra suelen dedicar sólo unas líneas breves –y a veces mezquinas- a este hecho, que es fundamental en la gesta de  “Trilce” y en la comprensión de ese libro y del propio país que le da origen.

Nuestro poeta fue testigo y denunciante de un acto criminal ocurrido en Santiago de Chuco, su pueblo, (1920) cuando azuzados por los poderosos, los gendarmes acantonados allí se levantaron en armas, intentaron eliminar a las autoridades locales y asesinaron a un intelectual amigo del poeta. Con piedras y con sus propias fuerzas, los vecinos impidieron que aquello se convirtiera en un genocidio.

La acción judicial fue iniciada contra los gendarmes y sus instigadores. Sin embargo, movida por fuerzas misteriosas, la Corte Superior de Trujillo la convirtió en una investigación judicial contra los denunciantes y las propias víctimas. El juez ad hoc enviado al lugar de los hechos festinó trámites, fabricó pruebas, inventó personas, dibujó firmas de personas ausentes y, bajo tortura, obtuvo la confesión de un supuesto autor material de los crímenes quien decía haber sido armado por Vallejo.

Cuando el abogado del poeta, pidió que el supuesto sicario fuera llevado ante la Corte de Trujillo, la “justicia” lo envió atado al lomo de una mula bajo custodia armada. A la mitad del camino, sus captores lo bajaron del animal y lo mataron a balazos aduciendo que había intentado huir.

Por casualidad, el juez ad hoc era también abogado de poderosas empresas donde habían estallado sublevaciones sociales, Casagrande, que en vez de salarios ofrecía coca y raciones de comida a sus trabajadores, y Quiruvilca, la mina donde miles de indios eran empujados a trabajar 20 horas al día hasta la extenuación, la tuberculosis y la muerte.

En la Universidad de Trujillo, había nacido entonces una generación de jóvenes intelectuales atraídos por el socialismo, por el anarquismo o por la sola idea cristiana de liberar a los oprimidos. Las grandes empresas y sus agentes querían escarmentarlos, inventarles algún sambenito y eliminarlos físicamente si fuera posible. Vallejo fue la víctima escogida, el incendiario, el terrorista de la época.

La segunda razón para aducir la realidad de mi novela es algo que no se suele contar: Vallejo, uno de los grandes poetas de la lengua castellana en el siglo XX, no pudo regresar jamás a su país. Si lo hubiera hecho, habría sido conducido de inmediato a los infiernos de alguna cárcel tremebunda. Ello se debe a que el proceso penal instaurado contra él nunca se extinguió, y sus enemigos anduvieron todo el tiempo buscando la extradición.

Los comentarios académicos obvian este hecho, y aluden a una risible “pasión metafísica” su imposible retorno.

La tercera razón, por fin, es que lo que fue real en 1920 se repite hasta la saciedad en nuestro tiempo. Quiruvilca, -denunciada por Vallejo en su “Tungsteno” y evocada  en mi libro “Vallejo en los infiernos”- se parece entrañablemente en los días actuales a Yanacocha.  Esta mina de oro, la más rica del mundo, se encuentra ubicada en Cajamarca, una región “vallejiana” en la que el setenta por ciento de la población padece extrema pobreza. Las denuncias de contaminación son frecuentes. Por fin, los sacerdotes que encabezan la protesta son amenazados de muerte y perseguidos por una banda de forajidos en estrecha relación con el cuerpo de seguridad de la mina.

-Amigo Gianluigi.- le digo al periodista. -Tiene usted razón. “Vallejo en los infiernos” no es real una vez. Lo es una y otra vez. Espero que no por mucho tiempo. Y también es real que un facineroso a sueldo, armado de un martillo, esperaba al poeta para acabar con él en las oscuridades del calabozo donde pasó su primera noche.

Esas son realidades diabólicas. Otras, y muy diferentes son las realidades poéticas. Y por obra de ellas, es verdad que la taza de café se quedó flotando.  Y también es verdad que:

“Cuando la madre caminaba cantando, el mundo recuperaba la naturaleza musical de su origen. La luz se partía. Los arroyos y las montañas, el viento y los árboles parecía que cantaban. Llegaba la noche, y hasta la luz de la Luna comenzaba a temblar.”


Para recitar y cantar a Vallejo al lado de Tania Libertad, haga clic en:

http://www.elcorreodesalem.com/?PHPSESSID=ae18454b3b5e986735712c11fb2ba7f4&s=tania+libertad

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