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Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales

Encontré a mi compadre Don Tuno, fabricando un hombre.

-Te está saliendo mal.- le critiqué.

-Tú lo que quieres es mujer.-respondió, y volvió a su tarea.

A mitad y mitad entre la sombra de la noche y las primeras luces del día, mirando desde el pequeño banco de madera donde me hallaba, el Maestro Eduardo Calderón Palomino, llamado también Don Tuno, lucía descomunal.

Era su panza lo que más contribuía a las asombrosas proporciones de aquella silueta a contraluz. Su cabeza parecía tallada mil años atrás con unos ojos chinos y una nariz de hacha a los que se añadía una larga cabellera recogida en la forma que lo hicieran los profetas. Por lo menos mide cuatro burros de ancho, me había dicho con el índice del secreto sobre los labios un buen amigo suyo.

Don Tuno

Don Tuno

A las cinco de la mañana en el caserío de Las Delicias de Moche, Trujillo, los difuntos se confunden con los vivos, y los animales con los hombres. Los gallos conversan con otros gallos que viven en corrales distantes, y aquellos con otros y otros, y así hasta el fin del mundo. Los perros y los lobos son una misma cosa. La creación ha vuelto a la unidad primigenia en que hombres, bestias y cosas se comunicaban. La naturaleza entera se halla recogida a la espera de vapores de luz que nacen del oriente. Unos cuantos perros vagabundos anuncian el día.

Desde esas horas, el Tuno se encontraba dedicado a la fabricación de cerámicas y tallas de madera. A las siete comenzaba a ser un sanador. En ese momento, venidos desde Trujillo y desde todos los pueblos por donde corre el río Moche, arribaban a su casa personas que confesaban padecer de todo tipo de dolencias y pesares.

El maestro los recibía uno por uno de manera reservada y les iba recetando las pociones de yerbas que consideraba necesarias para su curación. Algunos cargaban en una bolsa de tela un pequeño roedor muy escurridizo, el cuy, cuyo uso es indispensable para los diagnósticos más especializados.

He llegado a contar entre cincuenta a sesenta los cuyes sacrificados en una sola mañana. Sobre el cuerpo del paciente que, a veces no había declarado sus síntomas, el curador sobaba varias veces el breve animal todavía vivo al tiempo que repetía un ensalmo casi inaudible.

Luego de abrir por la piel al roedor, en sus entrañas palpitantes, el Tuno era capaz de descubrir la raíz del problema y buscar la solución. En unos casos, para curarse bastaba con ingerir ciertas infusiones hechas a base de yerbas. Si se trataba de una enfermedad de Dios, ésa era la solución, o la consulta a un sanador más especializado, un cardiólogo, por ejemplo.

En otros cados, cuando el mal había sido inducido por un brujo malero, mi compadre sentenciaba que se hacía necesaria una Mesa.

-¿Qué es lo más importante para fabricar un ser humano?

-¡Sólo Dios sabe!

-¡Por supuesto! Pero me refiero dentro de tu tarea, compadre.

Se quedó pensando. Miró hacia el cielo.

-¡Ser Dios debe ser una tremenda responsabilidad!… Read more »

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