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La guerra de los alfajores

Alfajores

Alfajores - Foto lovelihood

¿De dónde vienen los alfajores? ¿Cuáles son los auténticos? Estas preguntas suenan a metafísicas, y casi lo son. En Los Ángeles han desencadenado una guerra de comunicados entre argentinos, nicaragüenses, peruanos, bolivianos y chilenos. Es una guerra de la nostalgia en la que cada cual siente que lo único original sobre la tierra es lo que probó de niño en la añorada patria lejana. Róger Navas-Balladares, nacido en Nicaragua, es el culpable del conflicto. En el 2003, fundó Split Bean Coffee, una compañía dedicada ofrecer las más distintas variedades de café. De un momento a otro, se le ocurrió preparar alfajores y ha tenido éxito. Periódicos como «Los Angeles Times», «San Jose Mercury News» y «The Philadelphia Inquirer», entre otros, han hablado de una «receta misteriosa que pronto a todos nos convertirá en adictos». Manjar blanco, piña, guayaba, frambuesas, fresas, chocolate y hasta mantequilla de maní son algunos de los sabores de este postre cuya receta, según Róger, le viene desde Trujillo y Chiclayo del Perú aderezados con sus orígenes hispánicos que lo hacen trazar orígenes en alguna lejana pastelería asturiana. El profesor Samuel Huntington no para de advertir que los hispanos se van a apoderar de USA, y a lo mejor tiene razón. La historia confirma que cuando los invasores preparan pasteles y escriben poesía es porque han decidido quedarse y conquistar. Róger fue mi alumno en la Universidad de Berkeley. En vez de una rápida profesión útil, buscó el saber. Al tiempo que hacía estudios de Antropología Cultural, exploró la Kabalah y las tradiciones del judaísmo, sin dejar de lado la comida kosher. Continuó con el flamenco e hizo un viaje a la India, de donde salieran en el siglo XII los monjes heterodoxos que lo difundieron. Egipto fue el puente y, por fin, España, la receptora de aquella danza religiosa. Por todas las regiones y, por supuesto, cocinas, anduvo mi alumno. Cuando en mi clase leíamos novela latinoamericana, me rogó que incluyéramos ese recetario portentoso que es «Como agua para chocolate». No me extraña que haya trocado la toga y el birrete en el mandil y la gorra del chef. Si este conflicto se convierte en guerra santa, algún suicida puede devorar alfajores y lanzar su carro contra algún consulado de Los Ángeles. Por eso, me atrevo a recordarles a todos que el alfajor proviene de la ocupación mora de Andalucía. La etimología lo hace emerger de «al-hasú», que en árabe significa «relleno». Todavía en Cuenca, España, lo llaman «alajú» y se elabora a base de almendra, miel e higos, todo ello envuelto en una oblea. Con el tiempo, cada región de América (la que habla en cristiano) adaptó el alfajor español y cocinó sus propias versiones. Todos en todas partes preparan los «originales». Solamente en la Argentina y el Perú, hay más de veinte variedades que culminan en el delirante «kingkong», un alfajor que se hace en Chiclayo y contiene en sabroso ecumenismo una diversidad de pisos y sabores. Estudiante de Teología en Lima, María Elena Miranda señala que el alfajor prueba la existencia del alma. Moviendo la nariz al estilo de Samantha, afirma que las dos galletas son nuestros cuerpos y que el sabor es el alma difundiéndose por el Universo. Por su parte, la publicista Mariola Saavedra dice que son la dieta cotidiana de Jaren. Desde Buenos Aires, a mi consulta, la psicóloga Andrea Yannuzzi afirma que éstas son las únicas guerras que provienen del amor a la querencia. ¡Cómo será, pues! En estos cándidos días, los latinos que vivimos en USA pensamos que hemos sido hechos de barro y del soplo generoso de Dios, pero también de nostalgia y pasta de alfajores.

Ciro Alegría mientras esperaba ser fusilado

Ciro Alegría

Ciro Alegría

La más importante novela indigenista de América – “El mundo es ancho y ajeno” (1941) fue escrita por un peruano, Ciro Alegría, quien unos años antes había sobrevivido a una matanza, había esquivado un pelotón de fusilamiento, había pasado varios años en la cárcel, había sido desterrado después y la mayor parte de su vida no pudo regresar a su patria debido a que una sucesión de dictaduras se lo impidió siempre.

La Nochebuena de 1931, Ciro Alegría, entonces un muchacho de 22 años, fue al local del Partido Aprista en su ciudad de origen, Trujillo, para colaborar en el reparto de alimentos para los niños pobres. Lo acompañaba su amigo, el pintor Mariano Alcántara que más o menos tenía su misma edad.

El APRA era un movimiento político y social que había insurgido hacía pocos años para realizar grandes cambios estructurales y proponer la unión de los países hispanoamericanos contra el imperialismo de los Estados Unidos. En lo agrario, Víctor Raúl Haya de la Torre, su líder, proponía la expropiación del latifundio, un vestigio feudal en el cual el hacendado era señor de las vidas y destinos de sus indios.

Unas horas después de la repartición de aguinaldos, Ciro y Mariano bebían con otros compañeros el tradicional chocolate caliente de esa noche. Al joven escritor le llamaron la atención los ojos de una bella compañerita y la invitó a salir a pasear por la colindante Plaza de Armas de Trujillo, la más grande del Perú. Eso le salvaría la vida.

Cuando faltaban unos minutos para la medianoche, un camión con soldados estacionó frente al local del partido. Los recién llegados portaban ametralladoras. Algunos se apostaron frente a la puerta. Un grupo de ellos penetró en el local haciendo disparos a diestra y siniestra. Hubo decenas de muertos. La mayoría de aquellos eran, por cierto, niños y amas de casa.

Por su parte, Mariano Alcántara, cansado de esperar a su amigo, se había echado a dormir bajo el escritorio de la oficina administrativa. Cuando entraron los soldados disparando, creyeron que una de sus ráfagas lo había liquidado. Fue él quien muchos años después, en nuestro Trujillo me contaría la historia.

En julio del año siguiente estallaría en esa misma ciudad una revolución que estaba destinada a ser el punto de partida de una formidable insurgencia social en el Perú. Es normal que el joven universitario Ciro Alegría participara en ella. Los rebeldes tomaron el cuartel de la ciudad y por una semana instalaron un gobierno popular. Sin embargo, las fuerzas armadas sitiaron Trujillo por aire, mar y tierra y, después de muchos desiguales combates, aplastaron la rebelión. Miles de trujillanos fueron fusilados sumariamente frente a los paredones de la antigua ciudad pre-hispánica de Chan Chan.

Ciro pudo ser uno de ellos, pero la muerte aún no lo tenía en sus listas. Luego de andar perseguido a saldo de mata, fue finalmente apresado. Un tribunales marcial decidieron su ejecución. En la cárcel, esperó durante meses que se cumpliera la fatídica sentencia.

Cuando lo conocí, varias décadas más tarde, Alegría me contó que allí, entre sueños y en medio de las cuatro paredes carcelarias, había visto a Rosendo Maqui y a los diversos personajes de su épica novela “El mundo es ancho y ajeno”. “Me moría de ganas de salir de allí para escribirla”.-me dijo.

En la obra, publicada nueve años más tarde, los indios de una comunidad andina tienen que afrontar la invasión de sus tierras por el latifundista a quien protegen las fuerzas armadas y las leyes de la república. Sólo la naturaleza que les confiere misticismo y una tremenda resistencia ancestral harán que la comunidad india persevere en su lucha. Ganadora de un premio internacional y publicada en 1941, esa novela significaría también el primer ingreso de la figura del indio en la literatura peruana. Antes de que ella se publicara, los indios no habían sido considerados dignos de entrar en las páginas todavía coloniales de los autores peruanos.

A Ciro le fue conmutada la pena de muerte por una prisión que padeció algunos años para luego exiliarse en Chile. En ese país serían editadas “La serpiente de oro” (1935) y “Los perros hambrientos” (1939). “El mundo es ancho y ajeno”, publicada en casi todas las lenguas, se convertiría después en una novela mundial.

Ni siquiera la fama conquistada por esos hechos pudo servirle para volver a su país. Sucesivas dictaduras se lo impidieron o hicieron del Perú un lugar muy peligroso para el novelista quien por fin se fue a los Estados Unidos y se dedicó allí a la cátedra universitaria.

Tras un largo exilio y después de varias décadas, regresó. Un ataque fulminante al corazón acabó con su vida en 1967. No lo habían hecho desaparecer la ametralladora de los irracionales, tampoco los azarosos años de la persecución y el martirio, ni la posibilidad de ser fusilado. Tampoco lo conseguiría la muerte porque en estos días sus lectores estamos celebrando el primer centenario de su nacimiento y la eternidad de los personajes que él reveló ni la novela que pensó mientras esperaba ser fusilado.




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