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La inmigración llega a mi salón de clase

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Policía - Foto: conner395

Quiero llevarme al estudiante mexicano Alejandro Aurazo (el nombre no es el real). -dijo el hombre de la chapa.

Siempre cierro con seguro la puerta de mi salón de clase un minuto después de la hora para evitar alumnos inexactos que pretendan llegar tarde.  Sin embargo, ese día, a las 8.04 AM, alguien había golpeado con los nudillos la puerta e insistió tantas veces que abrí la ventanilla para saber quién llamaba. Eran dos hombres. Uno se identificó como empleado de la universidad. El otro me mostró la chapa de agente policial y agregó:

-Sospechamos que no tiene los papeles en regla. Tal vez es ilegal, y quiero llevarlo para que responda algunas preguntas.

-Mis alumnos no son legales ni ilegales. Son seres humanos.-le respondí, pero como sabía que no iba a comprenderme, le pregunté:

-¿Tiene usted la orden escrita de algún juez competente?

-¿Orden escrita? -El hombre sonrió. Me respondió que no la tenía, pero que valoraría muy alto mi colaboración. Mi colaboración consistiría en que delatara o entregara a un ser humano, y eso es algo que nunca he hecho en mi vida.

-Les ruego retirarse. -contesté y agregué: – Soy un catedrático universitario, y no un agente policial.

Cerré la ventanilla y volví al tema de nuestra clase. Mis alumnos habían escuchado el diálogo, pero no hicieron comentarios. Uno de los muchachos levantó la mano y me preguntó:

-¿Sería posible que nos quedáramos hablando una hora más? ¿O dos? El tema de Rulfo nos interesa mucho y podríamos dejar otras clases para escucharlo.

Acepté. Era evidente que los dos intrusos esperaban a la puerta y que mis alumnos querían cansarlos. Nunca me he sentido más orgulloso de ellos. Nos sumergimos en una clase de nunca acabar. Solamente terminamos la clase cuando estuvimos seguros de que no había moros en la costa.

Más tarde, Alejandro me llamó por teléfono para agradecerme. Me explicó que no tenía una visa, pero que estaba luchando por conseguirla y que aspiraba a tener un grado universitario.

-No me lo agradezcas, Alejandro. –le respondí. –Es normal lo que hice. No puedo dejar de ser consecuente en este momento de mi vida. Pero, eso sí, ¿tienes una novia gringuita? Cásate pronto con ella, y soluciona tu problema.

Dos semanas más tarde, Alejandro fue a mi oficina a buscarme para decirme que ya no iba a tener problemas con sus papeles.

-¿Te casaste? Deberías habernos invitado.

-No me he casado, profesor. Me he enrolado en la Guardia Nacional. Voy a entrenar y, dentro de seis meses, me enviarán a Afganistán.

-¿Afganistán? … Pero eso es la guerra. Hay muchas posibilidades de que regreses muerto. ¿No habría sido más fácil que te casaras?

-No, profesor.- respondió y luego pensándolo, agregó: -¡El matrimonio. Eso dura…!

Esa respuesta es lo único gracioso de esta historia. Ha pasado algún tiempo de eso, y Alejandro no regresó dentro de un ataúd. No. Sencillamente, ocho meses de estar preparándose militarmente, fue detenido y llevado a corte. No encontraron pruebas de que hubiera cometido un delito, pero fue relevado de la Guardia Nacional.

Pidió entonces a Inmigración una visa legal en un proceso que comenzó hace tres años y que nunca va a terminar. Mientras tanto, es nadie y vive en tierra de nadie. Puede ser que dentro de algunos años le nieguen la visa y lo echen del país. Puede que no.

Lo recordé porque acabo de leer una noticia en la CNN sobre el valioso impacto económico que significaría para este país legalizar la inmigración. Sus primeros resultados consistirían en levantar los salarios, incrementar el consumo, crear puestos de trabajo y generar un inmenso ingreso fiscal.  Por fin, generaría por lo menos 1.5 trillones de dólares al Producto Nacional Bruto en diez años.

Mientras tanto, habrá otros Alejandros. También, otros policías que toquen a la puerta, pero nunca serán suficientes.

USA: La inmigración y las matemáticas

-¿Saben ustedes por qué se suicidó el libro de matemática?
La respuesta es: -Porque tenía demasiados problemas.

Tubular

Matemática - Foto fdecomite

Algo similar puede ocurrirle a la organización anti-inmigrante estadounidense “NumbersUSA” .

“Números”, su nombre en español, se ha hecho famosa por preconizar entre otras cosas que se despoje de la ciudadanía y, por ende, se eche del país a los recién nacidos en este territorio que no sean hijos de un ciudadano norteamericano.

A esa propuesta se llama el Acta del Derecho de Nacimiento, pero también existen las de Supresión de la Lotería de Visas, la del Fin de la Cadena, destinada a romper la unidad familiar, la CLEAR y la SAVE para incrementar la persecución policial y limpiar las calles de los sospechosos inmigrantes.

Con típico simplismo gringo, “Números” echa números y señala que todos los males de este país proceden de la inmigración.

La contaminación es la primera calamidad. El país se está contaminando con tanta gente de color. Pero además hay otras desgracias achacables a los nuevos norteamericanos como por ejemplo la bancarrota económica, la desaparición de los puestos de trabajo, la elevación de los impuestos, la magra seguridad social y tal vez incluso los desastres de la guerra en Medio Oriente. Poco les falta para decir que el genocida y demente Bin Laden a lo mejor se llama Panchito.

Para “Números”, todo se reduce a una aritmética de Perogrullo. Según su lógica, la inmigración hace crecer la población de los Estados Unidos, y por ello significa contaminación, desborde en las ciudades, crimen, desempleo y mayores impuestos para que los ciudadanos paguen por vivir con tanta gente arrimada.

Entre las personas y entidades que hacen suyo este raciocinio se hallan, por cierto, los bestiales “Minutemen”, individuos voluntarios que patrullan las fronteras para atrapar inmigrantes y torturarlos o para empujarlos hacia desiertos infernales donde la muerte es lo más seguro.

Lamentablemente, no tan sólo individuos uniformados de verde y con tatuajes son sus seguidores. En su web, NumbersUSA presume del apoyo de decenas de congresistas. Pero vayamos, número por número, desgranando las simplistas matemáticas de Numbers.

Su primera preocupación es, supuestamente, la contaminación, y lo cierto es que no hay una relación necesaria entre lo uno y lo otro. Citando números del Centro de Política de Inmigración y el Instituto de Recursos Mundiales, los Estados Unidos tiene un 23 por ciento menos población que el conjunto de naciones de la Europa Unida y, sin embargo, produce un 70 por ciento más gases de invernadero como el dióxido de carbono.

En resumidas cuentas, menos gente puede contaminar más, o al revés. No se trata de cuántos habitantes tiene un país sino de qué forma la sociedad produce y consume.

Población y desborde citadino tampoco tienen relación en común. El mal de las ciudades, su crecimiento desordenado y su tráfico incontenible dependen de un modelo de desarrollo insostenible y contaminador. Vale decir, de un planeamiento urbano que ha creado suburbios lejos del “downtown”, sin buses ni trenes de comunicación masiva, y más bien con garajes de donde emergen cada mañana dos o tres enormes coches innecesarios para una familia pequeña.

El otro número de “Números” es que los inmigrantes roban puestos de trabajo. Nada es más falso. Quienes llegan en condiciones de trabajadores manuales asumen generalmente puestos que los nativos no aceptan. Por su parte, los profesionales que arriban son altamente calificados, y su llegada complementa la fuerza de trabajo e incrementa la productividad y, por ende, los salarios de los nacionales.

La “cadena familiar de la inmigración” es también un dos por dos son cinco de “NumbersUSA”. Un latinoamericano convertido en ciudadano tarda más de siete años en lograr que uno de sus hijos solteros sea aceptado legalmente. Un residente permanente que procede de México tiene que esperar diecisiete años para eso.

Por fin, la más usual patraña es que los inmigrantes son una carga fiscal porque ganan poco, pagan poco y sus impuestos no cubren los beneficios sociales que reciben.

Esto es falso: los “ilegales” pagan todos los impuestos y no reciben compensación alguna. Los legales son quienes van a equilibrar el presupuesto de la Seguridad Social y, gracias a ellos, la explosión de los jubilados “baby boomers” tendrá una renta segura.

“Números” no ostenta una suástica ni una cruz en llamas pero disimula su racismo a través de unas matemáticas muy mal aprendidas.

-¿Conoces algún chiste de matemáticas?

-Más o menos… ¿Por…?

El día en que fui invisible

En unas doscientas ciudades de los Estados Unidos- incluidas Nueva York, Los Ángeles, San Francisco y Chicago- millones de manifestantes desfilaron por las calles, cruzaron puentes y se juntaron en parques y plazas el primero de mayo para demandar que cese la persecución contra los inmigrantes y apoyar la promesa del presidente Obama de poner en efecto una reforma migratoria efectiva e integral.

Eran millones, pero la televisión no los vio.

No quiero creer que fuera censura. Ese día también perdieron muchas horas de TV las alarmantes y alarmistas noticias sobre la gripe porcina.

No fue eso. Fue algo más inocente o inocentón. Ante la jubilación de David Souter, uno de los jueces de la Corte Suprema, los analistas se pasaron horas de horas divagando sobre quién sería el sucesor nombrado por el presidente Barack Obama, y le robaron espacio a los acontecimientos más importantes del día.

Los comentaristas de este país deliran por interpretarlo todo con los criterios de “género y etnia”, y se preguntaban si sería blanco, negro, hombre, mujer o gay la persona designada por el mandatario. Los más “liberales” terminaron por recomendar que, en caso de no haber un candidato gay, se nombrara a una abogada que es al mismo tiempo mujer e hispana.

Por mi parte, creo que el género y la etnia son tan irrelevantes para juzgar a una persona como lo serían el signo zodiacal o el año de su nacimiento en el calendario chino.

Sin embargo, este país ha reemplazado su tradicional obsesión en la raza por otra basada en el género y la etnia, y por eso les resulta difícil entender cualquier fenómeno social que sobrepase esos parámetros.

Los millones de seres invisibles que salieron ese día a las calles exigieron derechos a la identidad, el trabajo, la libertad, la salud, el idioma y la cultura que les han sido suprimidos o corren peligro. No eran ellos solamente inmigrantes legales e ilegales. Los acompañaban los sindicatos que están celebrando por primera vez en USA el Día Internacional del Trabajo. No los vio la televisión.

Si todo eso no les parece periodístico a las cámaras, hay algo que tal vez les puede resultar urgente. En este momento de bancarrota económica, la reforma migratoria es fundamental para la propia supervivencia de los Estados Unidos. Veamos unas cuantas razones para ello:

Primera: La inmigración es un beneficio fiscal neto para la economía estadounidense. Un reporte del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca en 2007 señala que el incremento de la fuerza de trabajo, gracias a los inmigrantes, ha estimulado la inversión de capitales e incrementado el Producto Nacional Bruto en 37 billones de dólares cada año.

Segunda: Los inmigrantes pagan mucho más en impuestos de lo que consumen en beneficios sociales. Así lo determina en 1997 el Consejo Nacional de la Investigación, National Research Council , o NRC según sus siglas en inglés.

Tercera: Los inmigrantes ilegales también pagan impuestos.

Texas, Iowa y Oregón son algunos de los estados que informan en reportes públicos, entre 2006 y 2007, que estos trabajadores, en vez de drenar los servicios públicos, los subsidian. Texas teme incluso que una eventual ausencia de los mismos lleve a ese estado a la bancarrota fiscal.

Cuarta: La administración del Seguro Social informa que los indocumentados cuentan por una mayor porción de los billones de dólares que entran en sus cajas y no tiene contrapartida. Esos trabajadores suministran números falsos a su empleador quien les descuenta ese pago y lo hace efectivo. Sin embargo, ellos no podrán jamás acceder a un beneficio mínimo.

Quinta: Este año cumplen 64 años, y comienzan a jubilarse, los “baby boomers”. Se llama así a los norteamericanos nacidos en 1945, luego de la Segunda Guerra Mundial cuando los soldados volvieron a casa y produjeron una explosión de nacimientos. Se calcula que su número es similar al de quienes hoy reciben pensión cada mes. ¿Qué hará el Seguro Social para pagarles?… La legalización de los inmigrantes es su único camino.

Hay muchas razones más, pero éstas cuentan. Las recuerdo porque ese día participé en la marcha hacia el Capitolio de Oregón. Como escritor latinoamericano, me invitaron a ser orador, hablé en nuestro querido castellano, la lengua que nos hace libres… y como otros millones de personas, también fui un ser invisible.


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