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La guerra de los alfajores

Alfajores

Alfajores - Foto lovelihood

¿De dónde vienen los alfajores? ¿Cuáles son los auténticos? Estas preguntas suenan a metafísicas, y casi lo son. En Los Ángeles han desencadenado una guerra de comunicados entre argentinos, nicaragüenses, peruanos, bolivianos y chilenos. Es una guerra de la nostalgia en la que cada cual siente que lo único original sobre la tierra es lo que probó de niño en la añorada patria lejana. Róger Navas-Balladares, nacido en Nicaragua, es el culpable del conflicto. En el 2003, fundó Split Bean Coffee, una compañía dedicada ofrecer las más distintas variedades de café. De un momento a otro, se le ocurrió preparar alfajores y ha tenido éxito. Periódicos como «Los Angeles Times», «San Jose Mercury News» y «The Philadelphia Inquirer», entre otros, han hablado de una «receta misteriosa que pronto a todos nos convertirá en adictos». Manjar blanco, piña, guayaba, frambuesas, fresas, chocolate y hasta mantequilla de maní son algunos de los sabores de este postre cuya receta, según Róger, le viene desde Trujillo y Chiclayo del Perú aderezados con sus orígenes hispánicos que lo hacen trazar orígenes en alguna lejana pastelería asturiana. El profesor Samuel Huntington no para de advertir que los hispanos se van a apoderar de USA, y a lo mejor tiene razón. La historia confirma que cuando los invasores preparan pasteles y escriben poesía es porque han decidido quedarse y conquistar. Róger fue mi alumno en la Universidad de Berkeley. En vez de una rápida profesión útil, buscó el saber. Al tiempo que hacía estudios de Antropología Cultural, exploró la Kabalah y las tradiciones del judaísmo, sin dejar de lado la comida kosher. Continuó con el flamenco e hizo un viaje a la India, de donde salieran en el siglo XII los monjes heterodoxos que lo difundieron. Egipto fue el puente y, por fin, España, la receptora de aquella danza religiosa. Por todas las regiones y, por supuesto, cocinas, anduvo mi alumno. Cuando en mi clase leíamos novela latinoamericana, me rogó que incluyéramos ese recetario portentoso que es «Como agua para chocolate». No me extraña que haya trocado la toga y el birrete en el mandil y la gorra del chef. Si este conflicto se convierte en guerra santa, algún suicida puede devorar alfajores y lanzar su carro contra algún consulado de Los Ángeles. Por eso, me atrevo a recordarles a todos que el alfajor proviene de la ocupación mora de Andalucía. La etimología lo hace emerger de «al-hasú», que en árabe significa «relleno». Todavía en Cuenca, España, lo llaman «alajú» y se elabora a base de almendra, miel e higos, todo ello envuelto en una oblea. Con el tiempo, cada región de América (la que habla en cristiano) adaptó el alfajor español y cocinó sus propias versiones. Todos en todas partes preparan los «originales». Solamente en la Argentina y el Perú, hay más de veinte variedades que culminan en el delirante «kingkong», un alfajor que se hace en Chiclayo y contiene en sabroso ecumenismo una diversidad de pisos y sabores. Estudiante de Teología en Lima, María Elena Miranda señala que el alfajor prueba la existencia del alma. Moviendo la nariz al estilo de Samantha, afirma que las dos galletas son nuestros cuerpos y que el sabor es el alma difundiéndose por el Universo. Por su parte, la publicista Mariola Saavedra dice que son la dieta cotidiana de Jaren. Desde Buenos Aires, a mi consulta, la psicóloga Andrea Yannuzzi afirma que éstas son las únicas guerras que provienen del amor a la querencia. ¡Cómo será, pues! En estos cándidos días, los latinos que vivimos en USA pensamos que hemos sido hechos de barro y del soplo generoso de Dios, pero también de nostalgia y pasta de alfajores.

El gato y la literatura

Gracias, queridos amigos del “Correo de Salem”. Como lo recuerdan, mil y tantos de ustedes colmaron ayer las instalaciones del antiguo Senado para presenciar la condecoración que me otorgaba el Congreso de la República. Decenas de emails me piden ahora una copia de lo que dije. Como no lo escribí, aquí va algo de lo que se grabó ese día. Gracias, siempre, Eduardo.


Chepén, Perú - Foto todochepen.com

Chepén, Perú - Foto todochepen.com

Un día en Chepén, mi pueblo, cuando yo tenía 15 años, visité a una tía abuela llamada Mercedes que acababa de cumplir 99.

Al entrar en su casa descubrí que ella estaba rezando el rosario. Como no me había visto, tomé asiento cerca de ella para no interrumpir su devoción, y me dediqué a leer una revista. Sin embargo, había algo de extraño en el asunto: mi tía Mercedes recitaba solamente la primera parte del Ave María, y se quedaba un rato esperando como si estuviera en la iglesia o como si alguien a su lado recitara el “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Miré hacia uno y otro lado, y no encontré a su probable acompañante. Mi curiosidad me hizo levantarme y me fui aproximando a la solitaria devota. Al final, descubrí que había alguien a su lado, pero no era un ser humano. Era su gato. Cada vez que mi tía terminaba la primera parte del Ave María, el gato la acompañaba con un largo ronroneo, como hacen siempre los felinos cuando de puro cariño prenden su motor interno junto a alguien que los ama.

Cuando la anciana y el gato terminaron de rezar, puse una silla al lado de ella y le pedí que me contara historias. Mi tía era una excelente narradora oral, y creo que sus ficciones fueron el origen de los relatos que en ese tiempo quinceañero comencé a escribir.

Sin embargo, en ese momento se me presentó otro problema. A sus 99, mi tía estaba muy bien de salud, pero padecía de algunos olvidos. Comenzaba a contarme alguna apasionante historia de comienzos del siglo XX, pero cuando ya a estaba a punto de llegar al desenlace se olvidaba de la que había iniciado y comenzaba otra.

Como se diera cuenta de mi sorpresa, mi tía me dijo:

-Entiendo, hijito. Pero también quiero que tú me entiendas. Cuando a los viejos ya nos toca irnos de este mundo, nos sentamos como yo en una mecedora a olvidar. Así como la gente joven va a la escuela para recordar algunas disciplinas y conceptos, los viejos nos sentamos todas las tardes a olvidar.

Creo que ese día fue definitivo en el inicio de mi vocación literaria. Me di cuenta de que la literatura sirve como el gato de mi tía Mercedes para evitar que estemos completamente solos en el mundo y para permitirnos que aun en las mayores soledades, podamos comunicarnos con nuestro Dios, el universo, nuestra tierra y la gente que más queremos en ella.

Como las cincuenta avemarías que mi vieja tía rezaba, la misión del creador de ficciones consiste en decir, expresar, mascullar y hasta proclamar canciones de recuerdos y de nostalgia dirigidas hacia la esperada felicidad colectiva de los hombres y hacia las infinitas extensiones de la vida.

Comprendí, además, que así como en la escuela se enseña a recordar, había también que aprender a olvidar y que esa también podía ser misión de la literatura que yo produjera: hacer que nuestra gente olvide la dureza y la perversidad de esa prolongada noche de insomnio, de violencia y de sangre que las más de las veces ha sido la historia del Perú.

Hacer la paz con los malos recuerdos no significa sin embargo decretar el olvido del crimen, ni menos aceptar con resignación el abuso, ni mucho menos consentir en la impunidad de los perversos y de los injustos. Como el gato que despertaba a mi tía luego de un largo rosario, pensé que la literatura debería sacar del letargo a nuestra gente y hacerle ver que la democracia y la libertad no se regalan sino que se conquistan. Los escritores usualmente han asumido como suya la función de rehacer la historia. En el Perú que nos ha tocado vivir, esa función es mucho más imperiosa. Aquí hay que impedir que nuestra historia se deshaga.

Mis libros no puede borrar la explotación de los pobres, la corrupción de los poderosos, ni la tortura y el genocidio con que se suele reprimir la cólera del pobre y del justo. Mi literatura no va a cambiar al mundo, pero me impulsa a servir causas generosas y valores sin los cuales el hombre deja de ser hombre y la sociedad se hace insoportable.

Y esa fue la misión que me impuse a la edad de quince años cuando escribí mi primer cuento y conocí al gato y los olvidos de mi tía Mercedes. Si quieren ustedes saber lo que ocurrió después, se lo cuento. Un año más tarde, la muerte fue a visitar a la anciana… y tal vez ambas se quedaron a conversar y a rezar, juntas para siempre.

Ciro Alegría mientras esperaba ser fusilado

Ciro Alegría

Ciro Alegría

La más importante novela indigenista de América – “El mundo es ancho y ajeno” (1941) fue escrita por un peruano, Ciro Alegría, quien unos años antes había sobrevivido a una matanza, había esquivado un pelotón de fusilamiento, había pasado varios años en la cárcel, había sido desterrado después y la mayor parte de su vida no pudo regresar a su patria debido a que una sucesión de dictaduras se lo impidió siempre.

La Nochebuena de 1931, Ciro Alegría, entonces un muchacho de 22 años, fue al local del Partido Aprista en su ciudad de origen, Trujillo, para colaborar en el reparto de alimentos para los niños pobres. Lo acompañaba su amigo, el pintor Mariano Alcántara que más o menos tenía su misma edad.

El APRA era un movimiento político y social que había insurgido hacía pocos años para realizar grandes cambios estructurales y proponer la unión de los países hispanoamericanos contra el imperialismo de los Estados Unidos. En lo agrario, Víctor Raúl Haya de la Torre, su líder, proponía la expropiación del latifundio, un vestigio feudal en el cual el hacendado era señor de las vidas y destinos de sus indios.

Unas horas después de la repartición de aguinaldos, Ciro y Mariano bebían con otros compañeros el tradicional chocolate caliente de esa noche. Al joven escritor le llamaron la atención los ojos de una bella compañerita y la invitó a salir a pasear por la colindante Plaza de Armas de Trujillo, la más grande del Perú. Eso le salvaría la vida.

Cuando faltaban unos minutos para la medianoche, un camión con soldados estacionó frente al local del partido. Los recién llegados portaban ametralladoras. Algunos se apostaron frente a la puerta. Un grupo de ellos penetró en el local haciendo disparos a diestra y siniestra. Hubo decenas de muertos. La mayoría de aquellos eran, por cierto, niños y amas de casa.

Por su parte, Mariano Alcántara, cansado de esperar a su amigo, se había echado a dormir bajo el escritorio de la oficina administrativa. Cuando entraron los soldados disparando, creyeron que una de sus ráfagas lo había liquidado. Fue él quien muchos años después, en nuestro Trujillo me contaría la historia.

En julio del año siguiente estallaría en esa misma ciudad una revolución que estaba destinada a ser el punto de partida de una formidable insurgencia social en el Perú. Es normal que el joven universitario Ciro Alegría participara en ella. Los rebeldes tomaron el cuartel de la ciudad y por una semana instalaron un gobierno popular. Sin embargo, las fuerzas armadas sitiaron Trujillo por aire, mar y tierra y, después de muchos desiguales combates, aplastaron la rebelión. Miles de trujillanos fueron fusilados sumariamente frente a los paredones de la antigua ciudad pre-hispánica de Chan Chan.

Ciro pudo ser uno de ellos, pero la muerte aún no lo tenía en sus listas. Luego de andar perseguido a saldo de mata, fue finalmente apresado. Un tribunales marcial decidieron su ejecución. En la cárcel, esperó durante meses que se cumpliera la fatídica sentencia.

Cuando lo conocí, varias décadas más tarde, Alegría me contó que allí, entre sueños y en medio de las cuatro paredes carcelarias, había visto a Rosendo Maqui y a los diversos personajes de su épica novela “El mundo es ancho y ajeno”. “Me moría de ganas de salir de allí para escribirla”.-me dijo.

En la obra, publicada nueve años más tarde, los indios de una comunidad andina tienen que afrontar la invasión de sus tierras por el latifundista a quien protegen las fuerzas armadas y las leyes de la república. Sólo la naturaleza que les confiere misticismo y una tremenda resistencia ancestral harán que la comunidad india persevere en su lucha. Ganadora de un premio internacional y publicada en 1941, esa novela significaría también el primer ingreso de la figura del indio en la literatura peruana. Antes de que ella se publicara, los indios no habían sido considerados dignos de entrar en las páginas todavía coloniales de los autores peruanos.

A Ciro le fue conmutada la pena de muerte por una prisión que padeció algunos años para luego exiliarse en Chile. En ese país serían editadas “La serpiente de oro” (1935) y “Los perros hambrientos” (1939). “El mundo es ancho y ajeno”, publicada en casi todas las lenguas, se convertiría después en una novela mundial.

Ni siquiera la fama conquistada por esos hechos pudo servirle para volver a su país. Sucesivas dictaduras se lo impidieron o hicieron del Perú un lugar muy peligroso para el novelista quien por fin se fue a los Estados Unidos y se dedicó allí a la cátedra universitaria.

Tras un largo exilio y después de varias décadas, regresó. Un ataque fulminante al corazón acabó con su vida en 1967. No lo habían hecho desaparecer la ametralladora de los irracionales, tampoco los azarosos años de la persecución y el martirio, ni la posibilidad de ser fusilado. Tampoco lo conseguiría la muerte porque en estos días sus lectores estamos celebrando el primer centenario de su nacimiento y la eternidad de los personajes que él reveló ni la novela que pensó mientras esperaba ser fusilado.




Lima, Carlos V y el pisco sauer

«Si la reina de España muriera / Carlos Quinto querría reinar. / Correría la sangre española / como corren las olas del mar».

Desde fines del siglo XIX, los peruanos suelen terminar una fiesta danzando al compás de este valse cuya letra parece no tener ni pies ni cabeza para cualquier persona con un mínimo de conocimiento de la historia de España. Y sin embargo, los bailarines sacan chispas del suelo, levantan la cabeza como si estuvieran bailando flamenco y contestan ceceando que no tienen respuesta alguna cuando se les pregunta a qué Carlos Quinto se refieren.

Hmm Pisco Sour

Pisco sauer - Foto tomaszd

El cantado Carlos V no fue el emperador de ese nombre, si se recuerda que aquel no sucedió a ninguna reina con la que tuviera problemas. Como cualquiera puede recordar, por orden dinástico, era el quinto Carlos de Alemania, pero el primero de España, países ambos que se juntaban bajo su égida. Después de él, siguieron varios monarcas Carlos, pero no llegaron hasta el quinto. Y sin embargo, el Quinto es el que visitó Lima?

Para no volver a una historia, que de suyo es larga, resumimos: a la muerte de Fernando VII, por falta de un descendiente varón, se designó a su hija Isabel como heredera. Don Carlos, el hermano del monarca, no aceptó esta sucesión, y las pretensiones al trono, las suyas y las de sus herederos, generaron durante los siglos XIX y XX una serie de guerras que oficialmente no han terminado. Cosas de españoles, como diría César Vallejo.

Este es el Carlos V al que cantan los limeños. No llegó a ser rey, pero fue recibido como un rey por los limeños, cuando llegó a la capital del Perú en 1875, durante un viaje de propaganda que lo llevaría también a otras antiguas colonias. Se alojó en el hotel Maury y, durante dos meses, fue el centro de las atenciones de los limeños.

De su efímera presencia es resultado el valse con que se inicia esta nota, y también lo es la expresión popular «no hay quinto malo». Y por fin, su visita es el origen de uno de los más deliciosos, pecaminosos y eufóricos símbolos nacionales, el pisco sauer, preparado en su homenaje, cuyo nombre basta para desbordar la nostalgia de los peruanos que vivimos en el extranjero.

Lima fue fundada con el nombre oficial de Ciudad de los Reyes, pero en los trescientos años de la colonia, no hubo ni uno siquiera que la visitara. Tal vez, quien la vio más de cerca fue Felipe II de quien se dice que, recluido en El Escorial, se empinaba en las noches de Castilla para vislumbrar detrás de las montañas las luces sobrenaturales de México, Lima o el Cusco.

Para colmo, el personaje de mayor alcurnia que haya ejercido autoridad en el Perú fue alcalde de Trujillo, pero no de Lima. Me refiero a Manuel Godoy, príncipe de la Paz, duque de Alcudia y ministro omnipotente de Carlos IV, quien dotó a la ciudad rival con un escudo de armas frente al cual el de Lima es plebeyo o de clase media.

¿Se debe colegir de todo esto que Lima es una ciudad nostálgica de los reyes que nunca la visitaron y que, sin embargo, le dieron su nombre? Tal vez. El delirio popular que suscita la presencia de la pareja real española cuando visita el Perú parecería comprobarlo. Además, de acuerdo con encuestas de la agencia Datum, España y sus monarcas actuales son el país y los personajes que más simpatías despiertan entre los peruanos.

Sin amores obligatorios, España y sus reyes de hoy son los únicos responsables de la amistad que suscitan, y hay un hecho concreto que hace admirable a su monarca. En la historia mundial del siglo veinte, y en toda la de España, Juan Carlos es el único rey que ha sido capaz de rescatar la democracia en su país sin más arma que su indómita presencia moral.

En Madrid, ocurrió algo que nunca se había visto, un hombre solo y sin pistolas, fue capaz de detener las máquinas de guerra y la ferocidad de un golpe de Estado. Fue en los años 80 y aconteció después de que, en una historia similar, los militares de Grecia habían depuesto al rey Constantino, hermano de doña Sofía. Pero el rey no fue ni calculador ni pusilánime, ni siquiera prudente, fue español.

El premio Nobel de la Paz, que entonces pedimos para él, no le fue conferido, y ese galardón junto con el que no le fue entregado a Borges y el que se le regatea a Vargas Llosa es una de las deudas que tiene con nosotros la Academia Sueca, la cual ha perdido, de esa manera, algunos nombres que podrían haber sido premios para el premio Nobel.

De San Pedro de Alcántara dijo Santa Teresa que parecía hecho de raíces de árbol. De esa forma y consistencia es la imagen que España y su rey nos ofrecen a los hispanoamericanos. Por encima y por debajo de la pasajera y fatua nostalgia, hay una maraña de raíces perpetuas, cierta fe indomable, una permanente aventura y una manera de ser que nos vinculan mientras el mundo sea mundo.

YA VIENE HUGO MUÑOZ – Con ocasión de la sentencia sobre Alberto Fujimori:

Hugo fue despertado, pasada la medianoche, con fuertes golpes en la puerta de su casa. “Ya voy. Ya voy”, gritó, y fue al baño a arreglarse. “Se han equivocado. Creen que es mi cumpleaños”- quizás se dijo. “Deben de estar mareados. Voy a invitarles un café.

Así puede haber sido el comienzo de esa noche. Lo supongo porque lo conocí y fui su profesor en la universidad, y sé que era agradable y amiguero, que no iba a dejar a nadie esperándolo aunque ya fuera la una y 45. “Ya voy”, gritó de nuevo cuando volvieron a escucharse los golpes a la puerta.

La noche del 18 de julio de 1992, no le dieron tiempo de arreglarse. A patadas abrieron la puerta de su casa dos encapuchados que portaban metralletas. Pasaron junto a la cama donde dormían la esposa y el bebé del profesor sin cuidarse de ser vistos, y por fin a él lo redujeron por la fuerza y lo obligaron a salir.

Hugo Muñoz era esperado en la puerta por un grupo de soldados, varias camionetas de uso militar y el mayor Martín Rivas, jefe del grupo “Colina” y ejecutor de las disposiciones del entonces presidente del Perú, Alberto Fujimori.

En los pabellones estudiantiles, secuestraron a siete muchachos y dos chicas. Ya a bordo de las furgonetas, los secuestrados fueron golpeados con brutalidad a fin de “amansarlos”, según ordenaba Rivas, a quien le encantaba ese trabajo.

Luego de dos horas por la carretera central del Perú, los vehículos se detuvieron y un grupo de soldados bajó con palas a cavar las futuras tumbas. En medio de forcejeos y gritos, los detenidos fueron obligados a arrodillarse. A causa de las bestiales torturas, alguno ya había muerto en la camioneta. Al fin, Martín Rivas dio la orden de disparar sobre el grupo.

Las diez jóvenes víctimas de Fujimori fueron enterradas de prisa porque ya amanecía y estaban pasando otros vehículos. En los días que siguieron, los criminales los enterraron y desenterraron dos veces más hasta que por fin decidieron prenderles fuego, y echarles tierra encima.

Uno de los ejecutores, acogido al sistema de confesión sincera, relataría después que se pensaba llevar a los secuestrados al Cuartel General del Ejército, de donde procedían las decisiones, pero que de allí llegó la contraorden, y por fin, el mandato final del exterminio.

¿Quién dio la orden del crimen? Cuando se lo preguntaron al mayor Rivas, respondió: “Si Pérez Documet era el general a cargo de la DIFE, ¿quiénes eran los únicos que podían estar sobre él? Está claro, ¿no? Si las órdenes no venían de Fujimori, Montesinos y Hermoza, ¿de quién más podían venir?”.

Todos saben que aquella noche como todas las noches de ese tiempo funesto, Alberto Fujimori pernoctaba en el Cuartel General porque tenía miedo, mucho miedo.

Todos saben también que, días después, al denunciarse el secuestro de los estudiantes, salió a la televisión para declarar al país que los estudiantes se habían autosecuestrado o que se habían ido de la universidad para unirse a las huestes de Sendero Luminoso.

Todos saben que cuando una comisión del Congreso investigaba el crimen, los tanques de Fujimori rodearon la casa legislativa para amedrentar a la Comisión Investigadora.

Todos saben también que, tiempo después, al descubrirse los cadáveres, y llevados a juicio los ejecutores, no cumplieron un solo día de cárcel, y pronto recibieron la amnistía presidencial.

Todos saben en el Perú que los nueve modestos estudiantes y su profesor fueron víctimas de una masacre ordenada por un hombre que hacía gala de su admiración por una bestia vecina, y dijo en esos días: “El será Pinochet, pero yo soy Chinochet.”

Todos saben que este personaje simplón, seminalfabeto, casi lombrosiano, justificó en público y en privado, todas las veces que pudo, el baño de sangre como único camino para derrotar al senderismo.

Por todo esto, que todos saben, es inconcebible que se le siga llamando político y que se llame partido político a la pandilla de sus seguidores. Aquellos exigen la absolución de su jefe o la amnistía presidencial en un país donde están en vigencia la Constitución y las leyes.

Se ha amenazado sin éxito al presidente, a los jueces y a los fiscales. A todo el resto de los peruanos, se nos quiere asustar.

Yo conocí a Hugo Muñoz, y no lo voy a olvidar. Usted, tampoco, Alberto Fujimori. Usted no duerme ya en la Comandancia del Ejército, ni duerme. En sus noches blancas, quizás en este mismo momento mira angustiado la pared de su celda, y cree ver a Hugo Muñoz. “Ya voy. Ya voy”- tal vez le dice. Y eso es verdad: Ya viene.

Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales

Encontré a mi compadre Don Tuno, fabricando un hombre.

-Te está saliendo mal.- le critiqué.

-Tú lo que quieres es mujer.-respondió, y volvió a su tarea.

A mitad y mitad entre la sombra de la noche y las primeras luces del día, mirando desde el pequeño banco de madera donde me hallaba, el Maestro Eduardo Calderón Palomino, llamado también Don Tuno, lucía descomunal.

Era su panza lo que más contribuía a las asombrosas proporciones de aquella silueta a contraluz. Su cabeza parecía tallada mil años atrás con unos ojos chinos y una nariz de hacha a los que se añadía una larga cabellera recogida en la forma que lo hicieran los profetas. Por lo menos mide cuatro burros de ancho, me había dicho con el índice del secreto sobre los labios un buen amigo suyo.

Don Tuno

Don Tuno

A las cinco de la mañana en el caserío de Las Delicias de Moche, Trujillo, los difuntos se confunden con los vivos, y los animales con los hombres. Los gallos conversan con otros gallos que viven en corrales distantes, y aquellos con otros y otros, y así hasta el fin del mundo. Los perros y los lobos son una misma cosa. La creación ha vuelto a la unidad primigenia en que hombres, bestias y cosas se comunicaban. La naturaleza entera se halla recogida a la espera de vapores de luz que nacen del oriente. Unos cuantos perros vagabundos anuncian el día.

Desde esas horas, el Tuno se encontraba dedicado a la fabricación de cerámicas y tallas de madera. A las siete comenzaba a ser un sanador. En ese momento, venidos desde Trujillo y desde todos los pueblos por donde corre el río Moche, arribaban a su casa personas que confesaban padecer de todo tipo de dolencias y pesares.

El maestro los recibía uno por uno de manera reservada y les iba recetando las pociones de yerbas que consideraba necesarias para su curación. Algunos cargaban en una bolsa de tela un pequeño roedor muy escurridizo, el cuy, cuyo uso es indispensable para los diagnósticos más especializados.

He llegado a contar entre cincuenta a sesenta los cuyes sacrificados en una sola mañana. Sobre el cuerpo del paciente que, a veces no había declarado sus síntomas, el curador sobaba varias veces el breve animal todavía vivo al tiempo que repetía un ensalmo casi inaudible.

Luego de abrir por la piel al roedor, en sus entrañas palpitantes, el Tuno era capaz de descubrir la raíz del problema y buscar la solución. En unos casos, para curarse bastaba con ingerir ciertas infusiones hechas a base de yerbas. Si se trataba de una enfermedad de Dios, ésa era la solución, o la consulta a un sanador más especializado, un cardiólogo, por ejemplo.

En otros cados, cuando el mal había sido inducido por un brujo malero, mi compadre sentenciaba que se hacía necesaria una Mesa.

-¿Qué es lo más importante para fabricar un ser humano?

-¡Sólo Dios sabe!

-¡Por supuesto! Pero me refiero dentro de tu tarea, compadre.

Se quedó pensando. Miró hacia el cielo.

-¡Ser Dios debe ser una tremenda responsabilidad!… Read more »

¿ISAAC GOLDEMBERG EXISTE?

Me parece que nos conocimos el año 76, la primera vez que vine a este país, pero ese puede ser un recuerdo inventado.Existe, incluso, una anécdota acerca de cómo fue nuestro encuentro, pero me ha sido narrada tantas veces durante estos últimos años y con tantas variantes que no creo que sea completamente cierta, ni tampoco puedo decir cuál de los dos es el que recuerda y funge de narrador en esa historia. Lo peor de todo es que los dos somos narradores.

black from the bridge

New York - photo credit: charlie cravero

Ocurrió en New York, según lo que me han contado, y más precisamente, en una reunión en el Village. Nos hallábamos dentro de un grupo de personas cuyas principales actividades eran el teatro y la pintura. Se hablaba en inglés, y sin embargo no sé por qué sospeché que el tipo que se hallaba a mi costado entendía castellano. O quizás fue él quien me lo preguntó:

-Do you speak Spanish?

-Claro que sí. Soy peruano, ¿sabe?

-!Que coincidencia!… Yo también lo soy.

La conversación del grupo se reanuda. Quizás el tema es Jimmy Carter, el candidato demócrata de ese año, o quizás no porque, en este tipo de charlas, cada persona tiene un tema que no necesariamente comparten los demás, y la más conmovedora muestra de solidaridad humana se da en el hecho de que nadie escucha a nadie, pero todos hablan y parecen sentirse muy contentos de ello.

-Bueno, yo soy del norte del Perú.

-Otra coincidencia más. También yo lo soy.

Una señora me llama a un lado para preguntarme qué opino sobre el pintor que acaba de inaugurar una exposición en la galería del costado, y esto corta por un instante las coincidencias.

-Es un pillo, un suplantador, un plagiario.

No tengo tiempo para decirle a la señora que no he acudido al “vernissage”, pero no le importa. Más bien, está interesada en que conozca su opinión.

-¿Y tú qué haces? – Aprovecho un descuido de la señora para preguntárselo a Isaac. O quizás es al revés:

-Escribo cuentos y novelas.

-No puede ser. Eso es lo mismo que yo hago. Para acabar con las coincidencias, me dijiste que al igual que yo eres del norte del Perú. Bueno, pero supongo que no de la provincia de Pacasmayo. ¿No?

-De allí mismo. ¿Y en qué distrito de la provincia has nacido?

-En Chepén, en la calle Lima- respondemos los dos al mismo tiempo. (Creo que aquí falla el relato porque tendría que haber un tercer personaje que pregunte.)

De eso hace casi un cuarto de siglo y nunca nos hemos vuelto a ver, si es que aquella vez de veras nos vimos. Quienes repiten la anécdota no dicen si en esos momentos yo había leído “La vida a plazos de don Jacobo Lerner”, esa soberbia novela de Goldemberg cuyo tema es la vida de la comunidad judía en el Perú. Claro que tampoco pueden saberlo, pero sí, ya la había leído, y me parecio realmente extraordinaria. Fue publicada en inglés y en castellano y mereció reseñas elogiosas del New York Times, Newsweek, The New Yorker, entre otros, y sin embargo nada de eso prueba que Isaac y yo nos hallamos conocido.

Es más, últimamente llegó a mis manos otro texto suyo, un voluminoso ejemplar de “El Gran Libro de América Judía”, la antología más completa sobre la vida, milagros, obras y peregrinaciones del Pueblo del Libro en este continente. Una novela más –“Tiempo al tiempo” y cinco libros de poesía completan una obra que ha sido traducida al inglés, francés, hebreo, italiano y alemán.

Después de la vez que nos vimos en New York (suponiendo que nos vimos), nos hemos cruzado decenas de veces en el Perú. Nuestros tiempos de vacaciones coinciden y, durante el verano gringo, hemos estado los mismo días en Cusco, Lima, Trujillo y Chepén, y generalmente en medio del mismo grupo de amigos, pero siempre ha habido alguien que me ha dicho que “justo hace cinco minutos estuvo Isaac aquí” y de inmediato me ha relatado la famosa anécdota. Lo único que suele variar es la ciudad donde nos conocimos que a veces es también San Francisco como puede ser Sevilla, París o Jerusalem

El asunto viene a cuento porque hace unos años coincidimos en Lima durante la Feria Internacional del Libro e incluso en el mismo ámbito- la presentación de mi libro “El Correo Invisible”- pero los invisibles fuimos nosotros. No recuerdo haberlo visto dentro de la concurrencia. Por su parte, Isaac no sabe qué pasó, pero tampoco puede decir que me vio, y por lo tanto tendremos que esperar algunos años para que alguien invente alguna anécdota sobre un presunto encuentro de nosotros en esa ocasión.

Decía que han pasado 24 años sin que nos volviéramos a ver. Y sin embargo, ahora estamos en contacto. Hemos tenido que esperar para ello a que se inventen el Internet y el correo electrónico, y ellos nos traído todavía más coincidencias. El primer e-mail de Isaac me dice:

“Entré al Correo Invisible y me he quedado maravillado con tus artículos y las coincidencias: también yo soy Escorpión (15 de noviembre), los dos chepenanos y, encima, judíos. Porque no me vas a decir que tu viejo con ese apellido – (González) LEON- no desciende de conversos. Creo que ya es hora de que escribamos una novela, dos corazones y dos cerebros, que es como decir a cuatro manos…”

Lo cual quiere decir que nos hemos reunido invisibles y en medio de un correo invisible. Y, además de eso, el asunto es que hasta ahora no he encontrado jamás a Isaac en el teléfono que me deja en su mensaje, y toda nuestra comunicación se sigue haciendo a través de una dudosa, sospechosa, hipotética computadora que llama al escepticismo tanto como la incierta anécdota que nos junta. ¿Isaac Goldemberg existe? Puede haber existido y haberse borrado de un momento a otro. No lo podemos saber. No hay una prueba irrevocable de su presencia en el mundo, y eso nos suele ocurrir a los cuentistas, y a todos los que hablamos con palabras mágicas sin saberlo.

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