El oso peruano de Londres

El oso Paddington

El oso Paddington

El peruano más conocido de Londres es un joven inmigrante de sombrero rojo que lleva un sánduche de mermelada de naranja en el bolsillo y una moneda de un sol cosida en el interior de su chaleco. Lo llaman el Oso Paddington.

En realidad, no solo lo llaman así. Es un oso de verdad que, según los cuentos infantiles, llegó aquí desde “el remoto y oscuro Perú.” En ese país, leen los niños ingleses, su anciana tía estaba a punto de entrar en un asilo y, para salvarlo del desamparo, lo embarcó para Inglaterra vestido con un elegante saco rayado de lanilla. Un pequeño letrero colgando de su cuello decía: “Por favor, cuiden a este oso. Muchas gracias.”

Una encantadora familia británica lo adoptó y le puso el apellido Paddington por la estación del tren en que lo encontraron.

Es una pena que los publicistas de Marca Perú no hayan tenido el talento de inventar un personaje tan dulce y metafórico como este. El “remoto y oscuro Perú” recuerda en Londres a quienes leen las noticias internacionales a un país lejano en el que buena parte del territorio ha sido concesionada a empresas extractivas sin tener en cuenta que los recursos mineros son agotables, y que la explotación no produce un número de empleos considerable en comparación con el envenenamiento de la atmósfera y la destrucción del ambiente que causa en regiones habitadas por la mayoría de los peruanos.

Los comentaristas de fuera se preguntan si todos esos sacrificios han sido considerados dentro de un plan de desarrollo de largo alcance y se muestran asustados ante la evidencia de que no es así, y que las pérdidas de vidas humanas aumentan y el gobierno endurece la represión de las poblaciones disidentes con medidas tan brutales como la impunidad para los elementos de las fuerzas armadas y policiales que ocasionen muertos y heridos con el mal empleo de sus armas.

Felizmente, la imagen de nuestro paisano, el buen Oso Paddington es la de un compañero de juegos tan niño como los niños que son sus amigos.

Este cándido rostro es tan simpático como los mangos peruanos de los mercados de Londres y los sabrosos espárragos que son al parecer el primer producto peruano de exportación a este país.

De otro lado, la quinua se ha impuesto aquí tanto como en el resto del mundo. Su precio sube constantemente y su presencia puede verificarse en el menú de los mejores restaurantes. Recuerdo que hace dos años cuando también vine a este país, la quinua solamente era ofrecida en los mercados de gente saludable, orgánica y “políticamente correcta.”

La palta, el camote, la chirimoya e incluso el kion peruano tienen gran acogida aquí.

Sin embargo, lo que más me ha asombrado en esta visita a la “pérfida Albión” es que junto al simpático osito y a nuestros recursos agrícolas, la poesía también puede ser uno de nuestros primeros productos de exportación.

Lo comprobé con nuestro Cesar Vallejo. En la presentación de mi novela biográfica “Cesar Vallejo’s Season in Hell” tan solo esperaba que llegara un grupo de especialistas, pero la asistencia fue masiva. Centenares de personas colmaron el teatro de la primera universidad de Londres en el lanzamiento de la obra.

Nada menos que Stephen M. Hart, uno de los más importantes latinoamericanistas de Europa, había liderado la traducción de mi libro y esa era una tarea en la cual habían participado bajo su batuta quince profesores angloparlantes de todo el mundo.

Lo voy a decir con la mayor sinceridad. No había esperado tanto ni siquiera en el Perú. Al otro día, mayor fue mi sorpresa cuando encontré a un grupo de estudiantes londinenses que leían “Masa” en inglés junto a la estatua de Mahatma Gandhi quien fuera alumno de la universidad. Eso ya era Vallejo para todo el mundo.

Si Vallejo en vida hubiera intentado regresar, la cárcel lo habría estado esperando. Un juicio penal fraguado indisimulado castigo por sus ideas políticas lo había condenado a caminar errante por el mundo. Por eso mi obra se llama “Vallejo en los infiernos”

Hoy por la mañana tomé el tren hacia París. Cuando el oficial de Inmigración selló mi pasaporte, se me ocurrió que pensaba: “Voy a decirle a mis niños que he conocido a un caballero del país de Oso Paddington.

Eduardo González-Viaña miembro de número de la ANLE

 Fuente: Periodistas en Español.

La Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) ha incorporado como miembro de número al escritor y profesor peruano Eduardo González-Viaña, quien a lo largo de una ilustre carrera creativa y docente ha volcado su reconocido talento literario en la defensa de los inmigrantes en su tierra de adopción.

Diploma de académico de la lengua

Diploma de académico numerario de la lengua española

González-Viaña, miembro de la Academia Peruana de la Lengua y hasta hace poco profesor en Oregón, cuya obra “El corrido de Dante” ha sido proclamada como “la novela de los inmigrantes latinos por excelencia”, dedicó su discurso de ingreso al tema “Vallejo en los infiernos: biografía de una novela biográfica”, informa la ANLE.

La ceremonia, que tuvo lugar en la Embajada de Perú en Washington DC el 11 de abril, en el seno del I Congreso Internacional de Peruanistas –y a la que asistió Ana Cecilia Gervasi, cónsul de cultura de Perú– comenzó con las palabras de José Antonio Mazzotti, presidente de la Asociación Internacional de Peruanistas (AIP), quien destacó las virtudes del homenajeado. El director de la ANLE, Gerardo Piña-Rosales, respondió el discurso del nuevo numerario y le otorgó el diploma y medalla correspondientes.

En una apasionante reseña de la creación de su novela “Vallejo en los infiernos”, González-Viaña reveló que siendo adolescente conoció al filósofo Antenor Orrego, el mejor amigo y mentor de César Vallejo, a quien manifestó su interés por saberlo todo sobre el gran escritor peruano: “Seis meses después, don Antenor murió súbitamente”, recordó. “A mí me había dejado una profecía y una condena. Desde los 17 años de edad, por esa razón, he estado condenado a escribir la novela de Vallejo”.

En su novela, González-Viaña incorporó una primicia: las confesiones de María Sandoval, una joven bibliotecaria de la que se enamoró Vallejo y que murió a los 20 años de tuberculosis, y cuyo diario consiguió gracias a un hermano de la muchacha.

Pero esos rasgos románticos de una vida atribulada contrastaron en el discurso de González-Viaña con sus recuerdos de juventud en el grupo literario “Trilce”, que fundó con otros amigos en la Universidad de Trujillo, “la ciudad que Vallejo tanto amaba y temía, en la que escribió sus primeras obras y en la que sufrió el infierno de la prisión”.

“Como denuncio en mi novela, César Vallejo fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas”, afirmó. “Muchos críticos y comentaristas de su obra suelen dedicar sólo unas líneas breves –y a veces mezquinas– a este hecho, que es fundamental en la gesta de Trilce y en la comprensión de ese libro y del propio país que le da origen”.

González-Viaña, autor de unos 40 libros entre novela, cuento y ensayo, obtuvo el Premio Nacional de Cultura del Perú con su libro “Batalla de Felipe en la casa de las palomas”. También ganó el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo por un relato incluido en su libro “Los sueños de América”. Su novela “El corrido de Dante” recibió el Premio Latino Internacional de Novela de los Estados Unidos imponiéndose a obras de Gioconda Belli e Isabel Allende.

“Gonzalez Viaña ha escrito mucho y bueno”, afirmó Piña-Rosales. “Estamos ante un autor que libro a libro ha ido forjando una obra sólida, poliédrica, original. González Viaña es peruano de pura cepa, pero tras varias décadas en los Estados Unidos, podemos considerarlo también hispanounidense”, agregó el director de la ANLE.

Piña -Rosales anunció que “fruto de nuestra admiración y amistad” con el nuevo académico de la ANLE es el libro “Los académicos cuentan”, “una gavilla de relatos de escritores vinculados a alguna de las 22 academias de la lengua española, coedición entre la ANLE y la editorial que dirige González-Viaña, AXIARA, que además de un cuento premiado de este incluye dos textos de los escritores peruanos Isaac Goldemberg y Julio Ortega, ambos miembros de la ANLE.

Por su parte Mazzotti afirmó que González Viaña es “un modelo de escritor, comprometido además con la justicia social y la defensa de los derechos humanos. En un mundo literario donde es tan fácil claudicar a las leyes del mercado, se ha mantenido incólume en su compromiso con los desamparados de la tierra”.

Máxima y mínimo

Pocas veces en la historia un país ha estado representado con tanta fidelidad por una mujer. En el Perú de nuestros días, esa mujer es Máxima Chaupe. Vigilias, manifestaciones y comunicados la nombran y asumen su defensa en todo el mundo. Todos dicen que lo máximo es Máxima.

Los homenajes públicos se hicieron multitudinarios la semana pasada cuando la minera Yanacocha, apoyada por la fuerza pública, destruyó la casa de la humilde campesina.

Véase su imagen en Europa: Cuando se produjo su llegada a París en mayo pasado, el aeropuerto de Orly se vio desbordado por gente que ansiaba expresarle su solidaridad y lo mismo ocurrió en las instalaciones de la Maison d’Amérique Latine. Senadores, hombres del gobierno, intelectuales y artistas, estudiantes, todos querían una foto con Máxima.

Si se ve el revés de la medalla, en las dos visitas del presidente Humala a París, el recibimiento fue escueto. Mejor dicho, mínimo.

Esa contradicción se da todos los días en el Perú.  Cuando Yanacocha terminó de destruirle su casa, la pequeña mujer comenzó a reconstruirla. Le aplanaron los enseres. Solamente eso, pero nunca jamás la valentía ni el orgullo. “Si me quieren sacar de aquí, me van a tener que matar”, ha dicho.

¿Y qué hace el gobierno? Lo mínimo.

No es el único de los conflictos sociales, pero en todos los que ahora sacuden uno y otro extremo del Perú, el gobierno parece tener tanta potencia de fuego como los inmóviles guardias de honor de los palacios reales o como la Guardia Suiza en olor de santidad. Me entusiasma la metáfora con que describe esta inercia Raúl Wiener:

“ Como si lo hubieran elegido para ser un guardián de lo existente que  entiende su misión como estar parado, fusil al hombro, hasta que estallen los conflictos. Un gobierno perdido en el espacio, que primero mata e hiere y luego manda comisiones de alto nivel para tratar con la gente”

El mínimo gobierno, la inseguridad en las calles, la corrupción en los niveles más altos están haciendo sentir al ciudadano común que todas las instancias del poder devienen delictivas y que el crimen organizado está en las puertas de su casa, y por eso no es raro que aplauda ni considere un futuro candidato a la presidencia  a un exministro que está procesado por homicidio.

Las encuestas de popularidad del gobierno arrojan porcentajes mínimos. En esas condiciones, por experiencia sabemos que las administraciones débiles tratan de mostrarse fuertes, y lo son particularmente con los débiles y con la Constitución y las leyes.

Muestra de ello es la dación de la ley 30151 que ofrece impunidad a los militares y policías cuando hieran o maten en supuesta acción de servicio. Lo es la sanguinaria represión de la protesta social que ya ha dejado decenas de cadáveres. Lo es también el secuestro de Guillermo Bermejo. Lo es el encarcelamiento del presidente de la región Cajamarca. Lo es la soplonería. La intromisión de los organismos de inteligencia en la vida privada mostró su extremo ridículo al espiar también la casa de la vicepresidente del Perú. ¿Estamos volviendo al terrorismo de Estado de Fujimori?

La frivolidad de algunos medios los hace buscar posibles “outsiders” entre ciudadanos mínimos sin pensar que la historia no tiene por qué repetirse.

Lo que deberían mostrar a los jóvenes son los modelos de conducta y los valores morales de una mujer de un metro y medio y de unos 45 kilos de peso, pero de un coraje superior al de los hombres que tratan de a sacarla por la fuerza. Los bulldozers que se estrellan contra su casa pertenecen a una de las empresas más ricas del mundo, pero Máxima es lo máximo. Lo demás es lo mínimo.

El dios de los republicanos

In God We Trust - Foto stevendepolo

In God We Trust - Foto stevendepolo

Todos los candidatos republicanos aseguran que Dios les habló. A cada uno de ellos, lo persuadió a ser presidente de Estados Unidos.

Debe de haber algo de cierto porque lo dicen frente a la televisión, biblia en mano y con los ojos cerrados.

Podemos estar tranquilos de que Sarah Palin no se encuentre entre ellos. Dos años atrás, ante la cadena televisiva Fox, ella declaró que se dejaría guiar por Dios para tomar una decisión. Como se recuerda, la doctoral republicana aseguró una vez que, en vez de ser un continente, África era un país y estaba cerca de México.

Felizmente, los expertos en asuntos religiosos aseguran que hace unos días al volver a hacer la pregunta sobre su eventual candidatura, el Todopoderoso le susurró al oído: “Ni se te ocurra, hijita”.

El gobernador de Texas Rick Perry es otro de los que aseguran que Dios lo persuadió. Sin embargo, en sus desastrosas intervenciones televisadas no parece haber contado con un invisible ángel asesor.

Por su parte, la señora Michele Bachman parece tener mejores relaciones con la corte celestial. A ella, el Hacedor le presentó a quien sería su marido, un buen hombre que dirige una clínica para “curar” a los homosexuales mediante el poder de la oración.

Un eventual problema para la señora Bachman es el hecho de que su iglesia-la luterana evangélica de Salem-considera que el Papa es la reencarnación del anticristo. Sin embargo, no es algo insalvable. Como se sabe, el cardenal Ratzinger- hoy  Papa Benedicto-endosó el voto católico a George Bush para su segundo periodo presidencial. Para quienes no lo recuerdan, Bush lanzó su candidatura desde la fundamentalista Universidad Bob Jones que hace el mismo supuesto sobre el vicario de Roma.

Herman Cain, el rey de las pizzas ha revelado también que Dios se le apareció para ordenarle que candidateara. Humildemente, Cain se arrodilló llorando: “Has escogido a un hombre equivocado, Señor. Pero… ¿estás seguro?

Lamentablemente para él, ha comenzado a sonar confuso en sus últimas presentaciones luego de que diversas mujeres, empleadas suyas, amontonaran frente a su puerta una cantidad de denuncias por asedio sexual.

Newton Gingrich no dice haber recibido una orden celestial pero asegura-y esto es crucial en un país como USA- que Dios lo ha perdonado por sus dos divorcios y diversas relaciones extramaritales.

Por fin, Mitt Romney acaba de declarar que Dios ha fundado Estados Unidos para que dirija el mundo. Los sondeos comienzan a mostrarlo como primero en las intenciones de voto entre los precandidatos republicanos.

En lo que todos están de acuerdo es en debilitar el sistema de seguridad social de este país, convertir en permanente la exención de impuestos a los ricos, impedir el seguro universal de salud, imponer la idea religiosa de la creación en las escuelas y, por fin,  permanecer por tiempo indefinido en Irak y Afganistán.

Si Obama pierde, una de estas personas podría ser el próximo líder del mundo. Con cualquiera de ellas, el capitalismo muestra su verdadero rostro y sus reales mandatos, los cuales son: 1) No es ninguno de estos idiotas el que mandará en la Casa Blanca. Llegará allí alguno de ellos, pero representando a las grandes corporaciones. 2) La supuesta democracia inherente al sistema es una farsa. Sólo se puede votar por candidatos que significan lo mismo. 3) Una propuesta diferente carecería de dinero para inscribirse y de medios para publicitarse.4) Si milagrosamente, esa propuesta triunfara, los verdaderos dueños del poder la rodearían hasta hacerla suya.

Algo más:5)  Ahora hay que quitarle el Seguro Social a los trabajadores y engañarlos con el truco de que se les va a devolver sus aportaciones, 7) Ese dinero tendrá que ser puesto en el mercado de acciones para que de esa manera Wall Street se coma la torta, y los trabajadores jueguen su futuro y su vejez en ese casino de tramposos.

Cuando pase el tiempo, el capitalismo será recordado- con los sacrificios humanos y la trata de esclavos- entre las mayores aberraciones de la historia. El capitalismo es el verdadero dios de los republicanos.

Una rosa para las otras rosas

Rosa - Por Bruno. C.

Rosa - Por Bruno. C.

Desde hace meses, ha estado cantada la derrota de los socialistas en España.

Muy pocos se preguntaban sin embargo: ¿por que van a ser aplastados los socialistas?… Y la respuesta es sencilla: porque no son socialistas.

No quiero decir que la atribución de tal ideología sea condición para la victoria de alguien. Lo que ocurre es que en circunstancias como las que se viven en el mundo se requieren, además de posiciones firmes y talantes que desafíen la duda y la incertidumbre, una alternativa política que pueda diferenciarse de cualquier otra.

Y la verdad es que resulta bien difícil diferenciar a un “socialista” de un “popular”. Como los teólogos del cuento de Borges, los señores Zapatero y  Rajoy van a tener un serio problema de identidad cuando mueran y vayan  a donde les toque irse. San Pedro o el guardián del fuego eterno no van a saber exactamente quién es quién.

Apostados en las plazas, los “indignados” han estado asegurando durante meses que, gane quien ganare, el resultado va a ser el mismo y se va a concretar  en el recorte de la seguridad social y la disminución de los derechos laborales como supuesto ahorro para aliviar la crisis.

De acuerdo con un informe de las Naciones Unidas, unas 2000 millones de personas en el planeta viven con menos de dos dólares al día al tiempo que 6 millones de niños mueren pauperizados en lo que muchos califican como un nuevo holocausto.

En los Estados Unidos, tenemos la más avanzada tecnología médica del planeta. Sin embargo, unas 50 millones de personas carecen de seguro. Éste puede ser el destino de España bajo la conducción de unos o de otros.

Por lo tanto, éste debería ser el momento de los socialistas, pero no lo es porque no hay socialistas en España.

Mario Vargas Llosa, en un artículo llamado “Una rosa para Rosa” ofreció su voto para Rosa Díez, lideresa centrista. Según nuestro premio Nobel, la articulación de ese partido al triunfante derechismo de Rajoy impedirá que se deshagan las que a su juicio son las reformas sociales más avanzadas del gobierno socialista.

Entre ellas, menciona los matrimonios gays, la ampliación de la ley del aborto y los derechos de la mujer. A ellos, habrá que agregar- supongo- la propuesta de despenalizar las drogas. Es triste que toda la herencia del difunto socialismo sean algunas medidas para anestesiarnos y para hacernos olvidar que el viejo partido de Pablo Iglesias planteó alguna vez la desaparición del capitalismo y la creación de una sociedad feliz.

Pero es una gran idea escribir artículos para enviar rosas, y quiero servirme de ella para hacerlas llegar a otras Rosas.

Que les llegue una rosa a Rosa Vargas, Rosa Núñez, Rosa Miranda, Rosa Hernández, Rosa Rodríguez y todos los miles de Rosas que están haciendo de “chachas” limpiando casas y barriendo hoteles en París, Nueva York, Berlín, México y San Francisco porque sus títulos universitarios no les han valido en España para conseguir un trabajo estable.

Que le llegue una rosa en el cielo a la joven Aída de la Fuente, a quien en 1934 la llamaban la rosa roja de Asturias. Esta socialista, roja de verdad, sólo contaba 16 años de edad cuando se enfrentó con una ametralladora en la entrada de Oviedo a las descomunales tropas del general Franco durante la revolución minera. Como buena asturiana, no dejó de disparar sino hasta el momento en que la rodearon y le dieron muerte.

Que le llegue una rosa a Rosa. Supongo que así se llamaba la mujer que fue a despedir a su hijo en el puerto de Gijón pues este partía hacia América en busca de trabajo, cansado de buscarlo en su tierra nativa. Rosa es hoy una estatua de bronce. No he visto mujer más triste en el mundo. Sus ojos y su mano derecha señalan el mar y el horizonte por donde todavía espera que regrese su hijo. La llaman “La loca del Rinconín.”y es la madre de todos los desocupados que hoy se convertirán en emigrantes.

Otra vez, el mes del Escorpión

Escorpio - Del Libro de la horas - Falstof Master, Bodleian Library, Oxford1440-1450

Escorpio - Del Libro de la horas - Falstof Master, Bodleian Library, Oxford1440-1450

Hace ya una semana que la Tierra navega por el reino purpúreo del Escorpión, y esto ha de traer sus consecuencias. Un color desconocido baja misteriosamente de la galaxia, se posa sobre nuestros rostros y nos hace más extraños de lo que habitualmente somos. Para todos los nacidos entre el 23 de octubre y el 22 de noviembre, es el vaticinio de un destino que supuestamente compartimos y que nos hace incansablemente similares.

La irrupción de Marte y de Plutón sobre los cielos durante este tiempo nos depara algunos fenómenos inusuales y la sensación de que acaso no caminamos sobre el mismo planeta. “Éste no es el mismo mundo”, me dije algún noviembre juvenil en Trujillo, cuando los vientos de San Andrés amenazaban llevarse la torre de la catedral. En Europa, durante mis tiempos de estudiante, el Escorpión siempre trajo consigo la primera tormenta del invierno y eso me obligó a permanecer bajo techo en Madrid el día de mi cumpleaños, o a conocer en París las excelencias de un vino siempre nuevo, el Beaujolais Nouveau.

De ser cierto lo que proclaman los horóscopos, los “escorpiones” debemos ser apasionados e intuitivos, misteriosos y sensuales, silenciosos y temibles. La filosofía. la poesía esotérica, la alquimia, el espiritismo, el espionaje, la química, la cirugía y la magia negra son las actividades que se asocian con este signo que ha tenido representantes tan famosos como Mata Hari, Goebbels y Eduardo VIII, Richard Burton, León Trotsky y Madame Blavatsky, Galileo, Martín Lutero y San Agustín.

El águila, el ave fénix y la serpiente son sus símbolos; el topacio y el ópalo, sus piedras preciosas y, por fin, sus signos compatibles son Cáncer, Virgo, Piscis y Capricornio. De todo ello, y de que había nacido bajo “el más luminoso y el más temible de los signos”, me enteré al cumplir 12 años de edad, pero mi racionalidad de entonces se opuso a la idea de que sólo existieran doce tipos de personas y que cada grupo estuviera condenado a parecerse y a vivir el mismo destino, a dar los mismos pasos y a imitarse en la tierra y en el cielo, por los siglos de los siglos, y por siempre, jamás.

Había, sin embargo, un club escorpiónico más exclusivo llamado el “decanato”. Por haber nacido el 13 de noviembre, yo pertenecía al segundo, (del 3/11 al 13/11) y, según ello, alcanzaría alguna fama cuando fuera adulto pero tendría muchos problemas con mujeres, lo cual me pareció divertido pero no muy agradable. Lo que sí no cuadraba conmigo era la descripción física de acuerdo con la cual, como a todos los nativos de este decanato, una cicatriz predestinada me cruzaría la frente.

Me miré en el espejo, y no la tenía. Después de eso, del Tesoro de la Juventud pasé a Verne, Dostoiewsky, Voltaire, Renan y Balzac, hasta que la lectura me enfermó de racionalismo cuando tenía 15 años, y todo el tiempo de la adolescencia me reí de la posibilidad de que la famosa marca me apareciera sobre la frente una mañana como fruto de algunos malos sueños y de otros peores pensamientos. Sin embargo, todavía no me había salvado de ella.

Exactamente al cumplir los 18 años de edad, en la universidad de Trujillo, me batí a duelo con mi amigo Juan Morillo Ganoza. A pesar de que los periódicos, la radio y algún obispo nos calificaran de anacrónicos o nos excomulgaran, una diferencia insalvable de opiniones sobre el ritmo de la prosa en Guy de Maupassant nos empujó a buscar, en el terreno de la espada, la solución del conflicto. Juan recibió una estocada en la garganta. A mí, su espada me tocó la frente y me dejó, encima de la ceja izquierda, la cicatriz que tanto tiempo me había estado esperando.

Euscorpius italicus bajo luz ultravioleta

Euscorpius italicus bajo luz ultravioleta

Una simple casualidad no me iba a convertir en crédulo. Para desmentir a los horóscopos, y acaso también por vanidad masculina, durante varios años me di a la tarea de frotarme la frente con crema de nácar y jugo de limón. Me acuerdo que el día en que recibía mi título de abogado, a los 24 años, me estaba poniendo la corbata cuando el espejo me devolvió una frente libre de cualquier mácula. El hombre ha burlado al destino, me dije, y decidí que algún día iba a contar esa experiencia.

Sin embargo, aquella misma tarde, una Land Rover se estrelló contra mi carro en una intersección de calles. Mi carro de entonces era un Volvo azul y poderoso, y eso me salvó la vida a pesar de haber dado varias vueltas de campana, pero no me puso a resguardo del temible Escorpión. Una cicatriz nueva se dibujó sobre la antigua, y desde entonces no he tratado de borrármela.

No sé si ahora creo en el Zodíaco, pero mi amigo Teodoro Rivero-Ayllón, que el año pasado me envió un e-mail desde Pekín la noche de mi cumpleaños, me dijo que en ese instante, del cielo oriental, estaban lloviendo estrellas, como suele ocurrir en este mes extraño. Otras coincidencias se añaden en el hecho de que algunos de los mejores amigos de toda mi vida, los poetas Isaac Goldemberg, Rodolfo Hinostroza, Elqui Burgos y Marco Antonio Corcuera, así como Tania Libertad, Raúl Bueno, Jorge Cornejo Polar,  Juan Vicente Requejo, Alberto Escobar y Alejandro San Martín, han nacido en la misma semana. ¿Podría añadir que varias veces he estado a punto de casarme con algunas mujeres maravillosas que, por casualidad, nacieron el mismo día de noviembre? Si lo cuento, van a creer ustedes que es un cuento.

Signo de escorpio en el zodiaco

Signo de escorpio en el zodiaco

Y no lo es. Es el “Correo de Salem” que les envío mientras pasa sobre el planeta la cola escarlata del poderoso signo, y su sombra trae consigo, además de recuerdos dulces y de huracanes en el Caribe, las huellas del camino al cielo que siguió mi madre un 11 de noviembre, y los pasos de mi prima María del Pilar, que se perdió el 14 en la escalera que conduce hacia el largo sueño de Dios. Que Dios esté con ellas y con nosotros, ahora que faltan algunas semanas para que la Tierra ingrese al mar de Sagitario.

Star Trek y los republicanos

Star Trek: Serie original - Por Cory Doctorow

Star Trek: Serie original - Por Cory Doctorow

Cuando veo a los republicanos en la TV, siempre creo estar presenciando una serie de Star Trek, con astronautas que dentro de una nave que insisten en dirigirse hacia la nada.

Quien ha visto uno de esos debates televisados ya los ha visto todos.

Uno por uno, los aspirantes a representar a su partido y derrotar a Barack Obama dicen exactamente lo mismo.

Aparte de la obsesión de éstos por mostrar su Biblia y  hacer gala de unos supuestos valores cristianos en público, el catecismo de la extrema derecha se puede resumir así: 1) Es esencial poseer un poder militar aniquilante, 2) El Estado debe reducirse hasta casi desaparecer. 3) Seguridad social, salud, educación y todos los gastos sociales deben ser borrados.4) Deben preservarse los valores tradicionales de la familia. 5)La posesión de armas es un derecho indiscutible.

6) ¿Y los inmigrantes? ¡Hay que hacerlos volver a sus países de origen! ¿Y los que se quedan? Hay que castigarlos, quitarles el empleo, expulsar de las escuelas a sus descendientes, desconocer la nacionalidad de sus hijos si nacen aquí. ¿Y los que se atreven a cruzar la frontera?… En ello, compiten por ser más perversos… Según el más posible candidato, Cain, hay que electrizar el muro y achicharrarlos.

De acuerdo a como van las cosas, este hombre y este partido pueden ser los próximos ocupantes de la Casa Blanca.

Repito: todo el tiempo que los veo me hacen recordar “Star Trek”. Veo al “Enterprise” en la pantalla, avanzando a través de los cielos ignotos, y se me ocurre pensar que la nave y su tripulación son el mejor símbolo del país en que vivo y de lo que constituye su más terco designio: su marcha hacia la conquista de la última frontera. Sin embargo, al mismo tiempo, es patente que esta embarcación tiene una fuga.

Ahora, los “americanos” deben acostumbrarse a la idea de que no podrán cuidar su raya divisoria para siempre y de que, bajo cualquier alambrada o muro de contención, siempre habrá un túnel que deje pasar a un nuevo inmigrante puesto que la “globalización” iniciada por ellos también supone el libre intercambio de las fuerzas de trabajo al igual que el ingreso de millones de personas provenientes de los países que han quedado excluidos del Nuevo Orden Mundial.

En el sangriento Lejano Oeste se decía: “El único indio bueno es el indio muerto.”… Ahora, los precandidatos parecen decir algo similar de los inmigrantes.

El “New York Times” acaba de señalar que los republicanos están equivocados: “Los indocumentados tienen trabajos, tienen niños, pagan impuestos, usan los servicios del gobierno, y frecuentemente viven con miedo”. Por su parte, el obispo católico de Arizona, Gerald Kicanas ha denunciado que los trabajadores migrantes son sujetos de explotación por parte de empleadores sin escrúpulos, y los que tratan de encontrar trabajo son víctimas de abusos por contrabandistas de personas”.

Sin embargo, los precandidatos esgrimen pasajes de la Biblia que supuestamente llaman a la  represión contra la inmigración ilegal. Basta con darle la vuelta a una cita cualquiera para decir exactamente lo contrario. Uno de sus ideólogos lee un pasaje de Levítico: “Cuando un extraño se hospede con vosotros en vuestra tierra, no le haréis mal.” Lo que, según él sostiene, no implica que “los extranjeros puedan pasar por alto las leyes civiles para entrar en (el país), o que debamos pasar por alto cuando lo hagan”.

En cuanto a su nivel de inteligencia y de conocimientos, los precandidatos no desmerecen a sus mentores, por ejemplo a Bush quien decía que «si no tenemos éxito, corremos el riesgo de fracasar.», ni mucho menos a su cuasi filósofa Sarah Palin, según la cual “Nuestros aliados son los de Corea del Norte. Corea del Norte es la que está al sur, ¿no?”

Sin el valiente capitán Kirk, ni Spock, el mítico comandante de las orejas punteagudas, la nave republicana sigue su rumbo… hacia la nada.

USA 2012: Un padrino y una tigresa

El elefante republicano

El elefante republicano

Hace unos años cuando era catedrático en Berkeley solía llamar desde mi casa a algún taxi de la compañía “Brahma”. Sus choferes eran hindúes y llevaban barba y turbante.

Dejaba mi carro en casa y me instalaba en uno de esos taxis. Hundido en el sillón de atrás mientras pasábamos los puentes de San Francisco, tan sólo veía el turbante del conductor, la neblina de la ciudad y las aguas calmas del océano pacífico. Me sentía a bordo de una alfombra mágica.

Un día, sin embargo, llegó a buscarme un chofer pelirrojo y pecoso a bordo del taxi “Brahma”. Era de Nueva York, y por supuesto no usaba turbante. Al confiarle mi desilusión, me respondió que la compañía estaba obligada a dar trabajo a por lo menos un hombre de la etnia minoritaria en este caso era la blanca.

-“Equal Opportunity” (Iguales oportunidades)- me respondió haciendo referencia a la ley que obliga a las empresas a emplear cuotas de los sectores raciales o sexuales minoritarios.

La historia viene al caso porque las políticas de preferencia a las mujeres, a la gente de color y a los homosexuales pertenecen generalmente a los sectores considerados progresistas en este país.

Lo curioso es que la Equal Opportunity parece estar alcanzando hoy a los republicanos, sus tradicionales enemigos. Un precandidato de raza negra, Herman Cain y una mujer, Michele Bachman, tigresa del “Tea Party”, son hasta ahora quienes más posibilidades tienen para representar a su partido en la lucha por la presidencia de los Estados Unidos.

Herman Cain, un multimillonario que debe su fortuna a la industria de las pizzas Godfather (Padrino), se ha hecho famoso por un plan económico llamado 9-9-9 que, en última instancia, traslada la carga impositiva a los ciudadanos de medianos o bajos ingresos mientras que libera de impuestos a los que perciben ingresos millonarios.

Cain y Bachman compiten en perversidad contra los inmigrantes ilegales. El candidato afroamericano dijo alguna vez que se debe electrificar el muro de la frontera. En vez de quemar vivos a los inmigrantes, la señora Bachman prefiere construir una sofisticada muralla que también sería subterránea y que podría terminar sepultando a los invasores. Hay que recordar que tanto Cain como Bachman y todos los precandidatos republicanos se consideran fervientes cristianos.

Como de costumbre, los republicanos suelen darnos excelentes motivos para sonreír. La señora Bachman ha hablado de Libia, pero no sabe que está en África, tal vez en Europa o en América del Sur. En otra ocasión, acudió a un homenaje del desaparecido cantante Elvis Presley, pero olvidó que se conmemoraba su fallecimiento y gritó sonriente: ¡Feliz cumpleaños!. Por fin, confundió la localidad natal del actor John Wayne con la de un asesino en serie llamado John Wayne Gacy.

Bachman ha revelado que fue Dios quien le aconsejó buscar la presidencia de los Estados Unidos. Además, el Creador hizo de correveidile para presentarle a un hombre y exhortarla a que se casara con él. Marido y mujer forman ahora una familia ejemplar y dirigen una clínica cristiana para curar homosexuales.

Con menos sentido del humor pero con más ferocidad, Herman Cain ha reiterado que los desempleados no tienen trabajo porque no quieren y los ha conminado a que no sigan culpando de ello a los ricos.

La Biblia en su equipaje no es la única coincidencia de todos los precandidatos republicanos. También lo es la idea, inicialmente difundida por el presidente Bush, de deshacer la seguridad social. Predican ellos que los trabajadores podrían obtener un mejor retorno de la inversión en valores que cotizan en bolsa.

Si la idea del Sr. Bush se hubiera convertido en ley, la mayoría de los ciudadanos habría jugado al casino con su futuro. Millones se habrían convertido en mendigos en 2008 cuando colapsó el mercado de valores. Sería otro de los cataclismos de aquel apocalíptico gobierno. Ahora, el posible futuro presidente republicano nos vuelve a amenazar con eso.

A propósito, ¿qué pasó con el taxista de Berkeley?… Eso fue en los años 90. Después de pedirme disculpas por no ser hindú ni llevar turbante, me preguntó de qué país era yo.

-Ah, peruano. Ustedes son los que han elegido presidente a un japonés.

–“Equal Opportunity”- le contesté.

El primer norteamericano

A Negrita que duerme en el cielo de los gatos negros.

Gato negro - Foto Chosovi

Gato negro - Foto Chosovi

El primer norteamericano que conocí en Oregon vivía sobre uno  de los árboles de mi jardín. Como estábamos en un caliente verano, no  me extrañó que durmiera a pierna suelta sobre una rama indolente  durante casi toda la tarde, pero despertaba de noche y el esplendor de  sus ojos fulguraba como fulguran las estrellas que caen sobre la hierba en  esa estación del año.

Aunque su forma de caminar semejaba la de un policía  secreto, no trabajaba, y los delirios de su bohemia ultrajaban los oídos de  una vecina moralista, pero a mí no me despierta una banda de músicos,  ni me interesan las costumbres nocturnas de mis prójimos, de manera  que siempre nos llevamos bien, y por la mañana cuando yo salía al  trabajo nos hacíamos un parco saludo con los ojos que no pasó de allí  porque ambos somos sobrios de palabras.

No sé quién me dijo que esa presencia intrusa en mi jardín  atentaba contra mis derechos de propiedad, pero aquello no me  convenció porque él había estado allí desde antes que yo, y es bien sabido que la posesión genera propiedad en la mayor parte de las  legislaciones del mundo. Además, nunca me sentí invadido, ni al  comienzo, ni cuando el gringuito, que ya me había agarrado confianza  saltaba al techo y por fin a la puerta de mi casa en donde se estiraba y  bostezaba todo el tiempo hasta que logró causarme cierta envidia.

De la envidia pasé a la humana consideración de que mi  vecino bohemio necesitaba quién lo alimentara sin hacérselo notar  demasiado para no herir sus sentimientos, y un fin de semana fui a una  tienda de “pets” para comprar comida de gatos y un plato especial que  disimulé junto al felpudo de la entrada, y nuestra relación se convirtió en el intercambio matinal y vespertino de un plato de comida por un ronquido  agradecido y alguna que otra mirada entre afectuosa y displicente, junto a  la puerta de mi casa..

¿Con qué nombre llamarlo después? Se me ocurrió que podía  bautizarlo con el  de Carlos porque recordé unos versos de Vallejo que  repito de memoria: “¿Quién no se llama Carlos? ¿Quién no tiene un  vestido azul? ¿Quién al gato no le dice gato, gato?”

Cuando llegó el invierno, extrañamente duro para estos  predios, pensé que Carlos no podía continuar alternando la rama con el  techo, y le ofrecí el calor de mi casa que, en un primer momento, declinó  sin decir una palabra, pero mi conciencia no me permitía dormir tranquilo  de esa forma, y una noche le puse el plato de comida dentro de la casa,  y cerré la puerta de súbito, con lo que Carlos se convirtió en el amigo que  dormía junto a la chimenea o que hacía acrobacias en el filo de las  ventanas más altas de mi casa. A veces incluso, llegaba tarde de la calle y tocaba la puerta para que lo dejara entrar, probar sus alimentos y gozar  del calor nocturno de una casa humana.

En ese momento, ¿me había convertido yo en el dueño de un  gato? ¿o más bien el gato se había convertido en mi propietario? Lo  segundo es más convincente  porque estas criaturas conservan todo el  tiempo su atavismo de fieras independientes, y en vez de aceptar una  caricia sobre su lomo son ellas las que se restriegan en nuestros  pantalones o aceptan con indiferencia algunas palmaditas sobre la  cabeza.

Al llegar la primavera, Carlos volvió a vivir en la calle, aunque  religiosamente aparecía a reclamar sus alimentos en mi puerta a las  cinco y media de la mañana, hora en que salgo al gimnasio, y después  aproximadamente a las seis de la tarde cuando suelo regresar de la  universidad. Para entonces, mi gato (o más bien, “el” gato) había  aprendido a sobornarme con una nueva gracia. No sé cómo se enteraba  de que mi carro estaba llegando, y corría desde una cuadra antes a la  velocidad de un galgo para subirse luego sobre el capó e interrogarme con  la mirada acerca de si había comprado la nueva marca de comida de  gatos que anuncia la televisión. Otra forma de hacerme ver que  correspondía mis cuidados era dejarme de vez en cuando como obsequio  un pajarito muerto a la puerta en la suposición de que tal vez soy un gato  grande, y aquellos son también mis alimentos.

Esas y otras gracias me compraron el corazón durante dos  años. Pero además, Carlos y yo nos parecíamos en ese afecto que  conserva distancias y asegura independencias, de manera que en las  ocasiones en que yo salía de viajes, no tuve que preocuparme por buscar  quién cuidara del gato, y siempre lo volvía ver contento y curioso tratando  de saber qué es lo que había traído en mis maletas.

El tercer año desapareció durante todo el verano y parte del  otoño sin dejar una nota explicatorio, y una vez más en mi vida aprendí  que sin amparo y sin amor, se conoce cómo es de veras el silencio. Pero  una noche de mediados de octubre, Carlos tocó mi puerta y, sin hacer el  menor comentario, ordenó con los ojos que le sirviera su plato junto a la  chimenea. El cuarto verano desapareció otra vez, y otra vez se volvió  visible cerca del invierno.

El asunto es que para la fiesta del Thanksgiving, el tercer  jueves de noviembre, unos vecinos vinieron a mi casa para invitarme a la  suya, y en cuanto vieron a Carlos, no pudieron contenerse: “Pero si es  Garfield, nuestro gato! Suele aparecer en el verano a la puerta de nuestra  casa, y siempre se va con nosotros a veranear en la Florida”

No quiero entretenerlos más con esta historia que no es una  historia sino una carta de las que suelo enviar en el “Correo de Salem”.  Hace unas semanas regresé a casa luego de unas vacaciones que me  llevaron al Egipto, Holanda, Miami y el Perú, pero desde entonces hasta  ahora no he vuelto a ver a Carlos, y no sé si lo veré más en esta vida  porque un vecino me habla de un atropello automovilístico, y otro me dice  que tal vez se ha ido a vivir en Canadá.

Los pájaros migratorios ya navegan sobre los cielos de Oregon  inventando el otoño, y muy pronto las ballenas comenzarán a cantar y  deslizarse a poca distancia de nuestras costas, pero Carlos no aparece  ni en el mar ni en el cielo, y yo no termino de preguntarme qué misterioso  designio nos hace camaradas, compinches, cómplices, amigos y acaso  parientes de las criaturas que nos miran desde los árboles.

Camarada Violeta

Violeta por Diego Rivera

Violeta por Diego Rivera

No es verdad que el Muro de Berlín haya caído y con él se haya acabado el bloque socialista. Lo cierto es que lo echaron abajo miles de trabajadores de la Alemania capitalista empujados por el hambre y ansiosos de entrar de una vez por todas en el paraíso proletario.

En la película Good bye, Lenin un joven berlinés inventa esa historia y otras similares con el afán de evitarle un gran dolor a su madre, una dama comunista postrada en el hospital debido a un accidente que la hiciera perder la conciencia semanas antes de los históricos sucesos de Berlín.

Lo recuerdo porque hace pocos meses visité a Violeta Carnero, la vieja luchadora social peruana que acompañara a su esposo, el poeta Gustavo Valcárcel, durante toda una vida en la demanda por la nacionalización del petróleo y de las minas, en el reclamo por tierra para los campesinos, en la exigencia por justas condiciones laborales y en la proclama por libertad sin restricciones para todos. Todas esas luchas se confundieron siempre con el sueño incesante, desmesurado y poético de un futuro mundo socialista en el que “ni pobres ni ricos habrá, y la tierra será un paraíso de toda la humanidad”.

Ninguna de esas luchas fue gratuita. A los Valcárcel, dedicar sus afanes a las causas más generosas les costó una vida de negación de oportunidades y de expulsión de puestos de trabajo al igual que seis temporadas en la cárcel, seis años de exilio, más de veinte de persecución y una sombra de pobreza que rodeó al poeta y que no cesa de perseguir a su amada superviviente. La camarada Violeta vivía en una torre de San Borja desde que, luego de cincuenta años a su lado, falleciera Gustavo en 1992.

No la había visto desde antes de la disolución de la Unión Soviética. Esperaba, por lo tanto, un piadoso silencio sobre esos sucesos, pero no fue así. El pequeño departamento de Violeta estaba colmado por afiches con los rostros de Marx, Engels, Lenin, Fidel y el Che Guevara, un poema de Javier Heraud y decenas de pines con la hoz y el martillo y los rostros jubilosos de los cosmonautas soviéticos que llegaran al espacio antes que los norteamericanos.

Violeta estaba radiante. Condenó las guerras que iniciara Bush y la ignorancia prepotente de ese presidente, y me dijo que todo ello era muestra de que el capitalismo estaba agonizando.

-Ya nadie podrá negar la perversidad intrínseca de este sistema que necesita del genocidio para sobrevivir.

Quise recordarle que la Unión Soviética había dejado de existir y que Cuba era una isla acorralada por la mayor potencia militar de todos los tiempos.

-¿Acorralada? Si ha sobrevivido acorralada durante cincuenta años, eso significa que ha comenzado a vencer.-me respondió y añadió:

-Espera un momento, hijito. Voy a poner un poco de música- me pidió y fue a prender una anticuada casetera porque los modernos MP3 todavía no habían llegado a su casa.

Mientras los acordes de la “Internacional” desbordaban la pequeña torre, recordé sin decirle que el Che Guevara había muerto, que Luis de la Puente Uceda había caído y que muchos jóvenes habían entregado su vida o renunciado a su libertad soñando con la letra de esa canción o entonando la que ahora me devolvía el otro pequeño casete:

Una mattina mi son svegliato

O bella ciao, bella ciao, bella ciao ciao ciao

Una mattina mi son svegliato

Eo ho trovato l’invasor

O partigiano porta mi via

O bella ciao, bella ciao, bella ciao ciao ciao

O partigiano porta mi via

Che mi sento di morir

Ya no escuchaba a Violeta, y a lo mejor tampoco me hallaba en este nuevo milenio en el que los poetas y escritores para ser considerados hombres serios y merecer un sitio en las revistas y en las librerías deben abjurar de sus sueños y de su pasado, llamar dictador a Fidel Castro y condenar como extemporáneas las bravas nacionalizaciones de Evo Morales. Las pilas de la casetera se agotaban y los parlantes roncaban, pero yo seguía escuchando:

Y si yo caigo, en la guerrilla.

O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.

Y si yo caigo, en la guerrilla,

coge en tus manos mi fusil.


Cava una fosa en la montaña.

O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.

Cava una fosa en la montaña

bajo la sombra de una flor.

Sobre la pared, colgaba una reproducción del retrato que le hiciera en México Diego Rivera. Al lado del aparato de música, la autógrafa de un poema que le escribiera Gustavo repetía desde un papel amarillento: “Sobre la almohada, a mi lado / tibio yace tu último sueño/ ahora en cambio la ciudad acoge / tu vehemencia.

Gustavo falleció durante los días del derrumbe del campo socialista que para él debieron ser particularmente crueles y, sin embargo, como lo ha contado otro buen poeta, Juan Cristóbal, declararía en su testamento que agonizaba con el corazón poblado de flores y de socialismo.

Esas frases y la propia música me recordaron que la derrota del bloque no involucraba necesariamente la del socialismo que, en vez de una opción política, ha sido para mí siempre una dimensión ética y una manera poética de vivir y de morir.

Cuando terminó “O bella ciao”, fallaron las pilas o acaso la casetera se puso en huelga, y recién entonces volví al Tercer Milenio y a la postmodernidad. Violeta me sonreía como si en vez de regresar a estos años, hubiéramos llegado de pronto a los del futuro del triunfo inevitable. Dirigí mi vista a la ventana y la luz del crepúsculo se había tornado en una fascinante aurora roja. Me despedí apresurado.

Varios meses después, Rosina Valcárcel, me dijo en un email que su madre acababa de salir de un hospital y que estaba derrotando a alguna reaccionaria dolencia humana. Recordé un poema de Gustavo: “A las enfermedades no hay que darles tregua, hay que enfrentarlas como a los tiranos, de frente”. Y a cada rato pienso que a lo mejor todo esto que dicen que es verdad, es pura mentira. El planeta se sigue ladeando hacia la izquierda. Tiene razón el corazón. Tiene razón la vieja bolchevique, la camarada Violeta.